UNA RAZÓN APLASTANTE

UNA RAZÓN APLASTANTE

Ramón Rubín

—Quien pretenda redimir a un rezagado

debe tener algo mejor que ofrecerle.

DURANTE mis andanzas entre los indios sólo una vez he querido sentirme catequista de nuestra civilización y capaz de atraer a ella a quienes llevan siglos soportando su acoso y evitando caer entre sus garras.

Había acudido a la Penitenciaría del Estado para explorar la posibilidad de que alguno de los confinados en ella me manufacturara a precios cómodos un hilo de fibras duras que estaba necesitando. Y como a pesar de que era día de visita no apareciera aún el intendente cuando ya el sol navegaba muy en lo alto, opté por esperarlo afuera, huyéndole a la sordidez de ese salón de la alcaidía que es lo más lóbrego del edificio.

La fachada principal daba a una calle amplia y a un extenso baldío. Yen días como aquél, ambos se animaban mucho por la gran cantidad de personas que acudían a visitar a sus parientes y amigos presos. Se formaba allí una romería que sólo era explicable en gracia a ese fatalismo con que nuestro pueblo se encara a la adversidad. Y la cual, aun contrastando con la severidad arquitectónica de la prisión, volvía menos engolada la  actitud petulante de los centinelas que custodiaban el herrumbroso portón y recorrían, gritando sus alertas, los altos pasillos del almenado. Las mujeres que traían bebés solían introducirse en los garitones de la guardia para cambiarle los pañales húmedos al niño. Abundaban los pregones de vendedores callejeros que instalaban sus puestos de fritangas y de aguas frescas o expendían helados, jícamas o pepinos en carritos de mano. Y no era extraño que contribuyese a hacer menos tediosa la espera alguna charanga, dueto o mariachi traída para rendirle honores a algún malhechor que celebraba su cumpleaños o el día de su santo, y el cual, conmovido y alelado por un sentimentalismo inefable, escuchaba desde el otro lado de los barrotes del cancel, la voz berreante de un cantor alcohólico que entonaba las Mañanitas Viejas:

Quisiera ser un San Juan, quisiera ser un San Pedro, y darte las Mañanitas con la música del cielo..

Se respiraba, en fin, una absurda atmósfera de fraternidad y de bulliciosa alegría.

Pero de todo aquel batiboleo, lo que en esa oportunidad atrajo más mi atención fue el  juego de los gendarmes y el indio.

No estando de servicio los dos primeros, aunque su actitud no resultase enteramente lógica por cuanto humillaba la obligada dignidad de sus uniformes, por lo menos parecía disculpable y hasta lícita. Por su parte, las elementales bragas, las piernas renegridas y desnudas, el pañuelito de franela azul rey, el sombrero de copa exigua y ala ancha circundada de borlas y la complicada guarnición de taleguillas y fajos bordados del huichol, excitaban la curiosidad y atraían a muchos de los allí congregados. Y tuve que abrirme paso entre un grupo de mirones que observaban con una sonrisa boba aquel manoteo para situarme en primera fila.

Noté que se trataba de un indio desusadamente vivaz y alegre, el cual, aun siendo tan infantil su comportamiento, daba la impresión de poseer una rara inteligencia. Se advertía adulto, aunque no de mucha edad. Y sin duda había bajado de la Sierra Madre, donde los de su raza tienen sus pueblos, para visitar a algún familiar o amigo que purgaba condena en la Penitenciaría de Guadalajara.

Los dos gendarmes mestizos, en medio de los cuales se hallaba sentado sobre un poyo de piedra inmediato a la entrada principal, intentaban arrebatarle por sorpresa el arco que traía terciado a la espalda. Pero él se defendía eficazmente, esquivándolos una y otra vez sin grandes aspavientos. Y, acaso mucho más con la tentación de acariciar los revólveres que por ponerlos en jaque, se aprovechaba de cuando en cuando de sus descuidos para desabrocharles las pistoleras y jalar de la culata de las armas de fuego, si bien los guardianes del orden manoteaban sacudiéndoselo antes de darle tiempo a que las fuera a extraer. En ocasiones, uno de los dos tiraba de las gruesas trenzas del indio. Y éste correspondía a la pesadez de la broma con un golpecito propinado mediante el palo del arco en la gorra de plato o en las orejas del atrevido… Todo ello en medio de sonrisas condescendientes y de una mudez total, pues los gendarmes no hablaban el huichol y el indio prefería fingirse desconocedor del castellano.

