Playera

Playera

Justo Sierra Méndez

A Esteban González
En la mansa orilla de mis playas natales los cuentos, florecen las leyendas como las rosas y los jazmines que bajan al arenal trocando la colina en una sonrisa, por entre los mangueros, los tamarindos y los “shkanloles” que de sus espléndidas copas verdes dejan caer, por las puntas de sus ramas, su incesante lluvia de flores de oro. Unas de esas leyendas son reidoras y alegres como la luz del día; otras melancólicas como el crepúsculo de las tardes lluviosas; de todas se exhala el vivaz aroma salado de tus algas, ¡oh mar!, que has sido colocado a la vista del hombre para sugerirle la emoción del infinito. Uno de esos cuentecillos voy a traduciros, lectoras mías, en pálido lenguaje: oírlo referir a una joven de la costa, mezclándolo con cantares, salpicándolo de imágenes que parecen árabes por lo atrevidas, por lo ardientes, en lenguaje vibrante y sencillo, sin un ápice de retórica, es un encanto. Oírmelo a mí en lenguaje literario y en frases poéticas compuestas ad hoc, puede seros fastidioso; temiendo esto, será breve.

Mas os he engañado, lectoras mías, lo que vais a leer no es un cuento, ni es una leyenda siquiera; es un poemilla muy lírico, muy “subjetivo”, es decir, muy del alma para adentro, si se me permite decirlo así (y aunque no se me permita), que en lugar de estar escrito en verso está compuesto en prosa lo más verso posible (si puede decirse así, que sí se puede).

Apasionado de los contrastes, desde niño he buscado instintivamente, no los sitios siempre verdes y floridos en que parece que la luz se enferma de fastidio, sino el prado cargado de tintas vigorosas que se apoya en la abrupta montaña y que desborda sobre escalinatas de rocas ásperas y negruzcas en donde el mar se estrella y labra su nido la gaviota. Por eso en las playas dulces y sin cantiles de mi país, era para mí deleitoso cierto sitio en que la amplísima curva de la playa se interrumpe súbitamente por una aglomeración de peñascos cuajados de cácteas y desde cuya cima, que me parecía la de una montaña, y que en realidad no era más alta que la de los vecinos cocoteros, tomaba el mar a mis ojos de niño un relieve soberano.

¿Me creeríais, lectoras, si os dijese que en este lugar me entregaba a grandes y fantásticos ensueños mirando las nubes, una tarde del estío templado que en nuestras costas acostumbran llamar invierno? ¿Y por qué no me habíais de creer? Tenía yo diez años. ¡Mirad las nubes! ¿Qué otra ocupación más seria puede tenerse en esa edad? Esa tarde tenían un resplandor cobrizo, pero como si fuera el reflejo de un gran horno de cobre en fusión, oculto como el sol bajo el horizonte. Más arriba grandes masas de vapor, de un impuro color violáceo, desleían sus contornos en la enorme placa de zinc del cielo. El mar imprimía a aquellos horizontes su tono prodigioso. Mis meditaciones (¿eran meditaciones?), tomando un giro triste del paisaje, me sumergían lentamente en una catarata de abismos.

Unas muchachas con sus flotantes faldas de muselina blanca, con el pecho cubierto por una cruzada pañoleta de seda, y con flores y cocuyos en las trenzas, subieron a donde yo estaba, reidoras y traviesas. Una de ellas tocaba una guitarra, cantaban todas; poco a poco los cantos cesaron; la tristeza indefinible que emanaba de las cosas ganó sus almas y, sin hacer caso de mí comenzaron a hacerse confidencias, y una la tocadora, hizo su confesión. De esa confesión, que la joven ponía en tercera persona, he extraído unas gotas de perfume para las páginas que vais a leer.

Se llamaba Concha; en los labios de la que se confesaba, tomó el nombre de flor de Lila.

Lila era más linda que ese celaje que veíamos flotar como un encaje de oro sobre el disco del sol poniente. Era blanca y el hálito del mar sólo aterciopeló un tanto sus facciones. Era alta y parecía haber estudiado en los datileros cierto delicioso vaivén que daba a su modo de andar la cadencia de una de esas canciones tristes que cantan los pescadores al salir para el mar. Sus cabellos eran de un castaño denso; eran casi negros con visos dorados, suaves como el primer vellón de la mazorca del maíz, y sus ojos eran grandes y brillantes, de un color indefinible, y divinos y turbadores cuando los entrecerraba (porque era un tanto miope), y podía percibirse el fluido cristalino que los bañaba, al través de la rizada seda de sus pestañas. Bajo la nariz rosada y un tanto aguileña, se abría, como el botón purpureo de un clavel, una boca que espiaban para besarla y chuparle la miel los colibríes y las abejas, que habían olvidado por ellas las flores perfumadas del “shtaventún”. Completaban aquella maravilla las líneas del óvalo de su rostro, sedosas y puras, como las de la escultura de La Purísima que se venera en la iglesia de San Francisco y que es fama que fue esculpida por los ángeles.

