TIEMPO DE AGUAS

TIEMPO DE AGUAS

ARMANDO OLIVARES CARRILLO

(Guanajuato, Gto., 1910-1962)

AQUEL PUEBLO increíble era como una vieja arruga de la montaña, hecha con el lodo rojo que modeló su única calle larga y que después se deshizo en montones de greda resbalada desde las bardas carcomidas. Se cayeron primero las puertas; luego, sobre las fachadas, las grietas corrieron el zigzag de sus víboras negras. Y el monte se encorvaba alto y encanijado en esas vértebras de barro, con su lomo agudo y lastimoso de perro flaco. A los lados vivía el abismo su gran rumor azul hecho de nubes convulsas y de sonidos de viento desgarrándose entre las breñas profundas. Del abismo humeaba ese olor que va envuelto en el tembloroso color de las estaciones. Subía aferrándose a las asperezas hasta dar con el viento que lo deshacía, desprendiendo a soplos aquel humo seco o denso y amarillo como el polen. Arriba, sólo el viento señoreaba la montaña, niño gigantesco y estúpido, que acumulaba en la cima enormes nubes deslumbrantes, cargando de algodón las espaldas del pueblecillo y luego las emborronaba, restregando sobre la visera gris del aire su gran dedo mojado de lluvia. Y se quedaba en la cumbre, gruñendo, con el deseo de bajar por las laderas del precipicio a arriesgarse en el equilibrio de los senderos de las cabras y con el miedo de clavarse en el bosque defendido con lanzas, desgarrarse en la maleza bravía donde se escondían, muy abajo, las alquerías, los pueblos, las iglesias rústicas cubiertas siempre de repiques como de manojos amarillos de cascabeles. Allá abajo vivían millares de gentes presurosas en las faenas de la vida, derribando los altos troncos olorosos, acumulando en cestos la fruta exhibida como amarillas esferas de cera en la punta de las ramas. Muchos entre ellos habían pertenecido a la cumbre y la abandonaron, dejándola sola en la violencia del aire y la tormenta. Estaban llenos de vida y huyeron de aquella terrible calle larga única del pueblo, patética con el espanto de su agonía pertinaz. Porque el pueblo no tenía siquiera ese aspecto limpio, depurado, de las cosas simplemente muertas, como esos huesos trabajados por el aire y la lluvia y que son bellos a base de ser perfecta su pulcritud. Mas el pueblo no quería morir y en la gangrena del barro y de la roca animaban aún algunas casuchas con el latido de una vida miserable. A veces, en el hueco de una ventana la figura de una mujer envuelta en andrajos semejaba un espectro. Y cuando la lluvia hacía correr entre escombros su serpiente de vidrio, algún chiquillo desnudo jugaba en el regato, hundidos las manos y los pies en el agua helada. Hatos de bestias y grupos de arrieros, bajando de la sierra rumbo al llano, cruzaban de cuando en vez el laberinto del pueblo. Vociferaban los guías corrigiendo a golpes la marcha; venían ebrios, emborrachados con los tragos largos de alcohol de las paradas en la sierra y corrían entre las bestias gritando y azotándolas en el estrépito con que cruzaban el pueblo, insensibles al silencio y al destrozo. A su paso las casas deshechas, a través de las puertas, mostraban la ruina de las gargantas roídas, llenas de cascotes donde medran yerbas silvestres cargadas de flores amarillas y las ventanas sin maderas eran como órbitas en los rostros heridos y deformes por muecas. Las bestias atropellaban presurosamente aquel aire trágico como una ráfaga de fuerza impregnada del olor de las sierras. Entonces, en medio del pueblo, don Cleofás las veía pasar. Don Cleofás era una sombra alargada, envuelta en una cobija gris. Desde las rendijas de su ruina mantenía una vigilancia encendida como la última lámpara sobre el desastre. Era una miseria en vela, una urdimbre de músculos gastados, como cuerdas, bajo el terroso color de la silicosis. Sólo él permanecía leal a la cumbre en medio de la fuga, connaturalizado ya con la soledad, símbolo de su angustia. Y nadie se explicaba qué hacía allá arriba aquel fantasma de la desolación, ya cuando las últimas mujeres miserables, agobiadas bajo la carga de trapos y de cántaros, se fueron monte abajo desgarrando los rebozos entre las malezas, seguidas por los chiquillos desnudos y lloriqueantes.

