PASOS A MI ESPALDA

PASOS A MI ESPALDA

Mauricio Magdaleno

DESDE la noche en que me convertí en el novio oficial de Sara Jiménez, la familia me recibía tras la cena en la alta sala de muros tapizados de un rojo uva en el que danzaban racimos de campanitas amarillas, viejas consolas llenas de minúsculas chucherías orientales y desdibujados retratos de la época del polisón y del “pufo” y al fondo de la cual abría sus mandíbulas un brillante piano de media cola. A las diez, invariablemente, empezaban a cabecear el señor y la señora Jiménez y daba yo por terminada mi visita; un cuarto de hora después se entreabría la ventana de la alcoba de mi novia y volvíamos a encontrarnos en la tiniebla húmeda de la calle, libres de engorrosos protocolos familiares, con la voz temblando de emoción como si nos viésemos tras una larga ausencia y las manos y las bocas sueltas al juego eterno de las caricias y los besos.

Cuando llegué a la pequeña capital de provincia (en realidad aquello era un mero pueblo tristón de hondas y viejas calles y vestido todo de eucaliptos, como los más del interior, y una vez que el cine cerraba sus puertas tan lúgubre y silencioso como un cementerio) a encargarme de la oficina local de hacienda, me anonadó el terror de pensar que tendría que consumir tres o cuatro años de mi vida en aquel retiro de lamas que parecía sustraído a todas las realidades de este mundo, sin amigos y sin una raíz de calor de familia que me lenificase el rigor del destierro; y un día después de instalarme en la casa de huéspedes clamé como un desesperado a través de patéticas cartas dirigidas a mis superiores de México, por las cuales solicitaba mi inmediato cambio de adscripción, aduciendo al efecto una serie de razones de orden técnico —jerarquía burocrática, insignificancia de la oficina, etc.— que mi desquiciamiento me hizo suponer de mucho peso. Dos semanas más tarde aún no obtenía respuesta y sí, en cambio, el poblachón empezaba a ganarme con su cada vez menos agresivo encanto romántico y la rutina dulzona de sus noches de retreta.

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Sabía yo vagamente, como lo sabe todo hijo de vecino que ha andado de aquí para allá, algo de la cacería a que se consagran las muchachas de estos lugares chicos tras el primer forastero que cae por ahí proveniente de México o de Guadalajara y en el que adivinan la menor posibilidad de arraigo, pero nunca me imaginé que a mí mismo me tocaría ser actor de una de estas persecuciones de mujerío con hambre de boda e hijos. Amoríos e idilios de ocho o quince días los tuve, por descontado, como cualquier otro fuereño, pese a mi natural retraído y a mi enfermiza y punto menos que antisocial timidez. Sin embargo, fue Sara Jiménez, la hija del notario, quien despertó en lo hondo de mi ser auténticos estremecimientos de anhelo y acabó atándome con nudo apretado a su pueblo, ella que nunca insinuó un asomo de flirt conmigo, ni me invitó a un baile o a un día de campo, ni me preguntó por mis novias de México.

Lo cierto es que seis meses después de mi llegada le confesé que la quería. Esa noche yo estaba atrozmente magullado todo por dentro y mi debilidad fluía a través de las más deshilachadas palabras, no obstante lo cual ella se puso y le asomó un brillo tiernísimo a los ojos y no hurtó las manos a la bronca eclosión de audacia en que remató mi perorata. Desde entonces aquellas relaciones que, quisiéralo yo o no, iban derecho al altar, reglaron mis días, mis horas, mis minutos. A las ocho en punto, tras cenar en la casa de huéspedes, o a las siete cuando el señor o la señora Jiménez me habían hecho el honor de invitarme a tomar el chocolate a su mesa, lloviera o tronara estaba llamando con mis tres toques familiares a la puerta de la casona de la oscura calleja. Me abría Sara en persona, nos apretábamos efusivamente las manos y esto era desmadejar chismes de vecindario y planes para nuestra boda y para después de casados, hasta las diez, hora en que me despedía para retornar subrepticiamente a los brazos de mi novia minutos más tarde, en el hueco de la ventana de su alcoba.