A la primera pausa en ese juego se me ocurrió que había encontrado una magnífica oportunidad para lucirme como polígloto, exhibiendo mis paupérrimos cuanto anacrónicos conocimientos de la lengua del aborigen ante un público de embobados espectadores. Y saludé al indio en tono suficiente:

—Aisi coamet.

Cesaron los tres en sus escamoteos y se volvieron hacia mí con gesto asombrado.

Me pareció, el huichol el más sorprendido, a la vez que más receloso, no sé si porque le molestaba esa familiaridad con que se dirigía a él un extraño o porque se resistiera a admitir que lo que oyese era algo más que una simple coincidencia en la fonética de dos frases de ambos idiomas.

Me observaba perplejo… Y como confirmase en el rictus y persistencia de mi mirada la cabal intención de mis palabras, su inicial hostilidad degeneró en cautela. Y ésta le indujo a darme una respuesta elusiva, en un tono de voz tan bajo que resultó imperceptible, si bien impregnada del firme propósito de esquivar mi cordialidad mostrándose definitivamente lacónico.

Pero todos los reunidos tenían entonces fija su atención en mí. Y comprendiendo que no me quedaba más remedio que reafirmar mi dominio de aquel olvidado idioma para no defraudarlos, perseveré, ante el asombro general, interrogando al aborigen:

—¿ Kipititahuá?

Y él, cada vez más desconfiado, no tuvo otro remedio que complacerme dándome su nombre:

—Agostín —dijo—. Agostín del Hoyo.

El recelo inicial de los policías iba evolucionando hacia una transigencia cauta. No les era nada fácil entender que un tipejo de la ciudad, como yo, conociese una lengua, casi muerta y para ellos desdeñable y propia para seres en el más craso de los primitivismos o de la barbarie. Y su incapacidad para entenderlo, así como el hecho de que mediante esos artilugios me fuera dado escapar a la fiscalización que su investidura les concedía sobre el modo de pensar y de expresarse de cada ciudadano, me había vuelto sospechoso a su razón.

—Le estoy hablando en su idioma —decidí explicarles—. Pero nomás unas palabras conozco.

En efecto, mi vocabulario huichol era limitadísimo; ni siquiera de prontuario. Y cuando hostigado por el respetuoso silencio de policías y mirones quise reanudar mi conversación con el indígena, no tuve más remedio que ponerlo de manifiesto ayudándome con el castellano.

Inquirí, reiterando ante el gesto de incomprensión de mi interlocutor:

—¿Te gustaría ser topil como ellos? —y le indicaba con un movimiento de cabeza a los genízaros—. ¿Pexeve ser tú topil? Entendiéndome sólo en parte y comprendiendo que los aludía, los gendarmes volvieron a observarme amoscados. Por lo que me apresuré a explicarles:

—Topil es como decir policía.

Mientras tanto, el indio les lanzaba una mirada codiciosa a las pistolas de los dos guardianes del orden, permitiéndome deducir que le complacería mucho poseer una semejante… No obstante, eludió el intento de confiármelo de palabra. Y, asaltado por la misma disposición prudente, se refugió tras un súbito y encrespado orgullo y repuso con la desdeñosa altivez de un prócer menospreciado:

—Nenetopil uu… zata… n’ël Sierra.

No estaba yo seguro de haberlo entendido bien. Y mi vocabulario no me alcanzaba para pedirle que me lo explicara mejor… Tampoco sabía cómo salirme de la embarazosa situación a que me llevase un pueril afán de lucir mi sapiencia ante los congregados. Y cavilaba sobre la mejor manera de escapar airosamente cuando uno de los gendarmes se me anticipó, preguntándome:

—¿Qué dijo? ¿Le llama ser policía?

—Creo —expliqué con cierto desahogo—, que me respondió que él es topil allá, en su pueblo de la Sierra. Pero de que le ilusionaría mucho traer pistola, como ustedes, su mirada no dejó ni la menor duda.

