LAS CINCO PALABRAS

LAS CINCO PALABRAS

Ramón Rubín

Bastaría un grito

para expresar la injusticia.

La Porfiria

Los linderos de la hacienda El Huajote parecían gozar de una extraña movilidad. En las noches negras, pobres de luna, sus mojoneras de adobe encalado se desplazaban sigilosas, brincaban hondonadas y cerros e iban a colocarse, sin que se pudiera saber en gracia a qué misteriosa propulsión, al otro lado de las lomas calvas que coronan los aproches de la Sierra Madre Occidental.

Ese desplazamiento era en un solo sentido.

Y resultaban víctimas de tan fabulosa inestabilidad los infortunados huicholes de la comunidad de Portezuelo de San Antonio, que veían en constante merma sus dominios y en paulatina atrofia sus elementos de vida.

Varias veces se organizaron éstos en solemnes y sesudas comisiones y fueron a entrevistar a don Ramón de la Mora, propietario de El Huajote, para pedirle cuentas de semejante anomalía. Pero este señor guardaba un triste concepto de la vecina tribu aborigen. Y a duras penas se dignaba recibirlos, negándose sistemáticamente a prestar su colaboración para que el misterio se aclarase.

Entonces, a los patriarcas huicholes no les quedó otro remedio que pensar mal del hacendado. Dedujeron que la dinámica que imprimía tal movilidad a las susodichas mojoneras no podía ser otra que la que por la noche les prestaban las manos de los peones del hacendado blanco. Y luego de deliberar extensamente llegaron al convencimiento de que no era camino sensato el de espiarlos para meterles entre costilla y costilla una flecha envenenada con caechi, pues ello suscitaría inmediatas y crueles represalias. Y acordaron recurrir en solicitud de justicia ante las autoridades de El Teúl, cabecera del municipio donde tenían su ubicación los terrenos en litigio.

Pero los caballerescos méritos de don Ramón parecían ser bastante estimados en ese lugar. Y los indios encontraron una desairada acogida entre los caciques vecinos que mangoneaban las leyes en esa población. Llegó incluso a preguntárseles allí para qué diablos querían esos terrenos, si jamás los cultivaban como era mandato explícito de Dios… Y aunque ellos hubieran querido explicar que les eran precisos para disponer de un lugar donde asentar las encallecidas plantas de sus pies y las pezuñas de sus cuatro raquíticas vaquitas sin ser conceptuados de invasores y perseguidos por ello, su precaria elocuencia en el castilla o la escasa disposición de sus desalmados interlocutores a escuchar y comprender esos argumentos hizo que se retiraran sin haber logrado entenderse.

A la postre, llegaron al convencimiento de que las influencias de su enemigo resultaban demasiado poderosas en El Teúl y de que nada lograrían contra ellas.

Durante tres días con sus respectivas noches permanecieron congregados en la Casa Comunal, inspirándose en los efluvios del alcohol y el peyote que ingerían y en las volutas de humo de sus cigarrillos sobre el camino a seguir. Y como no se sintieran muy bien dispuestos a entrar en rivalidades y pendencias que siempre les eran desfavorables con los atrabiliarios vecinos mestizos y blancos, un mariacán de sólida autoridad y muy favorecido de plumas de ave que emanan sabiduría aconsejó que optaran por aceptar los nuevos límites; y que, para asegurarse de que éstos iban a ser los definitivos, colocaran en función de mojoneras propias unos peñascos medio enterrados y a los que hubiera ungido un sacerdote o chaman de los más conspicuos en las ceremonias religiosas de la tribu para infundirles categoría de animales feroces y que devorasen a cualquier xipate que intentara trasponer el límite que estaban señalando.

Así lo hicieron.

Mas los dioses no parecían hallarse muy propicios a preservar los intereses de sus devotos, los indios, ya que aquella “ferocidad” no resultó obstáculo suficiente que impidiese a las mojoneras de adobe de El Huajote e incluso a las propias piedras mágicas, dar nuevo y cuantioso salto hacia el interior de las posesiones de los aborígenes, ampliando otra vez los vastos dominios de don Ramón.

Entonces los huicholes intentaron volver las señales a su lugar.

Pero las carabinas de los sicarios del hacendado les salieron al encuentro, obligándolos a desistir del intento con un triste saldo de dos indios jóvenes muertos por las balas en la ladera del cerro del Apaxtito.

Como si ello fuera poco, una escolta de rurales visitó días después a Portezuelo de San Antonio, recordándoles a los ancianos caciques que era ley de Dios y de personas decentes no andarse metiendo en los predios del prójimo, máxime cuando se trataba de un ricachón de piel blanca y de quilates tan subidos como el señor De la Mora… Precisamente estaban ellos, los guardias rurales, en el mundo, tan bien montados y armados para evitar que esa importante Ley volviera a ser conculcada.