Aquella noche —ya el año daba las boqueadas y el rigor del invierno estaba en su apogeo— el tiempo se nos fue en un soplo y cuando volvimos, Sara a la noción de lo avanzado de la hora y yo, todo congelado, a la del castigador viento que caía de la sierra próxima, eran las once y media. Hasta dos horas antes habíamos estado hablando de muertos y cosas por el estilo, a propósito de un libro de Maeterlinc  que le regalé y la dejó temblando de miedo: tanto, en efecto, que me rogó que no me alejara de la acera de enfrente hasta que no viera apagarse la luz de su ventana.

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Un golpe de ventisca me salió al paso, en cuanto di cara a la calle encharcada de luna. Me abotoné el sobretodo y pensé, casi en voz alta: “Caray, hace frío. Vamos a andar un poco para entrar en calor.”

Por el andador de un parquecito de jacarandas alguien caminaba en dirección pareja a la mía. Me fijé en él porque no llevaba sobretodo ni un simple suéter, sino que metía las manos en las hondas bolsas de un pantalón claro que le quedaba visiblemente holgado. Torciendo por la calle de Carmen Mora, mi primera amiga de seis meses atrás, el viento me pegó de costado. Me cobijé al socaire de su casa, renovando mi decisión de dar una vuelta a pie, antes de ganar mis rumbos, para entrar en calor. De allí a la llamada Colonia Nueva —un barrio de tres o cuatro manzanas de chaletitos—, tras el jardinillo de la estación, medía una buena tirada; pero no me asustó la perspectiva de correrla. La plaza de armas estaba desierta. Olía profundamente a jazmín. En la boca del garitón de la cárcel municipal el centinela sacaba el agudo pico de la bayoneta y venían de las azoteas unos gritos desganados que contaban hasta seis. La noche resplandecía de luna y cobraba, en el silencio de las calles, un encanto evidentemente irreal.

La soledad de la hora, en la que tan sólo resonaban mis pasos y los de alguien más, me hizo volver la cara a curiosear quién los producía. Era el mismo hombre de hacía un rato, el del parquecito de las jacarandas. Aflojó un tanto el paso, al aflojarlo yo. Aquel andar detrás de mí, apenas a cincuenta o sesenta metros de distancia, empezaba a producirme una creciente sensación de molestia. Y, sin embargo, nada más natural que aquel individuo se dirigiese a su casa o a donde fuese, coincidiendo para ello con mi propio camino. Un mar de claridad caía sobre la plaza, dibujando, al fondo, la fina cúpula y las torres de la catedral, y a los lados; sobre los robustos arcos de medio punto de los portales, las fachadas de las casas principales, me señalé, para mí, sin sacar las manos de los bolsillos del sobretodo, una por una: la de don Nicolás Betancourt, el padre del pobre Juan Alfonso, el ingeniero desaparecido hacía un año en las más oscuras e inexplicables circunstancias. La de los Suárez Alvarado. La de don Niceto Macías. La de doña Matilde Sanjurjo. A propósito de la vieja Sanjurjo: las lenguas aseguraban que estaba embrujada y que moría víctima del misterioso mal. Precisamente en casa de mi novia habíamos comentado con profusión de detalles lo acaecido dos días antes, en que un médico de Guadalajara le abrió el vientre con el espantable resultado de que las entrañas desprendieron una gran cantidad de agua amarilla y unas larvas que se retorcían como gusanos, todo entre un tufo pestífero. Añadían los díceres que el causante del maleficio lo era un ranchero de Los Altos que estaba en connivencia con el hijo único de doña Matilde para acabar con ella y heredarla. Había luz en la casa, pero cosa extraña: no era una luz común y corriente, sino un fulgorcito mortecino que erraba de aquí allá, entre la planta alta y la baja. “Indudablemente lo que pasa en las casas, visto desde la calle, suele no tener pies ni cabeza”, pensé.

