PATADA SUBLIME

PATADA SUBLIME

Jorge Ferretis

Cuando la comenzó a besar, su boca todavía no estaba madura.

Noche relumbrosa y tibia. Estaban en aquel jardín que a pesar de ser público, permanecía tan solitario, con alguno que otro foquillo eléctrico que enmarañaba su luz entre las ramas de los árboles.

Ardían los tales focos como si se quisieran esconder; como si más dueña del lugar fuese aquella luna gorda y complaciente, que curioseaba con malicia desde una azotea.

Y el muchacho, con aquella sombrita de mujer sentada muy junto, en la penumbra, parecía entender lo que la luna jamona le aconsejaba desde el pretil:

¡Bésala … ¡ ¿No eres hombre?

Y aunque él temblaba (con ese temblor que dan a los mancebos las noches cálidas y las mujeres tibias) la besó. Su boca era como fruta zarazona.

De esa que se muerde y no sangra jugos dulces todavía.

v

Fidel, provinciano, inteligente, pobre, acababa de conseguir, aparte de aquella boca, algo trascendental: a sus veintiún años, era ya un profesor. Resistiendo penurias, con los pantalones remendados en las sentaderas y con el intestino acostumbrado a no pedir imposibles, había terminado sus estudios en la Escuela Normal. Y su título no era un simple cartón que se quedara colgado en una pared de su alcoba. Entre los andamiajes de su psicología, aquel título era como un puntual de circunspección, que enderezaba todas sus intenciones de muchacho limpio. Intenciones, muchas intenciones que a la luz del sol, le convertían el cerebro en algo así como un colmenar; y que por las noches, cuando paseaba solo, le llenaban el pecho como de luciérnagas.

Todavía el sagrado vaho de los libros abiertos le espejeaba en la frente, y le dejaba en las manos una prisa de modelar hombres futuros.

Empezó a trabajar en una escuela del Gobierno. Desde el interior de los salones, Fidel y sus alumnos podían contemplar el cielo: años atrás, unos techos podridos habían empezado a dejar caer tierrita, piedrecitas cada vez mayores, hasta que había acabado por claudicar en boquetes de firmamento. Y los niños que iban allí a recibir su metafórico “pan del saber”, solían recibir, además, algún concreto ladrillazo en la frente.

Pero Fidel no estaba hecho para gastarse en preocupaciones de conserjes. ¡Veintiún años apenas! Rubio, recto, pálido. Pulcro, desde que tenía sueldo. Ojos tolerantes y claros, que parecían encendérsele para comprender cuanto aluzaran.

La gente, al verlo siempre tan vertical, con un libro bajo el brazo, decía que tomaba demasiado en serio aquel mote de apóstoles, que se conferían los maestros en sus discursos pedagógicos.

Pero ya se ha visto cómo, muchacho al fin, lo empezaron a inquietar otras luces que las del saber: las de otros ojos. Aquella muchachita del jardín se llamaba Aurora, y vivía a la vuelta de su casa. Era una chiquilla luminosa, que a pesar de sus ojos chisporrotentes, decía que le gustaban los versos. Agonía romántica.

Si Fidel llevaba en sus adentros un apóstol, sintió que también le despertaba un poeta. Y el apóstol tuvo que aguardar, mientras el poeta surcía renglones cortos, rezagándose medio siglo para no parecer vulgar. En su provincia, las sirenas de Jorge Manrique cantaban todavía: “todo tiempo pasado fué mejor- …

Aurora, muy prematura, había empezado a soñar su sueño de provinciana decente. Fidel se le figuraba marido ideal. ¡Con aquel traje gris se veía tan interesante! ¡Oh, su incomparable Fidel! A ella le hormigueaba el corazón. Y esperando la fecha en que había de azaharearle la frente, surcía los calcetines de su tío, y repetía versos entre dientes.

Muchas noches tuvo su poeta a su reja.

Y perdían las horas en el vasto tiempo. Vivían en ese mundo fabuloso del que sólo tienen llave los enamorados devotos. Lejos, en balde los relojes de las iglesias advertían, con su voz de bronce cansado, que era la hora de cerrar las ventanas, y los ojos, y las mentes.

A ratos, sin decirse palabra, parecían entregados a resolver el problema de cómo desenclavijar sus manos. Y sentían como si al través de ellas, sus dos sangres fluyesen de corazón a corazón. Solemne diálogo con afirmaciones de sístoles y diástoles.