No les quedó a los indios otro remedio que enterrar sus muertos y encoger sus aspiraciones y necesidades hasta avenirlas con el reducido perímetro de su posesión comunal.

Mas, cuando las mojoneras dieron un nuevo brinco volvióles el convencimiento de que debían emprender el litigio. Y se nombró una comisión que iría a la capital del estado para invocar con sus autoridades el amparo de las leyes.

También esto resultó inútil. Hasta allí alcanzaban el prestigio y las influencias de su rival. Y perdieron en antesalas y vueltas tres largos meses para sacar en limpio la misma desalentadora conclusión. Era evidente que les faltaba recorrer un buen trecho por la escala de tácitas categorías cívicas que la civilización del blanco establece antes de merecer del hombre culturizado un elemental derecho a la justicia.

Volvieron a Portezuelo algo deprimidos por el fracaso.

Y los ancianos más prominentes y sabios de la tribu resolvieron someterse a largas vigilias y profundas meditaciones que les mereciesen la preclara inspiración de sus entrañables dioses tribales.

Fue así como descubrieron que quedaba en los mexicanos una autoridad mayor a la cual les era posible recurrir todavía. Y se tuvo por razonable emprender ante ella una gestión pacífica antes de lanzarse de plano por los difíciles caminos de la desesperación y la violencia. Resolvieron, pues, que los cinco adultos más capaces se instituyeran en embajadores de la tribu y partiesen a pie hasta la lejana capital de la República, para pedirle a la Porfiria la merced de su justiciera intervención en el conflicto. Quizá llegasen también hasta allá los tentáculos y valedores del hacendado de El Huajote. Mas, antes de darlo por seguro, era preciso y sensato que lo sometieran a prueba.

No iba a resultar aquel viaje empresa fácil. Debían caminar más de 1000 kilómetros a pie antes de alcanzar su destino. Y ello requería una provisión de pinole, tesgüino y peyote a fin de que no les faltasen las energías precisas para llenar su cometido con habilidad y eficacia. Pero la condición un tanto nómada de su raza iba a ayudarles mucho. Y, al cabo de los meses o de los años, bien podrían estar de regreso en Portezuelo con los frutos de su importante gestión.

Partieron.

A los 100 días de haber salido de su territorio, pasando por el estado de Guanajuato, detúvolos una epidemia de viruela. Sólo dos de ellos pudieron substraerse al contagio y resultar inmunes, porque habiéndoles pegado el mal con anterioridad estaban ya cacarizos. Los tres restantes enfermaron. Y el grupo se vio retenido y aislado por las autoridades de Salubridad del vecino durante muchos días. Cuando se levantó la cuarentena, uno de ellos, Tomás Morales, había ido a parar a la fosa común del cementerio, y los otros cuatro, aunque repuestos, estaban cacarizos por igual.

Con esta y otra detención fortuita en el estado de Hidalgo, donde precautoriamente los metieron en la cárcel por resultar sospechosos de haber cometido un robo en el que vino a aclararse que los únicos participantes fueron los propios policías mestizos que los aprehendieron, llevóles la friolera de 14 meses arribar a la capital de la República. Mas, al cabo pudieron verse en ella; y ciertamente muy asombrados de su grandiosa contextura y febril actividad.

Ya la manta trigueña de sus bragas y jolotes llevaba muy ostensible la huella de los abrojos de su largo trayecto en atroces desgarrones, y, adheridos, dos kilos de mugre que contribuían a su mayor densidad; la vaqueta de los caikles se había gastado bajo la planta encallecida de sus pies; la franela de los pañolones rojos y azules que ceñía sus cuellos tenía desvaído el color; y los sombreros de palma de pequeñas copas, adornados con plumas y borlas de estambre, sufrían el anquilosamiento y el tueste propio de las duras y prolongadas intemperies… Pero aún se conservaban graciosos y gentiles los bordados de sus guarniciones de fajos y talegos, lo mismo que persistía latiendo, bajo la costra de su aparente rudeza, aquel digno anhelo inicial de salvar de la codicia del vecino los territorios de sus antepasados.

Otros 10 días les llevó informarse sobre la mejor manera de hacer su asunto del conocimiento del señor Presidente de la República. Y ya que éste sólo concedía audiencias al público un día de cada mes por sólo una media hora, invirtieron 24 jornadas más en el menester de solicitar la suya.

Pero solicitarla no es igual que conseguirla. Y hubieron de esperar hasta que los citasen.