Lila era una niña rica; mas cuando vivía con su familia en el lindo poblacho en que Campeche toma fresco, las marineritas de los contornos la contaban como una de ellas, la colmaban de regalos y parecían mariposas revoloteando en torno de uña rosa de Alejandría.

Lila nunca había sufrido, ni tampoco había llorado, y esto la ponía triste y pensativa; muchas veces se pasaba las horas sentada a la orilla del mar, preguntando a este perenne oráculo de las costeñas el secreto, no de su falta de sentimiento, sino de su falta de lágrimas. No, no lloraba, y cuando resentía alguna grave aflicción, sus ojos se ponían un tanto opacos… y no más.

Era una mañana de agosto; la playera acababa de bañarse en el mar reidor y tibio y parecía empapada en el lampo de la aurora; sus cabellos, salpicados de gotas de cristal, caían en grandes ondulaciones sobre sus hombros de estatua, y bajo la orla de la pintoresca saya asomaba un piececillo cubierto a medias por el agua y sobre el cual las olas remedaban arrullos de paloma y desplegaban coquetamente primorosos festones de espuma. Lila tenía a su hermanito entre los brazos y jugueteaba deliciosamente con su carita risueña y sonrosada de placer y de vida; ya cerrándole la boquita con sus dedos de hada, ya fingiendo el canto de la torcaz cuando reclama a sus polluelos o cubriéndole de besos y mordiditas que hacían reír sin cesar al recién nacido.

Las nubes, como apretadas bandas de cisnes, tomaban en el oriente baños de púrpura; se abrieron dejando entre ellas un gran trecho azul limpísimo y bruñido. En ese espacio apareció súbitamente un segmento del disco del sol en ascensión. De él se escapó el primer rayo, y la luna, que se columpiaba sobre el mar, palideció de amor. El rayo de sol bajó la colina cubriendo de besos las copas de las palmas, trocando en perlas de oro las gotas de rocío en las florecillas y los musgos, y llegó a la cabellera de Lila; allí quedó prendido, se había enamorado de ella. La sombra se proyectaba delante de la niña y era que el primer beso del día se había dormido en el regazo de la playera.

Lila sentía extraños padecimientos; palpitaba violentamente su corazón y cerraba los ojos como si quisiera cegarla el reflejo del sol que ya abría sobre las olas su inmenso abanico de fuego:

—¿Voy a llorar, Dios mío? —se preguntaba.

Una sensación inexpresable la hizo volver en sí; al tornar el rostro al oriente había recibido un beso en los labios; quiso huir, pero no pudo. Puso al niño sobre la arena, suave como un almohadón de pluma; y se apoyó en la roca; parecíale que una voz cuchicheaba en su oído frases divinas. Y tornaron sus ojos a cerrarse, una corriente volcánica circuló por sus venas y al sentir el segundo beso sus labios sonrieron de deleite; estaba dormida.

Y allá, en la región de los sueños, la joven escuchó la música voluptuosa y lánguida de esta canción de amor:

Soy un destello del sol candente,
chispa de un foco de eterno amor;
niña, tu boca dulce y riente
será mi cáliz, será mi flor.

Mírame, ámame, niña hechicera,
yo soy el ángel de la ilusión;
dame tu vida, blanca playera,
playera, dame tu corazón.

Delante de ella se irguió un mancebo; tenía en la mano el arpa, vibrante aún, y temblaba en sus rojos labios la última nota. Su belleza era ideal, brotaban de sus ojos en ondas luminosas el amor y la juventud. Hasta su sombra parecía iluminada por un fulgor cuya fuente era invisible. El mancebo parecía embarcado en un esquife cubierto con mantos de armiño y cendales de oro; las olas del mar se teñían de luego al acercarse a él; cuando batía sus alas inmaculadas dejaba entrever detrás de él, en los cielos, un gigantesco pórtico de cristal y de zafiro desde donde bajaba una gradería de oro transparente.

