LOS ANILLOS DEL DIABLO

LOS ANILLOS DEL DIABLO

César Enrique Altamirano

(Argentina)

Rastreando la sangre y los despojos, el tigrero guaykurú llegó al tacuaral. Las cañas se alzaban erectas y apretadas como una estela verde de saetas disparadas hacia el cielo. Marcaban una especie de límite a la selva.

Desde lo alto, descendían en espiral, bandadas de buitres.

Zumbó el machete abriendo una picada entre los helechos; el tigrero se orientaba por graznidos y aleteos cercanos. Sorpresivamente encontró el abra cubierta de plumas negras, ojos encabritados y garras posadas sobre un festín que aún latía. El hombre hinchó sus pulmones con un alarido y alas batientes, sordas y pesadas, iniciaron esta vez espirales ascendentes.

Entonces vio los despojos de venados y escuchó el sabor penetrante de aquel paisaje siniestro. Algunos huesos ya estaban recubiertos con una reptante capa lechosa de termites que finalizaban su obra en pequeños minutos.

—¡Añá m’ bui …! —murmuró el hombre y la picada abierta se tragó un regreso.

Sentado bajo un techo de palmas en la tierra limpia, el tigrero se internó en sus pensamientos. Su vida había sido una cacería inacabable, cuyo único y corto paréntesis, se lo proporcionó aquella mitakuñá que miraba oscuro como silencio de luna. Cuando vino el hijo ella partió y, ahora, el mita’i, como llamaban al muchacho en los obrajes, parecía seguir los pasos del padre. Pero él tenía otros proyectos. Frente suyo se acumulaban, como una grasienta baraja, los cueros cobrados en riesgosas salidas, en las cuales la vida valía una fugacidad. Esos cueros le aseguraban que pronto acompañaría al mita’i hasta ese río grande, al que había visto reptar hacia el sur como anaconda sigilosa, amarronada y tenue. Entonces el muchacho partiría en aquel barco blanco y afilado, parecido a una garza real con las alas replegadas. Era la única forma de

102

salvar a su cachorro de un destino como el suyo, arañado de costurones. Alejarlo de la manigua hacia aquella ciudad que él no conocía. Lejos quedaron los tiempos en los cuales peinaba la selva con su gente, pero ésta empezó a partir poco a poco. Las enfermedades y las fieras los dejaron solos.

Ese naipe, formado por cueros de yaguaretés, onzas, pumas y jabalíes, aseguraban el futuro del mita’i. De repente, en el recuerdo, aparecieron las raspaduras en los huesos del festín y se infló su pensamiento con aquella imagen turbia. La pompa reventó hincada por los ladridos metálicos de los perros que se aproximaban. El muchacho llegó con la comida enhorquetada sobre los hombros. Tiró el venado al suelo y en silencio comenzó a trozarlo. El hombre notó que faltaba un perro.

—¿Y el perro? —preguntó.

—Yaguarete’i —contestó el chico.

Un pálpito aciago se le anudó en el corazón y sintió en el alma la mordedura del espanto. Se le ocurrió que su hijo era el acechado.

Partió temprano sin decir una palabra. Lo acompañaban los perros veteranos y su vieja, destartalada, escopeta de cazador. Casi un remedo de arma. Entró en la selva donde se respiraba un aire plomizo y quieto.

A varios metros del suelo armó una plataforma con tacuaras que enganchaba diestramente en las ramas gruesas asegurándolas con ataduras de alambre. Desde ese atalaya acecharía al felino. Los balidos cortos y llorones de ún cervatillo eran su cebo. Esperó atento mientras escuchaba el rumor verde de la fronda, canto de pájaros y el chillido penetrante de los monos. Como por obra de hechicería el ruido cesó. El tigrero se encontró rumiando un silencio amargo con sabor a víctima. Un agudo rasguido de bosque cortado le dio la sensación de que una enorme y veloz masa se descolgaba detrás suyo. La escopeta se disparó al aire por el impacto, al tiempo que la enramada atalaya se desplomaba. Quedó hundido entre los helechos, tapado por las cañas y con un ardor insoportable que le abrasaba el hombro y la espalda. Sin mirarse adivinó la sangre. La zarpa del jaguar había obrado. Cuando logró pararse, palpó también los estertores de sus perros despedazados. Sólo ladraba, a salvo, el más pequeño.

103

Trató de alzar la escopeta y no pudo; la sangre chorreaba sobre un brazo sin fuerzas debido a los tendones cortados. Entonces utilizó la insegura mano izquierda para descargar el arma, saltó el cartucho vacío y con él, el extractor que se perdió entre la manigua. Inútil buscarlo, el jaguar volvería husmeando el sendero de su sangre. Abandonó el arma y penosamente se dirigió hacia la ciénaga. Pisaba chato y prendíase a las ramas bajas de los árboles para atenuar las ventosas del pantano. Con la mano libre se embarró todo el cuerpo. El barro restañaba la sangre y confundía el olfato del tigre.

