LOS TREINTA Y TRES NEGROS

LOS TREINTA Y TRES NEGROS

Vicente Riva Palacio

Casi en el mismo año de 1521 en que el imperio de Moctezuma fue derribado, y sometido el Anáhuac a la dominación de España, comenzaron a llegar a México esclavos africanos conducidos a la tierra nuevamente conquistada por amos cuya sórdida codicia no se saciaba con el oro y la plata que los naturales del país podían extraer de sus minas.

Los mexicanos, bien por su aversión a los conquistadores, o bien por sus buenas costumbres, no querían trabajar en el beneficio de las minas con la tenacidad y constancia que deseaban los españoles.

El emperador Carlos V había sido informado de que el excesivo trabajo a que se condenaba a los mexicanos por los conquistadores, se habían producido sediciones y levantamientos más o menos graves, y que todo esto podía tener fatales consecuencias para la corona de España; ordenó, con audiencia de sus consejeros y teólogos, que los americanos fuesen libres de toda servidumbre, anulando los repartimientos de indios que había hecho Cortés.

De aquí vino para los españoles la necesidad de tener esclavos africanos, que trabajando día y noche en las minas, recibiendo una miserable retribución, y considerados como animales, pudieran enriquecer muy pronto a sus dueños.

En efecto, fue tan grande el número de los negros que se trajeron a la Nueva España, y tantas las ganancias que producían a sus amos, que ya en el año de 1527 Carlos V, entre otras ordenanzas que mandó a México, dispuso que los negros casados pudiesen redimirse pagando a sus amos veinte marcos de oro, y en proporción los niños y las mujeres.

En un principio los esclavos eran empleados únicamente en el laboreo de las minas, pero poco después se ocuparon en las siembras y cultivo de la caña de azúcar, cuya planta aseguran algunos autores que fue llevada a las islas de América desde las Canarias por el inmortal Cristóbal Colón, y que Cortés la hizo trasplantar a México.

Por el año de 1608 el número de los negros esclavos era ya tan crecido en la Nueva España, que apenas había una familia acomodada que no tuviera muchos de ellos a su servicio.

A pesar de que la suerte de los indígenas en América era bien triste por el trato duro e inhumano que recibían de los conquistadores, era sin embargo dulce comparada con la de los infelices esclavos africanos.

En aquellos primeros años, los caballos, las mulas y los bueyes eran muy escasos en la Nueva España, y el trabajo de estos animales se suplía con los esclavos negros, a los cuales se quería comunicar fuerza y vigor con el látigo de los mayordomos.

Necesariamente aquellos hombres pensaban en la libertad, no sólo porque el amor a la libertad es innato en el corazón, sino por huir de los bárbaros tratamientos a que estaban expuestos todos los días y todo el día.

Rescatarse conforme a las ordenanzas del emperador Carlos V, de que hemos hablado, era casi imposible; necesitaban para eso tanto oro, como podrían reunir con el asiduo trabajo de toda su vida; entonces pensaron lo que era natural. La Nueva España estaba cubierta de bosques espesísimos e inexplorados; su tierra feraz podía cultivarse con poco trabajo; las selvas estaban formadas en muchas partes de árboles cuyos frutos podían dar a un hombre y a una familia la subsistencia. Las montañas convidaban a la libertad, las fieras que vivían en sus grutas eran más felices que los esclavos negros de los españoles, y además, en aquellos inmensos desiertos el fugitivo ofrecía la independencia a los seres convertidos en esclavos por la civilización.

Los negros comprendieron que al lado de las ciudades de la colonia estaban las selvas en donde habitaban los ciervos, y los lobos y las serpientes; que al lado de la servidumbre y del látigo, estaban Dios, la naturaleza y la libertad.

Y los esclavos de las minas, de las casas y de los ingenios comenzaron a huir a los bosques.

Así estaban las cosas en el año de 1609, gobernando la Nueva España el virrey D. Luis de Velasco.

Los sublevados

Era la noche del 30 de enero de 1609: la luna, perdiéndose en el horizonte, apenas alumbraba las blancas nieves del soberbio Pico de Orizaba, conocido entre los naturales con el nombre de Zitlaltepec, y las sombras envolvían la fértil cañada de Aculzingo.

