LOS PALPITOS DEL CORONEL

LOS PALPITOS DEL CORONEL

Eraclio Zepeda.

LOS PALPITOS DEL CORONEL

Venia con mi tropa ciento ochenta de a caballo aptos para el galope, cuarenta y cinco de a pie aptos para el tiroteo, cinco de sanidad poco aptos para las curaciones pero muy diestros en  entierros nueve del cuerpo legal aptos para el saqueo y veintisiete mujeres aptas para todo.

Aparte del personal traía veinticinco vacas bien habenidas y treinta y seis no tanto. Venia contento de Arriaga porque la guarnición carranciana no había presentado mucho pecho prefirió la juyenda, dándonos oportunidad para un regular cobro de aportaciones voluntarias a los comerciantes, lo cual nos permitió traer unos bultos y bultos de seda y de dril que si los hubiéramos desenrollado habríamos  hecho un camino de tela de tamaños regulares para desfilar por un mundo de flores estampadas y rayas marcaditas.                                          Venia pues, contento sin agitación ninguna, montado de media nalga, acordándome de una canción que hasta la fecha me gusta, cuando de pronto va asomando frente a mí un pedacito de gente, chaparrito el hombre, tan panzudo que boca arriba era más  alto que parado según pude  comprobar un año después el día que lo fusilamos. Llego como si fuera  gato de escurrido, y haciéndome el saludo reglamentario me dijo:

– Mi coronel, no está usted para saberlo ni yo para decirlo pero me come la boca para contarle que en la hacienda de Buenavista hay cosas que pueden resultar noticias de provecho en los asuntos de guerra.

Lo quede mirando fijo, clavaditos mis ojos en sus ojos y como el salado me aguanto la vista, le ordené ;

-contáme.                                                                                                                                                                   –Vera usted mi coronel –dijo- en el casco de la hacienda están como ciento cincuenta carranclanes desde como cinco días, chupando trago, comiendo vaca, corriendo mujer, y durmiendo cruda tras cruda, y cada día que pasa ese ven más descoloridos y con menos fuerza.  Ya ayer ni guardia pusieron porque nadie quiere echarse a perder la alegría. Para mí, coronel que están pidiendo a gritos un arrequintinazo de su furia.                                   –

Capaz- le contesté y me quedé pensando.

Y en esos pensares fue que me empecé a perder porque vine a imaginarme las ametralladores tan buenas que les podíamos quitar, y el parque, y los caballos, y también, ya en el campo materialista las monedas de oro que ellos con tanta disciplina van recibiendo por cuanta finca y por cuanto pueblo pasan, para dejárselas amarradas la cintura en esas mazacuatas  que les llaman.

Y ya entrada en el alma la mona de la ambición, no queda  más remedio que seguirla columpiando en la arboleda de los pensamientos.  Y ya ambicionando de planamente ordené:

-Prepárense  para el desparrame por el llano. Vamos a ¡Buenavista para encostalar una cosechita que parece maduró solita!

Y mi contingente dijo: a reírse y a aplaudir, y viendo su disposición y su alegría acabe de engallarme, y ya engallado grité:

-Chente Torija vos mandás el flanco derecho. ¡”Walter Chanona vos te llevarás el izquierdo! y yo en la pura frente del frente con los montados de Chema Quintana. La estrategia será despernalgar la tropa por todo el llano, de siete a diez varas entre cada combatiente, y los de a pie formando grupo atrás para apoyar fusileando, y para que en caso desesperado, a caite duro. Se apresuren para alancear la resistencia. Las mujeres se quedan atrás siquiera media legua para ayudar a los de sanidad en ir recogiendo heridos, arreglando muertos y sobre todo vigilando a ojo pelón para qué si hay retirada no se vayan pisar por los carranclanes.

Todos cumplieron las órdenes y yo empecé el camino del combate paso a paso alegre y confiado, esperando la cercanía de la hacienda en donde sin duda me iba aparecer el miedo como siempre, para después fabricar la vergüenza y ganar la fuerza, para pelear como Dios manda.

