LOS CRIMENES DE LA CALLE MORGUE

LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE

Edgar Allan Poe

 

¿Qué canción entonaban las
sirenas?

¿Qué nombre adoptó Aquiles al ocultarse

entre las mujeres? -Preguntas son éstas

de difícil contestación, es muy cierto; pero no

superiores a toda una conjetura.


Sir
Thomas Browne’

Las condiciones
mentales que suelen considerarse como analíticas son, en sí mismas, poco
susceptibles de análisis. Las consideramos tan sólo por sus efectos. De ellas
sabemos, entre otras cosas, que son siempre, para el que las posee, cuando se
poseen en grado extraordinario, una fuente de vivísimos goces. Del mismo modo
que el hombre fuerte disfruta con su habilidad física, deleitándose en ciertos
ejercicios que ponen sus músculos en acción, el analista goza con esa actividad
intelectual que se ejerce en el hecho de desentrañar. Consigue satisfacción
hasta de las más triviales ocupaciones que ponen en juego su talento. Se
desvive por los enigmas, acertijos y jeroglíficos, y en cada una de las
soluciones muestra un sentido de agudeza que parece al vulgo una penetración
sobrenatural. Los resultados, obtenidos por un solo espíritu y la esencia del
método, adquieren realmente la apariencia total de una intuición.

El relato
que sigue a continuación podrá servir en cierto modo al lector para ilustrarle
en una interpretación de las proposiciones que acabo de anticipar.

Encontrándome
en París durante la primavera y parte del verano de 18…, conocí allí a
Monsieur C. Auguste Dupin. Pertenecía este joven caballero a una excelente, o,
mejor dicho, ilustre familia, pero por una serie de adversos sucesos se había
quedado reducido a tal pobreza, que sucumbió la energía de su carácter y
renunció a sus ambiciones mundanas, lo mismo que a procurar el restablecimiento
de su fortuna. Con el beneplácito de sus acreedores, quedó todavía en posesión
de un pequeño resto de su patrimonio, y con la renta que éste le producía
encontró el medio, gracias a una economía rigurosa, de subvenir a las
necesidades de su vida, sin preocuparse en absoluto por lo más superfluo. En
realidad, su único lujo eran los libros, y en París éstos son fáciles de
adquirir.

Nuestro
conocimiento tuvo efecto en una oscura biblioteca de la rue Montmartre, donde
nos puso en estrecha intimidad la coincidencia de buscar los dos un muy raro y
al mismo tiempo notable volumen. Nos vimos con frecuencia. Yo me había
interesado vivamente por la sencilla historia de su familia, que me contó
detalladamente con toda la ingenuidad con que un francés se explaya en sus
confidencias cuando habla de sí mismo. Por otra parte, me admiraba el número de
sus lecturas, y, sobre todo, me llegaba al alma el vehemente afán y la viva
frescura de su imaginación. La índole de las investigaciones que me ocupaban
entonces en París me hicieron comprender que la amistad de un hombre semejante
era para mí un inapreciable tesoro. Con esta idea, me confié francamente a él.
Por último, convinimos en que viviríamos juntos todo el tiempo que durase mi
permanencia en la ciudad, y como mis asuntos económicos se desenvolvían menos
embarazosamente que los suyos, me fue permitido participar en los gastos de
alquiler, y amueblar, de acuerdo con el carácter algo fantástico y melancólico
de nuestro común temperamento, una vieja y grotesca casa abandonada hacía ya
mucho tiempo, en virtud de ciertas supersticiones que no quisimos averiguar. Lo
cierto es que la casa se estremecía como si fuera a hundirse en un retirado y
desolado rincón del faubourg Saint-Germain.

Poco
después de esta conversación hojeábamos una edición de la tarde de la Gazette
des Tribunaux cuando llamaron nuestra atención los siguientes titulares:

«EXTRAORDINARIOS
CRÍMENES

»Esta
madrugada, alrededor de las tres, los habitantes del quartier Saint-Roch fueron
despertados por una serie de espantosos gritos que parecían proceder del cuarto
piso de una casa de la rue Morgue, ocupada, según se dice, por una tal Madame
L’Espanaye y su hija Mademoiselle Camille L’Espanaye. Después de algún tiempo
empleado en infructuosos esfuerzos para poder penetrar buenamente en la casa,
se forzó la puerta de entrada con una palanca de hierro, y entraron ocho o diez
vecinos acompañados de dos gendarmes. En ese momento cesaron los gritos; pero
en cuanto aquellas personas llegaron apresuradamente al primer rellano de la
escalera, se distinguieron dos o más voces ásperas que parecían disputar
violentamente y proceder de la parte alta de la casa. Cuando la gente llegó al
segundo rellano, cesaron también aquellos rumores y todo permaneció en absoluto
silencio. Los vecinos recorrieron todas las habitaciones precipitadamente. »Se
hallaba la habitación en violento desorden, rotos los muebles y diseminados en
todas direcciones. No quedaba más lecho que la armadura de una cama, cuyas
partes habían sido arrancadas y tiradas por el suelo. Sobre una silla se
encontró una navaja barbera manchada de sangre. Había en la chimenea dos o tres
largos y abundantes mechones de pelo cano, empapados en sangre y que parecían
haber sido arrancados de raíz. En el suelo se encontraron cuatro napoleones, un
zarcillo adornado con un topacio, tres grandes cucharas de plata, tres
cucharillas de metal d,Alger y dos sacos conteniendo, aproximadamente, cuatro
mil francos en oro. En un rincón se hallaron los cajones de una cómoda
abiertos, y, al parecer, saqueados, aunque quedaban en ellos algunas cosas. Se
encontró también un cofrecillo de hierro bajo la cama En el cofre no se
encontraron más que unas cuantas cartas viejas y otros papeles sin importancia.

»No se encontró rastro alguno de Madame L’Espanaye; pero como quiera que se
notase una anormal cantidad de hollín en el hogar, se efectuó un reconocimiento
de la chimenea, y —horroriza decirlo— se extrajo de ella el cuerpo de su hija,
que estaba colocado cabeza abajo y que había sido introducido por la estrecha
abertura hasta una altura considerable. El cuerpo estaba todavía caliente. Al
examinarlo se comprobaron en él numerosas escoriaciones ocasionadas sin duda
por la violencia con que el cuerpo había sido metido allí y por el esfuerzo que
hubo de emplearse para sacarlo. En su rostro se veían profundos arañazos, y en
la garganta, cárdenas magulladuras y hondas huellas producidas por las uñas,
como si la muerte se hubiera verificado por estrangulación.

los presentes
se dirigieron a un pequeño patio pavimentado, situado en la parte posterior del
edificio, donde hallaron el cadáver de la anciana señora, con el cuello cortado
de tal modo, que la cabeza se desprendió del tronco al levantar el cuerpo.
Tanto éste como la cabeza estaban tan horriblemente mutilados, que apenas
conservaban apariencia humana.