Pero como todas las almas solitarias, don Cleofás alimentaba su secreto. Había comprado un montón de maíz con el puñado de pesos con que lo indemnizaron al despedirlo de la mina y lo dedicaba a engordar un cerdo que era toda la riqueza en que remataba una vida gastada en las tinieblas hasta que, con los pulmones endurecidos, abandonó un día el socavón y subió al pueblo a esperar la muerte. Pero allá arriba, entre el aire frío, una desesperada voluntad de vivir se le aferró a la garganta. Engordaría el cerdo y llegado el día de venderlo, él también bajaría al pueblo a tratar con algún señor médico, a curarse la enfermedad pegada a su cuerpo cuando todavía sentía como una ternura al ver brillar el sol o descolgar a la lluvia sus miles de filos de plata para que cada aguja picara sobre el suelo y despertara en ese punto sobre la sierra reverdecida una pequeñita florecilla morada. Y allí estaba el cerdo, feliz entre el fango, sobre el pavimento de una portalada destruida, engordando a medida que disminuía el montón de grano. Era un cerdo enorme, color de orines y de lodo, contrastando tan raramente con la ruina, que parecía haber absorbido, él solo, toda la vitalidad del ámbito macilento. Aquel puerco era realmente el personaje del pueblo. Inundaba la calle con su olor repulsivo de zahúrda y escandalizaba bestialmente en su dominio desierto. Don Cleofás lo contemplaba largamente, con afán que ponía en la sombra de las órbitas una lumbre ansiosa. Imaginaba en él, como por transparencia, un mundo de cosas anheladas, todas como encerradas en la masa gorda del puerco, presas en el tejido de las cerdas siempre embadurnadas de lodo. Y el cerdo campaba como un sultán en medio del pueblo que era todo para él. Al paso de las caballerías ruidosas alzábase a olfatear el aire, moviendo como un acordeón la trompa de hule negro. Y luego se dejaba caer en el chiquero, cerraba los ojos perdidos entre la burda pelambre y extendía las patas sintiendo voluptuosamente inflarse la bola de su grasa. Don Cleofás lo veía crecer como a un hijo. Vivía don Cleofás en un cuarto con paredes de barro en cuya sombra entraban las goteras del temporal cada año. Allí dentro se derrumbaba en el camastro y soñaba por la noche que mataba al cerdo cuya panza reventaba en un chorro de monedas. En el piso de tierra raspaba las patas una gallina, ser humilde, tercero, en la soledad. Para don Cleofás el cerdo era una fortuna y la gallina una compañía. La gallina dormía en su propio camastro y dejaba cada mañana sembrada la cobija gris de menudas porquerías verdosas. Era una gallina amarilla, enfermiza, parpadeante, llena de indecisión.

La fama del cerdo iba creciendo. La extendían los arrieros que bajaban del monte y que de paso para las tabernas del llano trataban con los tres Montero, los matarifes de la tierra baja:

—¡Quiubo!, ¿cuándo matamos al puerco?

Y don Cleofás al paso de las cabalgaduras, respondía invariablemente:

—Ora nomás, en las aguas.