Traté de reaccionar contra el malestar producido por tan repugnante historia y proseguí en dirección de la estación, pensando que los pasos que llevaba cosidos a mi espalda doblarían, en ese mismo instante, hacia cualquier otro rumbo. Y tanto para arrancarme a la obsesión del endemoniado vientre abierto de doña Matilde cuanto para librarme de la de las pisadas, me puse a silbar, bajito, una tonada lugareña. Por lo demás, con sólo quererlo, volvía a disfrutar el regusto de las dos horas que viví en la ventana de Sara, y rehice el minuto preciso de los besos y me inundó un oleaje de efluvios. El viento batía maderos y cristales. El grito de una locomotora acuchilló la noche. Más lejos aún, hacia los campos, aullaban, lastimeras, perradas. Hondos y ostentosos de luna se perdían en perspectivas irreales los relejes de las calles.

Al pronto, me di cuenta de que iba a caer nada menos que frente a la casa de Andrea (Andrea Satanás, la llamaban los vecinos), una fea loca que vivía sola y su alma y por las noches ponía los pelos de punta al desprevenido transeúnte con sus gemidos, sus sordas imprecaciones y sus nada cordiales palabrotas. Al desandar el pedazo de calle —casi me había olvidado de él— desembocó frente a mí, en la acera opuesta, el hombre que me seguía. Fingió continuar unos pasos más allá de la casa de Andrea, como si ése fuese su camino, y cuando bajé la empinada cuesta del curato viejo, tuve otra vez sobre mí, agolpado a la misma distancia de cincuenta o sesenta metros, el rumor de su pisada. En la esquina del curato —una nube negrísima apagó la claridad de la luna y la sombra se hizo impenetrable— pensé esperar, bajo los limoneros, al que se había constituido mi perseguidor, y sacando ánimo de lo más agresivo de mi hombría y con la voz más corajuda que pudiesen producir mi laringe y mi desazón, reclamarle: “¿Quiere decirme usted qué se propone?” Pero, como de costumbre en mí, siempre que de generar un recio alud de voluntad se trata, el impulso no afloró y se derrumbó vergonzosamente.

Sin embargo de que sabía que no lo haría, proyecté: si me sigue una sola calle más, le demostraré a ese poca madre que de mí no se burla, ¡con un demonio! Nada tenía yo que hacer por la calle de los Lorenzana, pero eché a caminar por allí. Me había traspasado, al pronto, como un relámpago, la idea de que se tratase de alguien que directa o indirectamente tuviese que ver conmigo, aun sin yo saberlo, digamos por asuntos de amor. En las ciudades chicas todo lo que ha hecho uno deja rastro. ¡Debí haberlo pensado antes! Sí, ¿por qué no? ¿Y si fuese, simple y llanamente, un antiguo pretendiente de Sara al que ella mandó a paseo y ardiera de celos ante mi éxito y quisiera saber quién era yo y dónde vivía? Hice lento el paso, ahogando en mis entrañas la gran zozobra que me poseía, y detrás de mí, a la misma distancia, el muy vil hizo lento el suyo. Emergió de mí un hilo de congoja, traducido en un vulgar “pues no tiene remedio: ese tipo me viene siguiendo” que no componía nada en aquellas circunstancias ni añadía la menor luz sobre la naturaleza de tan extraña persecución.