»Que
sepamos, no se ha obtenido hasta el momento el menor indicio que permita
aclarar este horrible misterio.»

El diario
del día siguiente daba algunos nuevos pormenores:

«LA
TRAGEDIA DE LA RUE MORGUE

»Gran
número de personas han sido interrogadas con respecto a tan extraordinario y
horrible affaire (la palabra affaire no tiene todavía en Francia el poco
significado que se le da entre nosotros), pero nada ha podido deducirse que
arroje alguna luz sobre ello. Damos a continuación todas las declaraciones más
importantes que se han obtenido:

»Pauline
Dubourg, lavandera, declara haber conocido desde hace tres años a las víctimas
y haber lavado para ellas durante todo este tiempo. Tanto la madre como la hija
parecían vivir en buena armonía y profesarse mutuamente un gran cariño. Pagaban
con puntualidad. Nada se sabe acerca de su género de vida y medios de
existencia. Supone que Madame L’Espanaye decía la buenaventura para ganarse el
sustento. Tenía fama de poseer algún dinero escondido.

»Pierre
Moreau, estanquero, declara que es el habitual proveedor de tabaco y de rapé de
Madame L’Espanaye desde hace cuatros años. Nació en su vecindad y ha vivido
siempre allí. Hacía más de seis años que la muerta y su hija vivían en la casa
donde fueron encontrados sus cadáveres. Anteriormente a su estadía, el piso
había sido ocupado por un joyero, que alquilaba a su vez las habitaciones
interiores a distintas personas. La casa era propiedad de Madame L’Espanaye.
Descontenta por los abusos de su inquilino, se había trasladado al inmueble de
su propiedad, negándose a alquilar ninguna parte de él. La buena señora
chocheaba a causa de la edad. El testigo había visto a su hija unas cinco o
seis veces durante los seis años. »Isidoro Muset, gendarme, declara haber sido
llamado a la casa a las tres de la madrugada, y dice que halló ante la puerta
principal a unas veinte o treinta personas que procuraban entrar en el
edificio. Con una bayoneta, y no con una barra de hierro, pudo, por fin, forzar
la puerta. No halló grandes dificultades en abrirla, porque era de dos hojas y
carecía de cerrojo y pasador en su parte alta. Hasta que la puerta fue forzada,
continuaron los gritos, pero luego cesaron repentinamente. Daban la sensación
de ser alaridos de una o varias personas víctimas de una gran angustia. Eran
fuertes y prolongados, y no gritos breves y rápidos. El testigo subió
rápidamente los escalones. Al llegar al primer rellano, oyó dos voces que
disputaban acremente. Una de éstas era áspera, y la otra, aguda, una voz muy
extraña. De la primera pudo distinguir algunas palabras, y le pareció francés
el que las había pronunciado. Pero, evidentemente, no era voz de mujer.
Distinguió claramente las palabras “sacre” y “diable”. La
aguda voz pertenecía a un extranjero, pero el declarante no puede asegurar si
se trataba de hombre o mujer. No pudo distinguir lo que decían, pero supone que
hablasen español. El testigo descubrió el estado de la casa y de los cadáveres
como fue descrito ayer por nosotros.

»Henri
Duval, vecino, y de oficio platero, declara que él formaba parte del grupo que
entró primeramente en la casa. En términos generales, corrobora la declaración
de Muset. En cuanto se abrieron paso, forzando la puerta, la cerraron de nuevo,
con objeto de contener a la muchedumbre que se había reunido a pesar de la
hora. Este opina que la voz aguda sea la de un italiano, y está seguro de que
no era la de un francés. No conoce el italiano. No pudo distinguir las palabras,
pero, por la entonación del que hablaba, está convencido de que era un
italiano. Conocía a Madame L’Espanaye y a su hija. Con las dos había conversado
con frecuencia. Estaba seguro de que la voz no correspondía a ninguna de las
dos-mujeres.

»Odenheimer, restaurateur. Voluntariamente, el testigo se ofreció a declarar.
Como no hablaba francés, fue interrogado haciéndose uso de un intérprete. Es
natural de Ámsterdam. Pasaba por delante de la casa en el momento en que se
oyeron los gritos. Se detuvo durante unos minutos, diez, probablemente. Eran
fuertes y prolongados, y producían horror y angustia. Fue uno de los que
entraron en la casa. Corrobora las declaraciones anteriores en todos sus
detalles, excepto uno: está seguro de que la voz aguda era la de un hombre, la
de un francés. No pudo distinguir claramente las palabras que había
pronunciado. Estaban dichas en alta voz y rápidamente, con cierta desigualdad,
pronunciadas, según suponía, con miedo y con ira al mismo tiempo. La voz era
áspera. Realmente, no puede asegurarse que fuese una voz aguda. La voz grave
dijo varias veces: “Sacré”, “diable”, y una sola “Man
Dieu”.

»Jules
Mignaud, banquero, de la casa “Mignaud et Fils”, de la rue Deloraie.
Es el mayor de los Mignaud. Madame L’Espanaye tenía algunos intereses. Había
abierto una cuenta corriente en su casa de banca en la primavera del año…
(ocho años antes). Con frecuencia había ingresado pequeñas cantidades. No
retiró ninguna hasta tres días antes de su muerte. La retiró personalmente, y
la suma ascendía a cuatro mil francos. La cantidad fue pagada en oro, y se
encargó a un dependiente que la llevara a su casa.

»Adolphe
Le Bon, dependiente de la “Banca Mignaud et Fils”, declara que en el
día de autos, al mediodía, acompañó a Madame L’Espanaye a su domicilio con los
cuatro mil francos, distribuidos en dos pequeños talegos. Al abrirse la puerta,
apareció Mademoiselle L’Espanaye Ésta cogió uno de los saquitos, y la anciana
señora el otro. Entonces, él saludó y se fue.

»William
Bird, sastre, declara que fue uno de los que entraron en la casa. Es inglés. Ha
vivido dos años en París. Fue uno de los primeros que subieron por la escalera.
Oyó las voces que disputaban. La gruesa era de un francés. Pudo oír algunas
palabras, pero ahora no puede recordarlas todas. Oyó claramente
“sacré” y “Mon Dieu”. Por un momento se produjo un rumor,
como si varias personas peleasen. Ruido de riña y forcejeo. La voz aguda era
muy fuerte, más que la grave. Está seguro de que no se trataba de la voz de
ningún inglés, sino más bien la de un alemán. Podía haber sido la de una mujer.
No entiende el alemán.