Y luego en el llano, donde la gente vivía tan cargada de codicias, se comentaba: “Don Cleofás va a matar al puerco nomás que llueva.” Bajo las alas de los sombreros echados sobre los ojos, los tres Montero cambiaban entonces rápidas miradas. Pero no llovía. La tierra reseca se abría en grietas, bajo el sol que encendía una llama en el ángulo de cada roca. Y el cerdo estaba ya enfermo de gordura. Tirado en el suelo, cubiertos los ojos por las orejas descomunales, gruñía levemente y una convulsión epiléptica le sacudía el vientre. Por fin el cielo principió a entoldarse con plomos graves como notas de órgano. En la sombra, la tierra iba cubriéndose con el lóbrego paño de difuntos. Todo estaba tenso y cargado en el aire eléctrico y la quietud parecía un presagio siniestro. Una tarde, más arriba del ‘gran tanque oscuro, se vio pasar una ola lívida. Un gran río de aire debió abrirse paso entre el océano silencioso y de pronto las nubes hirvieron gigantescamente. Algunas gotas enormes cayeron repartidas pesadamente sobre el suelo como golpes. Olió la tierra, estalló un bridazo fulgurante y la lluvia se descolgó torrencial por horas y horas, agobiando los árboles, hinchan, do las torrenteras, desmoronando las rocas. Al día siguiente vivía un espíritu nuevo. La luz descubrió profundos ópalos sumergidos en el horizonte, suavizándose con bandas de bruma tornasolada. La mañana parecía olfatear la tierra humedecida, abiertos los poros, con una trémula sensualidad infinita. Y luego el tiempo se formalizó en anchos aguaceros que movían presurosamente entre la sierra sus largas varas de vidrio. Eran “las aguas” y el monte se volvió dulce y lujurioso entre las yerbas renacidas.

El gran abismo zumbaba todo azul como una gran abeja. Olía a miel, olía a malva, a savias amargas del llano. Y subían rumores de borracheras y de fiestas …

El ojo del tuerto Chavo Montero era como un hueco de lumbre negra, charco de sombra, con el pescado inmóvil de un reflejo clavado en medio. El terror de don Cleofás impulsaba velozmente su pensamiento, arrastrándolo hacia lo profundo como un dulce dolor remoto. Don Cleofás recordaba cómo entre la oscuridad del tiro la luz de la bocamina parecía siempre una estrella, una chispa de fósforo que no se cansaba nunca de estar colgada en medio del aire. Afuera pasaban cosas veloces y limpias que la mina encañonaba como una escopeta; pero él, don Cleofás, había vivido muchos años allá dentro, donde la luz era sólo una mariposilla azulenca, obstinada en no descansar nunca sobre los muros,  como si temiera ensuciarse como él se había ensuciado los pulmones. Porque estaba lleno de polvo, de desperdicios sucios entre la mina hecha pedazos, atestada de vidas podridas, de esfuerzos destruidos y arrinconados en un agujero de la tierra. Era su enfermedad y ya no podría curarse porque el tuerto Chava Montero, frente a él, tenía en la mano el cuchillo de matar a los puercos. Había llovido y era tiempo de sacrificar al cerdo. Había bajado al pueblo a contratar al matarife y la gente del llano subió alborozada al día siguiente e hizo fiesta mientras los Montero lo mataban y las carnes se freían en un gran caldero colocado en mitad de la calle. En la mirada del tuerto la chispita de claridad hería como una punta de hierro y un disco de sombra giraba alrededor de ese pivote agudo. Era una sola sombra la del antro y la propia soledad interior. Recordando, don Cleofás desenterrábase él mismo y se identificaba con la soledad que había llenado toda su vida. Había estado solo por años entré la tinta amarga de la mina, mezclado con otras sombras todas extrañas y solitarias como él. Solo estuvo también después, acá arriba, entre la ráfaga y en su fuero interno, siempre había aceptado que no se curaría jamás. Olían a sudor y a vino las gentes del llano que se embriagaban todo el día entre injurias, abrazos y carcajadas. En los bordes de la calle hombres sucios vendían vasos con hielo, endulzados con jarabes pintados de verde y las mujeres espantaban las moscas azotando el fleco de los rebozos sobre los puestos llenos de minúsculas botellitas de azúcar. Don Cleofás seguía pensando, sintiéndose en el extremo de un cansancio dulce. Había vendido toda la carne del cerdo y las monedas se amontonaban en la bolsa hecha con una punta de la cobija. Para robar esas monedas había vuelto el tuerto Chava Montero.