Sin embargo los asuntos se fueron por otro rumbo, porque al poco tiempo como que el cielo se empezó a nublar. Y yo no sé qué es lo que me pasa, pero siempre que se nubla el cielo a yo me da lo que se llama pálpito del pecho y ya con ese pálpito me empiezo a acordar de mi mamá. Y me la imagino viejita como es, solita, de arriba para abajo trasteando la casa, buscando sus necesidades y pensando, entre  suspiros, la cara de esté su hijo que anda en los negocios de la guerra. Y a mí me baña la tristura.

Pero después empezaron a sonar a lo lejos, unos rayos retumbadores, sacaecos que se iban retachando por los cerros rebotando tronazones. Y no sé por qué, siempre que oigo un rayo en seco me entra lo que se llama el palpito del estomago, y ya con ese palpito, mi mamá se me revela en su cocina, haciéndome tamales, pero señores tamales, y ella está afligida con las peripecias del trabajo aquél, pero alegre por la causa que origina sus quehaceres, y aquí es en donde vengo a entender que la pobrecita está enterada que ya voy de regreso de la guerra, que estoy en paz, y que pronto voy a estar con ella y es por eso que me quiere recibir con la comida que más me gusta, y para eso prepara la masa, sazonada la carne, recorta las hojas descascara los huevos duros, y yo nomas de verla siento un sofocón que me fabrica chibolitas en el gañote.

Y seguimos avanzando con la tropa a mis flancos y a mi espalda rumbo al combate. Cabalgando sobre el polvo del llano, ese polvo esponjadito, fofo, muy marcahuella, cuando de pronto descubro que están  cayendo unas gotas solitarias de lluvia, gotas grandes medio avergonzadas, pesadas como tostones, que al tocar la tierra se siembran en el polvo con un ruido triste, trasero, triss, triss, trrass. Y no sé qué es lo que me pasa, pero siempre que veo llover disimulado, sin ganas, forzadito, me empieza entrar el palpito de la ingle, y ya con el palpito de la ingle la tristura se hace tristazón que de plano me domina, porque lo único que contemplo es que mi santa mamá ya tiene listo el tamal, y la casa barrida, y el piso regado, y hasta los perros están sobre aviso  porque un propio llegó a decirle que de un momento a otro llego yo “su hijo el coronel”, que viene en paz porque la guerra termino ya para él y ella está con sus ojitos brillosos otra vez mojaditos y de la opacura que tenían ayer, ni recuerdos quedan porque no tiene reposo yendo y viniendo, espantando moscas, regañando muchachas poco diligentes en los preparativos. Cuando de repente abren la puerta y entro yo pero no llego sino me llevan acostado en una mesa con un tiro en la frente porque me mataron anoche, en un ataque bobo, malhechote peor pensado, y me llevan con las manos cruzadas sobre el pecho y noto que algún buen compañero me hizo empuñar con la derecha la mitigüeson treinta y ocho, y a pesar de estar muerto me rio de tamaño crucifijo tan a despropósito y al mismo tiempo tan bien propositado, pero la risa se me rompe cuando veo a mi mamá que me amarra un pañuelo en la cabeza para disimular el balazo y también para que no me vaya a quedar con la boca a abierta dando desfiguros y  yo me sorprendo de verla tan mujer, tan valiente, tan entera, pero cuando me amarra el pañuelo, como su boca me queda cerca de la oreja, escucho claramente que está diciendo: “ay   hijo, ¿Qué vamos a hacer? Yo tan sola y tú sin sol”. Y la con veo su carita toda llena de lagrimas que sin ningún disimulo deja que corran, señal segura de que su alma está descansando de la contención, y yo estoy con el pescuezo lleno de ruidos y rebotes que solo yo escucho, tronazones que se me derraman como antes se me derramaron los cerros con los rayos, pero lo mío, en esta tarde que avanzo en ese combate  de la hacienda, no son más que hipos que me estoy aguantando para que no me vean llorar mis contingentes.