»Cuatro de los testigos mencionados arriba, nuevamente interrogados, declararon
que la puerta de la habitación en que fue encontrado el cuerpo de Mademoiselle
L’Espanaye se hallaba cerrada por dentro cuando el grupo llegó a ella. Tanto
las ventanas de la parte posterior como las de la fachada estaban cerradas y
aseguradas fuertemente por dentro con sus cerrojos respectivos. Entre las dos
salas se hallaba también una puerta de comunicación, que estaba cerrada, pero
no con llave. La puerta que conducía de la habitación delantera al pasillo
estaba cerrada por dentro con llave. Una pequeña estancia de la parte delantera
del cuarto piso, a la entrada del pasillo, estaba abierta también, puesto que
tenía la puerta entornada. En esta sala se hacinaban camas viejas, cofres y
objetos de esta especie. Costó mucho forzar la puerta.

El cuerpo
de Mademoiselle L’Espanaye estaba tan fuertemente introducido en la chimenea,
que no pudo ser extraído de allí sino con la ayuda de cinco hombres.

»Paul Dumas, médico, declara que fue llamado hacia el amanecer para examinar
los cadáveres. Yacían entonces los dos sobre las correas de la armadura de la
cama, en la habitación donde fue encontrada Mademoiselle L’Espanaye. El cuerpo
de la joven estaba muy magullado y lleno de excoriaciones. Se explican
suficientemente estas circunstancias por haber sido empujado hacia arriba en la
chimenea. Sobre todo, la garganta presentaba grandes excoriaciones. Tenía también
profundos arañazos bajo la barbilla, al lado de una serie de lívidas manchas
que eran, evidentemente, impresiones de dedos. El rostro se hallaba
horriblemente descolorido, y los ojos fuera de sus órbitas.

La lengua
había sido mordida y seccionada parcialmente. Sobre el estómago se descubrió
una gran magulladura, producida, según se supone, por la presión de una
rodilla. Según Monsieur Dumas, Mademoiselle L’Espanaye había sido estrangulada
por alguna persona o personas desconocidas. El cuerpo de su madre estaba
horriblemente mutilado. Todos los huesos de la pierna derecha y del brazo
estaban, poco o mucho, quebrantados. La tibia izquierda, igual que las
costillas del mismo lado, estaban hechas astillas. Tenía todo el cuerpo con
espantosas magulladuras y descolorido. Es imposible certificar cómo fueron
producidas aquellas heridas. Tal vez un pesado garrote de madera, o una gran
barra de hierro —alguna silla—, o una herramienta ancha, pesada y roma, podría
haber producido resultados semejantes. Pero siempre que hubieran sido manejados
por un hombre muy fuerte. Cuando el testigo la vio, la cabeza de la muerta
estaba totalmente separada del cuerpo y, además, destrozada. Evidentemente, la
garganta había sido seccionada con un instrumento afiladísimo, probablemente
una navaja barbera.

»Alexandre
Etienne, cirujano, declara haber sido llamado al mismo tiempo que el doctor
Dumas, para examinar los cuerpos. Corroboró la declaración y las opiniones de
éste.»No han podido obtenerse más pormenores importantes en otros
interrogatorios. Un crimen tan extraño y tan complicado en todos sus aspectos
no había sido cometido jamás en París, en el caso de que se trate realmente de
un crimen. Puede asegurarse, pues, que no existe la menor pista.»

A última hora anunciaba una noticia que
Adolphe Le Bon había sido detenido y encarcelado; pero ninguna de las
circunstancias ya expuestas parecía acusarle.

Dupin
demostró estar particularmente interesado en el desarrollo de aquel asunto;
cuando menos, así lo deducía yo por su conducta, porque no hacía ningún
comentario. Tan sólo después de haber sido encarcelado Le Bon me preguntó mi
parecer sobre aquellos asesinatos.

—Por
interrogatorios tan superficiales no podemos juzgar nada con respecto al modo
de encontrarlo —dijo Dupin—. La Policía de París, tan elogiada por su
perspicacia, es astuta, pero nada más. No hay más método en sus diligencias que
el que las circunstancias sugieren. Exhiben siempre las medidas tomadas, pero
con frecuencia ocurre que son tan poco apropiadas a los fines propuestos que
nos hacen pensar en Monsieur Jourdain pidiendo su robede-chambre, pour mieux
entendre la musique. A veces no dejan de ser sorprendentes los resultados
obtenidos. »Por lo que respecta a estos asesinatos, examinemos algunas
investigaciones por nuestra cuenta, antes de formar de ellos una opinión.
examinaremos con nuestros propios ojos. Conozco a G…, el prefecto de Policía,
y no me será difícil conseguir el permiso necesario.

Nos fue
concedida la autorización, y nos dirigimos inmediatamente a la rue Morgue. Es
ésta una de esas miserables callejuelas que unen la rue Richelieu y la de
Saint-Roch. Cuando llegamos a ella, eran ya las últimas horas de la tarde,
porque este barrio se encuentra situado a gran distancia de aquel en que
nosotros vivíamos. Pronto hallamos la casa; aún había frente a ella varias
personas mirando con vana curiosidad las ventanas cerradas. Era una casa como
tantas de París. Tenía una puerta principal, y en uno de sus lados había una
casilla de cristales con un bastidor corredizo en la ventanilla, y parecía ser
la loge de concierge. Antes de entrar nos dirigimos calle arriba, y, torciendo
de nuevo, pasamos a la fachada posterior del edificio. Dupin examinó durante
todo este rato los alrededores, así como la casa, con una atención tan
cuidadosa, que me era imposible comprender su finalidad.

Volvimos luego sobre nuestros pasos, y llegamos ante la fachada de la casa.
Llamamos a la puerta, y después de mostrar nuestro permiso, los agentes de
guardia nos permitieron la entrada. Subimos las escaleras, hasta llegar a la
habitación donde había sido encontrado el cuerpo de Mademoiselle L’Espanaye y
donde se hallaban aún los dos cadáveres. Como de costumbre, había sido
respetado el desorden de la habitación. Nada vi de lo que se había publicado en
la Gazette des Tribunaux. Dupin lo analizaba todo minuciosamente, sin exceptuar
los cuerpos de las víctimas. Pasamos inmediatamente a otras habitaciones, y
bajamos luego al patio. Un gendarme nos acompañó a todas partes, y la
investigación nos ocupó hasta el anochecer, marchándonos entonces. De regreso a
nuestra casa, mi compañero se detuvo unos minutos en las oficinas de un
periódico.

.
Entonces me preguntó de pronto si yo había observado algo particular en el
lugar del hecho. No, nada de particular —le dije—; por lo menos, nada más de lo
que ya sabemos por el periódico.

