SOÑADOR DE CERDOS

SOÑADOR DE CERDOS

Jorge Ferretis

Casa de pueblo, pardusca, vieja. Al fondo, hay un cuarto sombrío, en donde se relegan los muebles que ya estorban por desvencijados. “Triques” que mejor estarían en algún muladar. Pero en las casas pueblerinas no se desecha un mueble así como así, por achacoso que esté. Se les conserva, no se sabe a punto fijo si por gratitud o por tacañería. Una negligencia tacaña impide reponerlos oportunamente; y mucho después, cuando algunos sillones quejumbrosos reniegan demasiado de su suerte, sus dueños se han familiarizado tanto con sus rechinidos, que ya tampoco los suplen, por afecto. Les parecería tan ingrato como echar a la calle a un bisabuelo.

Cuando a pesar de las composturas y de las amarras, la polilla libera de sus dueños a los tales muebles, sus “familiares” no se resignan a perderlos del todo. Y los asilan en el indispensable cuarto de vejestorios que nunca falta.

En aquel gran cuarto sombrío, por las noches, yacen también “triques” humanos, roncantes: la servidumbre.

Aquella servidumbre la personifica una sola criada, pues los tiempos no permiten a la señora tener dos. Cuantas veces lo ha insinuado ante su marido, a éste se le ha nublado el semblante, y…ella comprende. Pero se oye muy mal que una señora se queje de su marido. Y no es necesario, pudiendo quejarse de los tiempos.

La sirviente y el ama se atarean por igual en todos los menesteres domésticos.

-¡Date prisa, Goya!

Aun a esta única criada, por razones de baratura del salario, (o de escasez de servidumbre, como se dice en visitas), fué preciso aceptarla con un lamentable defecto: una criatura.

Es verdad que el cuarto donde duermen queda tan lejos, que por las noches no se oye llorar aquel pedacito de carne. Pero el ama sospecha que la mujer, por ejemplo, se roba tragos de leche de la mesa. Y si no se los puede llevar, acaso se los bebe a hurtadillas la propia madre, con el afán de que no se le mustien los senos maduros.

La señora, siempre alerta, repite. su comentario:

-No puede una dejar los comestibles si no es bajo llave. I Se vuelven tan “lamidas” estas coyotas cuando están criando!

Pero a Goya (cuya ración lícita solo consta de tortillas y algo de frijoles) nadie la convencerá de que no valga la pena atragantarse, asustada, con algún bocado de queso, una mordida de carne o  una poca de leche. Unos tragos que después ella sentirá fluirle, abundosos, por sus pezones (dulces como dos zarzamoras casi negras). Dos veneros de blancura.

*

* *

El piso del cuarto es de ladrillos, rotos, oscurecidos de humedad y de tierra pegajosa. A un lado de la puerta, hay un pequeño espacio libre de trebejos. Y aquel es el mundo de Juana, que quizá no ha vivido cuatro meses todavía. Pero ya sabe quedar sola entre cucarachas y ratones. Ya, en fuerza de desgañitarse sin éxito, ha aprendido a no llorar. .

El ama dice que Goya, cuando cree que nadie la escucha, canta muy por lo bajo una quinteta única, que repite y repite. El ama sospecha que cuando canta así de bajito, debe estar recordando a su hombre. De él nunca ha querido platicar, ni porque se lo ordene la señora… Sólo saben que se llamaba Anastasio, y que la dejó con Juana todavía en el vientre.

El canturreo de la madre dice:

Es en balde que te adornes

si no hay ojos que te miren,

y es más en balde que llores

si ni las piedras te oyen

por más lágrimas que tires.

Y se dijera que Juana se ha convencido de lo que su madre canta, demasiado pronto.

*

* *

A pesar del desagrado con que recibieron en casa a la mujer con su cría, la señora, una pariente y otros familiares, han empezado a interesarse por Juana.

-Pero mujer, no dejes tanto tiempo sola a esa criatura.

-¡ Qué le ha de pasar!

