LAS TERAPEUTAS

LAS TERAPEUTAS

Eraclio Zepeda Lara

DESPUÉS DE ENTREGAR UN carnet para ser llamado a su turno, salía

de la oficina de la bomba de cobalto frotándose las manos

para calentárselas, manía adquirida en la burocracia enveje-

cida, en la frialdad de las oficinas gubernamentales de la

ciudad de México, en los vetustos y bellos edificios de can-

tería que supieron –algunos de ellos– del paso tenebroso de

inquisidores y del taconeo de las zapatillas de raso de la

Güera Rodríguez. Antes, al entrar, aquel señor había dejado

un sombrero gris de corte antiguo en una silla vacía en señal de posesión del asiento.

—¿Qué tal? –dijo al sentarse, sacando de la bolsa de su saco una revista gastada por el manoseo. Tenía un lápiz en la mano y –tocando con él a su vecino, continuó:

—La vertical ya me salió en el camión. Es ca-la-ba-za,

solamente que me resulta con Z y debe ser con S….

—Déjala con Z. Así se escribe –dijo la persona del asiento contiguo.

Volvió la vista extrañado:

—Perdone, lo confundí con Quijano. Siempre se sienta allí. Usted es nuevo. ¿Van a radiarlo también?.

—No. Acompaño a un familiar.

—A Quijano y a mí, sí nos meten a la bomba de cobalto todos los días. Él es aviador con muchas horas de vuelo.

Fumiga plantíos de algodón. Ya bajó 22 kilos. La bomba adelgaza y pone pálido, como si secara la sangre y…

—¡Juárez Hernández Isabel! –gritó una voz áspera por el

altavoz fijado en la pared. Trabajosamente se levantó de su

asiento una mujer de rostro marchito, rubia, con el cutis color arena. Con tinta negra le había sido trazado un dibujo

rectangular que salía debajo del cuello de su blusa y legaba

hasta la mandíbula derecha, cerrando las líneas, como mar-

cando un lindero, igual que los planos de un terreno. Es una

de tantas, comentó el de la revista manoseada, y continuó,

yo me dedico a descifrar crucigramas. Estoy jubilado. Tam-

bién a Quijano le gustan. Él y yo le tenemos mucha fe a la

bomba de cobalto. El doctor que nos atiende dice que las

radiaciones van a evitarnos un padecimiento que podría ser

grave, si no se desinflaman los órganos que tenemos afecta-

dos, Quijano el hígado y yo un pulmón. Pero esa bomba es

maravillosa. Ya casi estamos bien. Si no nos aplican el cobalto, ¿sabe lo que podría resultarnos?, ¡cáncer! Me lo dijo una enfermera. Pero con ese tratamiento no tenemos peligro. ¿Vio a la señora que acaban de llamar? Es maestra de escuela. Tiene el mal en la garganta. Ésa sí está arruinada, ya la mordió el mal…, pero ni se las huele. Son canijos los doctores, a esa maestra la ve la médica güera peluqueada como hombre que pasó ahorita. Le dijeron igual que a mí, que eso de la bomba es para que no le brote un mal duro de pelar. A veces pienso que eso es vacilada. Ella está muy creída, pero yo la veo más arruinada…

—Navarrete Mendoza Concepción… –volvió a sonar la

voz dura por el altavoz. Esta vez era una anciana quejum-

brosa que se apoyaba en el brazo de un hombre joven.

—Ésa es otra a la que también le dijeron que va a quedar

curada, pero yo lo dudo. Era afanadora de la Secretaría de

Gobernación. Pero está bien emponzoñada, ¿sabe por qué?,

por no venir a tiempo a las radiaciones de cobalto como lo

hicimos Quijano y yo. La pobre tiene cáncer en el estómago,

pero ni se las espanta. El hijo sí lo sabe. Es chofer de taxi. Ya hasta chocó el carro por la aflicción que tiene. Cuatro meses le dijeron que le va a durar la madre. Pero ahí se van…

Caminó la enferma, la ex afanadora de la Secretaría de

Gobernación, por el pasillo que conduce a la bomba de cobalto. De pie, una mujer adusta, muy adusta, de bata

blanca y boca pintada de rojo antropófago, la esperaba.

—Aquí estoy, señorita.

—¿Por qué no se apura? Métase al vestidor, quítese esa

ropa y póngase la bata. ¡Siempre hay que decirles lo mismo!

¿No entiende?

Su voz azotaba la cara escurrida de la enferma. Era una

terapeuta la que daba las órdenes. Con desprecio miraba a

la paciente que trabajosamente arrastraba sus pantuflas

muy usadas.

—Métase –ordenó a la enferma otra mujer de nalgas pro-

minentes y bata blanca, encargada de abrir y cerrar una

puerta corrediza para entrar a un cuarto que se adivinaba

tenebroso.