—Mucho me
temo —me replicó— que la Gazette no haya logrado penetrar en el insólito horror
del asunto. Pero dejemos las necias opiniones de este papelucho. Yo creo que si
este misterio se ha considerado como insoluble, por la misma razón debería de
ser fácil de resolver, y me refiero al outre carácter de sus circunstancias. La
Policía se ha confundido por la ausencia aparente de motivos que justifiquen,
no el crimen, sino la atrocidad con que ha sido cometido. Asimismo, les confunde
la aparente imposibilidad de conciliar las voces que disputaban con la
circunstancia de no haber hallado arriba sino a Mademoiselle L’Espanaye,
asesinada, y no encontrar la forma de que nadie saliera del piso sin ser visto
por las personas que subían por las escaleras. El extraño desorden de la
habitación; el cadáver metido con la cabeza hacia abajo en la chimenea; la
mutilación espantosa del cuerpo de la anciana, todas estas consideraciones, con
las ya descritas y otras no dignas de mención, han sido suficientes para
paralizar sus facultades, haciendo que fracasara por completo la tan cacareada
perspicacia de los agentes del Gobierno. Han caído en el grande aunque común
error de confundir lo insólito con lo abstruso. Pero precisamente por estas
desviaciones de lo normal es por donde ha de hallar la razón su camino en la
investigación de la verdad, en el caso de que ese hallazgo sea posible. En
investigaciones como la que estamos realizando ahora, no hemos de preguntarnos
tanto «qué ha ocurrido» como «qué ha ocurrido que no había ocurrido jamás hasta
ahora». Realmente la sencillez con que yo he de llegar o he llegado ya a la
solución de este misterio, se halla en razón directa con su aparente falta de
solución en el criterio de la Policía.

Con mudo
asombro, contemplé a mi amigo. —Estoy esperando ahora —continuó diciéndome
mirando a la puerta de nuestra habitación— a un individuo que aun cuando
probablemente no ha cometido esta carnicería bien puede estar, en cierta
medida, complicado en ella. Es probable que resulte inocente de la parte más
desagradable de los crímenes cometidos. Creo no equivocarme en esta suposición,
porque en ella se funda mi esperanza de descubrir el misterio. Espero a este
individuo aquí en esta habitación y de un momento a otro. Cierto es que puede
no venir, pero lo probable es que venga. Si viene, hay que detenerlo. Aquí hay
unas pistolas, y los dos sabemos cómo usarlas cuando las circunstancias lo
requieren.

Sin saber
lo que hacía, ni lo que oía, tomé las pistolas, mientras Dupin continuaba
hablando como si monologara. Se dirigían sus palabras a mí pero su voz no muy
alta, tenía esa entonación empleada frecuentemente al hablar con una persona
que se halla un poco distante. Sus pupilas inexpresivas miraban fijamente hacia
la pared.

Por
tanto, el asesinato ha sido cometido por terceras personas, y las voces de
éstas son las que se oyeron disputar. Permítame que le haga notar no todo lo
que se ha declarado con respecto a estas voces, sino lo que hay de particular
en las declaraciones. ¿No ha observado usted nada en ellas?

Yo le
dije que había observado que mientras todos los testigos coincidían en que la
voz grave era de un francés, había un gran desacuerdo por lo que respecta a la
voz aguda, o áspera, como uno de ellos la había calificado.

—Esto es
evidencia pura —dijo—, pero no lo particular de esa evidencia. Usted no ha
observado nada característico, pero, no obstante había algo que observar. Como
ha notado usted los testigos estuvieron de acuerdo en cuanto a la voz grave. En
ello había unanimidad. Pero lo que respecta a la voz aguda consiste su
particularidad, no en el desacuerdo, sino en que, cuando un italiano, un
inglés, un español, un holandés y un francés intentan describirla cada uno de
ellos opina que era la de un extranjero. Cada uno está seguro de que no es la
de un compatriota, y cada uno la compara, no a la de un hombre de una nación
cualquiera cuyo lenguaje conoce, sino todo lo contrario. Supone el francés que
era la voz de un español y que «hubiese podido distinguir algunas palabras de
haber estado familiarizado con el español». El italiano cree que es la voz de
un ruso, pero «jamás ha tenido conversación alguna con un ruso». Otro francés
difiere del primero, y está seguro de que la voz era de un italiano; pero
aunque no conoce este idioma, está, como el español, «seguro de ello por su
entonación». Ahora bien, ¡cuán extraña debía de ser aquella voz para que tales
testimonios pudieran darse de ella, en cuyas inflexiones, ciudadanos de cinco
grandes naciones europeas, no pueden reconocer nada que les sea familiar!

¿Qué es lo primero que hemos de buscar allí?
Los medios de evasión utilizados por los asesinos. No hay necesidad de decir
que ninguno de los dos creemos en este momento en acontecimientos
sobrenaturales. Madame y Mademoiselle L’Espanaye no han sido, evidentemente,
asesinadas por espíritus. Quienes han cometido el crimen fueron seres
materiales y escaparon por procedimientos materiales. ¿De qué modo?
Afortunadamente, sólo hay una forma de razonar con respecto a este punto, y
éste habrá de llevarnos a una solución precisa. Examinemos, pues, uno por uno,
los posibles medios de evasión. Cierto es que los asesinos se encontraban en la
alcoba donde fue hallada Mademoiselle L’Espanaye, o, cuando menos, en la
contigua, cuando las personas subían las escaleras. Por tanto, sólo hay que
investigar las salidas de estas dos habitaciones. La Policía ha dejado al
descubierto los pavimentos, los techos y la mampostería de las paredes en todas
partes. A su vigilancia no hubieran podido escapar determinadas salidas
secretas. Pero yo no me fiaba de sus ojos y he querido examinarlo con los míos.
En efecto, no había salida secreta. Las puertas de las habitaciones que daban
al pasillo estaban cerradas perfectamente por dentro. Veamos las chimeneas.
Aunque de anchura normal hasta una altura de ocho o diez pies sobre los
hogares, no puede, en toda su longitud, ni siquiera dar cabida a un gato
corpulento. La imposibilidad de salida por los ya indicados medios es, por
tanto, absoluta. Así, pues, no nos quedan más que las ventanas. Por la de la
alcoba que da a la fachada principal no hubiera podido escapar nadie sin que la
muchedumbre que había en la calle lo hubiese notado. Por tanto, los asesinos
han de haber pasado por las de la habitación posterior. Nos queda sólo por
demostrar que esas aparentes «imposibilidades» en realidad no lo son.

»En la habitación hay dos ventanas. Una de ellas no se halla obstruida por los
muebles, y está completamente visible. La parte inferior de la otra la oculta a
la vista la cabecera de la pesada armazón del lecho, estrechamente pegada a
ella. La primera de las dos ventanas está fuertemente cerrada y asegurada por
dentro. Resistió a los más violentos esfuerzos de quienes intentaron
levantarla. En la parte izquierda de su marco veíase un gran agujero practicado
con una barrena, y un clavo muy grueso hundido en él hasta la cabeza. Al
examinar la otra ventana se encontró otro clavo semejante, clavado de la misma
forma, y un vigoroso esfuerzo para separar el marco fracasó también. La Policía
se convenció entonces de que por ese camino no se había efectuado la salida, y
por esta razón consideró superfluo quitar aquellos clavos y abrir las ventanas.

