UN ROBO FATAL

UN ROBO FATAL

Ramón Rubín

—Quien no razona más allá

de lo que los códigos establecen, no razona.

ALAMBRES autor: Alfredo Zalce

HABÍAN caído en la noche las primeras lluvias de la temporada, y la mañana en que fueron hallados los cadáveres escurrían de sus pobres harapos gotas de agua.

Estaban colgando, mecidos por la brisa de los montes como dos banderas viejas y añadidas. Y el resplandor que los bañó en la luz purpúrea de la aurora no alcanzó a precisar bien los rasgos de sus semblantes, hundidos contra el pecho y desfigurados por una mueca trágica, mitad de dolor mitad de sorpresa.

El hombre era muy joven. Mas no tanto como la mujer, que apenas podía considerarse una chiquilla.

Bajo ellos ladraba un perro flaco, sarnoso, con un acento lúgubre que impregnaba del horror de la tragedia la impávida aridez del paisaje. Y no mucho más lejos, indiferente a la vida y a la muerte, pacía en silencio un asno gris, viejo y lleno de mataduras.

Allá arriba, al pie de la gran mole pétrea que sobre el repecho inmediato recortaba su estructura lacerada de grietas en el cielo sanguinolento del amanecer, la choza que les había servido de albergue se hallaba sola,  vacía. Únicamente un pequeño perico, trepado en un palo junto a la puerta, se rascaba con impudicia los piojillos, articulando de cuando en cuando alguna palabra en otomí, con la que al parecer manifestaba el hambre y la impaciencia.

Para darle mayor capacidad a su interior, la choza estaba edificada ante una cueva de escasa profundidad que labrara en el talud la erosión de los vientos.

Con todo y ello, en el recinto se podían mover dificultosamente dos personas. La cocina, compuesta por cuatro piedras ahumadas y tres ollas de barro, estaba afuera. Y servía de comal un pedazo de latón en el que se adivinaba aún el dibujo de una curva que debieron pintarle quienes lo destinaron a facilitar el tránsito de los automóviles por la nueva carretera pavimentada, tendida unos 800 metros más abajo de la choza y unos 40 más arriba de la torre de metal de donde pendían los cadáveres. Otros pedazos de latón más, que también sirvieron a ese mismo fin, formaban el techo de la casucha, demostrando que el hurto no se había detenido en una sola pieza. Y por si esto fuera poco, las paredes se levantaban con piedras encaladas de las que se destinan a señalar el borde de las curvas más claramente, porque ellas pretendían darle un aspecto más limpio y casi jovial. Y aún se podían ver en el interior, enclavadas en las paredes de la cueva y sirviendo de sostén a unas repisas de tabla, dos varillas de hierro arrancadas y substraídas sin duda del barandal de un pequeño puente de la propia carretera no muy lejano de allí.

Por el otro lado del promontorio brotaba un manantial de donde debieron proveerse del agua necesaria para sus necesidades domésticas, y el cual daba origen

en sus orillas al desarrollo de unos cuantos cazaguates dispersos y a cuatro pirús relativamente fragantes. En la cara opuesta, hacia el Sur, con la ayuda del asno y un arado de madera, habían roturado recientemente un pobre y mínimo terreno para sembrarlo de maíz.

El paraje, por lo demás, era inhóspito, y salvo esta única excepción completamente deshabitado.

Bajando las vertientes del repecho, hacia la negra montaña que al Oeste surgía más allá de una barranca seca, no se observaban otras señales de actividad humana que la negra carretera, la línea de cables que llevaban a la ciudad la fuerza eléctrica de Necaxa, y al otro lado del barranco, el boquerón de una vieja mina abandonada. Por el Este y el Sur la ladera descendía hasta las planicies del valle de México, que se iban a diluir en un horizonte gris, sin una mala ranchería.

La vena negra de la carretera corría de Suroeste a Nordeste entre Pachuca y Tulancingo, por un cauce abierto a duras penas en la ladera rocosa de la Sierra. Pero había dejado muy atrás la primera de estas ciudades y el poblado más próximo hacia adelante, El Ocote, no estaba sino al otro lado de un cerro que remontaba la propia vía.

