Nocturno

Nocturno*

Justo Sierra Méndez

A Roberto A. Esteva

He aquí una hoja de su cartera. La he conservado amarillenta y próxima a convertirse en polvo, como esas hojas anémicas con que los viejos fresnos lloran la pérdida del calor y que ruedan por los campos a merced de los nortes de otoño formando en las veredas movibles tapices.

De esa hoja transcribo los versos siguientes:

Las flores del cementerio,
las de las corolas pálidas
que una vez el tallo doblan
y ya nunca se levantan;
las flores en que el rocío
sus perlas convierte en lágrimas,
aquellas que de las tumbas
creciendo a la sombra helada,
viven muy tristes, muy tristes,
y mueren blancas, muy blancas…
Las rosas del cementerio
que miel no tienen ni ámbar,
las que desprecian la niñas
y que nunca la mañana
refrescó con su abanico
de oro, de azul y de nácar,
el abanico en que juegan
las brisas embalsamadas,
uniendo el olor del bosque
y el olor de la montaña,
y a los arpegios del mirlo
la canción de las calandrias…
Esas pobres flores huérfanas,
esas pobres flores parias,
ésas son las flores mías,
como yo desheredadas,
que lloran como yo, y tienen
como yo la frente pálida.
Cuando a su tallo sin jugo
se acerca mi mano helada,
las siento muertas… ¡Dios mío!
¿Será un sepulcro mi alma?

Al calce de este romance melancólico una mano, que parecía senil y que era de un adolescente, había escrito un nombre: lo velaremos con otro semifantástico, ¿no os parece, lectoras? Escribiremos Stella y sigamos describiendo la hoja de la cartera.

Bajo el nombre de Stella hay unos signos musicales en unas líneas de pauta. Paco Lerdo de Tejada los interpretó en el piano: eran la transcripción de un sollozo. A la vuelta de la hoja estas frases: “Su corona nupcial es de rosas exangües ¡tan pálidas! Pobre Stela, obligada a hacer sus ramilletes en el cementerio. Ésta es la noche de boda…” La hoja termina así: San Fernando números 201 y 202. R.I.P.

Heberto era un soñador de veinte años; no había nacido para nada útil, en el sentido que da el mundo al vocablo, y creía que tenía derecho para no ser, para no ser nada. ¡Pobre! Su padre le obligó a estudiar; él no sabía, no podía, no quería estudiar. Los muros del colegio oprimieron su corazón infantil y se lo dejaron enfermo para siempre; cuando su madre, una santa, fue, por consejo de los médicos, a sacarlo del colegio, se encontró con un niño muy pálido que tenía mucho frío, unos ojos llenos de fiebre y que por cierto movimiento, que en otro habría sido amanerado y era gracioso en él, indicaba el hábito contraído de contemplar largas horas el cielo.

La madre lloró al ver a Heberto; éste lloró, primero porque su madre lloraba y luego porque en su corazón enfermo parecía haber un depósito de lágrimas y, cuando ya rebosaba, parecía que por una válvula de escape se derramaban en sus ojos, en sus mejillas, y entonces, se calmaban un tanto, un instante. Era una naturaleza viciada, era un ave de paso que se había equivocado de rumbo viniendo a la tierra. Desde pequeño le había faltado el sol y el corazón de su madre, ese otro sol. Resultado: había contraído un vicio; ¿qué niño secuestrado en el colegio no lo contrae? El vicio solitario de Heberto eran las lágrimas; la causa, una sensibilidad de mujer. ¿Quién sabe qué elementos entraban en la composición de su alma? Quién sabe cuántas mujeres huérfanas, desamparadas, soñadoras, locas tal vez, habían dejado al pobre muchacho su herencia de sentimentalismo y de aspiraciones irrealizables. Pobre Heberto: era un histérico.

Lo despreciábamos algo, sus compañeros de colegio; le queríamos mucho: cuando le veíamos dormido, sentíamos tentaciones de rodear su lecho con cuatro cirios. No hay cosa más lúgubre que un adolescente sin salud; es un mes de mayo sin golondrinas.

Heberto, al salir del colegio, entró al primer templo que halló a su paso y se arrodilló:

—Dios mío —dijo—, yo sé que me voy a morir; pero concédeme antes una cosa, una sola: amar, para tener la seguridad de ir al cielo.

Poco más o menos, todos hemos hecho esta plegaria en los años de fe de la adolescencia sobre los cuales aún se proyecta la dulce y piadosa sombra de nuestra madre, como la sombra del viejo campanario que repicó en nuestro bautizo, nos acompaña algunos instantes al alejarnos de nuestro país natal.