»Mi
examen fue más minucioso, por la razón que acabo ya de decir, ya que sabía era
preciso probar que todas aquellas aparentes imposibilidades no lo eran
realmente.

Continué
razonando así a posteriori. Los asesinos han debido de escapar por una de estas
ventanas. Suponiendo esto, no es fácil que pudieran haberlas sujetado por
dentro, como se las ha encontrado, consideración que, por su evidencia,
paralizó las investigaciones de la Policía en este aspecto. No obstante, las
ventanas estaban cerradas y aseguradas. Era, pues, preciso que pudieran
cerrarse por sí mismas. No había modo de escapar a esta conclusión. Fui
directamente a la ventana no obstruida, y con cierta dificultad extraje el
clavo y traté de levantar el marco. Como yo suponía, resistió a todos los
esfuerzos. Había, pues, evidentemente, un resorte escondido, y este hecho, corroborado
por mi idea, me convenció de que mis premisas, por muy misteriosas que
apareciesen las circunstancias relativas a los clavos, eran correctas. Una
minuciosa investigación me hizo descubrir pronto el oculto resorte. Lo oprimí
y, satisfecho con mi descubrimiento, me abstuve de abrir la ventana.

»Volví
entonces a colocar el clavo en su sitio, después de haberlo examinado
atentamente. Una persona que hubiera pasado por aquella ventana podía haberla
cerrado y haber funcionado solo el resorte. Pero el clavo no podía haber sido
colocado. Esta conclusión está clarísima, y restringía mucho el campo de mis
investigaciones. Los asesinos debían, por tanto, de haber escapado por la otra
ventana. Suponiendo que los dos resortes fueran iguales, como era posible, debía,
pues, de haber una diferencia entre los clavos, o, por lo menos, en su
colocación. Me subí sobre las correas de la armadura del lecho, y por encima de
su cabecera examiné minuciosamente la segunda ventana. Pasando la mano por
detrás de la madera, descubrí y apreté el resorte, que, como yo había supuesto,
era idéntico al anterior. Entonces examiné el clavo. Era del mismo grueso que
el otro, y aparentemente estaba clavado de la misma forma, hundido casi hasta
la cabeza.

Lo toqué, y su cabeza, con casi un cuarto de su espiga, se me quedó en la mano.
El resto quedó en el orificio donde se había roto. La rotura era antigua, como
se deducía del óxido de sus bordes, y, al parecer, había sido producido por un
martillazo que hundió una parte de la cabeza del clavo en la superficie del
marco. Volví entonces a colocar cuidadosamente aquella parte en el lugar de
donde la había separado, y su semejanza con un clavo intacto fue completa. La
rotura era inapreciable. Apreté el resorte y levanté suavemente el marco unas pulgadas.
Con él subió la cabeza del clavo, quedando fija en su agujero. Cerré la
ventana, y fue otra vez perfecta la apariencia del clavo entero.

»Hasta
aquí estaba resuelto el enigma. El asesino había huido por la ventana situada a
la cabecera del lecho. Al bajar por sí misma, luego de haber escapado por ella,
o tal vez al ser cerrada deliberadamente, se había quedado sujeta por el
resorte, y la sujeción de éste había engañado a la Policía, confundiéndola con
la del clavo, por lo cual se había considerado innecesario proseguir la
investigación.

»El
problema era ahora saber cómo había bajado el asesino. Sobre este punto me
sentía satisfecho de mi paseo en torno al edificio. Aproximadamente a cinco
pies y medio de la ventana en cuestión, pasa la cadena de un pararrayos. Por
ésta hubiera sido imposible a cualquiera llegar hasta la ventana, y ya no
digamos entrar. Sin embargo, al examinar los postigos del cuarto piso, vi que
eran de una especie particular, que los carpinteros parisienses llaman
ferrades, especie poco usada hoy, pero hallada frecuentemente en las casas
antiguas de Lyon y Burdeos. Tienen la forma de una puerta normal (sencilla y no
de dobles batientes), excepto que su mitad superior está enrejada o trabajada a
modo de celosía, por lo que ofrece un asidero excelente para las manos. En el caso
en cuestión, estos postigos tienen una anchura de tres pies y medio, más o
menos. Cuando los vimos desde la parte posterior de la casa, los dos estaban
abiertos hasta la mitad; es decir, formaban con la pared un ángulo recto. Es
probable que la Policía haya examinado, como yo, la parte posterior del
edificio; pero al mirar las ferrades en el sentido de su anchura (como deben de
haberlo hecho), no se han dado cuenta de la dimensión en este sentido, o cuando
menos no le han dado la necesaria importancia. En realidad, una vez se
convencieron de que no podía efectuarse la huida por aquel lado, no lo
examinaron sino superficialmente. Sin embargo, para mí era claro que el postigo
que pertenecía a la ventana situada a la cabecera de la cama, si se abría totalmente,
hasta que tocara la pared, llegaría hasta unos dos pies de la cadena del
pararrayos. También estaba claro que con el esfuerzo de una energía y un valor
insólitos podía muy bien haberse entrado por aquella ventana con ayuda de la
cadena. Llegado a aquella distancia de dos pies y medio (supongamos ahora
abierto el postigo), un ladrón hubiese podido encontrar en el enrejada un
sólido asidero, para que luego, desde él, soltando la cadena y apoyando bien
los pies contra la pared, pudiera lanzarse rápidamente, caer en la habitación y
atraer hacia sí violentamente el postigo, de modo que se cerrase, y suponiendo,
desde luego, que se hallara siempre la ventana abierta.

»Tenga usted en cuenta que me he referido a una energía insólita, necesaria
para llevar a cabo con éxito una empresa tan arriesgada y difícil. Mi propósito
es el de demostrarle, en primer lugar, que el hecho podía realizarse, y en
segundo, y muy principalmente, llamar su atención sobre el carácter
extraordinario, casi sobrenatural, de la agilidad necesaria para su ejecución.

