LE VOY A DAR UNA RECETA…

LE VOY A DAR UNA RECETA…

Arsenio Ernesto González

No crean que he traído este periódico para fomentar el morbo, damas y caballeros, sino simplemente para que vean, para que observen que lo que les digo es verídico. Esta criaturita que están ustedes viendo en la foto nació con dos cabecitas. Murió a los dos meses de edad, la pobre. Sin embargo, hay otro caso de una criatura inocente que tuvo la desgracia de nacer igual; lo trágico es que tiene dos años cumplidos y aún vive. No me vayan a decir, por favor, lo que una señora aseguraba el otro día: “Es un castigo de Dios” —la cólera empezó a subir como por capilaridad, congestionando el rostro del merolico—. ¿Cómo van a creer ustedes eso?; ¿creen ustedes acaso que . Dios es tan cruel como para castigar así a una indefensa criatura que aún no ha nacido?; ¿creen eso? ¡Mentiras! Esto que están viendo no es castigo de Dios; es un producto de padres criminales… ¡Criminales! Esos padres, esas madres que se entregan a vicios como el alcohol, el tabaco, la mariguana; padres criminales que andan por ahí ensuciándose con desviaciones y excesos y luego se atreven a engendrar una vida. ¿Es esto castigo de Dios? —su diestra crispada empuñaba la evidencia impresa con la que hendía el diáfano azul celeste—. No es castigo de Dios, es la consecuencia del alcohol que nos idiotiza. Perdóneme la expresión, pero para qué más que la verdad —pegábase a la boca su casi inservible micrófono mientras engarzaba, sin tomar respiro, sus palabras, evitando así que la atención del público se esfumara. Numerosos ojos seguían los movimientos del anciano de gafas ahumadas y canas ocultas por un tinte rojizo. El micrófono filtraba sus gritos, quedándose con la saliva y dejando pasar únicamente las palabras, que salían por una pequeña bocina acomodada sobre un huacal—. México es un país cien por ciento alcoholizado. Desde el velorio más humilde hasta la fiesta más opulenta está presente el alcohol. A donde voltee uno, a donde vaya usted ¿qué está presente? El

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alcohol. Usted puede encontrarlo con sus compadres, con sus primos, con sus amigos… y para qué le sigo. Hasta por la televisión y en inglés nos dicen que lo bebamos. Yo sé que muchos de ustedes toman alcohol. Les ruego me perdonen si los ofendo, pero es mi deber mostrarles la solución. ¿Quiere que le dé un consejo? Nada más piense que el dinero que se gasta en una botella podría dárselo a sus hijitos en ropa para el frío o en un poco más de pan. Creo que aquí estamos entre pobres. ¿O no? ¿Hay algún rico aquí? No, ¿verdad? Deje de tomar, ahorre su dinero que buena falta le ha de hacer. Le voy a dar una receta, señora, que le servirá si hay en su familia alguien que esté sumido en el vicio del alcohol. Le voy a entregar una receta muy valiosa, grábesela en su memoria. Mi intención es servir a que cada día más gente deje de tomar. Créanme. Si ustedes lo desean tráiganme aquí a algún borrachito de ésos de los que todo el día se la pasan tirados en la calle. Tráiganmelo y verán que en menos de quince días sale como persona decente, sin ganas de volver a tomar, qué digo, sin ganas de volver a oler el alcohol. Ahí les va la receta, pongan mucha atención y apréndansela de memoria… y si no, no hay problema, aquí traigo ya preparados unos frascos que con mucho gusto puedo entregarles a cambio de unas monedas. No desconfíe usted, señor, esto no es como las medicinas que traen puras sustancias químicas; esto está hecho con lo que nos brinda la misma naturaleza. No desconfíe y présteme un minuto de su atención. Ahí le va la receta: toma usted agua de coco. Sí, no se ría, hablo de la sencilla agua de coco que todos conocemos. Consiga dos cocos, pártalos y eche el agua en una olla de barro. Tiene que ser de barro, si es nueva, mejor; si no lo es, la lava usted muy bien. A continuación toma cuatro cáscaras de plátano. Sí señor, las puras cáscaras. Cierra bien la olla y la pone a hervir. Espera hasta que hierva bien. Saca el líquido, lo azucara un poco y le agrega la bebida del vicioso que desea usted rehabilitar, ya sea tequila, aguardiente o lo que sea. Y finalmente, se la da a beber en ayunas, o sea antes de que desayune. Verá cómo, si sigue los pasos de esta receta durante dos semanas, el antes alcohólico no querrá volver a saber nada de la bebida. Al oler, al ver el alcohol, que anteriormente le gustaba, se va a vomitar, le va a dar asco. Es en serio. Se los juro por el santísimo sacramento; que me quede ciego si pre-

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tendo engañarlos —elevó la frente y extendió los brazos solemnemente hacia el sol.

