NUESTROS MATRIMONIOS

NUESTROS MATRIMONIOS

Eraclio Zepeda

juran cumplir al pie de la letra las sapientísimas recomenda-
ciones, pero ninguno de los dos las cumple. Sobre todo la
esposa, que a los ocho días de la luna de miel ya tiene revuel-
to el barrio y le quitó el saludo a la suegra y a las cuñadas.
La ceremonia matrimonial aún no termina. La concu-
rrencia, formando semicírculo, se sienta frente a la respeta-
ble juez, que sigue repitiendo de memoria los otros capítu-
los de la ley que alcahuetea las relaciones íntimas. Todos los
circundantes, novios, madrinas, padrinos y amigos íntimos
que van a emborracharse tienen obligación de estar serios
y algunas señoras que indispensablemente son comadres
de los padres de los novios fingen llanto, procurando que las
vean moquear para que queden agradecidos los dolientes.
De más está decir que a las suegras ya les dio ataque y están
en el cuarto de las cosas viejas, junto a la cocina, la única
pieza de la casa que no fue invadida por los invitados y que
en esas ocasiones es destinada para encerrar en ella a todos
los parientes pobres que no pudieron estrenar vestido. Pues
bien, allí, en aquella pieza oscura y reducida, están las lloro-
sas madres abrazadas y rodeadas de docena y media de vie-
jas que ofrecen a las inconsolables suegras agua de brasa,
fricciones con cepillo y mocos, porque también ellas ayudan
a llorar, mientras acumulan material para pelarlas al día
siguiente en los corrillos de sus respectivos barrios.
Los viejos, los suegros, no lloran pero van y vienen del
cuarto de los ataques a la sala de operaciones, regañando a
las criadas y pateando a los perros, mascando un puro y con
una borrachera que hasta pujan y hablan solos.
Mientras tanto, en la sala del casamiento, pasó la lectura
del acta y comenzaron las firmas. Los novios fueron los pri-
meros en firmar y lo hicieron –esto es muy común– con las
mismas plumas que usaron sus padres cuando se matrimo-
niaron. Plumas que las madres de ambos conservaron
como un recuerdo y que se guardan con el mismo celo con
que en los juzgados las pistolas y los puñales que sirvieron
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Nuestros matrimonios
Dedico el presente cuento al inspirado
poeta chiapaneco y culto amigo mío,
licenciado Antonio Vera Guillén
UN NOTABLE ESCRITOR ITALIANO contemporaneo opina que los matri-
monios y los entierros tienen gran similitud. Que se parecen
en muchas cosas: en los trajes que llevan los actores, los
cuáles han de ser indispensablemente negros; en las poses
rígidas que adoptan las víctimas, los victimarios y los cóm-
plices, y en todo ese ceremonial cansado y superfluo que es
obligatorio en ambas horripilantes ocasiones.
No sé cómo serán en Italia los casamientos por lo civil
que tanto han impresionado a don Luigi Pitigrilli –ése es el
nombre del escritor a quien me refiero–, pero por terribles
que aquéllos sean, estoy seguro que no lo son tanto como
los nuestros. Aquí se acabó el carbón. Aquí los italianos, en
materia de casamientos, se dan tres sentones y miran para
su tierra. Aquí el juez es mujer y llega acompañada de un
señor que la ayuda a cometer los homicidios. Un señor de
pocas pulgas y pluma detrás de la oreja que con la misma
facilidad con que escribe un acta matrimonial expide una
boleta para que entierren a cualquiera.
Pues bien, ese señor, pluma en ristre, se sienta junto a la
juez, quien, imperturbable, lee –sin tragar saliva– tres o cua-
tro capítulos de la Ley de Relaciones Familiares, recomen-
dando al esposo una alimentación sana y abundante para su
consorte, y a ésta, la súplica de que nunca meta a su marido
en ningún chisme. Los desposados, con lágrimas en los ojos,
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—Señora, quiero que me case, ¿cuánto me cobra usted?
—¿A domicilio?
—Sí, señora.
—¿Lo quiere usted con verso?
—¡Naturalmente!
—Quince pesos.
—¿Y sin verso?
—Doce cincuenta.
—Écheme el verso, pero…
—¿Pero que’?
—Mi novia es viuda.
—Ay, paga menos, ya una vez pagó y esto se tiene en
cuenta, según el artículo…
—También tiene hijos.
—¿Suyos?
—No. Del que se murió.
—Bueno, siendo viuda para usted todo va a ser mucho
más cómodo.
—Ya lo sé.
—Le va a costar cuatro cincuenta con todo y verso.
—Al pelo. Ya le aviso el día.
Una semana más tarde ya tenía yo colgado de la percha
el traje negro y nuevo y mi novia su vestido blanco, coludo
y lleno de arandelas. Mi casa adornada con palmas y listo-
nes y todo el vecindario sin vajilla, porque para ese día pres-
tan copitas, vasos y platos todos los vecinos.