Salvo en las riberas del exiguo manantial, la flora era seca, gris y escasísima. No se veía más árbol que algún pirú raquítico de kilómetro en kilómetro, ni otra mancha verde que unos nopales macilentos que le disputaban la inclemencia de la tierra pedregosa a unos mechones ríspidos de duro y pardo zacatón. Únicamente un cerrito del Norte había sido plantado de magueyes, los cuales iban resbalando en filas casi rectas por

los flancos de la eminencia, en espera de que su dueño del rancho de El Ocote mandara tlachiqueros a extraerles el aguamiel, o de que al amparo de la noche la necesidad de Taurino y su mujer, ahora ya muertos, fuese a buscar en el robo de la misma un poco de alivio a la carga imponente de su miseria.

No había nacido allí.

Eran dos indios otomíes de la serranía de Hidalgo que llegaron y se establecieron cerca de la civilización, pero temerosos de ella por mero accidente.

Tres meses antes se casaron en su pueblo, un ranchito gris de más arriba de Acaxochitlán. Y fue la suya una boda suntuosa dentro de lo que se podría esperar de la pobreza de las familias de ambos, que iba pareja con la de todos los vecinos del pueblo.

Al llegar a Acaxochitlán la flamante carretera petrolizada que iba a unir la capital de la República con las playas del litoral norte del estado de Veracruz, toda aquella serranía se asomó a una civilización que desconocía casi por completo. Y algunos de sus pobladores no pudieron menos de sentirse deslumbrados por ella.

Entre éstos había de encontrarse Taurino, el joven indio ahora cadáver.

Él tenía desde mucho antes a un hermano mayor trabajando en una de las fábricas de tejidos de lana de Tulancingo, el cual le había mandado decir de las grandezas sin cuento de la vida moderna y le ofrecía ayuda para conseguirle un trabajo en ese centro industrial. Taurino se dejó convencer. Pero antes de partir tuvo que casarse con Gilda, aquella indita muerta también ahora, que apenas contaba 13 años y era la mujer a quien, siguiendo las costumbres ancestrales de los suyos, le habían escogido para su esposa sus padres y los de ella. Previos graves y ceremoniosos consejos de familia, intercambio de obsequios, largos rezos, cortesías protocolarias entre los mayores de los contrayentes y ritos estrafalarios como el de enterrar tres pollos vivos y con la cabeza de fuera, con mucha música de monótonos compases, danzas, abundante mole de guajolote y descomunales borracheras quedaron por marido y mujer. Y en plena luna de miel, llevando consigo los enseres y víveres que pudieron reunir, emprendieron el camino a Tulancingo animados por las mejores ilusiones del mundo, aunque sin saber hablar más que unas cuantas palabras en castellano.

Aquel hermano de él los recibió en Tulancingo con una frialdad, una esquivez y un pesimismo inesperados. Tal vez sus ofertas eran vana jactancia. No pudo negarles el hospedaje en su casa. Mas, cuando las gestiones para conseguirle a Taurino el trabajo que le tenía prometido fracasaron, hostigado por su mujer, una mestiza que no estaba muy de acuerdo en recibir arrimados y con el solo afán de deshacerse del compromiso, los alentó para que siguieran hasta Pachuca, dando por seguro que allí encontraría Taurino trabajo en las minas y regalándoles para el viaje y los primeros días de su estancia en el mineral 15 pesos, que a ellos se les antojaron una cuantiosa fortuna.

Se fueron a pie para ahorrar dinero.

Por el camino, lejos de todo lugar poblado y no mucho de la carretera, hallaron el asno aquel, todo

lleno de mataduras, que ala sazón pacía a poca distancia de los cadáveres. Y como el ajuar les pesaba mucho, decidieron ocuparlo para transportar la carga durante un trecho.

Tan descansados fueron ese rato que decidieron adoptar el pollino hasta Pachuca, desafiando las posibles iras de su dueño y con el sincero propósito de liberarle una vez que se instalaran allí.

¡Pero qué se habían de instalar!…

En Pachuca no sólo les negaron el acomodo previsto, sino que hicieron burla de sus pretensiones personas que los calificaban despectivamente de pobres ñengos de la serranía, y que no se molestaban en explicarles que el trabajo, por brutal y mal remunerado que sea, resulta hoy manjar de privilegiados, así como que hay muchos hombres con experiencia, derechos sindicales y otra serie de requisitos y formulismos llenos, que esperan meses y meses y no lo pueden hallar.

Avergonzados de sus esperanzas y enemistados con un mundo al que habían creído complaciente y generoso, digno de su aparente esplendor, volvieron hacia Tulancingo, más agradecidos que nunca de la ayuda de ese asno macilento y dócil.

No llegaron sin embargo a esa pequeña ciudad fabril.