Un rostro ajado que escuchaba la prédica del merolico arañó en su dura memoria la receta. Con pasos rápidos y dejando atrás sus trenzas, Concepción Tehuitzil se dirigió a su casa. Caminaba a la velocidad que le permitían las bolsas del mandado, cuyo peso, concentrado en las asas, amorataba sus dedos morenos. Dio vuelta en la esquina de su terrosa calle; dio vuelta en una calle plagada de chiquillos semidesnudos y moquientos, una calle cualquiera en las márgenes de la ciudad. Destrabó el alambre, abriendo la entrada de la cerca. Sus dos guajolotes se le acercaron cautelosos. Dio un empujón a la puerta carcomida por la polilla y, dejando en el suelo su cargamento, avanzó hasta una caja de cartón, de la cual extrajo un lápiz amarillo y un pedazo de papel de estraza. Dibujó burdamente dos círculos y cuatro figuras alargadas, en fin, algo que ella entendía como dos cocos y cuatro cáscaras de plátano. Guardó el papel en el interior de una olla de barro. Se persignó ante la imagen de la virgen morena, iluminada por la llama dócil de una veladora, y rezó.

El canto del gallo, una de las cosas que revivía diariamente el sabor de su lejano, pero no olvidado, pueblo, interrumpió los ronquidos de Nicolás Cóyotl, quien minutos más tarde despertó. Lentamente se sentó en el borde de la cama de tablas y varas. Alcanzó su viejo sombrero, completamente descuadrado, y se lo acomodó en la cabeza. Recogió una horqueta de madera, la ajustó al muñón de su pierna izquierda, a la altura de la rodilla. Sujetó esta pata de palo con dos correas de cuero. Se apoyó en su inseparable muleta y se incorporó. Concepción machacaba jitomates para hacer la salsa roja que untaría a las chalupas que vendía en una esquina de la ciudad. Él vio la taza sobre la mesa. La tomó con una mano. “¿Qué es esto?” Ella, nerviosa disimulaba. “¿Qué es esto? ¿es pulque?” “Es para ti.” Qué raro, a ella nunca le había gustado que él tomara y mucho menos le había ofrecido alcohol. Lo probó con cuidado. Un sabor extraño se embarró en su lengua. La miró desconfiado y dejó la taza en su lugar. Ninguno de los dos dijo una palabra. Ella salió apenas hubo terminado sus preparativos. Un poco más tarde, él, tomó su clarinete y se dirigió a la parroquia, a cuyas puertas recibía

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unas monedas a cambio de sus melodías.

Volvió con la luna en los párpados y con alcohol en el aliento. Antes de dormir buscó algo sobre la sucia madera de la mesa. No había nada. Concepción Tehuitzil roncaba.

Cuando despertó, al amanecer, una taza de barro lo esperaba misteriosamente tentadora en el centro de la pequeña mesa. Ella intentó: “Ahí está tu pulquito”. “¿Qué cosa?” “Que ahí está tu pulquito.” “¿Mi pulquito?… Qué raro… Ora qué se traerá ésta.” Abrochó las hebillas oxidadas que sujetaban el palo que hacía las veces de su pierna. Dudando tomó la taza entre sus dedos y cautelosamente dio un sorbo. Otra vez el mismo sabor extraño. Colocó la taza en el mismo lugar del que la había tomado y salió.

