SE CAMBIO DE CUADRILLA

SE CAMBIO DE CUADRILLA

Ramón Rubín

ANASTASIO empezaba a sentirse incómodo desde el mediodía, y ya parpadeaba la tarde. Estaba metido en la hendedura de una roca cuyo espacio tan reducido le impedía acomodarse a sus anchas.

Por otra parte, pensaba, había tenido suerte de llegar a ese escondite cuando ya casi le daban alcance.

Este había sido de los peores peligros corridos en su vida de cuatrero. Una bala le chilló por el pescuezo y otra le atravesó el huichol.

Todavía con resto de la violenta impresión, repasaba mentalmente los detalles y se enfurecía al pensar que la culpa había sido de el Coyote.

El ya le había advertido que cambiaran de rumbo; casi tres meses tenían surtiéndose en los potreros de El Carrizal y El Chiquihuite; Pero el cabecilla, en vez de hacerle caso, lo mando con el Tejón y el Siempreviva a que arrearan los animales de La Trampa, el rancho de Bernabé Casillas, Presidente Municipal de San Camilo y ahí estaban ya los resultados; Bernabé en persona con toda su gente les había caído por sorpresa.

Muy atareados se encontraban todos los de la partida destazando unos animales para llevarlos a los tianguis de La Pedrera y San Camilo, mientras el a la sombra de una palma alistaba el itacate para ir a la capital a vender el grueso del ganado cuando de pronto por todo el canon retumbó la balacera.

Sabe Dios a cuantos tumbaría y a cuántos dejarla con vida. El se fue culebreando entre el jarillal que es bastante tupido. Los gritos de espanto y las maldiciones de los alcanzados le llegaban revueltos con el galopar de los caballos y el estampido de las balas.

A poco de caminar sintió que un escalofrió le corría por la espalda, alguien mas se arrastraba a corta distancia aplastando la ramada. Se detuvo para escuchar tirado de barriga con la cabeza en alto, ahí normas a veinte pasos medio tapado por el matorral, entrevió a el Coyote, moviéndose con cautela. No quiso hablarle por aquello del peligro, lo dejó pasar y siguió reptando. Hasta que las jarillas comenzaron a hacerse ralas, viendo que los claros lo ponían a la vista, no le quedó otro remedio que echar a correr en dirección del cerro que estaba próximo, se acordó que había una cueva honda en la cual se habían escondido con los animales otras veces y que tenia la entrada cubierta con breña. Poco le faltaba ya para alcanzarla cuando uno que lo vio, dando voces, se echo tras él disparándole. Dos tiros casi lo tocaron. Penetró hasta el fondo de la cueva, pero no sintiéndose completamente a cubierto, se introdujo, casi se encajo en esa rajadura, lo que otro con más carnes encima no hubiera logrado.

No supo cuanto, pero un tiempo que le pareció interminable estuvo con la vida en un kilo; los cristianos, echando malas razones, se anduvieron rondando hasta dar con la entrada.

Aluzándose con cerillos trataron de encontrarlo. El, cada vez más se untaba en la roca y ni resollaba, hasta que le pareció oír que salían, y por fin se fueron perdiendo las voces.

Ahora no se arriesgaba a salir por temor de que alguno se hubiera quedado cerca y oyera sus pisadas.

“Si al menos pudiera sentarme en cuclillas”, esto se decía a cada momento tratando de lograrlo, solo que apenas aflojó los músculos, un cosquilleo torturante le corrió del talón a la rodilla; rápidamente intentó un masaje; imposible subir la pierna, la estrechez del escondite le impedía doblarla.

El calambre se acentuaba violento. Hizo impulsó de alcanzar con las manos la parte dolorida y la pared rocosa con grosera brusquedad, le detuvo la frente.

Desesperado, se aventuró a salir desafiando el peligro, más como la pierna afectada se negara rotundamente a servirle de apoyo, apenas intentó dar un paso fuera, cayó de rodillas. Tan “dormida” tenia esa extremidad que no la sintió caer sobre pajuelas picudas hasta que se vio la sangre. Pero lo importante era que ahora si podría estirar los brazos, doblar las piernas y descansar las posaderas en cuanto aquel endiablado calambre lo dejara en paz.

