NO COMO AL SOÑAR

NO COMO AL SOÑAR

Edmundo Valadés

¿Se atrevería, hoy? Las muchachas estaban en el balcón, sonriendo, con sonrisas que eran misterio y alfileres. Sonrisas que le separaban de ellas, de la Tichi. ¿Se atrevería? El corazón lo golpeó y le vino el impulso de correr, de regresar, de ir por otra calle.

¡Era tan distinto de noche, durante sus sueños! No como allí, a pleno día, con los ojos abiertos, en este pueblo que tenía un nombre concreto, Mocorito, y cada persona era quien era y uno no podía ser de otro modo. En el sueño no. Él entonces era como hubiera querido ser de día: con valor para llegar hasta la Tichi, sin ninguna vergüenza, sin ruborizarse. Simplemente, sin ninguna complicación. Era. Exactamente como no podía ser, en este otro mundo, sintiendo el sol categórico del mediodía, ahora, cerca de su sueño despierto.

“Sí, se lo daré al pasar. Nada más se lo doy”.

Ahí estaban las muchachas, riendo, hablando en voz alta palabras secretas. Muy difícil, muy doloroso darse valor. Había perdido el paso, estaba encendido, turbado. Extendió el brazo.

-Tichi, toma, es para ti…

Ella lo recibió, tras los barrotes que la guardaban en ese territorio fascinantemente ignorado donde vivía. Se rió ella. Se rieron ellas. Adrián caminó aprisa. En un sueño, con los ojos abiertos.

“¿Lo habrá ya leído?”
Tichi: Te quiero mucho. ¿Quieres ser mi novia?

¡Te quiero mucho! Como si se acariciara así mismo, a su corazón, a ella, con infinita y profunda ternura, con lágrimas y sonrisas.

Alberto le preguntó una vez:

-¿Para qué quieres novia? Mejor vamos a la “otra banda” -al otro lado del río-, todas las tardes. Comeremos sandías y luego don Pedro nos prestará la canoa.

Por allí vivían los lazarinos y a él le habían prohibido que anduviera por esos rumbos. Pero se había escapado muchas veces con Alberto y habían comido sandías y habían paseado en canoa. Era bonito. Tardes en que allí, en el silencio aislado y proscrito, entre los sembradíos, presentían cosas maravillosas y les bullía la curiosidad de aprender a ser hombres. Como si ese silencio del agua, del cielo y de la tierra revelara lo que aún no sabían: lo que estaba más allá de sus 12 años. Y con Alberto podía platicar de todo. Pero nada igual a pensar, sentir y decir: “Tichi: te quiero mucho”.

¿Lo habría ya leído? “Tichi, te quiero mucho, ¿quieres ser mi novia?”

¡Qué emocionante! Ese mismo papel que escribió él, con una frase que pensó él, ¡en las manos de ella! Como si fuera otra frase y no la misma y dijera más de lo que él había querido expresar: que seas mi novia; que me saludes cuando pase frente a tu balcón; que te vuelvas varias veces a verme cuando estemos en misa; que me escribas cartas de amor; que me quieras como yo te quiero a ti…

-¡A mí usted me hace los mandados, hijo de la tiznada!

Era un pleito, allí en la tienda del chino Lee. Un hombre salió tambaleándose, enardecido, con una rencorosa alegría en la voz. No podía adivinarse si era estúpidamente feliz o estaba amargamente dispuesto a morir y a matar, confundido por el alcohol.

Tremolando un cuchillo en alto, reculó en tanto otro hombre, puesta la mano en la pistola que llevaba al cinto, midiendo cada paso, sombrío, se le iba acercando. El primer hombre blandía el cuchillo como si quisiera rasgar algo muy íntimo de su adversario, con un rencor hacia él y hacia todo el mundo, empujado por ciegos y extremosos resentimientos.

Se habían juntado algunos curiosos, sin que nadie interviniera, ya porque no fuera a suceder nada o porque fuera a suceder todo y nada podría hacerse por evitarlo.

La voz del hombre volvió a sonar, agresiva, hiriéndose a sí mismo y a todo el universo, con agudos que recorrían toda la escala de impiadosas ofensas.

-Hijo de la tiznada… Cabrón desgraciado… ¡Chingue a su madre!

Estallaron dos relámpagos, mientras él, Adrián, se había quedado ahí, absorto, con una expectación asustada, anhelante. Fueron dos ráfagas, la explosión de dos fuegos detonantes que desplomaron al hombre del cuchillo y lo dejaron tendido, boca arriba, desangrándose, ya sin rencor y sin voz.

El hombre de la pistola, todavía con ella en la mano, dio una vuelta alrededor del hombre inmóvil, cual si temiera que el ruido exasperante de los insultos pudiera seguir vibrando. En espera de una sola palabra más para disparar de nuevo, dudando si los dos balazos habían sido suficientes para acallar por toda la eternidad el rencor desesperado del hombre del cuchillo.

Entonces Adrián sintió miedo. Miedo intenso del hombre, de su pistola, de que quisiera dispararle. Miedo de que le fuera a ocurrir lo mismo y pudiera quedar ahí, muerto, sin saber nunca la respuesta de la Tichi ni de lo que habría más allá de los límites de Mocorito y de sus 12 años.

Corrió arrastrado por un pánico que le doblaba las piernas y le vaciaba el estómago y le tironeaba el corazón hasta querer sacárselo por la boca. Hasta la casa de doña Pita, que estaba cerca, como la salvación. Hasta entrar, huyendo con todas sus fuerzas.

-Doña Pita, doña Pita… Concha… Acaban de matar a un hombre.

Estaba lívido y hubiera querido llorar. Y cómo estaría su cara de susto, que Concha, su prima, que platicaba con Rebeca y con Julia, se rió burlonamente:

-Ni pareces hombre, te has asustado como un gallina.

-Es que mataron a un hombre… Yo vi cuando le dieron dos balazos… Está ahí, frente a la tienda del chino Lee, tirado, lleno de sangre.

-Miedoso, ni pareces hombre, que te asustas de eso.

Las muchachas salieron, sin que pudiera explicarles que era valiente, que se había atrevido a darle el papel a la Tichi.

Por eso, brincando la cerca del corral, salió por atrás, a la plaza, hacia la escuela. Avergonzado, confuso, sin poder comprender por qué las gentes, Mocorito, la vida, todo, era distinto a sus sueños y él mismo era otro, capaz de sentir miedo y no, como al soñar, en que podía hablarle a la Tichi, sin vergüenza, con coraje hasta para darle un beso o para presenciar la muerte de un hombre sin lanzarse a correr.

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