Heberto buscó un año. Su madre no cesaba de aconsejarle un viaje a Europa; ella le acompañaría; en Burdeos tenían parientes que los esperaban. Heberto aplazaba su resolución. Creía que el ángel de sus ensueños, que en sus delirios llamaba Stela, debía de ser hija del suelo mexicano, formada con el luminoso éter de nuestro firmamento, dorada por un rayo de sol de nuestras primaveras, perfumada por las ardientes y acariciadoras emanaciones de las florestas indianas. El ángel que había elegido por nido el corazón del poeta no tenía rostro, ni tenía cuerpo: era un celaje color de rosa que dibujaba, bajo su gasa vaporosa, las líneas ideales de una figura extrahumana, como bajo una sábana de lino inmaculado se adivinan los contornos poéticos e imprecisos de una impúber.

Cierta vez, Heberto dio un grito en su lecho; en su almohada había caído una lágrima reciente que no podía ser suya; las coberturas guardaban casi el molde y la tibieza de un cuerpo de virgen. Su madre vio algo de eso, cuando Heberto se lo refirió entre el llanto y la risa. Salió al jardín de la casa que habitaban en el campo y se sintió súbitamente narcotizado por los aromas vivaces de las plantas. Cuando el sueño apagó en su cerebro el último destello de razón, escuchó Heberto, en pleno paraíso fantástico, un  “ven” sonoro y claro como si hubiese salido de una garganta de oro.

El soñador, incorporándose, marchó en línea recta al lugar de donde la voz había salido. Pronto llegó a una pobre habitación; allí encontró a Stela, allí vivió algún tiempo. Stela era una niña como Alfredo la soñaba; era una ráfaga color de rosa, detenida, con las alas trémulas, sobre los pétalos de una azucena. Su nombre, su figura, su alma eran hijos del cielo. Era una perla caída de la guirnalda efímera de las hadas, en una noche en que la aurora las sorprendió en el seno de las flores. Era, de lejos, un espectro; de cerca, un perfume. ¿Cómo Alfredo había encontrado a Stela? Lo ignoramos. ¿Stela existía, ha existido alguna vez? Lo ignoramos; y, sin embargo, estamos seguros de haber visto su negativa en el taller de los señores Cruces y Compañía. A pesar de eso nos preguntamos: ¿será cierta la bajada de ese ángel a la tierra?

En suma, la hemos conocido, a no ser que la hayamos soñado; su retrato parece la fotografía de una cabeza pintada por un artista inspirado. Es, o era —como quieran mis lectores—, era divina, en lo que hay de más alto en esta palabra aplicada a la forma; tenía la belleza de un alma, es decir, de lo más inmaterial que puede forjarse la imaginación humana, sólo capaz de concebir tipos materiales. Alfredo la había bautizado en su corazón con el nombre de Stella (estrella). Y, en efecto, parecía una gota de luz derramada sobre el mundo desde uno de esos vasos de diamante que llamamos astros.

Era color de rosa; sus ojos eran negros, pero parecían emitir luz, no recibirla. Cuando sus pupilas se levantaban hacia el cielo y la punta de sus pestañas se confundía con el arco admirable de las cejas, no sé qué llamarada sombría se encendía en aquel punto, que hacía estremecer de delicia, pero que enfermaba el corazón. El óvalo de su rostro habría desesperado a Winterhalter; bajo su nariz recta y pura desplegaba su broche de jacinto una boca celeste, casi siempre entreabierta como para dejar escapar una nota del alma, o aspirar el aroma de las flores, sus hermanas menores.

El día que la vi llevaba un vestido color de violeta, la flor de los poetas y de las vírgenes, y una pelliza negra sobre los hombros. ¿Pero no será una alucinación mía? ¿No una visión producida por las tintas de nácar del crepúsculo de la tarde?

Heberto y Stela vivieron juntos; Stela en el corazón de su amante, como una esperanza de poeta; no podremos decir si el joven estuvo presente alguna vez en el pensamiento de la niña. Ya hemos dicho que había entre ambos la distancia de la tierra al cielo.

Una vez llegó Heberto al altar en que su estrella le esperaba. Decimos “altar” porque para el pobre poeta la vista de Stela era una comunión; sentía, como el creyente que se aproxima a la mesa eucarística, que con las miradas de su amiga ideal caía en su espíritu un rocío, un maná del cielo. Heberto, decíamos, llegó una vez al tabernáculo de su pasión; su amada se acercó al marco de oro de su cuadro, y le dijo “adiós”, con una voz sonora y dulce como la música que debe de oírse más allá de la tumba… Y partió. Cuando hubo llegado a la región de las almas, dejó caer sobre su amante desamparado una mirada que Heberto vio encenderse en el espacio en forma de estrella. Y esa misma noche, en medio de su insomnio, oyó el joven junto a su lecho sonar distinta y clara esta palabra: “ven” y sintió sobre su frente rodar tibia y lenta una lágrima.