Como pernoctasen al pie de aquel cerro lacerado de grietas y quebraduras y advirtiesen que cerca de allí había agua potable y que a espaldas del frontón de piedra ferruginosa, en el terraplén de areniscas, existía aquella concavidad de escaso fondo labrada con destreza casi humana por la erosión de los vientos y donde podían ampararse provisoriamente de la intemperie, les asaltó la idea de quedarse a colonizar ese pedazo de páramo.

Claro que una empresa de semejantes dimensiones sobrepasaba los límites del humano heroísmo. Pero, en realidad, Gilda y Taurino no eran humanos; eran mucho más o mucho menos que eso. Y como por añadidura no tenían nada que perder, decidieron quedarse. Todo sería preferible a volver a Tulancingo en busca de una protección que ya les habían negado o a retornar ante sus mayores con la pena de su fracaso.

Taciturno y lento, como todos los indios, Taurino era sin embargo sufrido e industrioso como son ellos. Y poco a poco fue allanando en sus aspectos fundamentales la imponente magnitud del problema. Con los 15 pesos, que conservaban intactos, compraron en Pachuca una carga de maíz, la cual fue traída en el pollino aquel que provisionalmente tomaron por suyo. De tal maíz sembrarían dos cuartillos, conservando lo restante para comer hasta que se diera la primera cosecha. Así, las tortillas, base de su alimentación, quedaban aseguradas. Y como viandas complementarias, tallos tiernos de nopal y ásperos corazones de biznaga, pues el pirú no tenía nada aprovechable.

Además, podían permitirse el lujo de tomar aguamiel ‘en abundancia, ya que no era problema del otro mundo hurtarla en los cercanos magueyales de El Ocote.

El arado lo hizo de madera de pirú que labró con su machete. Y como la cueva resultaba insuficiente para habitación, con materiales que durante las noches traían de la cercana carretera y poco más, se construyeron su choza.

En realidad, ellos no estaban muy seguros de que aquellas piedras blanqueadas, aquellos indicadores de latón y las varillas de hierro del puente llenasen en el acondicionamiento de la pista algún fin práctico. Se les antojaba que más bien tenían allí un cometido esencialmente estético. Y, siendo así, no existían motivos sólidos para que les remordiese gran cosa la conciencia.

El perro y el perico, regalos de boda que los habían acompañado desde su lugar de origen, eran los que más dificultades encontraban para subsistir. Pero también ellos iban arreglándoselas para proporcionarse algún bocado. Y, por lo demás, a los 15 días de haberse establecido allí, Taurino y su mujer se felicitaban de ello, pues no estaban acostumbrados a disfrutar de ventajas mucho mayores en su ranchería.

Gilda, infantil aún en muchas de sus actitudes, admiraba la laboriosidad e industria del marido. Y se sentía compensada de sus miserias por la ausencia de aquellos que en Pachuca les llamaban jactanciosos pobres ñengos provocando una disposición sombría en su cónyuge, y gozaba la sensación de sentirse dueña de todo el panorama adusto y silente que se alcanzaba a dominar desde lo alto del peñascal que protegía maternalmente a su chamizo.

Hasta que, un maldito día, se le ocurrió a Taurino cercar un chiquero para el asno, que en las noches se alejaba demasiado de la casa.

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Una vez listas las estacas, hubo que buscar ramascos para tejer la cerca, búsqueda no todo lo fácil que fuera de desear, pues ya hemos dicho que árboles y arbustos escaseaban muchísimo.

Empezaba a decidirse por acarrear piedra desde muy lejos cuando se dio cuenta de que al otro lado de la carretera, unos 30 metros más abajo, las torres de hierro clavadas sólidamente en el suelo llevaban, en la maraña de crucetas de su parte alta, unos cables que podían hacer admirablemente las veces de alambrada.

No quiso detenerse a pensar en el significado que pudiesen tener aquellas torres y aquellos hilos. Parecía mucho más improbable aún que llenasen alguna función utilitaria. Las habían puesto sin duda con sólo un fin decorativo, y ése, a decir verdad, de muy discutible gusto… Y, para mayor ventaja, él podía hacer la substracción de los cables necesarios sin comprometerse tanto como en los hurtos anteriores; pues los que las torres llevaban eran varios y desprendiendo uno de ellos apenas se notaría.

Prudente, sin embargo, aguardó a que se hiciera de noche.

Hacía luna y calor y una paz inmensa flotaba sobre los yermos.

