UNA ENTREVISTA CON Sherlock Holmes

Una entrevista con Sherlock Holmes

Germán List Arzubide

LONDRES

CUENTOS DE VIAJE


Una entrevista con Sherlock Holmes Al Sr. Lic. Luis Echeverría Alvarez*. Presidente de la República de 1970 a 1976.

(* Este cuento, solicitado por un diario capitalino, me fue devuelto porque el director opinó que “molestaría al señor Presidente”. Año 1972 )

Llegando a Londres (1970), mi primer pensamiento fue ir a saludar a Sherlock Holmes, héroe de mi niñez y admirado detective de relieve mundial. Satisfacía así mi admiración por el asombroso investigador policial y al mismo tiempo daba por cumplida la intención que me había propuesto, desde que pensé en llevar a cabo el viaje, de tomar contacto con la personalidad más conspicua de cada lugar que tocara en mi recorrido. Desde hacía mucho tiempo sabía dónde localizar al detective; Antonio Helú (q. p. d.), con quien se carteaba, me había dado su dirección y en cuanto acomodé mis valijas en el hotel y me cambié de ropa, adoptando la clásica indumentaria londinense (saco gris, pantalón a rayas, bombín y paraguas) abordé el autobús número 56 que me dejaría cerca de la calle donde habitaba el señor Holmes y me lancé a encontrarlo.
Yo marchaba, o por mejor decir, el autobús marchaba, según me parecía, alegremente, en esa mañana de mayo soleado y transparente, con ánimo satisfecho y deseoso de que yo llegara cuanto antes a mi destino. Bajé del autobús en la esquina convenida y dando vuelta a la derecha en Baker Street hallé fácilmente el número 221-B. Me apresuraba a llamar tocando el timbre, cuando la puerta se abrió y Sherlock Holmes apareció en el umbral. En seguida lo reconocí: alto, flaco, con su ganchuda nariz, gorra a cuadros, saco de pana gruesa, pantalón de franela clara, pesados zapatones, una cámara de retratar en bandolera y la humeante pipa en la boca. Detrás de él se veía la rechoncha figura de su inseparable compañero el doctor Watson. Inmediatamente Holmes me tendió la mano diciendo:

—Mexicano, ¿no es verdad?
Yo titubié asombrado, mientras me dejaba estrechar la mano contemplando el rostro del detective que retrataba una irónica sonrisa al darse cuenta de mi aturdimiento. Al fin pude responder:
Mexicano, sí señor Holmes, ¿pero cómo lo ha notado usted a primera vista?
Holmes retiró la pipa de su boca y dirigiéndose a su compañero, dijo:
—Advierta usted, doctor Watson, el asombro del señor visitante. Me da todos los ingredientes para hacer un diagnóstico y luego se queda desconcertado de que yo descubra su nacionalidad. Una ojeada me ha bastado para identificarlo cuando él pone a mi alcance los mil y un detalles que le exhiben. Elemental, doctor Watson, elemental.
—Pero —me atreví a balbucear— no creo tener nada encima ni folklórico ni típico que diga algo de mi país. ¿Cómo ha llegado usted tan fácilmente a identificarme?
Holmes volvió a sonreír y dijo:
Veamos el caso. Usted ha llegado hasta aquí en autobús ¿no es verdad?
—Sí señor, en el número 56.
—Mientras se acercaba a la puerta para llamar lo he sorprendido tocándose la cartera, temeroso de que pudieran habérsela robado durante el trayecto. Este es un gesto de todos los mexicanos cuando descienden de los autobuses.
Instintivamente volví a tocarme la cartera. Estaba en su sitio. Holmes tenía razón. Pero ¿eso era todo? Holmes continuó mientras me miraba de arriba abajo:
—Y ese otro ademán de palparse el lado derecho, hacia atrás, por donde se porta la pistola. Usted no la trae ahora y por eso mismo se le advierte en los ojos una mirada inquieta, le diré la verdad: acobardada.
No pude soportar que así se me tratara e interrumpí al detective diciéndole furioso:
—Acobardado? ¡Eso sí que no, señor Holmes; los mexicanos somos muy hombres!
Holmes volvió la cara hacia el doctor Watson y le dijo:

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—¿Qué le parece, doctor? Al mexicano le ha salido lo mexicano. Más bien se lo hemos sacado a flote. Vamos, ha aparecido “el charro”
—i,El charro? —inquirí—. ¿En dónde se me ve a mí lo charro?
Holmes volvió a reír.
—En todo mexicano hay un charro, dijo arrojando el humo de su pipa. No se moleste, basta mirarlo a usted. Seguramente usted nunca ha vestido el traje de gamuza, ni se ha calado uno de esos fantásticos sombreros aludos que por su peso van haciendo cada día más chaparros a sus paisanos. Pero usted se codea con ellos, los soporta y en su interior los admira. En cada mexicano alienta la vanidad del que va vestido de oro y plata, con desprecio para el infeliz al que se ha desnudado para dar brillo al charro; de ahí el aire insolente, la actitud del perdonavidas empistolado, rijoso, bravucón y arisco . . . pero quítele la pistola al mexicano, despójelo de los alamares dorados ¿y qué queda de él? Tan sólo un individuo sumiso, obediente a la voz del que tiene a su vez la pistola, al que se le imponen los amos que tiene que obedecer
—.Se le imponen? Eso sí que no, señor Holmes —protesté furioso—. Nosotros vivimos bajo un régimen de absoluta democracia. Nosotros designamos con nuestro voto a nuestras autoridades.
—Muy bien, señor mexicano —agregó Holmes satisfecho—. Ustedes designan con su voto a sus autoridades. ¿Quiere usted que le diga desde hoy, quiénes serán sus presidentes hasta el final de este siglo?
—Eso no lo puede saber nadie, señor Holmes, usted no puede penetrar en el corazón de mi pueblo.
Holmes se rió largamente y respondió:
—Hagamos algunas deducciones. Ustedes cambiarían de presidente en los años de setenta y seis, ochenta y dos, ochenta y ocho, noventa y cuatro y cien, o sea el año dos mil. Yo voy a dar a usted los nombres de los cinco presidentes que ocuparán esos puestos.
—Pero vamos, señor Holmes —le dije amoscado- ¿usted presume de adivino?
—No señor —respondió—— nada más de hombre capaz de deducir.

Sentí que el corazón se me salía del pecho. Saber, antes que nadie, quiénes serían los próximos presidentes. Asegurarme con los amarrados . . . Pero, ¿iba Holmes a saber en verdad los nombres de los candidatos? Como si leyera en mi pensamiento, el detective, después de lanzar una bocanada de humo, me dijo:
—Cree usted que yo adivino, ¿no es así? Pues no, señor, todo es cuestión de simple lógica. Si usted se toma el trabajo de estudiar cómo han sido escogidos los anteriores. He dicho escogidos y no elegidos. ¿Está usted de acuerdo con esa palabra?
Yo estaba de acuerdo con todo lo que Holmes dijera, lo que me interesaba en ese momento era saber los nombres de los futuros mandatarios y no quise interrumpirle. La deducción, la lógica, eso era todo.
—Fíjese bien —dijo Holmes— usted y yo vamos a descubrir la incógnita. Principiemos por el penúltimo, seguiremos con el último y desembocaremos en el futuro. Todo esto es tan simple que me admira que los mexicanos no sepan, con medio siglo de anticipación, quiénes serán sus mandatarios. No puede haber otros, todos siguen en cadena. Fíjese bien y responda a mis preguntas. Vamos a situar a cada persona en su lugar y usted verá irse retratando a los escogidos y la razón de haberlo sido. Principiemos.

En ese momento sonó el timbre del carro de la policía, un sargento se acercó a Holmes y hablaron. Algo muy importante debió haber sido porque Holmes se volvió hacia mí y me dijo:
—Imposible seguir ésta charla. Venga otro día cualquiera. Ahora hay un caso muy importante que aclarar. Más importante que averiguar esos nombres que usted espera. Más adelante . . . es una cosa tan simple. Ya verá..
Holmes montó en el auto seguido del doctor Watson. Me hizo un ademán de adiós y s marchó. Tuve que seguir mi viaje.

No lo volví a ver.

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