Lo peor es que el miedo me iba ganando de un modo arrollador y anulaba por minutos los resortes de mi decisión. Yo era persona conocida en la localidad y bien podía llamar a una puerta de familia amiga, en cuyo seno estaría a salvo de mi victimario; pero ¿llamar a estas horas, cuando todo el mundo estaba durmiendo? ¿Y qué dirían los Lorenzana, por ejemplo —caso de ser la suya la puerta a que llamara— de verme temblando como una señorita, todo nada más porque a un desconocido se le había ocurrido seguirme? Decididamente, no era ésa la solución. A la desesperada tenté sacar de mí fierezas de hombre. Y me propuse, como si se tratase de un juego, hacer dos últimas pruebas, después de las cuales podría saber a qué atenerme sin temor a equivocarme. Consistía una en caminar un trecho a pasos tan menudos que, de ser verdad que se me seguía, mi perseguidor tendría por fuerza que descubrirse al repetir aquella manera de caminar. La otra era al revés: pegar una carrera. Inicié la primera, como quien hace tiempo para llegar a un sitio demasiado próximo media hora antes de la cita, lentamente, recreándome casi en tirar en lo hondo de las baldosas mis pisadas. Los pasos del hombre, a mi espalda, se hicieron lentos, muy lentos: un ritmo desesperantemente parejo al de los míos. Ahora sí que la angustia fluyó de todos los poros de mi carne y un río de sangre me golpeteó en la nuca y en las sienes. El corazón me martilleaba, asimismo y me zumbaban las orejas. Ya no sentía la mordedura del frío: por el contrario, el sobretodo me ahogaba como si fuese una caldera de vapor. Y aquellas pisadas, tras las mías, se multiplicaban siniestramente y vibraban en mis fibras y en mis huesos.

Había verificado una vuelta completa alrededor de la manzana. Por encima del hombro eché ojos hacia atrás: el hombre emergía del filo de la esquina, después de rodear completamente, a su vez, la manzana. El sitio, a aquella hora, parecía el más a propósito para sorprender a un desvelado. ¿Y si todo ello no fuese sino un vulgar atraco de ladrón? Me consoló (es más: me tonificó) el pensarlo. Sin embargo, la suposición no era lo suficientemente sólida como para destruir cualquier otra causa de mi persecución, y tan no lo era, que no pude sustraerme al terror de oscuras cosas ignoradas que siempre desprecié, razonador y frío, y ahora se me ofrecían como la más válida explicación a mi desdichada aventura. Allí estaba, nada menos, lo que un año atrás acaeció a Juan Alfonso Betancourt, quien desapareció de este mundo sin dejar huella… ¿Qué había ocurrido, efectivamente, con el joven ingeniero que ya hasta había anunciado su boda con Margarita Chávez? Alguien me aseguró, en una charla de compañeros de oficina, no sé si pasándose de listo \o ingenuamente solidarizado con la versión del vecindario, que a Juan Alfonso lo asesinaron unas mujeres del río (la versión añadía, por cierto, que el galán había tenido algún lío con la hija de una de ellas) y lo arrojaron a una noria…

A mí lado, se produjo un confuso soplo de voces. Estaba entreabierta la puerta de la casa de los Lorenzana y percibí dos bultos en el zagúan: el de un hombre y el de una mujer. Luego, entre un ahogado susurro de ropa, estalló un beso, y otro, y otro más. ¿Sería la mosquita muerta de María Luisa, que tan broncamente solía escandalizarse de las audacias amorosas de sus amigas y las escenas  -revivas de las pocas películas francesas que llegaban a la ciudad? ¿O Adela, la menor de las Lorenzana, que una vez en un día de campo 01, me entregó su fresca sonrisa de virgen de dieciocho años? El rumor de los besos naufragó en una estremecedora intimidad de caricias rematadas en algo así como gemidos. En cualquier otra ocasión el brusco choque erótico me hubiese despertado la fiebre en la medula; pero en aquel instante más contribuyó a recrudecer mi angustia y a cargarla de un franco, avasallador espanto. Un espanto que me electrizó las vísceras y me tiró a correr calle adelante. Y no precisamente por poner en práctica mi segunda proyectada prueba, la que unos minutos antes ideara para completar la seguridad de que era, en realidad, perseguido. Corrí para no gritar, enloquecido. Y a mi espalda, desdoblando mi carrera, latió pavorosamente la de mi perseguidor, pujando por no perder la distancia que de mí lo separaba. Mi última impresión, antes de refrenar el paso, cayendo hacia los muros derruidos del cuartel del 11 batallón, fue la del sofocado respirar de aquel que a mi espalda reproducía mi propio jadeo. Nunca había jadeado yo tan desaforadamente, tan ruidosamente, con todo el aliento. En el ruinoso caserón crecía un bosque de maleza y se revolvían, disputándose alguna piltrafa, unos canes fantasmales: uno de ellos aulló.