Stela vivía en el mundo inmaterial, pero Heberto la veía; la veía de noche como un lucero en su constelación favorita y de día se le aparecía en las penumbras muy blanca, muy blanca, con la inefable blancura triste de las flores de cementerio. El pobre tendía la mano para tocarla y no podía; de vez en cuando sentía sobre su frente el roce de su cabellera, suelta, sedosa y áurea, tal como la llevaba la última vez que había sentido el roce de sus hilos finísimos entre sus dedos febriles…

Entonces esbozó unos versos que nos han sido transmitidos; he aquí los menos informes:

Piedad por los recuerdos alegres de tu vida,
por la ilusión primera de tu alma celestial,
por la paloma blanca que cuando estás dormida
baja del cielo y mece tu sueño virginal.

Piedad, por tus quince años; piedad, porque eres bella
y tengo, niña, henchido de muerte el corazón;
porque será mi vida sin tu mirar de estrella
espectro coronado con flores de panteón.

La vida es lo que pido, pidiendo que me ames;
la vida, para luego agonizar de amor;
para que mi alma entera dentro del pecho inflames
y se consuma como la mirra ante el Señor…

Pero Stela seguía cruzando como un silfo por los rayos de luz que penetraban hasta el lecho del pobre enfermo. De repente, el techo del cuarto desaparecía y un cielo en que oscilaban mareas de luz y olas de oro transformaba la estancia. Como una virgen de Murillo se le aparecía en medio de tanto esplendor su Stela.

Hace un año la blanca Stela descendió sola y melancólica por un crepúsculo brumoso y frío. Llevaba en la frente una corona nupcial de camelias blancas:

—Esta noche celebraremos nuestras bodas —murmuró en el oído de Heberto.

Este escribió en su cartera, unos versos, necesidad sublime de los corazones que sufren y aman; trazó algunas notas musicales como queriendo interpretar la voz de Stela.

Luego llamó a su madre. La santa mujer corrió al lecho de su hijo, que volvía a la razón; sí, porque un mes hacía que Alfredo había salido como un delirante al jardín en busca de una mujer que había llorado una lágrima sobre su frente. De allí le trajeron aletargado a su casa y ese letargo sólo se interrumpía por accesos de delirio. Pero ahora sí, ahora sí volvía el pobre enfermo a la razón. Su pobre madre —¡pobres madres!— aprovechó aquel instante para inundar de claridad el espíritu de su hijo y convencerlo de que su amor era imposible, era una visión de la fiebre. Alfredo quedó plenamente convencido de ello y murió… Su madre lo creyó salvado cuando le vio llorar; ella lloró también. De repente dos lágrimas se detuvieron como congeladas entre las pestañas del soñador:

—Se ha dormido —murmuró su madre—: que nadie lo despierte…
Nadie lo iba a despertar; se había dormido para siempre.

Anochecía el Día de Muertos del año pasado. Una llovizna menuda y fría caía de los negros y desgarrados nubarrones que entoldaban el cielo. Si alguna vez las nubes fueron crespones y los astros cirios, fue en aquella noche; parecía que en las alturas también se festejaba a los muertos; llevaba el viento ecos de responsos en sus ráfagas y del fondo de la noche parecía venir por momentos un rumor pavoroso del De profundis. Las raras estrellas estaban trémulas como lágrimas; cuando llegaba a percibirse una constelación, semejaba una corona de inmortales colocada en él sepulcro de un dios…

Penetramos en el cementerio de San Fernando algunos estudiantes. La muchedumbre se había escurrido y algunos sacristanes quitaban a toda prisa a los sepulcros sus vestidos de lujo, dejándolos desnudos y fríos. Así son las mañanas que siguen a un baile de carnaval, cuando ellos y ellas arrojan los dominós ajados y las caretas maculadas de sudor y de vino, sobre el mostrador de los alquiladores. El Día de Muertos es el baile de carnaval de los muertos; en lugar de dominós azules se ponen sambenitos negros.

Entramos en el cementerio para colocar nuestra losa sobre el sepulcro de Heberto. En el nicho contiguo había una lápida flamante; se había colocado, al parecer, ese mismo día. No tenía más inscripción que ésta, un nombre: Stella. Sobre ella colgaban el velo, la corona de las desposadas.

Stela había muerto; luego había vivido… La realidad oculta bajo mi simbólica narración obtendría algunas lágrimas vuestras, lectoras mías, porque es muy dolorosa y muy triste. ¿Os la contaré algún día?

* Con el título de Leyenda de un muerto y dedicatoria “A la señorita V. H.” se publicó en La juventud Literaria, México, 1888, t. II, pp. 181-182.

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