Llegó el momento de la boda. El mismo cuadro, la
misma ceremonia. La lectura de los capítulos de la ley y las
amonestaciones consiguientes. Yo me senté en una actitud
meditativa, melancólico, dramático. Mi novia lloraba, tenía
hipo. Se acercó uno de mis padrinos:
—Grillo, ¿estás triste?
—Sí.
—¿Por qué?
—Pienso en los hijos.
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para cometer un crimen. Las madres de los desposados no
pueden firmar todavía porque siguen llorando, pero ya una
de las comadres, con los ojos colorados y sonándose con el
fustán, fue a suplicarle a la señora juez que le guarde un
huequecito a las señoras para que firmen mañana.
Y todavía no ha acabado de echar la rúbrica el último de
los firmantes cuando ya la señora juez está tosiendo y pre-
parándose para largar un
espiche
a los desposados.
Y no se anda por las ramas ni se para en pintas, se los
echa en verso, sí señor, en verso. Adopta una actitud dramá-
tica y con voz sonora y mano trémula recita un verso que
termina con una diana que suelta la marimba, con aplausos
y con una avalancha de hombres y mujeres imprudentes
que se disputan el honor de abrazar al novio y de comerse
a besos a la infeliz desposada. Y después de esta comedia
que tarda bastante porque hay muchos que abrazan varias
veces, viene lo mejor: la repartición de cerveza, sándwiches
y aceitunas. Allí está lo bueno. La ilusión máxima de la
mayoría de los concurrentes. Nunca faltan señoras que lle-
van consigo a cuatro o cinco hijos. Como llegan temprano
escogen una esquina para sentarse mientras los chamacos
se sientan en el suelo rodeando a la mamá. Son chiquillos
amaestrados, ya saben que su única misión allí es comer y
guardar. Durante los trámites del acta y el verso, están cabe-
ceando, pero apenas la mamá le pega un cocotazo al que le
queda más cerca dando la voz de alarma, todos paran las
orejas oyendo el ruido de vasos y de platos. Y apenas asoma
el primer repartidor la señora pela los dientes y los chama-
cos alistan las cucharas. El repartidor cortésmente se acerca
a la señora y le ofrece el platón de aceitunas y ella sin per-
der tiempo agarra tantos Puñados como hijos tiene. Comen
y beben todo lo que encuentran y son los últimos en irse.
Recuerdo, como si hubiera ocurrido ayer, mi matrimonio
celebrado hace cinco años. Pocos días antes de consumarse
el sacrificio, fui al juzgado:
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no os dediquéis a formar chamacos,
porque si han de tenerlos siempre flacos,
es mejor que no nazcan, ¡pobrecitos!…
Que nunca os vea arreando una docena
de chiquillos piojosos y chorreados,
y a vosotros dos muy preocupados
por el otro que tenéis enmaletado.
Marchad felices, ¡pareja de palomas!
y no temáis por el acta levantada,
que se puede mandar a la tiznada,
cuando os pegue la gana, divorciarnos
Por Grillo
Renovación
, tomo I, núm 10, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 20 de Mayo de
1933
, pp. 5-6.
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—No seas tonto, de aquí, que esto sea…
—Mañana empieza.
—¿Cómo?
—Vea usted –y le señalé a mis cinco entenados vestidos
de pajecitos que habían servido para jalarle la cola a la
mamá.
Mi suegro, enfundado en una chaqueta negra de rajadu-
ra atrás, me lanzaba miradas paternales. De repente se
acercó a mí y echándome un fogonazo de comiteco me dijo:
—Tenle mucha paciencia a Nicanora –y señaló a mi
novia–. ¡Es tan inocente! ¡No conoce la vida!
—Sí –le contesté–, sólo conoció al difunto.
Ya faltaba poco para el verso. Mi mamá, rodeada de
todas sus comadres, estaba en el cuarto de las cosas viejas,
llorando porque lástima de su hijo.
Mi suegra no lloraba, estaba patas arriba roncando y dur-
miendo la borrachera que se clavó desde la tarde.
Mi tía Jacinta –que me quiere entrañablemente– estaba
junto a mí, pero se levantó corriendo porque se le empezó
a torcer el ojo y a brincar el brazo izquierdo, señal inequívo-
ca de que ya le iba a dar su mal.
La letra del acta estaba terminada. Tieso y circunspecto jalé
a mi mujer por un brazo y la llevé a que firmara. Con pulso
firme tomó la pluma y escribió: Nicanora Vda. de Salchichón.
Estuve a punto de pegarle una trompada en el cogote.
Terminaron las firmas. La señora juez se puso un pañue-
lo en la frente. Dio tres pasos hacia delante, uno atrás, y a
lo Berta Singerman declamó:
Ya que tuve la suerte de amarraros,
permitid que esta humilde servidora
os empuje este verso a la mera hora
que iniciáis vuestra vida de casados.
Permítidme también que os aconseje
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