Entre aquellas sombras se escuchaba apenas el rumor de los árboles agitados por los vientos de la noche, y el murmullo de los arroyos que bajan por las vertientes de las montañas.

Sin embargo, escuchando con atención podía oírse en medio de aquellos ruidos confusos, otros sonidos que no eran producidos ni por los vientos ni por las aguas.

Eran voces humanas, era sin duda el ruido que causaba la marcha de un gran grupo de hombres, que caminaban apresuradamente conversando entre sí, y rompiendo las malezas y los arbustos que se oponían a su paso.

La marcha de aquellos hombres no se interrumpía, y aquel grupo parecía caminar en dirección del lugar que hoy ocupa la Villa de Córdoba.

Cuando los primeros reflejos de la aurora comenzaron a teñir de rosa el espléndido cielo de la costa de Veracruz, el grupo de hombres que se había sentido cruzar durante la noche por la cañada de Orizaba, seguía su camino trepando una encumbrada cuesta.

Era una tropa de negros, extrañamente vestidos y armados; llevaban los unos, calzas de seda hechas pedazos; los otros, calzones de escudero con sucias medias y calzas de gamuza; cuál vestía una bordada ropilla de raso, cuál una loba de curial; éste cubría sus desnudas espaldas con un elegante ferreruelo, aquél iba cubierto con un balandrán, el otro abrigado con un justillo estrecho de acuchilladas mangas; el de más allá en un tabardo velludo; aquello parecía una mascarada,  y podía asegurarse que aquellos trajes eran los despojos de los pasajeros del camino de México a Veracruz.

En cuanto a las armas de aquellos hombres, era curiosos observar que había entre ellos flechas y arcos de los aztecas, arcabuces y espadas de los conquistadores, mazas, macanas, hondas, hachas, escopetas, ballestas, puñales, alabardas, y todo en el mayor desorden y en extraordinaria confusión.

Al lado de un negro que llevaba marcialmente una gran lanza de caballero al hombro y una carcaj lleno de flechas con su arco a la espalda, caminaba con gran desenfado otro que llevaba a la cintura pendiente de un talabarte bordado, una macana, y en la mano un pesado arcabuz de mecha; también aquel armamento parecía el producto de un saqueo parcial.

Aquella extraña tropa estaría compuesta de más de cien hombres, y a su cabeza, con todo el aire de un general en jefe, caminaba un negro alto, fornido, de abultadas y toscas facciones, que vestía con alguna más propiedad que los otros, y que estaba también mejor armado, pues mostraba una luciente coraza de acero, ceñía un largo estoque y empuñaba una buena escopeta.

Trepando por aquellas escabrosas veredas y atravesando angostos y peligrosos desfiladeros, llegó por fin la tropa a una espaciosa meseta que coronaba una de las más elevadas serranías.

Allí estaba situado un campamento de negros, era el cuartel general de todos los esclavos que habían huido de la crueldad de sus amos buscando la libertad que iban a defender con las armas y a costa de sus vidas.

La fuerza que llegaba había sido vista desde muy lejos, todo el campamento se había movido, y hombres y mujeres se apresuraban a recibirla.

Distinguíase en medio de todos ellos a un negro anciano pero robusto, a quien todos miraban con profundo respeto, y que parecía ser el patriarca de aquella tribu errante.

Cuando los recién llegados penetraron al campamento, los soldados se desbandaron sin esperar la orden de su jefe, y se mezclaron entre los grupos de los que los aguardaban, y sólo el que había venido a la cabeza se dirigió en busca del anciano.

-Buenos días, Francisco –dijo el anciano tendiendo al otro su mano con aire paternal.

-Dios te guarde, padre Yanga –contestó Francisco.

-¿Qué nuevas me trae mi hijo Francisco de la Matosa?

-Malas nuevas, padre Yanga, malas nuevas.

-¿Qué hay pues?, ¿algunos hermanos nuestros han muerto?