Empezó a frotarse vigorosamente la pantorrilla, cuando se sintió mejor se tiro Boca arriba y comenzó a invocar al Santo de su devoción: “Señor San Dimas, tu te has de haber visto en estas, sácame con bien que ya tengo entrevistos unos bueyes gordos en la majadita de Las Culebras: son dos agataos, un golondrino y un josco cuatezón.”

Luego se perdió por los recovecos del pensamiento: “Ya nomas ese trabajito harta por la región. El Coyote tendría que entender con ese susto y hacerle caso de irse hasta los llanos de Guanajuato o Zacatecas. Guanajuato y Zacatecas…, pero que presentes los tenía, se le venían a la memoria sin querer y era porque tanto en Fresnillo, como en San Miguel Allende, había tenido sus grandes quereres. En San Miguel, Antonia Lugo, chapeteada y repleta de carnes, al andar los cuadriles y los senos se contoneaban como trigales al viento.

Él trabajaba entonces en un establo y día con día iba a entregar la leche a la casa donde servía Antonia. Lo sedujo desde luego su trato corriente, su risa pronta y su rebosante juventud.

Le tuvo harta ley y se hubiera casado con ella si un día en la cantina no se atraviesa aquel desgraciado Cuco que lo traía de ojeriza desde una mariana que al llegar con la leche, divisó como nomas de pasada le plantaba una nalgada glotona a la inocente de Toña que empinada barría la calle.

Claro que no se iba a quedar mirando, lo alcanzó, y arrebatándole el garrote le dio una metida de palos que’l otro nunca había de olvidar y luego se echo a correr; pero desde ese día todos eran pretextos pa’ meterlo en bote y arrancarle multas. En esa ocasión lo agarró con unas copas adentro y cuando pretendió sacarlo a fuerza de la cantina, pos nomas dos metidas le dio con el cuchillo.

Uno que estaba allí y que después supo que era el Coyote le ayudó a que se juyera antes de que todos se recobraran del susto y desde entonces andaba con el en el negocito de los animales. Ni alas volvió a saber de Toña.

La de Fresnillo se llamaba Candelaria Juárez, recuerda muy Bien que la conoció un día que estaba lloviendo, ella iba por una banqueta y el por otra cuando de repente arreció el aguacero.

—Arreció el aguacero…

Anastasio interrumpió el hilo de sus recuerdos. -Que raro, si cro’que estoy pensando jucrte.”

—Vámonos metiendo en esa covacha.

No era el quien había dicho eso, entonces… si ya hasta se había olvidado en dónde se encontraba. De un salto se peso de pie y de otro se incrustó de nuevo en su escondrijo.

Por la precipitación le quedó un brazo torcido; pero ni pensar en acomodarse mejor, necesitaria salirse y ya la gente hablaba dentro de la cueva.

—Buena mojada se van llevando don Bernabé y Basilio, ya han de ir por el llano de El Aguaje, y allí ni onde meterse.

—Pos ojala y vaya amainando porque ellos llevan prisa. Don Bernabé va a alcanzar el camión, quesque va a darle cuenta al Gobernador del agarre de los cuatreros y Basilio por llegar de día con los presos. Estos jijos son muy matreros y de día no hay seguridá  con ellos.

—Pos nomas faltaba que después de que Don Bernabé se la’ste echando de lao con el Gobernador de qui hizo mas que los Federales que mandaron de allá, la gente de el Coyote se les juya y aranque pa’l monte. ji, ji, ji.

- ¡Ah , jijo! pos diría el Gobernador que nomás lo jue hacer tarugo. ji, ji, ji.

Anastasio detenía la respiración. Andando, andando, uno de aquellos se había detenido a escasos dos pasos de donde el se encontraba: bastaría con que girara un poco la vista para descubrirlo, ahora si que se conceptuaba con un pie en la muerte. Horas de agonía le parecieron tan breves instantes, porque luego el hombre fue retirándose hacia una piedra a distancia en donde se sentó para hacer con más comodidad su comentario.

—Ora si que se va a poner atascao el potrero de La Trampa, muchos de’stos animales han de ser mostrencos y los que no, se volverán centavos pa’ la bolsa de don Bernabé, según él le dijo al comandante: “mira Basilio, los que tengan fierro, veinte pesos por cabeza pa’ entregarlos, los mostrencos pa’ La Trampa”.

—No mas hay que guitar de ay los que se deje Basilio; al cabo ni tiempo hubo de contarlos.