Por un instante se sintió seguro. Volvía a su rol de cazador. Limpió las hojas de una larga tacuara y ayudado por un tiento del sayal, ató fuertemente a ella su cuchillo. Una figura cobriza, orgullosa y fantasmal empezó a moverse apoyada en la lanza. Semejaba un anciano peregrino con su báculo levitando en el entorno turquesa. Buscaba el lugar apropiado para la cacería final. La luz verde ceniza se abrió y dio paso a un sol franco, estentóreo. La ausencia de follaje dejaba pasar la luz. En el centro del hoyo vegetal había un enorme timbó quemado por un rayo, del cual sólo quedaban dos ramas abiertas y suplicantes. En el nacimiento de ambas, sobresalía un muñón filoso y agudo de una tercera rama inexistente por la cual el árbol fue fulminado. Hacia allí se dirigió el hombre para dominar la altura. Ascendió trabajosamente, eludió herirse con la púa y apoyó un pie en una de las ramas. El peso del tigrero arrancaba chillidos calcinados a la madera. Abrió las piernas, se afirmó en la otra rama y con la tacuara en la mano libre, esperó.

Temblaba en forma intermitente debido a la sangre perdida y a los tendones cortados y hacía esfuerzos para adivinar algún movimiento en las copas de los otros árboles.

Hubo una pausa en la cual volvió a latir el silencio de la selva.

De repente el suelo tembló con un rugido subterráneo y los jabalíes pasaron en estampida loca. El hombre conocía el motivo. Al final de la picada se perfiló el enorme jaguar que se inflaba y desinflaba nervioso, azotado por la cola alfombrada de anillos. Serpenteó la senda y al llegar al timbó miró hacia arriba. Una mirada fucsia atravesó al hombre. Silencioso como había llegado, desapareció. El tigrero recobró la serenidad del cazador hasta que percibió el movimiento de las ramas en una enorme acacia vecina. Adivinó al jaguar sin verlo, el vaivén de las hojas

104

señalaba un rumor ascendente; el felino ganaba altura para saltar. Todo dependía del choque final. El jaguar apareció a pocos metros arriba de él; el tigrero abrazó con fuerza la rama y afirmó la tacuara orientando el cuchillo hacia su enemigo. Vio cómo éste comprimió todos los resortes de su cuerpo y con chasquido de látigo, saltó. La lanza, bien dirigida, penetró el cuerpo del animal, pero el impacto de la mole hizo que el hombre perdiera el equilibrio. Cayó con las piernas abiertas sobre el afilado muñón que lo esperaba. Sintió un desgarramiento y quedó empalado con los brazos abiertos, mientras el jaguar huía azotando los helechos con la tacuara hundida en la carne.

La sangre del muerto descendió por el tronco calcinado, la capa lechosa de termites se movió hacia el cadáver. Desde las alturas, las negras pupilas de los buitres, que habían observado el drama con las alas inclinadas, lentamente iniciaron el descenso.

En la choza, el mita’i afilaba su machete para distraer largas horas de espera. Los ruidos de la selva fueron tapados por los lastimeros aullidos de un perro que regresaba sano y desorientado. El muchado lo alzó y pasándole una mano por la cabeza le hablaba cosas ininteligibles. Luego lo soltó con un envión hacia el lugar donde había aparecido. Empuñó el machete, alzó la bolsa y siguió al cuzco. En algún momento sospechó que el animal había perdido el sentido de la orientación hasta que se detuvo para ladrar desesperado con los pelos erizados como espinas. Enfrentaba un gran tronco caído, hueco y podrido del cual asomaba una caña tacuara. El chico se acercó cauteloso con el machete alerta, tanteó la caña y se dio cuenta que estaba hincada en algo desconocido. Se afirmó en el tronco y empezó a tirar. Poco a poco el jaguar cazado apareció en la boca del agujero. El tamaño del felino lo asombró. Rápidamente lo empezó a cuerear con mano diestra. Concluida la tarea se echó al cuello la piel gomosa y dispuso el regreso al rancho a la espera de su padre. Pasó bajo el timbó quemado sin percatarse que la sombra en cruz de un esqueleto se deslizaba sobre los dorados y negros anillos del diablo.

¡Aña membuy! (se pronuncia aria m’buí): ¡hijo del diablo! Guarhurú: indio de tribu

105

Mitakuñá: muchacha doncella Mita’i: chico

Yaguarete’i: yaguareté

César Enrique Altamirano

(Argentina)

106

Los comentarios están cerrados.