Debajo del ala del sombrero su único ojo espiaba torvamente cuando don Cleofás desataba el enredo y escogía en monedas de cobre el pago del matancero. Se restregó contra el pantalón la mano grasienta y luego tendió los dedos rematados en uñas fuertes y negras. Mientras don Cleofás repasaba moneda tras moneda, Montero recorría con mirada despaciosa el piso de tierra, sucio, las cazuelas amontonadas en el ángulo del cuarto junto a las piedras entre las que se encendía la leña, las paredes donde asomaban a trechos adobes amarillos, la tabla sostenida por dos largos clavos sobre la que había una sola vela torcida que goteaba su largo moco de estearina y el revuelto jergón miserable. No había más. Por último, vio la puerta de tablones deshechos y junto a ella el barrote que por las noches aseguraba la entrada. Luego metió el dinero en el seno y salió a la calle. En el amanecer flotaban unas altas nubes amarillas. El pueblo se había quedado desierto. Sólo unos cuantos ebrios se balanceaban en medio del arroyo con aspecto idiotizado, mientras sus mujeres se esforzaban por hacerlos andar. El tuerto los contó rápidamente y camino de prisa. En la esquina inmediata saltó unas bardas y se agazapó. Arriba se evaporaban las últimas luces sobre el cielo frío. Montero tenía fijo y redondo el ojo diabólico; veía pasar entre las sombras los grupos rezagados que decían estupideces e incoherencias. Luego se hizo el silencio. El tuerto permaneció agazapado algún tiempo. Esperó todavía más. A pasos de gato, se aproximó a la casa. Llevaba empuñado el largo cuchillo asqueroso: con un puntapié abrió la puerta. El dinero estaba esparcido sobre el camastro. Don Cleofás retrocedió hasta el muro y quedó inmóvil. A una pulgada, el tuerto lo espiaba, redondo el ojo único, mecido el pecho con una respiración profunda…

Era inútil todo, gritar o moverse. Era simplemente lo fatal, esa sombra cuya aproximación nadie puede remediar. Don Cleofás había aprendido a reconocer la fatalidad en los largos días de la mina, donde lo inevitable se presentaba como una fuerza siniestra. Aquí podía olerla, respirar la presencia de su masa negra, sentirla y aceptarla sin miedo, porque sólo se puede tener miedo a aquello contra lo que se puede luchar. Era inútil. Iba a morir y realmente no le importaba. Realmente no sentía odio ni temor para el tuerto Montero, porque él no era sino la manera como las cosas tenían que pasar, mero instrumento de la fatalidad, como las piedras que se derrumban hacia lo hondo de la mina donde los mineros gritan y remueven su gusanera impotente. Ni siquiera sintió cómo el cuchillo del tuerto le perforó de un solo golpe los intestinos. Bajó lentamente los ojos y vio el mango y el trozo de la hoja sobresaliéndole en mitad del vientre entre las ropas arrugadas. Era el mismo cuchillo con que Montero había matado al puerco. Reconoció el metal ancho ribeteado de mugre sanguinolenta. Recordó al tuerto inclinado sobre el cerdo que gruñía dulcemente. Le había doblado una mano hasta juntarle la pezuña a la panza y entonces había allí hundido el cuchillo, casi todo el cuchillo, mientras el cerdo exhaló un ruido agudo, casi como un terrible grito humano. Aquel recuerdo sacudió a don Cleofás hasta el fondo con una súbita llamarada de rabia: la ansiedad con que las manos buscan una piedra para herir en la primera defensa del hombre primitivo, todo el rencor nacido entre la sombra, todo el incendio insoportable del odio, todo eso estaba allí mezclado al alarido del cerdo sacrificado, taladrándole el cráneo como una llama. Entonces, mientras el tuerto Montero recogía rápidamente las monedas esparcidas en el camastro, don Cleofás asió con ambas manos el mango del arma, con un solo esfuerzo lo desenvainó de la herida y, derrumbándose sobre Montero, lo sepultó secamente en medio de la espalda.

Los dos hombres cayeron en el jergón sobre el puñado de dinero…

La noche fue recorriendo su oscuridad lenta. Hacia la madrugada una gran manta gris pareció extenderse arriba, clavada en el cielo por los cantos de los gallos. Luego las cosas se fueron definiendo. Primero masas, luego líneas, dibujos de cuerpos y de cosas. Entonces, en el pueblo desierto, por una puerta abierta asomó la cabeza una gallina. Espió primero; después, a pasos indecisos, salió a la calle, raspó el suelo una y otra vez con las menudas patas agrietadas y luego, lentam

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