Arriba, otra luna vieja, borrosa y fría, desparra moho duendes por los callejones desiertos.

v

Cuando inesperadamente murió el tío de Aurora, todo se trastornó. Con los dos pesos diarios que Fidel ganaba (menos que algunos peones) no podía tomar decisiones decentes. Entre necesidades de la vida, ¿él quedaba en el fondo como residuo infrahumano, a pesar de sus seis años de normalista? Por añadidura, ni con aquellos dos pesos podía contar, pues aquel Gobierno de bancarrota les adeudaba meses. La esfera oficial se infestaba de traficantes que con anuencia y participación de funcionarios, usuraban comprando los recibos de los maestros, que no llegaban siquiera a la categoría de ganapanes. La gente los empezó a apodar “maestros camaleones-, por la vulgar opinión de que tales reptiles no comen.

Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos: entierro del tío, venta de trebejos y viaje de Aurora a la metrópoli, donde a más no haber, la recogerían otros parientes.

Pero el noviazgo persistía entre luto y distancia, llevando y trayendo misivas incandescentes. Y se les escapó un año.

Fidel, haciendo milagros con sus recibos, ¡ahorraba! Tenía que aparecerse en México durante sus vacaciones.

A últimas fechas, las cartas de Aurora llegaban más desteñidas, breves y escasas. Ya su mente —pensaba Fidel—estaría recogida, aguardándolo. Le querría decir con el color de su boca, lo que ya no era preciso escribirle.

Y una noche, con un boleto de segunda clase en una mano y un “veliz” de cartón en la otra, bajó del tren en la metrópoli.

Como si llevase el cráneo lleno de ruedas, de hipos de locomotoras, y los ojos repletos de gas Neón, atropelladamente tué en busca de su Aurora

Le extrañó no encontrarla en aquella casa de sus parientes. Le informaron que había tenido que salir, para volver muy noche. Sin duda exigencias de la detestable familia.

Al día siguiente era domingo. Fidel llegó atragantándose con su propia emoción.

Pero encontró una Aurora un poco… fría. Más guapa, y como si más que pertenecerle a él, fuese propietaria de sí misma. Pero siguió atribuyéndolo a circunspección obligada por la casa ajena.

—Pasa, Fidel. Figúrate que tengo compromiso de salir. Pero si quieres, vendrás conmigo al “foot- ball”. Hasta te servirá para que implantes el deporte en tu escuela.

A Fidel, el desencanto le metió más naturalidad dentro de su traje gris.

v

Las graderías de madera rechinaban de gente. Señores que nunca tenían oportunidad de subir la voz, desgoñitóbanse allí, hasta enronquecer, vatici- nando el triunfo de tal o cual “oncena”.

Pronto se dió cuenta el maestro de que los ánimos habían venido enconándose semanas atrás, en partidos “electrizantes”. Una oncena de Chile había llegado a disputar la supremacía a todas las nacionales. Y aquel era el partido de desempate!

—¿Pero es posible que no te hayas informado de todo esto por los periódicos?

—No—contestó Fidel con monosílaba vergüenza.

Era un gentío nervioso, salpicado de damas que desde las tribunas chillaban glorificando a “Pichorro “, a “Catrejo-, a “Bravis” y a otros atletas, nacionales o extranjeros, ¡pero todos radiantes dentro de sus apodos de presidiarios.

Aurora llegó, con Fidel detrás, metiéndose a codazos, angustiada por no encontrar asiento en la primera fila. Jadeante, en su desesperación dijo coquetamente:

—Con permiso.

Y sin dar tiempo a malas caras, se incrustó entre un gordo y un dispéptico que tenían boletos numerados. Fidel vió que a pesar de incomodarías, no los desagradaba tan apetitosa cuña. Pero él quedó en situación ruborizante, pues sin poderlo remediar y para no tapar a los de gradas, se encontró en cuclillas, a los pies de su dama.

A la luz de un gran sol, aparecieron en el campo los equipos, y un clamor epiléptico sacudió las tribunas. De los “tendidos- salían a veces ‘burras! y a veces naranjazos, pues la más efectiva refutación a opiniones adversas, era, por ejemplo, un pedazo de “jícama” estrellado en el rostro de los gritones más entusiastas. La policía, atareadísima, tuvo que sacar de entre las gradas a dos o tres escandalosos delirantes.

