SAMARKANDA

SAMARKANDA

El último viaje de Simbad el Marino

Germán List Arzubide

A mi hija Eleonora


Desde hacía años soñaba con llegar a conocer Samarkanda. El solo nombre de esa ciudad leído en los cuentos de las Mil y una noches en mi niñez, agitaba mi entusiasmo. Calcúlese cuánta sería mi alegría al recibir, por los camaradas soviéticos que nos atendían en Moscú, la invitación para ir a la ciudad soñada y desde luego, con el mayor alborozo me dispuse a la visita.
Y hacia allá fuimos una fría mañana de noviembre, en que caían ya las primeras plumillas de nieve del invierno. Cuatro horas después, bajábamos del Ilusin que como una flecha cubrió la distancia que todavía unos años antes se hacía en largas y monótonas jornadas de tren.
Qué extraño contraste llegar a aquella ciudad como si me transportara una alfombra mágica de los célebres cuentos. Era la ciudad del rey Schahzaman “el que gobernó con justicia entre los hombres y por eso lo querían los habitantes del país y del reino”. Pero un 4día que salió a visitar a su hermano Schariar, descubrió que su mujer lo engañaba y poco después iba a saber que lo mismo hacía la mujer de su hermano.
Se vengaron los monarcas dando muerte a las infieles, pero la amargura había invadido el corazón de Schahzaman quien desde entonces ordenó a su Visir que cada noche le llevase una mujer virgen, con la que se holgaba y la hacía matar al amanecer. Hasta que llegó Schahrazada y fue presentando sus cuentos sin concluir, para que el rey, deseoso de saber el final, la dejara con vida.
En aquella ciudad tuvo su imperio el cojo de hierro “polo del mundo y de la fe” como se hacía llamar, el emir Tamerlán Huracán, que después de arrasar implacable Georgia, Armenia, la India y Asia Menor, quiso hacerla centro del Universo. La llamó Samarkandsaika 1irUi-Zemiflazt o sea Samarkanda faz de la tierra. Heredó aquel reino fabuloso su nieto Ulugbek, sabio y estudioso que lo hizo crecer en una etapa de esplendor de las ciencias y de las artes. Se rodeó de sabios y poetas, levantó soberbios edificios, y dio cima a la construcción de escuelas, logias y baños que hoy contemplamos extasiados. Pero su obra cumbre fue un observatorio, un cuadrante, arco subterráneo donde por la abertura de su cúpula se dejaba ver el cielo, que el sabio príncipe estudiaba cada noche con pasión de astrónomo y matemático. “Tendió la mano a las ciencias y. ante sus ojos el cielo descendió de las alturas.”
El había escrito: Las religiones se dispersan como la niebla, los reinos se disgregan, mas los trabajos de los sabios quedan para la eternidad.” Tal sentencia lo fue también de su muerte. Los sacerdotes alimentaron la ambición de su hijo y Ulugbek fue decapitado por asesinos mandados por el heredero, quien ordenó cubrir de tierra el observatorio y quemar los papeles de su padre.
Así, escuchando historias y leyendas, llegó la noche y me fui al hotel. ¿Era posible dormir en equella ciudad encantada? Salí nuevamente a la calle y comencé a vagar bajo la luz de las estrellas que siglos atrás alimentaron el sueño del sabio príncipe.
Me extravié entre callejuelas que el silencio nocturno llenaba de recónditas añoranzas. Una pálida luna menguante iluminaba las orgullosas cúpulas que parecían de reluciente porcelana. Volví a contemplar las ruinas de palacios y templos, sintiendo cómo iba penetrando en el misterio y ponía mis plantas en el arcano.
Seguí caminando hacia alguna parte seguro de acercarme al descubrimiento de un enigmático lugar perdido en el tiempo.
De pronto comencé a percibir una música que me traía acordes olvidados y vueltos a recordar de improviso. Lejos, al final de una calle que parecía alargarse cada vez más con la incongruencia de un sueño, brillaba una luz. De allí salían aquellas melodías hechas de tenues arpegios, dulcemente persistentes. Era una taberna, donde viejos artistas con exóticos instrumentos acompañaban la danza de hermosísima mujer, lograda en toda su gracia con el movimiento de los brazos y el leve agitar del cuerpo.
Avancé dentro del círculo de luz y en una mesa vi sentado a Simbad a quien llamábamos El Marino. Nos reconocimos desde luego y levantándose me estrechó largamente la mano diciendo:

—Al fin volvemos a vernos. ¡Qué alegría! He estado aquí en su espera. Habíamos hecho cita para el regreso de mi último viaje cuya fecha señalé a usted, ¿lo recuerda?
Yo principiaba a recordar. Era verdad. Habíamos prometido encontrarnos en ese sitio para que me relatara alguno de sus viajes fascinantes.
—No se disculpe —continuó–— se habrá quedado usted en Samarkanda leyendo sus viejos libros mientras yo corría por el mundo.
Me sirvió un vaso de vino y sin esperar mi respuesta continuó tan conversador como siempre.
—Que de dónde vengo ahora? Verá usted y cementará conmigo estas cosas que parece que únicamente a mí me acontecen.
Echó hacia atrás su silla y entornando los ojos comenzó a contar. Yo lo escuchaba embelesado.