Lo acompañó Gilda, que manifestaba temores de quedarse sola en la casa con tanto alarido de coyote.

—iNo te vaigas a cair!… —le previno cuando se disponía a trepar por la torre con su machete en la mano, dispuesto para trozar el cable.

—Hay unas como jicaritas de borcelana —le dijo Taurino a media ascensión y refiriéndose a los aisladores.

—Me avientas una —pidió Gilda ilusionada.

Taurino pudo notar al ir subiendo que una fuerza intangible, la inducción de los desnudos cables de alto voltaje, lo repelía. Y por poco se le escapa el machete de las manos… Juzgando, sin embargo, que se trataba de un mareo, hizo un esfuerzo por sobreponerse a aquella sensación para él incomprensible y prosiguió sin desmayo el ascenso… Hasta que, de pronto, cuando había conseguido situarse muy cerca de los alambres, la influencia de la corriente cambió de súbito; y en vez de sentirse rechazado, una fuerza siniestra lo levantó y le hizo posar la mano, sin quererlo él todavía, sobre los cables electrizados.

De ellos brotó instantáneamente un chispazo azul que, haciéndole soltar el machete, bajó en culebrillas por el cuerpo del infeliz, el cual no pudo articular ni un mal quejido. Todo él se contrajo. Y en esa contracción perdió el contacto de los pies con los travesaños de la torre sobre los que reposaban, y quedó colgando, prendido de la mano que se agarrotaba sobre el alambre y balanceándose en lo alto.

Estaba carbonizado.

Abajo, Gilda exhaló un grito al ver que el machete salía disparado. Pero era absolutamente incapaz de comprender la situación. Quizá la entendía mejor el perro esquelético, que aullaba con una ansiedad infinita mirando para el cuerpo de su amo, ríspido, inerte y ennegrecido, colgando del cable y destacando su trágica postura sobre el cielo casi claro de la noche lunar.

No obstante, la muchacha no pudo menos de sospechar que algo grave acontecía. Y temerosa de que su marido cayera, empezó a gritarle que se agarrase bien y procurara, balancéandose, alcanzar de nuevo la torre con los pies. Mas, al no dar él señal alguna de vida, su angustia subió de punto, agudizándose. Y ya no pudo menos de preguntarle qué cosa era la llamita azul que le había recorrido el cuerpo.

Una vez que estuvo convencida de que Taurino no le contestaría, rompió a llorar. Y entonces sí, a grito abierto se dio a clamar pidiéndole que le hablase.

Su desesperación aumentaba a medida que el pánico volvía más honda la angustia.

Cansada de llamarle inútilmente, corrió erial arriba hasta el borde de la carretera. Y allí redobló sus alaridos de auxilio sin que nadie le respondiese. Hasta que el terror y la fatiga la derribaron, desmayada, sobre la cuneta.

Debió permanecer una media hora en ese estado, pues, cuando volvió en sí el ángulo de la situación de la Luna sobre los montes era casi el mismo, y por otra parte se sentía bastante recuperada en lo moral y en lo físico. Entonces rememoró lo sucedido y tornó a bajar corriendo, ya no tan aterrorizada, hasta el pie de la torre de donde seguía colgando el cuerpo inerte de su hombre.

Como no respondiese a sus nuevos llamados, se propuso subir a ayudarle.

Utilizó el mismo peñasco que Taurino había arrimado para salvar el primer tramo hasta el peldaño inferior y empezó el ascenso. La misma sensación extraña que él experimentara le dificultaba ascender; pero también se sobrepuso a ella. Consiguió subir hasta la altura necesaria para alcanzar una pierna de su marido, y apenas iba a estirar el brazo para jalarle cuando se sintió atraída hacia la rígida extremidad. Al tocarla, aquella chispita azul de antes bajó a través de ella por toda la torre. Y su cuerpo quedó añadido al otro, tan contraído como él y meciéndose en el aire.

Tampoco había alcanzado a emitir más que un gemido trunco… Y allí estaba, grotescamente encogida, con los ojos desmesuradamente abiertos y en la boca una expresión de supremo estupor.

Las autoridades judiciales de Pachuca que tomaron conocimiento del caso hubieron de reconstruir toda la historia. Y ante la presencia de los muchos objetos robados que la choza contenía, el juez no pudo menos de exclamar:

—¡ Eran dos ladrones terribles!

—Sí, dos —asintió distraído el actuario que lo acompañaba—: la Ignorancia y la Miseria.

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