El tiempo, sin embargo, resulta un valor de muy exigua importancia para los indios, que todavía no han caído bajo la estúpida tiranía de los relojes y calendarios. Y a ellos sólo les correspondía llevar su embajada a cabo hasta donde el tiempo les alcanzara.

Su espera pudo limitarse a un mes o durar muchísimos años. Pues el patricio que debía escuchar sus quejas encontraba siempre más solicitudes de audiencia de las que le era posible atender; y aunque daba prioridad a las personas de rango social, hallábase lamentablemente ajeno a la gran calidad de los títulos nobiliarios concedidos por su tribu que los patriarcas huicholes de la comisión hubieran podido exhibir.

De cualquier modo, una vez que estuvieron impuestos de esos inconvenientes, y hallándose decididos a morir de viejos en el desempeño de esa gestión si ello se volvía necesario, nuestros indios se instalaron en el propio bosque de Chapultepec, al pie del cerro del Castillo donde despachaba el prócer, esperando que los incluyesen en la nómina mensual de los que obtendrían la audiencia solicitada.

Favorecíales la liberalidad con que se permitía la entrada a aquel hermoso parque público y cierta providencial caverna abierta en la roca y sombreada por dos ahuehuetes milenarios.

Era aquélla una magnífica morada para lo que sus hábitos requerían. Y desde allí les quedaba muy a mano la estupenda floresta del bosque para cazar pajarillos con sus flechas y añadirlos a las tunas que se daban en unas nopaleras de las barrancas inmediatas, lo cual les serviría de alimento con el añadido de chapulines de los prados, alguna rana de los charcos y tal cual lagartijo de los peñascales a fin de reforzar su dieta.

Además, y dado que despertaban viva curiosidad entre los paseantes metropolitanos que acudían con sus ocios y vanaglorias a las alamedas y jardines a causa de su atuendo exótico y pintoresco, les resultaba factible ayudarse solicitando de ellos, con una ausencia de rebajamiento moral que ponía a salvo su dignidad de jerarcas indios, esa obligada cooperación que los insensatos hombres blancos han degradado al convertirla en limosna.

Les bastaba, por lo demás, con estar pendientes de los días de audiencia al público, subiendo al Castillo a la hora señalada para ver si se acordaban alguna vez de su solicitud y les era permitido pasar a entrevistarse con el gran mandatario de todos los mexicanos que había de resolver su problema.

Por desgracia, el administrador de tan espléndido parque público no pareció muy complacido con aquellos inquilinos. Y como su miseria se le antojaba afrentosa a la opulencia del bosque y a las pretensiones de civilizado y progresista de que blasonaba el Gobierno, ordenó a la gendarmería que los sacara de allí.

Pero después de pasar en la cárcel frecuentes y obligadas vacaciones, como resultaba onerosa a las arcas públicas su manutención y eran demasiado viejos para que los acogiese una leva, los huicholes se veían liberados. Y una y otra vez reincidían en tomar como suyo aquel confortable alojamiento del bosque.

Esto exasperó al administrador, acabando por convencerle de que las dos únicas maneras de conseguir su definitiva expulsión consistían en matarlos o en atenderlos. Y ya que no se sentía exageradamente ruin de corazón, pues era un hombre de buenos sentimientos, t optó por la segunda, prestando su influencia ante el señor Presidente, a quien le hizo notar que los molestos aborígenes llevaban tres años esperando ser recibidos y escuchados y que su estadía en el bosque y su aparición en el umbral de la antesala los días de audiencia resultaban de pésimo gusto.

Esta juiciosa consideración dio frutos mejores. Pues, conmovido por tan excelentes razones, el prócer decidió concederles por fin su turno, dando la orden de que los hicieran pasar a su presencia.

Contra todo lo que podría presumirse, no les sorprendió a los huicholes tan demorada resolución. Era evidente que alguna vez los tendrían que recibir. Y su hora había llegado.

Pero, cuando un conserje muy estirado y adornado los hizo pasar a la lujosa sala de audiencias, creyó prudente advertirles, llevado por el desprecio que le merecían, que aunque el señor Presidente se había mostrado en su generosidad dispuesto a escucharlos, únicamente les iba a conceder cinco palabras para que expusieran su asunto, pues se hallaba muy recargado de trabajo y escasísimo de tiempo.

Aquellos venerables comisionados del gran pueblo de curanderos y agricultores deliberaron, un poco consternados ante la dificultad. Esa necesidad de someterse a un vocabulario tan limitado no era particularmente consoladora ni estimulante después de que habían desperdiciado cinco años en el empeño de conseguir la entrevista, supuesto que la naturaleza de su gestión requería una amplia exposición de motivos. Agravábalo más todavía el hecho de que el muerto, Tomás Morales, fue entre los cinco el que mejor dominaba el castilla… Pero tuvieron que pasar por alto la descortesía y la limitación organizándose para aprovechar lo mejor posible aquella oportunidad tan peleada.