-No, los blancos quieren nuestra muerte: ayer se me ha presentado un hermano, que es también como yo, de Angola, ha salido de la Puebla y me ha contado…

-¿Qué te ha contado?

-Que de Puebla viene una expedición contra nosotros; mándala un capitán vecino de aquella ciudad, llamándose Pedro González de Herrera, y ha salido el día veintiséis…

-Estamos a los treinta días, muy cerca debe venir ya.

-Tal creo, y por eso me he replegado, a fin de disponer todas las tropas y prepararlas para el combate. Pedro González de Herrera trae cien soldados españoles, cien aventureros, ciento cincuenta indios flecheros, y cerca de doscientos más entre mulatos, mestizos y españoles que se le han reunido de las estancias.

-Es decir, cosa de quinientos cincuenta hombres: mucha gente es en verdad, y otros tantos no tenemos; pero no importa, Dios ayudará. ¿Por qué camino vienen?

-No han seguido ningún camino real, y se acercan extraviando veredas. ¿Hay vigilantes por todos lados?

-Sí, y es imposible que se acerquen sin ser sentidos… Allí viene corriendo uno; noticia debe traer.

-Sin duda la llegada del enemigo. Pon a tus gentes sobre las armas, y yo voy al encuentro del vigilante…

El viejo salió a encontrar al que llegaba, y Francisco comenzó a disponer sus tropas.

El trabajo no era grande, y en un momento se formaron cuatrocientos negros, todos armados.

Yanga volvió.

-Francisco –dijo-, es preciso escribir a es don pedro González.

-¿Y para qué? –preguntó Francisco con extrañeza.

-para decirle que obedeceremos a Dios y al rey, pero que queremos nuestra libertad, que si nos la conceden, si no nos vuelven a nuestros amos crueles, si nos dan un pueblo para nosotros, depondremos las armas, ¿te parece bien?

-Sí, contestó Francisco. ¿Y quién llevará esa carta?

-El español que tenemos prisionero.

Una hora después salía del campamento de los negros un español que llevaba una carta de Yanga, caudillo de los sublevados, al capitán don Pedro González de Herrera.

El viejo Yanga era el espíritu de aquella revolución, que había meditado por espacio de treinta años, y el negro Francisco de la Matosa era el general de las armas, nombrado por Yanga.

Los negros estaban ya esperando la señal del combate.

El combate

Las tropas del capitán Don Pedro González de Herrera caminaron muchos días, y acamparon a la orilla de un caudaloso río y en frente de las posiciones que ocupaban los negros.

Esto acontecía el 21 de febrero de 1609.

Los dos campos enemigos podían observarse, y los dos pequeños ejércitos se preparaban para el combate, que indudablemente debía de darse al día siguiente.

Los soldados de González contaban en su abono con el número, la disciplina y la buena calidad de su armamento.

Los de Yanga confiaban en lo fuerte de sus posiciones y en la justicia de su causa.

Llegó la noche: poco a poco los contornos de los árboles y de las montañas se fueron como desvaneciendo en el oscuro fondo del espacio, y luego no fue todo aquello más que una niebla densa y misteriosa, en medio de la cual no se distinguía otra cosa que la lejana luz de algunas hogueras que parecían estrellas, o la vacilante claridad de algunas estrellas que brillaban como las hogueras. Cielo y tierra se confundían con sus sombras y con sus luces.

Entonces se pudo notar que en ambos campamentos se movían las tropas y se disponían los combatientes.

Yanga y Francisco de la Matosa arreglaban la defensa.

Don Pedro González de Herrera preparaba el asalto.

Los primeros albores de la mañana darían sin duda la señal de acometida, y Dios daría la victoria.

Así pasó toda la noche, y durante toda ella no hubo sin duda uno solo de aquellos corazones (que ahora hace más de dos siglos y medio que dejaron de latir para siempre), que no estuviera conmovido con el peligro del día siguiente.

Brilló por fin la aurora, y las columnas de los asaltantes se pusieron en marcha, en medio de un silencio sombrío.

Don Pedro González iba a la cabeza de todos, procurando animar a sus soldados con su ejemplo; pero delante de él caminaba un perrillo de uno de los soldados.