Aurora, como casi toda la frenética concurrencia, se había puesto en pie, con los puños que le dolían de apretados. Balbuciente y enrojecida, escudriñaba entre las oncenas; buscaba. Y Fidel procuró contagiarse de aquella fiebre solar.

De improviso, el rostro de la muchacha relampagueó. ¡Aaah! Una sonrisota de esas que estremecen, se adueñó de toda ella.

Fidel, atónito, vió acercársele uno de aquellos semidioses rubios, con el torso repleto de omnipotencia. Efigie clásica; varonía perfecta, que proyectaba estupor sobre nuestros mestizos abigarrados. Se acercó hasta el alambraje, sonriente, con su camisola de anchas listas blancas y azules; calzón oscuro muy corto; medias de lana azul vivo, y zapatones con suelas descomunales, con pijas metálicas que rasguñaban el suelo.

—Gracias, Monina dijo sonriendo como un Perseo inefable y dispensador.

—¿Por qué?—preguntó, incendiada, Aurora, sintiéndose el epicentro de toda la envidia mujeril.¡

— Dios! ¡Por haber venido a verme jugar! Como que en tu nombrecito voy a echar to’o lo que traigo.

E infló el pecho, antes de irse, como si quisiera reventar algún cincho invisible.

—¡ ¡Hurra!! ¡ ¡Hurra por el chileno!!—estalló detrás de aurora un hombrecillo calvo y conmovedor.

Y de las gradas, la gresca levantó a cuatro o cinco fanáticos que contra el hombrecillo, empezaron a declamar el triunfo de “los nuestros”, crepitantes de patriotismo.

Los ojos de Fidel reclamaban explicación, pero Aurora, excitada, lo apretó con la mano por un hombro, y sin retirar del campo las miradas, exclamó:

—¡Es Giorno, Fidel! ¡Es un prodigio de hombre! ¡Fíjate, fíjate!

El Perseo joven se había esfumado, y un silencio difícil aplanó a los espectadores . En medio del campo estaba echándose la suerte, para ver a cuál de los equipos pertenecería la bola. Y la suerte la entregó a los chilenos.

Y el maestro tuvo que encuclillarse nuevamente.

Los eventos del partido fueron “inenarrables”, según escribieron después los cronistas. Aquellos millares de monigotes humanos, con sus propios alaridos se convulsionaban en las tribunas.

Cuando terminó el primer “tiempo”, centenares de pañuelos enjugaban frentes exhaustas; y carrillos inflados resoplaban, como para dar escape al exceso de presión emotiva. Un solo punto habían logrado zarpear los nacionales, sin dejar salir de cero a los invasores.

Y el segundo tiempo estrujó más peligrosamente a los espectadores. En una atmósfera de locos, cualquier desorbitado respondía con una bofetada al más anodino comentario adverso. ¡Un punto de los extranjeros!

—¡ ¡Duro, Pichorro!!

—¡ ¡Atrá— . pala delantero!! —¡No tienes madre, Foquín!

Y el segundo descanso pareció un intermedio de estertores.

Fidel, embrutecido de amor propio, ya no se atrevía ni a mirar a Aurora. Miedo y rabia lo hacía sentir su cara, tan impúdicamente luminosa.

Y siguió el tormento. Mucho más agotados que los futbolistas, los espectadores eran hilachos metidos en sudor, roncos, demacrados e iracundos, como chiles en vinagre.

A medio campo, fermentados de sol, de agua de sal y de coraje, ya a ningún jugador le habría importado patear tan fuerte, que de una ingle se le hubiera zafado una pierna por los aires. Y verla, ya caído él, perderse en el espacio, como mancha de un cuervo disparado por un muñón caliente.

Los relojes de bolsillo empezaron a tictaquear entre dedos nerviosos. El final del último tiempo se acercaba, y no se traslucía el desempate, por ninguno de los bandos.

Aurora hubiera querido tener, en lugar de ojos, dos “mayates” que volaran tras de Giorno, sin que un instante se le confundiera entre los bufadores contendientes. Y haciendo prodigios ópticos, con los párpados doloridos por la tensión, ella lo descubría; y se ahogaba con su propio aliento cada vez que sobre la bola se amontonaba en el suelo una contorsión de miembros, que se despatarraban por los aires.