Vadeé la calle y me así al primer camino que se me presentó, hacia el lado de los arrabales del río. A la invariable distancia de cincuenta o sesenta metros, el miserable seguía mis pasos. Me agarré a un pretil de ventana, con el ser saliéndoseme de cauce en un impulso homicida de concluir aquello ahí mismo, en seguida y topare en lo que fuere. “Ya no puedo más —pensé—. ¡Dios sabe que ya no puedo más! Aquí lo espero.” Pero mi verdugo no aparecía, por más que yo sabía, como si lo estuviese viendo, que estaba ahí a la vuelta de la esquina, esperando nada más verme echar a andar para proseguir la interminable, la absurda persecución. Me limpié el sudor con la mano y me dirigí calle abajo.

La noche —a todo esto serían quizás las dos, o acaso fuesen las tres— naufragaba más y más en una nata de niebla. Dos lejanas lámparas eléctricas parecían nadar en un vacío de humo. En un quicio, yacían dos mendigos, confundidos uno con otro y cubriéndose con un montón de papeles. Uno era un viejo hirsuto de grandes barbas que soltó a mi paso esta palabra —la única que percibí de un diálogo susurrado en un tono fantasmal—: “miedo”. ¡Miedo! Volví a temblar acordándome del hombre que venía tras de mí, constituido en mi sombra. El miedo —comencé a hilvanar palabra tras palabra, poseído de un desvarío— es un sentimiento humano que… ¿Humano? ¿Y por qué nada más humano? Las bestias, en tal caso, ¿no sienten miedo nunca? ¿Y los árboles, y las flores, y las grandes y minúsculas criaturas del aire y del mar? Evidentemente que sí. En los corrales de los pueblos, al pardear, cuando cruza la sombra del gavilán… Existe el miedo en cualquier forma de la tremenda aventura cósmica.

¡Y aquellas pisadas, a mi espalda, aquellas pisadas que se me clavaban en lo hondo de mi raíz de miedo, en una como inmersión a profundidades de vértigo, agrandadas, deformadas, grotescas, implacables, infames! Caminando, caminando, fugitivo del desconocido que venía tras de mí, había ido a parar a un suburbio de artesanos, en dirección opuesta a mi domicilio. Detrás de los eucaliptos de la calle corría el río. Lo oí palpitar, en la sombra, con su ruido pavoroso de aguas traicioneras. A treinta pasos, en el portal del rastro, seguramente había un velador. Tenía que haberlo. Respiré. Voy por él y juntos agarraremos a este jijo de la… Tampoco lo hice. Tuve la sensación clara, neta, precisa, de que a mi espalda el criminal reía de mi miedo, pensando: “¡Anda! ¡ve por él… si puedes! ¡No seas idiota! ¡Tú no harás sino lo que yo quiera!” El río mugía, más cerca. Se adueñó de mí el recuerdo de Juan Alfonso Betancourt, que seguramente, como afirmaban las lenguas, yacía pudriéndose en los túneles de agua hedionda de una noria, en la ribera de delgados y cenizos eucaliptos. ¿Y si fuera el propio Juan Alfonso, que… ? ¡Las almas han de aflorar de sus conturbados territorios de muerte y gusanos y volver, en el silencio de las noches, a buscar sus pasos de tierra!

Al fondo, cayendo al río, la arboleda apretaba su sombra. Estaba, sencillamente, acorralado. Ahora lloriqueaban perradas por todos los rumbos. En una casa —un cuchitril chaparrón y chato de adobes, con una boca de cueva de un metro al ras del suelo y un orificio renegrido de ventana— temblequeaba una luz amarilla. Se me fue el cuerpo contra la calle y reptó por mis vértebras un grito: en el antro, iluminado por dos velas, estaba tendido un muerto en un petate: un muerto greñudo, hinchado, espantable, al que hacían guardia tres viejas y un hombre. Transpiraba el sitio un hálito nauseabundo de miseria y horror.