Aquel animal no conocía que todos aquellos hombres, y entre los cuales iba su amo, caminaban al combate y a la muerte, y por eso jugueteaba entre la maleza, ya adelantándose, ya volviendo ligero a encontrar a la columna que seguía avanzando sin descansar.

Don Pedro le miraba casi sin pensar en él; pero de repente observó que el animal, que se había adelantado mucho, se detenía como espantado y ladraba dando muestras de cólera.

-¡Una emboscada!, gritó don Pedro comprendiendo lo que aquello significaba.

-¡Una emboscada! Repitieron los que le seguían, y la columna se detuvo repentinamente.

El capitán desnudó su espada, afirmóse el sombrero, y con robusta voz gritó, volviéndose a su tropa:

-¡Santiago, y cierra España! ¡A ellos!

-¡A ellos! –repitió la columna y todos comenzaron a trepar velozmente por aquellos riscos, en dirección de la emboscada descubierta por el perrillo.

Los negros conocieron que la emboscada no surtiría ya efecto, y salieron a cortar el paso.

Trabóse entonces el combate, los mosqueteros comenzaron a dispara sus armas sobre los negros, ganando siempre terreno, y los negros haciendo fuego a su vez sobre los asaltantes, con las pocas armas de fuego que tenían, procuraban hacerlos huir o acabarles rodando en gran cantidad peñascos que para este objeto tenían ya preparados.

Pero nada contenía el brío de los asaltantes, que trepaban y trepaban ganando siempre terreno y lanzando a sus enemigos una verdadera lluvia de balas, de piedras y de flechas.

Muchas horas duró el combate, y la suerte favorecía a los soldados de Don Pedro González, que al caer la tarde se apoderaron de las posiciones de los negros, no sin dejar el camino que habían recorrido, sembrado de cadáveres y de heridos.

Yanga y los demás que le acompañaban, viendo que no era posible resistir más, huyeron para los bosques, no dejando en poder de sus enemigos más que algunos cadáveres.

Aquello era un triunfo, pero un triunfo tan efímero como costoso. Los negros que habían huido volverían a hacerse fuertes en otro lugar, y sería necesaria una nueva batalla, que no daría más resultado que el que ésta había dado: conquistar a fuerza de sangre una posición que había necesidad de abandonar a poco tiempo y con el temor de volverla a encontrar defendida al día siguiente, y aquella era una campaña tan penosa como estéril en sus resultados: los negros habían perdido alguna gente, pero en compensación lo mismo había sucedido a sus perseguidores: la proporción era perfecta.

Todo esto lo comprendió Don Pedro González de Herrera, y quiso aprovechar los momentos de la victoria y dar otro sesgo a la campaña.

Ofreció el indulto a Yanga y a los suyos: fijáronse en los árboles por todas partes cédulas con este ofrecimiento, colocáronse en todas las alturas banderas blancas, y al fin Yanga escribió al virrey.

Proponía una especie de convenio, en el que había mucho de debilidad.

Protestaban no haber tenido intención de faltar a Dios ni al rey, de quien eran leales vasallos; se comprometían a entregar en lo sucesivo todos los esclavos fugitivos a sus dueños, mediante una remuneración, y pedían un pueblo en que vivir con sus hijos y mujeres, y en el cual recibirían al cura y al justicia que se les nombrase.

El virrey accedió a todo y les concedió terrenos para formar el pueblo, que se llamó de San Lorenzo.

Tres años después

Mientras tanto en México había sido grande la alarma, y el virrey, para calmar los ánimos, mandó azotar públicamente algunos negros que estaban presos por varios delitos.

Con esto pareció que todo había concluido, y en efecto, en esa confianza transcurrieron los años hasta 1612.

En este intermedio, don Luis de Velasco, el virrey, había sido llamado a España para el desempeño de un puesto de gran importancia en la Corte: le sucedió en el gobierno de la colonia el arzobispo de México, don Fray García Guerra; pero duró muy pocos meses, porque un día al subir a su coche no pudo tomar bien el estribo, cayó y como era muy anciano, murió del golpe.