—Si es policía allí puede traerla… Que la pida o que la compre.

Era mi oportunidad para evadirme de una imposible conversación con el indio. Y fingiéndome muy interesado en lo que asentaba el polizonte, le pregunté a éste, oficioso pero un tanto irónico:

—¿Con qué dinero la compraría?

—Que trabaje para ganarlo —repuso aquél sin detenerse gran cosa a meditarlo.

—Eso sí que es algo de lo que nunca le convencerán —expliqué con énfasis de muy enterado y haciendo gala ahora de los conocimientos que en la antropología social poseía—. Ellos trabajan sólo tres meses al año en sus siembritas en comunidad, lo menos posible y para obtener lo indispensable. El resto del tiempo se la pasan vagando, buscando fruta o raíces en el monte o algún animal que cazar… O pidiendo limosna con el pretexto de su supuesta habilidad para tocar el violín de una o dos cuerdas o de la buena puntería con que disparan sus flechas. Y nada ha podido ni podría apartarlos de esos hábitos.

— ¡  Es que no les gusta vivir como gentes! —dijo ácidamente el otro gendarme. Y añadió:

—Viven más a gusto así: sucios y echados como los puercos.

Tuve la impresión de que el huichol lo había entendido sólo porque le vi volver el rostro hacia otro lado, pues no asomaba hasta sus facciones ni el menor rictus de contrariedad y se fingía distraído, como ausente.

Por mi parte, consideraba injustos los insultantes conceptos de aquel guardián del orden, ya que no hay razón para llamarle cochino a nadie, aunque lo esté, cuando se departe y juguetea con él en términos amistosos. Y menos ateniéndose a que no nos entiende.

Pero aunque experimentaba deseos de contradecirle, me cuidé de llevarlo a cabo directa y personalmente, ya que la prudencia aconseja no contradecir a la autoridad por ínfimo que su rango sea. Decidí que el propio y débil huichol defendiera los principios y la dignidad de su raza y me propuse darle la oportunidad para ello.

Incapaz de hablarle en su idioma, me dirigí a él en español:

—Dice el topil que puedes traer pistola; que es cosa de que trabajes como la gente de razón para comprarla.

El indio simulaba no entenderme. Y tuve que ser más, explícito.

—¿Por qué no te haces como el mexicano común?… Te civilizas… O te avecinas, como dicen ustedes.

Por fin dio muestras de comprender. Aunque su ancestral recelo contra el hombre blanco lo mantuvo todavía vacilante durante un rato. Quizá sólo meditaba un argumento. Porque, cuando a la postre se resolvió a asumir la responsabilidad de que me entendía y hablaba el castellano, la réplica salió de su boca en términos bastante comprensibles, muy bien hilvanada y latiendo en ella un atisbo de rencor e inquina:

—Ya sé lo que quieres —dijo—… Quieres que yo ande como aquél.

Y con el brazo extendido señalaba a un desdichado cargador mestizo, sucio, viejo y desarrapado, el cual atravesaba el lote baldío a unos 100 pasos de allí, resollando bajo los 80 kilos que debía pesar un opulento tercio de leña que transportaba en sus espaldas.

Mientras nos volvíamos para ver al indicado, el indio recalcó definitivo:

—Él tampoco trai pistola… Y pa varitas en el lomo, le voy más a estas tres flechas que yo cargo.

Comprendiendo de un golpe la agudeza del huichol y la gran razón que le asistía, nos miramos todos asombrados y confusos. Poco a poco iba cuajando una aturdida y general sonrisa que a la postre no se pudo contener y evolucionó hasta convertirse en amarga carcajada.

Sólo el gendarme que lo había insultado, intuyendo tal vez que le incumbía directamente el sarcasmo de la explicación, se negó a hacernos coro. A su gesto asomaba venenoso el rencor de la derrota.

Pero hasta él debió darse cuenta de la razón aplastante por la cual, después de cuatro siglos de luchar por incorporarlos a las “ventajas” de la civilización cristiano-atómica, ni misioneros religiosos, ni Institutos indigenistas, ni soldados prepotentes ni profesores de internados oficiales han conseguido reducir a ella a este rebelde núcleo de primitivos indios huicholes.

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