En medio de su éxtasis, una penumbra negra invadió el alma de la muchacha; tuvo un recuerdo. En la última fiesta del patrón de los marineros que se venera en san Román, había visto a aquel ángel: vestía de terciopelo como un magnate de la corte virreinal (de los que todos hablaban y nadie había visto), o como un jefe de corsarios franceses, y recordó que todos creían que aquel hombre debía de ser un filibustero, porque nadie lo conocía y derramaba el oro a manos llenas. (Estamos, queridas lectoras, en los tiempos coloniales; no se me había presentado oportunidad de decíroslo.) Lo singular, lo malo, es que durante todas las fiestas aquel hombre la siguió con sus miradas, amorosas y audaces a la vez; ¡qué horror! Y ella, ella lo veía como distraídamente y el corazón le palpitaba con infinita fuerza…

Todas estas reminiscencias pasaron como una bandada de aves negras por el cielo de su alma. ¿Quién ha pretendido analizar el primer momento de amor en el corazón de una mujer? Ellas jamás lo explicarán, ni los ruiseñores cómo brota de su garganta el primer arpegio, ni el botón de nardo cómo exhala, al abrirse, su primer perfume. El primero amor es la revelación del alma en nuestro ser: sabemos que existe: mas no la sentimos, sino cuando amamos. La paloma que anida el misterio que cada uno lleva en lo más íntimo de sí abre las alas y canta, con sólo el fulgor de una mirada que penetra en nuestra sombra. Y esta palabra mil veces deletreada con indiferencia: amor, adquiere para nosotros una significación inmensa, nos lo explica todo, es la clave del jeroglífico de la eternidad.

Lila no se explicaba así lo que sentía, ni de ningún otro modo. Porque el mancebo que la playera tenía delante, lo estaba en realidad, pero delante de su alma; y el parecido de éste con el filibustero indicaba que ya lo había visto. Pues no, no había visto a nadie; y, sin embargo, todo era real, todo era supremamente real, pues qué ¿hay algo más real que la luz en un rayo de sol y el amor en una mujer de quince años, en la costa del Golfo?

Lila, magnetizada por las palabras del mancebo alado, se dejó cubrir la frente de besos; de cada beso nacía un azahar, y juntos formaban una corona de desposada. Luego, el ángel (¿no os he dicho que era un ángel?) tendió sobre su cabeza y dejó caer en rectos pliegues sobre el cuerpo de la virgen una nube sin mancha; era el velo de boda. Y el altar era sorprendente; parecía el altar de la iglesia de San Román, pero cuajado de piedras preciosas: los cortinajes de tisú recamados de oro parecían nubes bordadas de estrellas y el pavimento era un ópalo verde como el mar.

—¿Me amas? —preguntó el mancebo.
—Sí —dijo la joven con sólo el destello que se encendió en sus ojos.
—Ven, pues, ven conmigo.
—¿Podré llorar?
—Llorarás —repuso el amante de Lila.

Y la barquilla de cristal se aproximó… Pero otra sombra negra se interpuso entre el alma de la niña y su visión de amor:

—¡Dios mío! —exclamó la niña con desesperación profunda— ¿dónde está mi hermanito? Lo dejé dormido en la arena y lo olvidé. ¡Ay!, se lo han llevado las olas.
—Míralo en su nido —le dijo el celestial barquero.

Sobre la luna en menguante, apenas visible en occidente y que parecía una cuna de plata colgada en el firmamento, Lila pudo ver a su hermanito dormido.

Y ya la barquilla bogaba, bogaba en el mar risueño. La cabeza de Lila, reclinada sobre el pecho de su amado, parecía rodeada de una aureola; sus cabellos destrenzados mojaban sus extremidades en las olas, y éstas pasaban a través de sus hilos sutiles temblando armoniosamente, como la brisa por entre las cuerdas de las arpas eólicas. Lila se sentía dormida y no tenía fuerzas para querer despertar. En sueños tuvo un recuerdo y fue la última sombra negra. Aquella mañana, al salir del baño, había visto un bergantín con bandera negra cruzando a toda vela el horizonte… La bandera negra es la bandera de los filibusteros:

—Allí está —decía palmoteando alborozada la criada africana de Lila—, allí está: viene por nosotros.
—¿Quién? — preguntó la niña.
—Aquel que tanto miraste en las fiestas de San Román…

Después, Lila, pensativa, tomó un poco de leche que le trajo la esclava; estaba un poco amarga; y luego siguió jugando con su hermanito…

Lila sintió un beso entre los labios y la barca continuaba bogando, bogando…

—Yo quisiera llorar —decía la niña—. ¡Oh! Dios mío, creo que voy a llorar.
—Llorarás —contestaba el ángel, inclinando sobre ella su gran mirada de amor…

—Vaya un cuento raro. ¿Y lloró por fin? —decía una de las muchachas.
—¿Quién sabe? Pero lo cierto es que fue feliz.
—¡Feliz! —dijeron todas a una.
—Si murió, fue feliz; y si lloró, fue feliz también…
—¡Oh!
—¿No ha dicho Jesús, nuestro Señor: “felices los que lloran”?

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