Y la carota indiferente y oscura de la madre se blanquea con una risa quieta, que la hace mostrar su dentadura maciza y clara, mientras la señora sigue diciendo:

-Es que ese cuarto está lleno dé ratas. Esos animales le pueden comer los ojos a tu muchachita, o roerle las manos y la cara. A un niño de mi comadre Julia, una ratota se le escondió en la cama. Y como la nodriza era un bodoque de carne que dormía como un saco de maíz, cuando la despertaron los gritos, aquel animal ya había arañado todo al inocente, y lo había empezado a morder.

Y sigue la folletinesca narración de cómo su comadre saltó de la cama al oír los gritos; y cómo su compadre se  levantó también en calzoncillos y en camiseta, y la misma noche, ¡ a patada limpia! corrió de su casa a aquel bodoque de carne dormilona.

A pesar del énfasis con que la señora declama, la sirviente dobla la cabeza, sonriendo, encogiéndose como para que se le resbale la llovizna de recomendaciones y consejos. Y con voz muy desmañanada, dice:

-Pos sí. siñora. Pere es que a los hijos de los probes, como nu hay quen los cuide, tiene que cuidalos su mala suerte. . .

-Pero la tienes allí sobre aquel suela húmedo, con un costal y unos “tiliches” por toda cama. De milagro no se te muere de reumas, o de pulmonía.

¿Por qué no le haces una cuna con tu propia cobija?

-Pos no, siñora, porque tiene qu-irse costumbrando; tiene qu-ir aprendiendo a ser probe.

-Pero si la cuna no te cuesta dinero. Allí hay sogas, y mantas.

-Pos sí; pero si la costumbro a cuna, dimpués ya nu-ha de querer durmir n’ el suelo. ¿Y si vaya dar con ella a otra parte, ‘onde nu-haiga con qué hacer cunas…? Suelo, en ninguna parte nos ha de faltar.

Quienes la escuchan se quedan meneando la cabeza, y Goya se escurre hacia el zaguán, hacia la calle, con el andar imperceptible de sus pies negros y descalzos. Pies de sombra. – .

Sólo a ratos entra en aquel pequeño mundo de su hija. Le cambia pañales, y por un rato se asilencia con aquel calorcito moreno entre sus brazos.

Con el mirar perdido en cualquier rincón, la mujer se vuelve caudalosa entre aquella boquita que relumbra, y gruñe con avidez, cual si quisiese tragarse los pezones. Por entre los andrajos de su blusa unas manecitas regordetas y tentaleantes, buscan puntos de apoyo en los cálidos hemisferios de la maternidad.

Luego, abotonándose, la mujer vuelve precipitada a sus quehaceres.

*

* *

Tarde, cuando ya no tiene que trajinar en la cocina., invariablemente se la ve deslizarse, sin ruido, hacia el zaguán, siempre hacia el zaguán. Y a un lado del portón se acurruca en cuclillas, contemplando la calle larga, larga, por donde allá, muy abajo, se pierde una que otra gente.

Anegada por la noche, sigue allí, inmóvil, como si entendiese lo que comienzan a cantar los grillos.

De repente, solo la arranca de aquella inmovilidad algún grito de la señora, que se desgañita buscándola por el caserón. Goya entra corriendo. Pero si el ama no la retiene demasiado, vuelve a salir, para amonigotarse junto al zaguán, (aunque después tenga que pasarse lavando ropa sucia hasta la media noche). Pero mientras no cierren el portón, ella sólo quiere seguir allí, hasta la hora de calentar la cena. O hasta que el pecho se le vuelve a apretar de vida dulce. (Si fuera una poetisa lactante, pensaría, de seguro, que en su carne ¡atía un verbo blanco y tibio: dar).

*

* *

Sólo ella sabe que no ha perdido la esperanza de que cualquier día se aparezca, rondando el caserón, el padre de Juana. El era bueno. A Goya no le cabe bajo el cabello la idea de que la haya dejado “a la mala”. ¿Cómo, si hasta quería “mercarle” un molinito de nixtamal, para que cuando diera a luz, no se tuviera que matar en el metate? Y el pobre, aunque peón, esperaba también juntar unos pesos para comprar animales.