Sin que nadie pudiera preverlo, de improviso, fué él precisamente; fué aquel helénico Giorno el que pudo disparar la bola con tal fuerza y derechura, que desde la mitad del campo fué a embutirse en “goal” abollando al “portero”.

Otro rugido general sacudió las tribunas. Zumbaban las exclamaciones ininteligiblemente.

Pero Fidel percibió la voz de Aurora, que fuera de sí, con los ojos abrillantados, pudo gritar:¡

— ¡Qué patada … tan sublime!!

-    ¡Infinita!!! — prorrumpió el hombrecito calvo que declamaba detrás de ella—. ¡In-finita!!! Y se desmayó sobre las gradas de madera.

v

Entre un barajamiento de rostros, sombríos unos y alumbrados otros, el hormigueo se empezó o mover hacia la calle, desmigajándose en comentarios. Los atletas vencedores, y Giorno en particular, fueron arrebatados en hombros por la muchedumbre ensordecida.

Ya en las calles nubladas de polvo, Fidel y Aurora caminaron mucho, antes de abordar su tranvía,- sin decirse palabra. Como si caminando expelieran la excitación sobrante, y pudieran volver a una fatigosa normalidad.

Fidel se sentía un ser extrañamente ridículo. Un humillado estúpido, que dos o tres veces se atragantó con el impulso de insultar a la mujer perversa, que caminaba junto a él.

Ella, en un esfuerzo de jovialidad, le dijo:

—No seas ñoño, profesor.

Y lo cogió por un brazo.

El sintió deseos de repudiarla de un empellón, pero se dejó asir, y hasta suspiró.

—No es más que un amigo célebre—agregó ella—. Yo jamás había tenido a mi vera una celebridad.

Y le siguió explicando que aquel dios rubio, no era ningún aventurero vulgar. Vástago codiciado de una de las más aristocráticas familias de Chile, se había -enrolado” en su oncena por legítimo culto al deporte. ¡El, educado en Londres, hijo de inglés y española de pura cepa! Oh, y en México, de par en par se le abrían las puertas de las rancias mansiones. Sobre Giorno caía diariamente un chubasco de invitaciones de mujeres que querían sentirse como palpadas, de pies a cabeza, por su palabra de miel. ¡Y él, desdeñarlas! ¡Y prodigarse a una empleadilla sin postín! ¿No eran caprichos propios de una figura mitológica?

Reparando en el andar de piltrafa de Fidel, ella explicaba que al prodigarse, era platónicamente, por supuesto. Porque a cambio de aquel inconmen surable honor, él nada pretendía.

Se despidieron, ambiguos, y a Fidel casi le dolió la mano lacia. Como la de un crucificado, a quien acabasen de desclavar de la cruz de dos caminos.

v *

* *

Aurora llegó a su casa con asco en las entrañas.

Una asquerosa molestia, por no haber sido más leal con el pobre Fidel.

Antes de aquel domingo, ni por asomo había pensado tomar en serio las proposiciones de fuga

Giorno. Pero la presencia del provinciano; y en parte, la apoteosis provocada por aquella patada única … Todo, todo la obligaba a resolverse. ¿Consecuencias lastimosas? Bien valía la pena arrostrarlas, con inmutable sonrisa, a cambio de vivir, no importaba cuántos instantes, entre los brazos de aquel hombre de sol dulce.

Fidel pasó la noche como beodo de agua sucia. Ebrio de fracaso, no le importó que lo hubiera podido triturar entre sus ruedas un tren, que con pito, campanillazos, frenos e insolencias del motorista, lo sacó de los rieles.

Con la cabeza quemándosele, urdía mil escenas. Imaginaba que aquella noche, Aurora y Giorno lo invitaban a cenar en un cabaret de lujo. Aquel hijo de la fortuna, la tendría como hipnotizada con cualquier narración de ultramar. Imbécil y bello, en su boca sonarían las palabras trascendentalmente, y desde otras mesas, lo codiciarían con disimulo otras mujeres con almíbar en el sexo. Sólo a ratos repararían en que los acompañaba aquel esmirriado Fidel. Y Giorno, condescendiente, le daría un protector golpecito en el hombro, y reiría:

—¡Vamos, ilustre mentor! ¿Está usted resolviendo algún problema algebraico?