Habrá usted visto —dijo— que he retrotraído la
cuestión del modo de salir al de entrar. Mi plan es demostrarle que ambas cosas
se han efectuado de la misma manera y por el mismo sitio. Volvamos ahora al
interior de la habitación. Estudiemos todos sus aspectos. Según se ha dicho,
los cajones de la cómoda han sido saqueados, aunque han quedado en ellos
algunas prendas de vestir. Esta conclusión es absurda. Es una simple conjetura,
muy necia, por cierto, y nada más. ¿Cómo es posible saber que todos esos
objetos encontrados en los cajones no eran todo lo que contenían? Madame
L’Espanaye y su hija vivían una vida excesivamente retirada. No se trataban con
nadie, salían rara vez y, por consiguiente, tenían pocas ocasiones para cambiar
de vestido. Los objetos que se han encontrado eran de tan buena calidad, por lo
menos, como cualquiera de los que posiblemente hubiesen poseído esas señoras.
Si un ladrón hubiera cogido alguno, ¿por qué no los mejores, o por qué no
todos? En fin, ¿hubiese abandonado cuatro mil francos en oro para cargar con un
fardo de ropa blanca? El oro fue abandonado. Casi la totalidad de la suma
mencionada por Monsieur Mignaud, el banquero, ha sido hallada en el suelo, en
los saquitos. Insisto, por tanto, en querer descartar de su pensamiento la idea
desatinada de un motivo, engendrada en el cerebro de la Policía por esa
declaración que se refiere a dinero entregado a la puerta de la casa.
Coincidencias diez veces más notables que ésta (entrega del dinero y asesinato,
tres días más tarde, de la persona que lo recibe) se presentan constantemente
en nuestra vida sin despertar siquiera nuestra atención momentánea. Por lo
general las coincidencias son otros tantos motivos de error en el camino de esa
clase de pensadores educados de tal modo que nada saben de la teoría de
probabilidades, esa teoría a la cual las más memorables conquistas de la
civilización humana deben lo más glorioso de su saber. En este caso, si el oro
hubiera desaparecido, el hecho de haber sido entregado tres días antes hubiese
podido parecer algo más que una coincidencia. Corroboraría la idea de un
motivo. Pero, dadas las circunstancias reales del caso, si hemos de suponer que
el oro ha sido el móvil del hecho, también debemos imaginar que quien lo ha cometido
ha sido tan vacilante y tan idiota que ha abandonado al mismo tiempo el oro y
el motivo.

Nos encontramos con una mujer estrangulada con las manos y metida cabeza abajo
en una chimenea. Normalmente, los criminales no emplean semejante procedimiento
de asesinato. En el violento modo de introducir el cuerpo en la chimenea habrá
usted de admitir que hay algo excesivamente exagerado, algo que está en
desacuerdo con nuestras corrientes nociones respecto a los actos humanos, aun
cuando supongamos que los autores de este crimen sean los seres más depravados.
Por otra parte, piense usted cuán enorme debe de haber sido la fuerza que logró
introducir tan violentamente el cuerpo hacia arriba en una abertura como
aquélla, por cuanto los esfuerzos unidos de varias personas apenas si lograron
sacarlo de ella.

»Fijemos
ahora nuestra atención en otros indicios que ponen de manifiesto este vigor
maravilloso. Había en el hogar unos espesos mechones de grises cabellos
humanos. Habían sido arrancados de cuajo. Sabe usted la fuerza que es necesaria
para arrancar de la cabeza, aun cuando no sean más que veinte o treinta
cabellos a la vez. Usted habrá visto tan bien como yo aquellos mechones. Sus
raíces (¡qué espantoso espectáculo!) tenían adheridos fragmentos de cuero cabelludo,
segura prueba de la prodigiosa fuerza que ha sido necesaria para arrancar tal
vez un millar de cabellos a la vez. La garganta de la anciana no sólo estaba
cortada, sino que tenía la cabeza completamente separada del cuerpo, y el
instrumento para esta operación fue una sencilla navaja barbera. Le ruego que
se fije también en la brutal ferocidad de tal acto. No es necesario hablar de
las magulladuras que aparecieron en el cuerpo de Madame L’Espanaye. Monsieur
Dumas y su honorable colega Monsieur Etienne han declarado que habían sido
producidas por un instrumento romo. En ello, estos señores están en lo cierto.
El instrumento ha sido, sin duda alguna, el pavimento del patio sobre el que la
víctima ha caído desde la ventana situada encima del lecho. Por muy sencilla
que parezca ahora esta idea, escapó a la Policía, por la misma razón que le
impidió notar la anchura de los postigos, porque, dada la circunstancia de los
clavos, su percepción estaba herméticamente cerrada a la idea de que las
ventanas hubieran podido ser abiertas.

» hemos
llegado ya al punto de combinar las ideas de agilidad maravillosa, fuerza
sobrehumana, bestial ferocidad, carnicería sin motivo, una grotesquerie en lo
horrible, extraña en absoluto a la humanidad, y una voz extranjera por su acento
para los oídos de hombres de distintas naciones y desprovista de todo silabeo
que pudieran advertirse distinta e inteligiblemente. ¿Qué se deduce de todo
ello? ¿Cuál es la impresión que ha producido en su imaginación?

—Un loco
ha cometido ese crimen —dije—, algún lunático furioso que se habrá escapado de
alguna Maison de Santé vecina.

Por otra parte, el cabello de un loco no se parece al que yo tengo en la mano.
De los dedos rígidamente crispados de Madame L’Espanaye he desenredado esté
pequeño mechón. ¿Qué puede usted deducir de esto?

—Dupin
—exclamé, completamente desalentado—, ¡qué cabello más raro! No es un cabello
humano.

—Yo no he
dicho que lo fuera —me contestó—. Pero antes de decidir con respecto a este
particular, le ruego que examine este pequeño diseño que he trazado en un trozo
de papel. Es un facsímil que representa lo que una parte de los testigos han
declarado como cárdenas magulladuras y profundos rasguños producidos por las
uñas en el cuello de Mademoiselle L’Espanaye, y que los doctores Dumas y
Etienne llaman una serie de manchas lívidas evidentemente producidas por la
impresión de los dedos.

Lo hice
así, pero la dificultad fue todavía más evidente que la primera vez.

—Esta
—dije— no es la huella de una mano humana.

—Ahora,
lea este pasaje de Cuvier —continuó Dupin.

Era una
historia anatómica, minuciosa y general, del gran orangután salvaje de las
islas de la India Oriental. Son harto conocidas de todo el mundo la gigantesca
estatura, la fuerza y agilidad prodigiosas, la ferocidad salvaje y las
facultades de imitación de estos mamíferos. Comprendí entonces, de pronto, todo
el horror de aquellos asesinatos.

Recordará usted una expresión atribuida casi unánimemente a esa voz por los
testigos; la expresión «Mon Dieu». Y en tales circunstancias, uno de los
testigos (Montani, el confitero) la identificó como expresión de protesta o
reconvención. Por tanto, yo he fundado en estas voces mis esperanzas de la
completa solución de este misterio. Indudablemente, un francés conoce el
asesinato. Es posible, y en realidad, más que posible, probable, que él sea
inocente de toda participación en los hechos sangrientos que han ocurrido.
Puede habérsele escapado el orangután, y puede haber seguido su rastro hasta la
habitación. Pero, dadas las agitadas circunstancias que se hubieran producido,
pudo no haberle sido posible capturarle de nuevo. Todavía anda suelto el
animal. No es mi propósito continuar estas conjeturas, Llamémoslas, pues,
conjeturas, y considerémoslas así. Si, como yo supongo, el francés a que me
refiero es inocente de tal atrocidad, este anuncio que, a nuestro regreso, dejé
en las oficinas de Le Monde, un periódico consagrado a intereses marítimos y
muy buscado por los marineros, nos lo traerá a casa.