-Yo no te digo que llegaré a silior-le deía-  pero ya verás cómo los domingos te bajo al pueblo con unas ‘naguas ansí di-anchas y relumbrosas . ..

Y se fué, meses antes de su parto. Se fué a ganar dineros más “apriesa”. Allá, “pa’bajo”, con la esperanza de llegar a las tierras del petró1eo. Las tierras que en lugar de mazorcas, escarbándolas más, dan chapopote. Allá, donde dicen que cualquier peón gana tanto como un presidente municipal. Y a la buena.

Los ideales humanos son así. Aquel hombre se fué soñando cerdos. Engordarlos,. y multiplicarlos, para comprar enaguas relumbrosas a su mujer. Y despegarla del metate; y bajarla al pueblo con un hijo entre los brazos, muy “planchao” de ropas.

(Aquel Anastasio que soñaba cerdos, era más limpio de alma, sin embargo, que muchos rentistas piadosos, con la imaginación repleta de querubines y de cincos por ciento).

Pero pasaron las semanas, y Gaya no recibió una sola noticia, ni un solo centavo. Como si a su hombre se lo hubiera tragado el tiempo.

*

* *

Entre los hijos de la señora ama, la menor, Lola, es de nueve años. Y a últimas fechas gusta de irse a meter en el cuarto de los trebejos, para jugar con la criatura. Le quita los pañales mojados; la viste con tiras de sábanas viejas. Le sirve Juana de juguete, de muñeca.

A cada momento se ve a Lola con la muchachita en brazos, por el portal, mostrándola a sus amigas. La sirviente, desde lejos, la ve de reojo; pero nada dice, aunque a ratos parezca que se le va a caer.

- ¡Qué le ha de pasar! A los hijos de los probes, tiene obligación de cuidalos la suerte; porque no tienen más. . .

Aquella filosofía la comentan todos los de casa. A veces llega un hermano del señor, que es escribiente del juzgado. Es el que inventa los discursos que en los actos cívicos dice el presidente municipal. y ya también él pregunta por Juana. Cuando llega un poquitín ebrio, adquiere gran facilidad de palabra:

-Ahí donde ven-dice en familia-las esperanzas de México son esas Juanas, mejor que muchachos descoloridos como los de ustedes.

-¿Cómo?-exclama con disgusto la señora.

-Sí. Juana, desde que salió al mundo, necesita luchar para vivir. A nosotros, tirados allí como ella. Ya nos habría matado la humedad. Esa carne suya tuvo que aprender a calentarse sola para librarse de las reumas. E instintivamente habrá aprendido a retorcerse para que no la muerdan las ratas.

-Oh, es que la madre parece animal.

-Sí-agrega el escribiente-parecen animales todos los que viven con lo que ustedes pagan.

-¡Ya salió el discursero!-exclama el señor.

-Pues hermano, tú bien lo sabes: un hombre gana menos que. un buey. Y una criada. .. apenas un poco más que una gallina que pusiese un huevo diario, y lo vendiese en la Capital.

La familia lo escucha con visible fastidio, y él insiste:

-Pero su gran miseria será su fortuna, porque las hará más recias. A esas gentes, aunque coman bocados de microbios, les hacen el efecto de nutritiva mayonesa. En cambio, estos muchachos descoloridos de ustedes, si se levantan temprano, se .acatarran, y si no, también.

La familia da muestras de mayor disgusto; pero a él no le importa. Y dirigiéndose a su cuñada, agrega:

-Esa chiquilla tuya, escrofulosa de tan anémica…

La señora se levanta y se va. El hermano dueño de la casa, hosco, nada dice, pero carraspea. Y el escribiente acaba por despedirse con un solo ademán. Pero se va pensando: “Esas Juanas… esas Juanas son las que han de parir el México en que a mí me gusta pensar. Les hincharán los vientres nuestros típicos Juanes, toscos y macizos, apestosos a máusser. A nuestros campesinos gruñones ya, ya inconformes y roncos”.

*

* *

Un día el cartero golpea el portón. Una carta.

Pero no es para ninguno de los que viven en aquel caserón.

-¡ Ah, sí! creo que así se apellida la criada.