Y las mujeres de otras mesas, reirían. Y Aurora, cordial, ¿no le apretaría siquiera una mano?

v

El siguiente día lo pasó engendrando injurias. Se atormentaba con delicia amaestrando frases con que acorralar a la hembra; y adjetivos para azotarla. Por ejemplo:

—Una cabeza con ideas adentro, te alumbró menos que otra con anillos de luz cabelluna por fuera.

Eso, para comenzar. Después, soltaría otras. Injurias voraces, que como perras de lumbre se le echaran encima, y le mordieran los senos, y la honra.

Quiso llamarla por teléfono para concertar la última cita. Pero al tomar el audífono tuvo la sensación de ennegrecerse como el mismo aparato. Una pena diabólica le volvía la cara negra, dura y lustrosa como el audífono. Y optó por salir a caminar un poco. Sentía el cerebro como enchapopotado; y como si hasta la llaguita de fuego de un cigarrillo se lo pudiera incendiar.

Regresó a su cuarto muy tarde, extenuado y ya sin cavilar. Un bendito cansancio lo desconectó de todos los temas de su vigilia, y lo metió en el camastro, como una almohada de harina.

Y he ahí que amaneció otro. Cuando quiso anudar sus propósitos con los de la noche anterior, se detuvo. ¿Era digno de él todo lo que había pensado? ¿Su pensamiento era como el de cualquier infeliz de los que piensan con lodo? Dió unos pasos por la habitación. Sintió que el gesto se le desenjutaba. Luminoso, como ante un hallazgo, se preguntó: pero ¿es posible que me humillen si no me dejo borrar del rostro la vislumbre de una sonrisa? ¡Caramba! ¡Lo que alumbra una sonrisa! Cuestión de saberla manejar. Puede hasta convertirse en reflector, que atarante y confunda a los otros.

Hacia la tarde, no había perdido aquella lucecita de su cara. Después, siguió meditando: No, no era sólo la trampa de una sonrisa lo que necesitaba. Con ella se podría defender de que lo compadeciesen. Pero necesitaba algo más. Y como si en su cuarto tuviese ante sí la colosal figura de Giorno, se quedó “mirándolo” de frente, con serenidad, y muy pausadamente dijo:

—Tú tienes bíceps. Pero yo tengo alma. Es decir, conservo ese cachibache mágico que los hombres modernos se ingeniaron en volver mentira. ¡Tú tienes bíceps!

Sonrió, mientras la figura de Giorno se esfumaba sobre el muro.

—Señor, lo llaman al teléfono.

Era una sirviente de aquella casa de huéspedes, quien entreabría la puerta.

—¿Qué?—preguntó él como si bajase del mundo de los aparecidos.

El teléfono! — repitió la criada haciendo una señal impaciente con la cabeza.

Sofocándose, acudió al aparato. Efectivamente, era Aurora.

—Sí, a las siete.

También ella, con aquel disgusto de sí misma, había sentido necesidad de llamarlo, para que se despidieran lealmente. i Pobre muchacho!

v

A las siete, estaban solos y mudos en una salita. Se desconcertó un poco Aurora ante la quieta jovialidad de Fidel. Este, por su parte, no dejaba de escarbar en su mente: ¿para qué puede servir el alma? Giorno sabía servirse de sus músculos y de su varonil belleza.

Y “alguien” contestaba a Fidel en su interior: “El alma sirve para crecer. Tú estás quedándote chaparro, a pesar de tu cacareada superioridad-.

Aurora, antes de acometer el asunto que la impacientaba, le preguntó, cordial e intrascendente: —¿En qué piensas?

—Pienso . . . —respondió él levantándose, como si sus ojos lo halasen hacia el cuadro vacío de la ventana—, piensa… en aquello … Hasta que me he alejado un poco de mi provincia, estoy aprendiendo a verla.

—¿Qué dices?

—Digo … que allá vivimos seres amodorrados, con alma turbia y voluntad de repollo.

—Te felicito porque estás aprendiendo a renegar de aquel cómodo limbo, y sientas ansias de salir de él.

—¡ No! ¡No! Ahora no saldría. ¿Que no ves que no hay allá nadie que grite la impudicia de quienes no se sacian de dineros públicos?

—¿El Gobierno?—preguntó Aurora, como si se dijeran -palabras mayores”.