—Ha oído usted hablar de Undibar, la ciudad que sólo existe en las noches de luna llena?
No esperó mi respuesta, seguro de que nadie más que él había visto de cerca aquella ciudad formada por los rayos celestes que, según me dijo mientras saboreaba el vino de su copa tallada en una esmeralda, va lentamente surgiendo a medida que el astro aumenta cada noche. Perfílase al principio como un tenue dibujo. Después las líneas de sus edificios, torres y cúpulas de plata cobran cuerpo, mientras la luna crece. Al llegar al plenilunio, la ciudad aparece enhiesta, blanqueada por la luz que la ha construido. Entonces estalla la alegría de sus habitantes que llenan las calles y danzan felices en sus plazas. Una música que no parece tocada por ningún instrumento, sino hecha por una vibración de átomos llena el ambiente. Hay una vaguedad en todo y sin embargo se siente que existe una palpitación de vida llevada al paroxismo.
—Cada quien ama y goza —me dijo con voz emocionada— en esa noche de profunda y pasajera alegría, pues bien saben que con la fuga del astro la ciudad se va desvaneciendo y finalmente desaparecerá. Surgirá nuevamente con otra luna llena y no será la misma, pues cada plenilunio la construye de manera diversa. Las estaciones del año influyen en su aparición y le dan una existencia de acuerdo con el tiempo. Florida en primavera, sus noches son jocundas y ruidosas. Solemne en verano, su alegría está formada por notas lánguidas y arrobadoras. El otoño tiene nostálgicos arpegios que hablan de sueños inverosímiles y en el invierno hay una indefinida cadencia de mustia y vagas melancolías Simbad se entregó a aquel recuerdo y sentí cómo lo envolvía la evocación de las horas pasadas en aquella ciudad efímera y perecedera. Vació su copa después de mirar al trasluz el vino que el color de la esmeralda transformaba en una bebida oscura, como si estuviera bebiendo sombra, que ensombrecía aún más sus distantes rememoraciones. Entrecerró los ojos como si quisiera mirar hacia su interior y prosiguió su relato haciendo largas y soñadoras pausas.

-Aquella noche que descubrí la ciudad, la noticia de que un extranjero había llegado y paseaba por sus calles aumentó el alborozo. En coros alegres y saltarines me rodearon acompasándose con aquella melodía que flotaba en el aire como si naciera de la luz celestial y tuviera la misma irrealidad. Y así, me fueron llevando hacia el palacio del rey. Describir aquel palacio me resulta casi imposible. Figúrese usted un edificio de formas imprecisas, desdibujadas sobre un cielo de inciertas nebulosidades, todo tallado en un inmenso ópalo translúcido que se iluminaba de su propia luz.
Penetré en él y el rey se levantó de su trono para saludarme e invitarme a participar de los festejos de aquella noche que terminaría con un banquete servido en el salón principal. Acepté agradecido y el propio monarca me llevó del brazo hasta la mesa sentándome a su lado.
Dio principio el servicio en vajilla de un metal que parecido a la plata refulgía con extraños matices. El rey bebía en su copa de esmeralda y se empeñó en que yo bebiera en ella cediéndomela.
¿Qué comí y qué bebí? No puedo recordarlo a pesar de que muchas noches me he desvelado intentando reconstruir aquellos momentos deleitosos.
Sé que fueron manjares de sabores que siento todavía en el paladar sin poder definirlos. Igual me acontece con aquel vino que iba embriagándome con una dulce languidez.
El rey hizo sonar un címbalo de oro y a su llamado un centenar de hermosas mujeres irrumpieron dando principio a la más prodigiosa danza que pudiera la imaginación humana crear.
Todo lo que había a mi alrededor se hizo movimiento de sublime armonía.
¿Eran aquellas bellezas cuyos cuerpos, diáfanamente vestidos, acariciaba una luz que parecía brotar de aquel ópalo translúcido?
¿Era la sutil y tenue cadencia que envolvía en su atmósfera de indefinibles vibraciones a las danzantes, moviéndose rítmicamente, formando con sus velos figuras que aparecían y desaparecían en una vaporosa y fugaz visión?

Las hermosas mujeres desfilaban alrededor de la mesa y una de ellas al pasar me miró y me sonrió, con tal gracia y al mismo tiempo con tan exquisita coquetería, que sentí arder mi corazón en un fuego que supe, desde ese instante, que no se apagaría jamás…
La luna se acercaba ya al horizonte y el rey, alzando su copa, me invitó para el último brindis haciéndome apurar el néctar que me arrastró hacia el sueño.
Desperté en la tienda de pieles de un grupo de beduinos, que contaron haberme hallado en el desierto dormido con un sueño tan profundo que al principio me creyeron muerto. Advirtieron que respiraba y me llevaron a su cobijo, donde desperté creyendo que todo había sido producto de mi imaginación embriagada por la celeste luz y los inciertos espejismos; pero al incorporarme en la rústica cama, advertí con asombro que sostenía fuertemente empuñada la copa de esmeralda que el viejo rey me había obsequiado…
Simbad se perdió en aquel recuerdo en que flotaba la imagen de una mujer que yo adiviné entrevista y amada en la fugacidad de una noche construida de un rayo de luna. No quise despertarlo de aquella infinita ensoñación y me alejé de su lado sin despedirme.

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