Di contra los primeros troncos de la arboleda. En el límite de mi agonía el miedo se me convirtió, al fin, en un auténtico torrente de rabia, la gran rabia que se resuelve a todo. Estoy acorralado y ni modo de pasar el río. Y aunque lo pasara, allá al otro lado, en los ejidos, sería peor. Entonces, ¡de una vez! O me mata o… Rápidamente, ideé dar vuelta a la manzana, de modo que al salir nuevamente a los eucaliptos me hubiese desprendido de mi odioso perseguidor. Y así lo hice, a sabiendas de que no lograría desprenderme de él y… ¡tanto peor para los dos! Apenas doblé por la calleja de la ribera, eché a correr. Y tan vertiginosa fue la carrera que perdí el ruido de los pasos ominosos, un instante, al escarpar la cuesta, a espaldas del antro del velorio. Me ganaba, ahora, un terrible frenesí que demandaba saberlo todo al mirarme surgir tan airosamente de mi prueba. Había llegado, otra vez, a los árboles del río. Las perradas aullaban lúgubremente en lo hondo de los ejidos y en los jacales de la ribera, excitadas por el rumor de mi carrera. Me arrojé como un bólido detrás de un tronco, en la línea misma en que desembocaba la calle por donde, a la fuerza, tenía que aparecer el miserable. Un macizo de ramas, a la altura de mis hombros, me aseguraba de no ser descubierto. Esperé otro segundo más. El oleaje de mi corazón era tan fuerte que me pareció que debía oírse a cien metros de distancia.

Ya latían los pasos, siniestros, calle abajo, a la carrera, un tanto sofocados. Luego, apareció el bulto del hombre, con las manos al aire, resoplando agitadamente. ¡Nunca vi tamaña ansia pintada en faz de criatura como la que llenaba a mi perseguidor al llegar al río y no encontrarme! Buscaba, jadeante, por todas partes, con unos ojos febriles, y se aprestaba desesperadamente las manos y farfullaba un chillido sordo que me revolvió en un borbotón de pavor las entrañas. Estaba a no más de veinte pasos del árbol que me cobijaba. Un chorrito de luna le iluminaba la cara, por la cual escurría un gesto que nunca olvidaré. La locura me tiró a media calle, apretando en mi mano una gruesa rama, y aparecí frente a él, convertido en un demonio que el miedo ponía a bramar. Mi actitud toda debe hacer sido terrible, porque el hombre se paró en seco, dándome la cara, tras girar alrededor de sí propio como un perro que se busca el rabo. Le emergía una piltrafa convulsa de lengua y los ojos enfermos de idiota y la cara toda trasminaban una expresión espantable. Del hocico le fluía , una baba que se desprendía en hilos espumosos, levemente plateados por la luna. Reía, gemía, aullaba, musitando en todas las formas del sonido animal su ruido horrendo. En lo hondo de mi rabia ciegas fuerzas desconocidas se adueñaron de mí. Grité, grité, y las injurias más viles —aquellas que jamás vertí ni soñé verter, aun en los más oscuros instantes de la furia— me salieron en tropel frente al monstruo en una suerte de encanallamiento.

¿De qué misteriosas raíces de ente tímido e incapaz de generar un alud arrollador de voluntad me nació un impulso tan feroz como para subvertir de cuajo mi conciencia, en aquellos dos o tres minutos de la fría noche de febrero? El idiota me echaba el efluvio de sus ojos extraviados, sin obedecer a mis gritos que le ordenaban marcharse por donde vino. En el relámpago de un segundo advertí la intención homicida y adiviné que iba a echar mano a la cintura. Sacaría seguramente el cuchillo y se arrojaría sobre mí. Mientras lo pensaba se desprendió de mí una fuerza ajena a mis posibilidades físicas y mis manos hundieron la tranca entre sus greñas, dos, cuatro, seis veces, hasta que se derrumbó como una cosa de trapo y clavados en los míos sus abultados ojos de sapo. La furia que me poseía convirtió finalmente aquello en una piltrafa húmeda.

Cuando logré arrancarme de mi víctima y gané a la carrera la calle, una chusma de perros se amontonó sobre el despojo.

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