Y seguimos avanzando, y yo caigo en el pensar que qué carajo hago aquí en esta  puta guerra, y porque no estoy sembrando  en lugar de estar arrancando, y me siento como si fuera otro, sin nada que ver con éste que ahora soy cabeza de tropa, avanzando que ni busque ni amé, y empiezo a sentir un olor a cacho quemado qué es lo que huelo cuando hay peligro, y en esos precisos momentos cuando estoy atravesando el rio frente a la finca y ya se ve la casa grande de la hacienda Buenavista, de pronto sin aviso, a traición, empiezan a tronar las ametralladoras tatatatra-tatatatra, y la fusilería porron, prom en descarga cerrada y para acabarla un cañoncito, pim, pim, pim pim, y yo en medio del rio, cogido de sorpresa como un burro y mi gente cayendo ante el fuego de esos carranclanes que en lugar de estar echando trago me mandaron al chaparro  aquel , que no descanse  en paz, por traerme a esta trampa boba, y ahora son los gritos de los heridos y la caída de los muertos y el relinchar de los caballos y el tatatatra de las malditas tartamudas, y el prorropron de las descargas y el pim pim del cañoncito y en medio de aquel desconcierto me va cayendo el peor de los palpitas, que es el pálpito del culo y entonces si ya no pude controlarme y la vergüenza que no aparece por ningún lado, y yo que me tiro del caballo  al rio y ahí voy entre el agua y los disparos, a gatas sobre las piedras, en medio de la sanguaza que crece, haciendo a un lado a los muertos y desoyendo a los heridos porque lo único que quiero es salir de allí y ya no quiero oír las descargas, y ahí voy huyendo siempre dentro del rio para no dejar huella que me delate, cuando de pronto miro en la playa una cueva chiquitilla, allí me meto y allí me quedo no digo quieto porque estoy temblando, pero si acurrucado, llorando de miedo, asustado de tener tanto miedo, y ya no me acuerdo de mi mamá sino sólo de mí mismo, y afuera oigo que sigue la pelea y por los gritos entiendo que está fuerte el agarrón sin duda, pero yo no puedo moverme porque estoy cubierto de una reuma espesa, agarradora. Y así estoy cuando voy sintiendo en medio de la balacera las pisadas tranquilas de un caballo, y me acurruco más para mostrarme menos, cuando  veo que arriba del caballo, silbando, con un fuete en la mano viene Hermenegildo Castillo, hijo de Hermenegildo el viejo, chamacón de dieciséis años al que incorporé hace una semana y lo hice capitán apenas anoche. Y ahí viene el chamaco feliz de estar en su primer combate, luciéndose con el chiflidito, sin sacar siquiera la pistola porque el enemigo está fuera de su tiro aunque él está dentro del fuego del enemigo, meneando su fuete a compás marcado como dicen, los que nunca me han visto, que hago yo cuando peleo, y lo veo venir derechito, mirándome sin una sola mueca y se me acerca. Bien  tapado de la cara alcanzo a ver cuando me tiene asegurado levanta el fuete y me empieza a dar una señora chicoteada y fuete va y fuete viene en medio del combate mientras el chamaco dice pero con voz callada, sin gritos “ande cabrón, miedoso, usted aquí escondido como vieja, huyendo, mientras mi coronel esta en primera línea “despreciando la muerte” y yo tapándome la cara para que no me reconozca, aunque también para protegerme mejor de los riendazos, ahí voy corriendo en medio del rio, y el joven Hermenegildo atrás, fueteándome a su gusto, y yo huyendo pero no del enemigo sino del fuete. Y ni cuenta me doy cuando ya estoy saltando entre los muertos, sobre el rebullir de las balas en el agua y noto que en el pecho me quiere amanecer de nuevo la vergüenza y ahora estoy otra vez en la pelea y cuando saco la pistola en el mismo frente del frente me siento tranquilo para empezar a disparar. .  cuando vine a ver era yo el primero en estar asaltando las trecheras de la hacienda.

Y luego otra vez a empezar con esas historias a cerca de que yo cuando combato ni siquiera me despeino.

CUENTOSMEXICANOS INOLVIDABLES

Editorial Asociación Nacional de Libreros.

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