A la madrugada siguiente se encontró con que por tercera ocasión le aguardaba una taza de pulque. Volvió a llevársela a los arrugados labios intentando reconocer qué era lo que tenía además de la savia fermentada del maguey. Miró fijamente a su mujer: “¿Qué le echaste?” “…Nada …yo no…” Con voz aguardentosa la acusó: “Tú me quieres dar toloache o veneno”. “No, yo no…” -Lo que pasa es que ya no me quieres ¿verdad?” Ella puso sus ojos sobre el suelo de tierra. “Es que siempre te emborrachas.” Después, el silencio impenetrable entre los dos. No volvieron a verse directamente a la cara. Apoyándose en su muleta llegó a la cama y, sin que su mujer lo notara, extrajo debajo de ésta un paliacate que envolvía dinero. Salió con su cojera subrayada en la cabeza. Por la calle miraba cada dos pasos su pata de palo.

Abrazando su clarinete entró a la pulquería, donde ya era conocido por provocar las carcajadas de los demás borrachines. Pero esta vez él era un acantilado sin eco. El albur de Nacho se estrelló contra una piedra muda. Nicolás bisbiseaba frases incomprensibles: “O me quiere envenenar o me quiere volver loco…” Ignoraba a quien quisiera entablar un intercambio de carcajadas o penas. Era como una bestia atascada en el fango, que no puede salir, que no va a ninguna parte. …De repente, estaba en el camino principal que atravesaba su pueblo, respirando su aire caliente y seco al mediodía, a la hora en que se van las sombras… De repente, sentía su tierra en la nariz y entre los dientes… O veía los pies agrietados de su padre… O escuchaba a la banda de música en la que tocaba

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antes de venir a la ciudad. Tal vez era un ensayo porque don Justino enojado le regañaba por no llevar los tiempos… O era su madre espantada quien le decía una noche: “No salgas porque me vino a decir Remedios que se le apareció por la milpa tu hermano Melitón”. Melitón, a quien él mismo había ayudado a enterrar; Melitón, a quien habían matado a balazos por andar de agitador…Veía al viento frío correr por la angosta calle elevando manos de arena que acariciaban el adobe erosionado de las casas. El cielo se había puesto un rebozo gris…Sintió penetrante en sus pulmones el olor del aguardiente, penetrante, como cuando estaba en los brazos de su madre, como cuando ella le daba a oler una botella y empapaba un dedo en alcohol para luego acercarlo a su boca de niño…Escuchó las risas que provocaba en su padre y en sus tíos cuando a los seis años daba tres tragos seguidos a la botella de aguardiente o `güerita’ como ellos le llamaban. “Este sí va a ser un hombrecito.” “Cuál va a ser, si ya lo es”. “Cómo camina, ya está borracho…ja ja…” Pero su mujer quería matarlo. Seguramente para vivir con otros, seguramente la muy…andaría en ese preciso momento con otro. Si desde hace tiempo sus sospechas recaían en el tal Joel, el de la pollería…

Al tercer día de tener esa sombra en su pulquería Nacho dijo: “Pobre Nico, yo creo que lo embrujaron”. Aceptó en empeño el instrumento de viento, más por compasión y por amistad con el viejo Nico que por su valor monetario. Concepción esperaba por las noches, aguzando el oído a cualquier ruido que pudiera ser el de una pata de palo. Él se iba a pique en un mar de alcohol con sus ojos torcidos. Estaba convencido de que su mujer quería matarlo. La verdad era que él tampoco la había querido, se declaraba abiertamente entre trago y trago… ¿O tal vez sí? ¿quién sabe? Eso ya no importaba…Un dolor agudo en la pierna…Recordó el accidente…La sangre de su pierna escurriéndole…

Seis noches Concepción recalentó los frijoles. Las tortillas se endurecieron. No consideró la posibilidad de ir a buscarlo a la pulquería ya que él se lo había prohibido a golpes la primera vez que intentó hacerlo. De eso ya hacía muchos años.

Era de noche y ella esperaba. Con la cara sobre la agrietada banqueta, el aterido cuerpo de Nico trasudaba. Revivía aquella ocasión en que dando tumbos llegó a la entrada de un cine y allí

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quedó tendido hasta que una cubeta de agua helada y unas patadas lo pusieron de pie y lo empujaron tiritando hacia un callejón… Un frío intenso entraba a encajarse en sus huesos…

Ni el sol de mediodía, ni las moscas que caminaban en el laberinto de su oreja y por su nariz, ni el olisquear de un esquelético perro en la fetidez de su pantalón, pudieron despertar el aliento que se trocaba en música al pasar por un clarinete.

Arsenio Ernesto González

(México)

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