—Y a luego los que puédanos agarrar nosotros, al cabo, tres, uno pa’ cada uno ni de ver se echan.

—Ta’ Bien, ¿pero que hacemos orita con ellos? ni modo de que los vendamos entre aquí y San Camilo.

- Újule cómo se conoce que usté es nuevo; mire, en parejo de El Chiquihuite, yo me doy una desviadita a ver un compadre que ya otra vez nos hizo la balona con unas cargas de maíz de las que don Bernabé nos mandó a otro vale y a mí a democisar, quesque porque los arrieros no tenían licencia de sacarlas del Distrito. Así que como les digo, le dejo a mi. compadre las reses y ay al pasito me van aguardando.

—Pos no más no nos vaya hacer tarugos y nos diga que las vendió en menos.

—Adió, vale, pos usté por quen me toma, ya tanta disconfianza.

—Pos nomas afigúrese si no, don Pedrito, que quen dijera había sus enjuagues con lo de las multas. Ay nomas l’iba llegando a don Bernabé “le cobre tres pesos a doña Chucha la de La Barata porque no cerró a tiempo, uno cincuenta eche pa’ la ‘Tesorería y aqui’sta l’otro uno cincuenta” y había cobrao cinco pesos. 0 si no, aqui’stan cincuenta centavos del permiso pa’l baile de los Martínez, el otro cincuenta lo eche en la Tesorería”, pero no decía que otro peso se le había quedao en la bolsa. Hasta qui una noche el mesmo don Bernabé viendo que doña Chucha no cerraba, jue y le cobró los tres pesos y con que tantean que le salió la vieja: “ay don Bernabé, a usté le hubiera pagao las otras multas, no que el bravo de don Pedrito me arranca cinco pesos”, ji, ji, ji, y el tal don Pedrito salió bien fregao.

—Tamien don Bernabé ya ni amuela, nomas el quiere sacar raja, ya no corrió al pobre de Juan el Tuerto por lo de las boletas.

— ¿cuáles boletas?

—Las de la garita. Por un camión se cobra un peso con una boleta blanca, por automóvil 75 fierros con una boleta azul, caballos, solques y guayines pagan cincuenta y les da boleta verde y a los burros veinticinco con boleta colorada y como todas nomas dicen “contrebución por piaje” y no train por cuanto, el Tuerto, que tiene tanta familia las cobraba bien pero a todos le daba papel colorao, hasta que se fijó don Bernabé que puras d’esas gastaba y onde había de salir tanto burro, pos le dio su cintariada y lo corrió.

—Merecido por tarugo, le había de hacer como el Topilo, ese las barajea muy bien: que pasan en el día tres camiones, se deja lo diuno, que pasan cinco autos, se deja lo de dos, y así nunca lo agarran en delito, que conque lo tenga.

—Es que a la tierra que jueres, haz lo que vieres, sin ir tan allá, ay’sti Basilio, que con la licencia di una res mete tres al rastro, y di una va al tercio con el dueño.

Por los aguijones de la dolencia desgarrándole el brazo por la molestia de un murciélado que obstinadamente le revoloteaba en la cara, ya no escuchó Anastasio con atención lo de un corral de don Bernabé en que se hacían perdedizos todos los marranos callejeros; pero no obstante sus infernales torturas comenzaba a tomar una determinación: “Esto ya no es vida —se decía— siempre a salto de mata, durmiendo en el monte, en las majadas, y cuando a uno lo persiguen, arrecholao con los animales, ay nomas en un barranco hasta por días enteros, y ora mesmo aquí coma mazorca contra lo’lotera, que hasta me jumea la espalda cada que me buigo.”

—Ya se’sta acabando l’agua y se va limpiando de nubes.

—Pos a seguirle mientras nos agarra la noche.

Los tres hombres fueron saliendo. A Anastasio le volvió el alma al cuerpo, pronto se desencajonó y por entre las yerbas que cubrían la salida estuvo divisando cómo aquellos arreaban el ganado que el estuvo a punto de llevar a la capital.

Nomas dejaría pasar un rato y bajaría a bus- car algo de comer en su morral abandonado debajo de la palma. El asunto estaba ya resuelto. Otro día se daría de alta con Basilio. Quería trabajar con más garantía y menos sinsabores.

El Coyote que se las arreglara solo, él se enrolaría con la gente del Presidente Municipal de San Camilo.

Octubre de 1952.

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