Le escriben.

-Sí, mujer, tómala. Es para ti.

De pronto, no sabe qué hacer con aquel sobre entre las manos. Un sobre con letras muy mal escritas a lápiz.

Le retumba el corazón. ¡El! Seguramente se tratará de él.

_¿Quieres que te la lea?-le pregunta uno de los hijos del señor.

Ella va a dársela, pero por instinto se reprime. Casi tiembla; pero sin decir palabra, vuelve a la cocina, guardándose aquel sobre en el seno. Siente como si aquella carta le quemase. Es como un susto caliente lo que trae en el seno. Y así soporta, hasta que la comida está hecha.

Llegan el niño y la niña de la escuela; después, el señor, y un sobrino. La tía llega por el Patio, muy lentamente.

Ya sentados todos, comen y platican.

Ríen y beben agua.

¡Qué despacio mastican! Casi como vacas.

Por fin, terminan. Goya recoge los trastos sucios. Y exponiéndose a las furias de su ama por escapar sin lavarlos, se escabulle hacia el zaguán.

Calle abajo, calle abajo.

La molinera sabe leer.

La carta es de una hermana de Anastasio. Pero…

Su hombre no llegó a las tierras del petró1eo. En el tren lo llevaron hasta donde ajustó para pagar el pasaje. Lo bajaron, y se puso a trabajar muchos días, en cualquier cosa, para juntar el importe de otro boleto. Pero el pobre quiso seguir tan pronto, que no tuvo reparo en robar unos cueros de res para venderlos. El propietario de la finca lo acusó, y el jefe de un rondín, para escarmiento de ladrones, lo ahorcó en un poste del telégrafo. Eso era todo.

La molinera y Goya quedaron un rato sin hablar.

-Munchas gracias–dijo ella después, con su carota impasible, levantándose para marcharse.

-Nu-hay de qué, Goya”:. – nu-hay de qué…

¡ La de malas! .

-La de malas… -repitió- la mujer. Y con la vista en rastras sobre las guijas del suelo, emprendió la caminata, calle arriba, calle arriba, para ir a lavar los platos sucios que dejara en el fregadero.

Cansa un poco el caminar así, calle arriba.

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Al entrar, casi no oyó los regaños de la señora. Automáticamente fué a la cocina; y lavó los trastos, como una máquina vertical. Después secó sus manos en el jergón mugroso que pendía de un clavo en la pared, y fué a buscar a su hija. Y se sentó con ella entre los brazos.

Aunque tuvo la sensación de que sus pezones estarían amargos, dej ó que aquella boquita ávida se le prendiera, macerándoselos.

Como para apaciguar unos gritos que le efervescían en la garganta, empezó a balancear su torso, como si arrullase a Juana, con el ritmo de su sonsonete:

………………………………………

y es más en balde que llores

si ni las piedras te oyen

por más lágrimas que tires. . .

Empezó como a vislumbrar los chiqueros que su Anastasio soñara, junto a su jacal. Casi oía, en aquella tarde, los gritos de los cerdos. Y la voz de sU hombre, cuestionando con soñados compradores. y hasta el ruidito de los pesos, que en razón de las ventas le sonarían a él entre sus manos renegridas. y con los ojos cerrados, mientras Juana le extraía borbotones de amargura, Gaya miraba, clarita, la cara de él, relumbrosa de sol. 1 Qué satisfecho de bajar con su mujer al pueblo I Por media calle, para que no le maculasen sus enaguas colorinezcas, vistosas Y crujientes de almidón.

Con su hija entre los brazos, la mujer sentía como si se le quisieran derretir los ojos. Agarrotaba las mandíbulas, como si en destrabándoselas, se le saliese un alarido.

Se puso a ver a su hija. Con la mano le empezó a alisar el pelo lacio que le cubría la frente, hasta que Juana estuvo ahíta, y la miró también, con sus ojillos chispeantes.

Acariciando aquella carita café, como de queso de tuna, la mujer sintió unas ganas muy fuertes de “platicarle”. y con los ojos que le relumbraban de mojados, le comenzó a decir:

-¡ Era muy güeno . . .

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