Allí está la bomba de cobalto que dejará caer sus rayos

de diabólico misterio, sobre el cuerpo enflaquecido de una

sobra de mujer. Es la guarida de un maravilloso artefacto de

la ciencia médica.

Afuera, en derredor de un escritorio y frente a un table-

ro con palancas y botones numerados, tres mujeres de batas blancas fuman y ríen alegremente. Ya no están adustas. Su aspereza la reservan para los enfermos que irán llegando a su turno con las terapeutas.

Una de ellas, con un cigarro encendido y un carnet de

paciente en la mano se asoma a la puerta y echa una mirada de inspección a la fila de enfermos y regresa a su sitio.

Es la más gorda. La que hace gala de cruel energía.

—Ciento veinte kilos, ya destarada… –comenta un enfermo en muletas.

Todos ríen.

A lo largo del pasillo se lee: Radiografías y Planeación,

Bomba de Cobalto, Consultorio A, Consultorio B. Las enfer-

meras se asoman sonrientes y desde la puerta del pasillo

revisan con la mirada la larga fila de enfermos que esperan sentados y de pie. Ellas son afables. Reparten sonrisas de afecto y palabras de aliento. Todos las ven con simpatía.

—Rodríguez Mendizábal Cristóbal, dice una de las enfermeras.

Un hombre entrado en años se levanta de su asiento apoyándose en un bastón. La enfermera va a su encuentro:

—Don Cristóbal, lo está esperando el doctor. Cada día lo

veo mejor, venga, apóyese en mi brazo, y solícita lo conduce hasta el cuarto de consulta.

—Martínez Ríos Margarita –llama otra enfermera desde los consultorios, asomada sonriente a la puerta. Una señora abandona su asiento y se dirige a ella.

—¿Cómo está mi reina?, venga conmigo, vamos con el doctor.

—¿Cómo he de estar, señorita? ¿No ve cómo vengo…? Siapenas puedo caminar.

—No me diga eso, doña Margarita, si se está recuperando maravillosamente…

La enferma, doña Margarita Martínez Ríos, lleva tras de

sí el espectro de la muerte con la guadaña en alto, presta a

cercenarle el cuello. Pero la enfermera la cubre de palabras

dulces, en un parloteo de mujer animosa, joven y bella,

tocada con una cofia blanca cruzada en lo alto por una cinta

azul. Son varias las enfermeras de los consultorios. Todas

tienen una palabra afectuosa para cada paciente. Pero las

terapeutas…

—Quijano Ríos Martín –vuelve a sonar el altavoz. Pero

Quijano no está en la fila de enfermos que esperan. Una

señora joven se levanta de su asiento, presurosa llega hasta

el final del pasillo donde fuman y comen galletas las encar-

gadas de la bomba de cobalto, las terapeutas.

La señora explica algo y regresa para retirarse. El señor

que descifra crucigramas la detiene:

—¿Oiga, ¿usted es la esposa de Quijano?

—Sí, señor, pero él no puede venir. Los dolores del lado de-

recho, en el hígado, en la espalda, no dejan que se levante y…

Cuentos reunidos

—Se lo dije a su esposo, no vayas a comer nopalitos. Los

compró hace cuatro días cuando salimos. Siempre nos

acompañamos.

—No es eso, señor, ya el doctor de aquí fue a verlo. Le

pagamos la consulta particular y nos dijo que mejor no

venga, que se va a mejorar solito. Le dejó unas gotas –Y con

voz apagada por la emoción agrega–: vine para avisar a las

terapeutas que ya está dado de alta.

—Bueno, señora, salúdemelo y dígale que se lo advertí:

¡Los nopalitos!… y dirigiéndose a su vecino de asiento:

—Mire esta horizontal del crucigrama, empieza con la letra C y en los datos de referencia dice: mal incurable.

Déjeme ver, sigue una A, luego una N, enseguida una C, resultó ¡CÁNCER!… A mí no hay crucigrama que se me escape. Qué curioso y adónde fue a salir la palabrita. Casi a la

puerta de la bomba de cobalto. Ahora se lo enseño a las terapeutas, para que se rían. Si hubieran descifrado el crucigrama los que verdaderamente tienen el mal –y aquí abundan, allí sentados–, pero a mí me viene ancho porque, ya se lo dije, me previne a tiempo y Quijano también, sólo que comió nopalitos y se asustó. Vaya, vaya… y tan echador que es.

—Mendizábal Enrique Lorenzo… –grita de nuevo el altavoz, transmitiendo un gruñido de terapeuta. El hombre de las muletas que se rió de la gorda, 120 kilos ya destarada, se pierde en el pasillo.

—Cuidado con la gorda –le dicen sus compañeros. Se vuelve, y una sonrisa que parece mueca, se dibuja en su cara color colmillo de elefante.

La Pisa fuego

México, D.F., julio de 1975.

Eraclio Zepeda Lara

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