—Sí, aquel Gobierno ladrón que no ajusta para remendar siquiera los boquetes de cielo de nuestras azoteas. Allá están los planteles, con sus alumnos descalabrados, mientras manadas de castrados menean la cola a palurdos ahitos de autoridad. Ya lo verás, Aurora. Allá está mi lugar.

—Es decir—preguntó ella—, ¿que vas a ser un redentor de castrados?

—Voy a ser un redentor de mí mismo. De mí, que estoy sintiendo la sagrada vergüenza de haber sonreído, más de alguna vez, a matones impunes.

—¿Y no necesitas que te siga nadie?

Fidel se encogió de hombros, y respondió: —Iré yo conmigo.

Estaba ya parado frente a ella, contemplándola con sus ojos claros de mancebo mal nutrido.

—¿Te hice mucho daño? — preguntó la muchacha.

—No—dijo él, y paternalmente alargó la mano, y le alisó con lindura la cabeza—. No. Nadie puede hacerme daño. Ni siquiera me lo harán en mi pobre tierra, donde me necesitan. Ya lo sabrás, Aurora: me necesitan. Tenemos allá trabajadores que aguardan. Manos duras, capaces de transformar su mundo.

Dió unos pasos, para ir de nuevo a plantarse frente a la ventana. En el pecho le comenzaron a resucitar intenciones; aquellas de estudiante estilo siglo XIX. Una fuerza vieja le apretaba las mandíbulas y le hormigueaba en las manos.

Aurora lo veía por la espalda, desde el diván en que permanecía acurrucada. Y pensó que se estaría volviendo histérica, porque los ojos se le llenaron de sal. Inexplicablemente, sin embargo, la invadió un lacio bienestar, al sentirse aquellos ojos suyos tan ternurosos, y como lavados con el agua temblona de … ¿de la angustia? No; quizás lloraba de admiración, de cordialidad, de quién sabe qué emociones agridulces.

Cuando él se le acercó de nuevo para despedirse y le puso una mano en el hombro, ella, en sacudida sentimental, estuvo a punto de echársele en brazos, rota en sollozos. Pero ya tenía las miradas secas y la fisonomía resistente.

Un apretón de manos. Unas palmaditas hermanables, y acabó la escena.

A seguras zancadas por la calle, Fidel iba gozoso. ¡ Aquél sí era él! ¡Nada de recriminaciones mezquinas! “La sabiduría — dijo un filósofo añejo — consiste en saber ser siempre igual, tanto en el querer como en el no querer”.

Había perdido una novia, pero había descubierto un filósofo, que era él mismo. Y un luchador social, con madera estoica.

Clamo, el pobre Clamo, seguiría relumbrando por allí, como un hermoso bruto, con muchísimo talento en los pies.

En cuanto a Aurora, él le iba sinceramente agradecido. Como un rapaz lo estaría si lo enseñasen, en su más glotona infancia, a fabricar caramelos.

Fabricar impulsos.

v

A la mañana siguiente, Fidel salió, con su veliz de cartón en una mano y su boleto de segunda clase en la otra. Ya llevaba su magín repleto de fórmulas para empezar, llegando a su pueblo a organizar trabajadores. El se les daría, como una antorcha.

Pero al llegar a los andenes de la estación, lo detuvo un hipo de sorpresa; se le abrieron mucho los ojos, y quiso decir algo. “¿Qué haces aquí?” —hubiera querido preguntar; pero se quedó como con prespuntes de la palabra en la boca. En escena muda, se le revelaba todo, con la claridad de esos trances en que las explicaciones emanan de carne a carne.

Estaba Aurora parada ante él con un bolso de viaje en la mano. Muda también, lo más que supo fué mostrar en su otra mano, otro boleto de segunda clase.

Fidel no se dejó arrancar el grito de júbilo que hasta le dolía en la garganta, de tan fuerte.

Como si uno, dos o tres filósofos antiguos, lo hubiesen estado viendo desde el vacío, suspiró, serenamente. Dejó que Aurora se le prendiera por el brazo, muy juntita, y echara a caminar con él, murmurando:

—Ya no me importa nada.

El apretó el brazo como para agradecerlo, y se deslizaron entre las prisas del gentío.

Aurora, transfigurada en dádiva, sentía tenues hasta las baldosas de los largos andaderos. Y a pesar del humo de las locomotoras, que emborronaba a trechos los andenes, sentía la mañana tan azul, como si sus ojos le floreasen yedras.

Los comentarios están cerrados.