Me
entregó el periódico, y leí:

CAPTURA

En el
Bois de Boulogne se ha encontrado a primeras horas de la mañana del día… de
los corrientes (la mañana del crimen), un enorme orangután de la especie de
Borneo. Su propietario (que se sabe es un marino perteneciente a la tripulación
de un navío maltés) podrá recuperar el animal, previa su identificación,
pagando algunos pequeños gestos ocasionados por su captura y manutención.
Dirigirse al número… de la rue… faubourg Saint-Germain… tercero.

—¿Cómo ha
podido usted saber —le pregunté a Dupin— que el individuo de que se trata es
marinero y está enrolado en un navío maltés?

—Yo no lo
conozco —repuso Dupin—. No estoy seguro de que exista. Pero tengo aquí este
pedacito de cinta que, a juzgar por su forma y su grasiento aspecto, ha sido
usada, evidentemente, para anudar los cabellos en forma de esas largas guerres
a que tan aficionados son los marineros. Por otra parte, este lazo saben
anudarlo muy pocas personas, y es característico de los malteses. Recogí esta
cinta al pie de la cadena del pararrayos. No puede pertenecer a ninguna de las
dos víctimas. Todo lo más, si me he equivocado en mis deducciones con respecto
a este lazo, es decir, pensando que ese francés sea un marinero enrolado en un
navío maltés, no habré perjudicado a nadie diciendo lo que he dicho en el
anuncio. Si me he equivocado, supondrá él que algunas circunstancias me
engañaron, y no se tomará el trabajo de inquirirlas. Pero, si acierto, habremos
dado un paso muy importante. Aunque inocente del crimen, el francés habrá de
conocerlo, y vacilará entre si debe responder o no al anuncio y reclamar o no
al orangután.

En este instante oímos pasos en la escalera.

—Esté
preparado —me dijo Dupin—. Coja sus pistolas, pero no haga uso de ellas, ni las
enseñe, hasta que yo le haga una señal.

Habíamos
dejado abierta la puerta principal de la casa. El visitante entró sin llamar y
subió algunos peldaños de la escalera. Ahora, sin embargo, parecía vacilar. Le
oímos descender. Dupin se precipitó hacia la puerta, pero en aquel instante le
oímos subir de nuevo. Ahora ya no retrocedía por segunda vez, sino que subió
con decisión y llamó a la puerta de nuestro piso.—Adelante—dijo Dupin con voz
satisfecha y alegre.

Entró un
hombre. A no dudarlo, era un marinero; un hombre alto, fuerte, musculoso, con
una expresión de arrogancia no del todo desagradable. Su rostro, muy atezado,
estaba oculto en más de su mitad por las patillas y el mustachio. Estaba
provisto de un grueso garrote de roble, y no parecía llevar otras armas.
Saludó, inclinándose torpemente, pronunciando un «Buenas tardes» con acento
francés, el cual, aunque, bastardeada levemente por el suizo, daba a conocer a
las claras su origen parisiense.

—Siéntese,
amigo —dijo Dupin—. Supongo que viene a reclamar su orangután. Le aseguro que
casi se lo envidio. Es un hermoso animal, y, sin duda alguna, de mucho precio.
¿Qué edad cree usted que tiene?

El
marinero suspiró hondamente, como quien se libra de un peso intolerable, y
contestó luego con voz firme:

—No puedo
decírselo, pero no creo que tenga más de cuatro o cinco años. ¿Lo tiene usted
aquí?

—¡Oh, no!
Esta habitación no reúne condiciones para ello. Está en una cuadra de alquiler
en la rue Dubourg, cerca de aquí. Mañana por la mañana, si usted quiere, podrá
recuperarlo. Supongo que vendrá usted preparado para demostrar su propiedad.

—Sin duda alguna, señor.

—Mucho
sentiré tener que separarme de él —dijo Dupin.

—No
pretendo que se haya usted tomado tantas molestias para nada, señor —dijo el
hombre—. Ni pensarlo. Estoy dispuesto a pagar una gratificación por el hallazgo
del animal, mientras sea razonable.

—Bien
—contestó mi amigo—. Todo esto es, sin duda, muy justo. Veamos. ¿Qué voy a
pedirle? ¡Ah, ya sé! Se lo diré ahora. Mi gratificación será ésta: ha de
decirme usted cuanto sepa con respecto a los asesinatos de la rue Morgue.

Estas
últimas palabras las dijo Dupin en voz muy baja y con una gran tranquilidad.
Con análoga tranquilidad se dirigió hacia la puerta, la cerró y se guardó la
llave en el bolsillo. Luego sacó la pistola, y, sin mostrar agitación alguna,
la dejó sobre la mesa.

—Amigo
mío —dijo Dupin bondadosamente—, le aseguro que se alarma usted sin motivo
alguno. No es nuestro propósito causarle el menor daño. Le doy a usted mi
palabra de honor de caballero y francés, que nuestra intención no es perjudicarle.
Sé perfectamente que nada tiene usted que ver con las atrocidades de la rue
Morgue. Sin embargo, no puedo negar que, en cierto modo, está usted complicado.
Por cuanto le digo comprenderá usted perfectamente, que, con respecto a este
punto, poseo excelentes medios de información, medios en los cuales no hubiera
usted pensado jamás.-Cuando Dupin hubo pronunciado estas palabras, ya el
marinero había recobrado un poco su presencia de ánimo. Pero toda su arrogancia
había desaparecido.

—¡Que
Dios me ampare! —exclamó después de una breve pausa—. Le diré cuanto sepa sobre
el asunto; pero estoy seguro de que no creerá usted ni la mitad siquiera.
Estaría loco si lo creyera. Sin embargo, soy inocente, y aunque me cueste la
vida le hablaré con franqueza.

En
resumen, fue esto lo que nos contó:

Había hecho recientemente un viaje al archipiélago Indico. Él formaba parte de
un grupo que desembarcó en Borneo, y pasó al interior para una excursión de
placer. Entre él y un compañero suyo habían dado captura al orangután. Su
compañero murió, y el animal quedó de su exclusiva pertenencia. Después de
muchas molestias producidas por la ferocidad indomable del cautivo, durante el
viaje de regreso consiguió por fin alojarlo en su misma casa, en París, donde,
para no atraer sobre él la curiosidad insoportable de los vecinos, lo recluyó
cuidadosamente, con objeto de que curase de una herida que se había producido
en un pie con una astilla, a bordo de su buque. Su proyecto era venderlo.