Muerto el virrey-arzobispo, la Audiencia tomó posesión del gobierno, y el oidor decano Otalora se trasladó al palacio de los virreyes.

Apenas comenzó a gobernar la Audiencia cuando se volvió a hablar de la sublevación de los negros, y las gentes se aterrorizaron.

Mil noticias, o más bien dicho, mil consejas a la cual más extravagantes circulaban por la ciudad de México y por las ciudades vecinas. El nombre de Yanga y de Francisco de la Matosa pasaban de una a otra boca pronunciados con espanto.

Quién aseguraba que en uno de los bosques del camino de México a Veracruz había un campamento en el que se contaban los negros por millares; quién decía que durante las frías noches de febrero, misteriosas tropas rondaban alrededor de las ciudades como ejércitos de fantasmas evocados por un conjuro, algunos afirmaban que cuando todos los habitantes de México dormían, ellos desde los terrados de sus casas habían visto en las montañas de los alrededores, hogueras que no podían menos de ser contraseñas, y habían escuchado los salvajes aullidos de los negros liberados.

Todo esto se creyó y todo esto dio margen a decir que los negros esclavos, ayudados por los liberados, trataban de alzarse, y hasta se fijó como plazo para esta sublevación el jueves de la Semana Santa.

La Audiencia gobernadora participó también de aquel temor, y comenzaron a dictarse medidas de seguridad que no producirían más efecto que aumentar el miedo.

Como la sublevación debía verificarse el Jueves Santo, se suspendieron las procesiones y fiestas de la Semana Mayor,  y en todos esos días a las oraciones de la noche no se encontraba en las calles a un solo transeúnte.

Por casualidad, el Jueves Santo a medianoche entró a México una piara de cerdos, y como todos los ánimos estaban preocupados y esperando el terrible acontecimiento, el primero que oyó el gruñido de aquellos animales se figuró que eran las voces de los negros que entraban a la ciudad, y esparció la alarma, y aquella alarma fue tan grande y tan espantoso el pánico que se apoderó de todos los vecinos, que nadie se atrevió a salir de su casa a cerciorarse de la verdad, hasta la mañana del día siguiente.

En estas zozobras se pasaron la Semana Santa y los días de Pascua.

El asesinato de los 33

No puede saberse con seguridad si la Audiencia descubrió realmente alguna conspiración, o quiso con un ejemplar ruidoso calmar los ánimos y acobardar a los negros por si pensaban en rebelarse; lo cierto es que apenas pasó la Pascua, México presenció una de las más horrorosas ejecuciones de que haya memoria.

Veintinueve negros y cuatro negras fueron ejecutados en el mismo día y hora en la plaza mayor de la ciudad.

El gentío era inmenso; plaza y calles, balcones y azoteas, todo estaba lleno, en todas partes había espectadores, desde todas partes se contemplaba aquella espantosa matanza.

La escena era capaz de hacer estremecer de horror al mismo Nerón.

Aquellos hombres, y sobre todo aquellas mujeres que caminaban al patíbulo, casi moribundos, cubiertos de harapos, a encontrar la muerte después de una vida de esclavitud y sufrimiento; los confesores que a grito herido encomendaban aquellas almas a la misericordia de Dios; una multitud inmensa que se agitaba como un mar borrascoso, y sobre todas aquellas cabezas treinta y tres horcas, de donde pendían hora después treinta y tres cadáveres.

La ejecución había terminado, pero la gente no se retiraba, y era que aún había un segundo acto más repugnante.

Los verdugos comenzaron a bajar los cadáveres, y con una hacha a cortarles las cabezas, que se fijaban en escarpias.

Se estaban castigando cadáveres y derramando la descompuesta sangre de los muertos.

Aquella escena era asquerosa.

Las treinta y tres cabezas se fijaron en escarpias en la plaza mayor de la ciudad, ornato digno de la grandeza de la Audiencia gobernadora.

Mucho tiempo estuvieron allí aquellos trofeos de civilización, hasta que la Audiencia tuvo parte de que ya no era posible sufrir la fetidez, y las mandó quitar y que se enterraran.

Así se sofocó aquella soñada conspiración, en el año de 1612.

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