Una
noche, o, mejor dicho, una mañana, la del crimen, al volver de una francachela
celebrada con algunos marineros, encontró al animal en su alcoba. Se había
escapado del cuarto contiguo, donde él creía tenerlo seguramente encerrado. Se
hallaba sentado ante un espejo, teniendo una navaja de afeitar en una mano.
Estaba todo enjabonado, intentando afeitarse, operación en la que probablemente
había observado a su amo a través del ojo de la cerradura. Aterrado, viendo tan
peligrosa arma en manos de un animal tan feroz y sabiéndole muy capaz de hacer
uso de ella, el hombre no supo qué hacer durante un segundo. Frecuentemente
había conseguido dominar al animal en sus accesos más furiosos utilizando un
látigo, y recurrió a él también en aquella ocasión. Pero al ver el látigo, el
orangután saltó de repente fuera de la habitación, echó a correr escaleras
abajo, y, viendo una ventana, desgraciadamente abierta, salió a la calle.

El
francés, desesperado, corrió tras él. El mono, sin soltar la navaja, se paraba
de vez en cuando, se volvía y le hacía muecas, hasta que el hombre llegaba
cerca de él; entonces escapaba de nuevo. La persecución duró así un buen rato.
Se hallaban las calles en completa tranquilidad, porque serían las tres de la
madrugada. Al descender por un pasaje situado detrás de la rue Morgue, la atención
del fugitivo fue atraída por una luz procedente de la ventana abierta de la
habitación de Madame L’Espanaye, en el cuarto piso. Se precipitó hacia la casa,
y al ver la cadena del pararrayos, trepó ágilmente por ella, se agarró al
postigo, que estaba abierto de par en par hasta la pared, y, apoyándose en
ésta, se lanzó sobre la cabecera de la cama. Apenas si toda esta gimnasia duró
un minuto. El orangután, al entrar en la habitación, había rechazado contra la
pared el postigo, que de nuevo quedó abierto.

El
marinero estaba entonces contento y perplejo. Tenía grandes esperanzas de
capturar ahora al animal, que podría escapar difícilmente de la trampa donde se
había metido, de no ser que lo hiciera por la cadena, donde él podría salirle
al paso cuando descendiese. Por otra parte, le inquietaba grandemente lo que
pudiera ocurrir en el interior de la casa, y esta última reflexión le decidió a
seguir al fugitivo. Para un marinero no es difícil trepar por una cadena de
pararrayos. Pero una vez hubo llegado a la altura de la ventana, cerrada
entonces, se vio en la imposibilidad de alcanzarla. Todo lo que pudo hacer fue
dirigir una rápida ojeada al interior de la habitación. Lo que vio le
sobrecogió de tal modo de terror que estuvo a punto de caer. Fue entonces cuando
se oyeron los terribles gritos que despertaron, en el silencio de la noche, al
vecindario de la rue Morgue.

Madame L’Espanaye y su hija, vestidas con sus camisones, estaban, según parece,
arreglando algunos papeles en el cofre de hierro ya mencionado, que había sido
llevado al centro de la habitación. Estaba abierto, y esparcido su contenido
por el suelo. Sin duda, las víctimas se hallaban de espaldas a la ventana, y, a
juzgar por el tiempo que transcurrió entre la llegada del animal y los gritos,
es probable que no se dieran cuenta inmediatamente de su presencia. El golpe
del postigo debió de ser verosímilmente atribuido al viento.

Cuando el marinero
miró al interior, el terrible animal había asido a Madame L’Espanaye por los
cabellos, que, en aquel instante, tenía sueltos, por estarse peinando, y movía
la navaja ante su rostro imitando los ademanes de un barbero. La hija yacía
inmóvil en el suelo, desvanecida. Los gritos y los esfuerzos de la anciana
(durante los cuales estuvo arrancando el cabello de su cabeza) tuvieron el
efecto de cambiar los probables propósitos pacíficos del orangután en pura
cólera. Con un decidido movimiento de su hercúleo brazo le separó casi la
cabeza del tronco. A la vista de la sangre, su ira se convirtió en frenesí. Con
los dientes apretados y despidiendo llamas por los ojos, se lanzó sobre el
cuerpo de la hija y clavó sus terribles garras en su garganta, sin soltarla
hasta que expiró. Sus extraviadas y feroces miradas se fijaron entonces en la
cabecera del lecho, sobre la cual la cara de su amo, rígida por el horror,
apenas si se distinguía en la oscuridad. La furia de la bestia, que recordaba
todavía el terrible látigo, se convirtió instantáneamente en miedo.
Comprendiendo que lo que había hecho le hacía acreedor de un castigo, pareció
deseoso de ocultar su sangrienta acción. Con la angustia de su agitación y
nerviosismo, comenzó a dar saltos por la alcoba, derribando y destrozando los
muebles con sus movimientos y levantando los colchones del lecho. Por fin, se
apoderó del cuerpo de la joven y a empujones lo introdujo por la chimenea en la
posición en que fue encontrado. Inmediatamente después se lanzó sobre el de la
madre y lo precipitó de cabeza por la ventana.

Al ver que el mono se
acercaba a la ventana con su mutilado fardo, el marinero retrocedió horrorizado
hacia la cadena, y, más que agarrándose, dejándose deslizar por ella, se fue
inmediata y precipitadamente a su casa, con el temor de las consecuencias de
aquella horrible carnicería, y abandonando gustosamente, tal fue su espanto,
toda preocupación por lo que pudiera sucederle al orangután. Así, pues, las
voces oídas por la gente que subía las escaleras fueron sus exclamaciones de
horror, mezcladas con los diabólicos parloteos del animal.

Poco me queda que
añadir. Antes del amanecer, el orangután debió de huir de la alcoba, utilizando
la cadena del pararrayos. Maquinalmente cerraría la ventana al pasar por ella.
Tiempo más tarde fue capturado por su dueño, quien lo vendió por una fuerte
suma para el Jardín des plantes. Después de haber contado cuanto sabíamos,
añadiendo algunos comentarios por parte de Dupin, en el bureau del Prefecto de
Policía, Le Bon fue puesto inmediatamente en libertad. El funcionario, por muy
inclinado que estuviera en favor de mi amigo, no podía disimular de modo alguno
su mal humor, viendo el giro que el asunto había tomado y se permitió una o dos
frases sarcásticas con respecto a la corrección de las personas que se
mezclaban en las funciones que a él le correspondían.

—Déjele que diga lo
que quiera —me dijo luego Dupin, que no creía oportuno contestar—. Déjele que
hable. Así aligerará su conciencia. Por lo que a mí respecta, estoy contento de
haberle vencido en su propio terreno. No obstante, el no haber acertado la solución
de este misterio no es tan extraño como él supone, porque, realmente, nuestro
amigo el Prefecto es lo suficientemente agudo para pensar sobre ello con
profundidad. Pero su ciencia carece de base. Todo él es cabeza, mas sin cuerpo,
como las pinturas de la diosa Laverna, o, por mejor decir, todo cabeza y
espalda, como el bacalao. Sin embargo, es una buena persona. Le aprecio
particularmente por un rasgo magistral de hipocresía, al cual debe su
reputación de hombre de talento. Me refiero a su modo de nier ce qui est, et
d’expliquer ce qui n’est pas

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