Siendo Tanislao de la Flor el más erudito y elocuente de los cuatro que quedaban, él se hizo cargo de la delicada responsabilidad, disponiéndose a concretar el asunto conforme a lo requerido por el ujier, mientras los otros debían limitarse a apoyarlo moviendo confirmativamente las cabezas.

Y así comparecieron ante la Porfiria.

Fue preciso que se despojaran del arco y el carcaj en la antesala. Y sin manifestar demasiada emoción, se dejaron conducir estoicamente a un saloncito en donde había caprichosos estucos y muebles forrados de terciopelo rojo con colgantes dorados, un grueso tapiz en el suelo y un gran cuadro con la efigie del héroe de La Carbonera de cuerpo entero en la parte frontal. La estancia ostentaba además una gran araña con prismas de vidrio, una sólida mesa de ébano, un sillón de respaldo alto y muy labrado que estaba ante ella y, enfrente, reclinado contra la pared, un asiento corrido, sin respaldo ni brazos, a modo de prolongado escabel.

A ambos lados de la entrada permanecían dos ujieres muy tiesos, de gesto estólido. Y al fondo se abría otra puerta hacia los aposentos del interior.

Nuestros cuatro huicholes fueron incitados a sentarse en la banca corrida, haciéndolo con altiva gentileza y sin mayor contrición. Y mientras aguardaban a que el patricio apareciera solemne por la puerta del fondo, Tanislao se entregó a proyectar la exposición del asunto ensimismándose en una dificultosa contabilidad con los dedos de sus manos.

Al fin, trayendo por escolta a un militar de alto rango, a un escribiente y a un hombre de Estado, apareció la Porfiria. Era un viejo algo menos renegrido que ellos y, por más que muy adornado de vestimenta y con enhiesto y abundante bigote, en patético desaire en relación con la petulante apariencia de su imagen en el retrato de la pared.

Los huicholes pensaron, con cierto discreto desdén, que no parecía sino un pobre indio avecinado. Y él, luego de lanzarles una mirada entre curiosa y paternal a aquellos cuatro extraños súbditos, y de fruncir la nariz en un gesto de repulsa a cierto mal olor que de sus harapos trascendía, tomó asiento en el sillón del otro lado de la mesa y empezó a dar muestras de hallarse impaciente.

—A ver; ustedes dirán lo que desean —autorizó mientras sus acólitos se iban acomodando de pie en torno suyo y envolviéndole en la tela de araña de su servil solicitud.

Los tres indios exceptuados permanecieron mudos e inexpresivos hasta más allá de la indiferencia. Tanislao tampoco abrió la boca. Pero, mediante gestos y ademanes bastante expresivos púsose a indicarle al Presidente que viniera a sentarse junto a él.

Esto escandalizó a la escolta. E hizo que, sorprendido por aquella familiaridad, el prócer insistiera conminativo:

—Expongan, pues, su asunto.

Tanislao no se dejó impresionar. Incidía en el ademán anterior cada vez con mayor energía… Y como el gobernante lo interpretase atribuyéndolo a uno de esos rasgos de ingenuo protocolo a los que tan afectos son estos ceremoniosos indios, quiso mostrarse benevolente con aquella disculpable ignorancia de las categorías. Y atajando con un gesto la indignación de sus esbirros, se dispuso a condescender.

Ungido por esa patriarcal disposición y calculado liberalismo, se incorporó de su trono y acudió a tomar asiento en el escabel al lado del confianzudo huichol.

Pero apenas había colocado sus eminentes posaderas sobre el dócil muellaje de la banca, cuando Tanislao removió las suyas, arrimándolas hasta casi sentársele encima.

La tolerancia del prócer empezó a cambiar… Buena estaba la familiaridad, pero no la impertinencia… Y con incipiente disgusto se hizo a un lado, alejándose de la molesta proximidad de Tanislao.

Fue inútil.

El indígena lo siguió hasta quedar otra vez tan junto a él que lo empujaba.

Una enconada pugna se entablaría entonces entre las posaderas de ambos. Alejábanse molestas las del prócer y las del huichol las perseguían tenaces y empujándolas… Hasta que al primero se le acabó la banca, quedando al mismo borde de ella e imposibilitado para Seguir retirándose sin riesgo de dar con su real humanidad en la felpa que alfombraba el suelo.

Furioso ya por la insolente presión que la cadera del indio seguía ejerciendo sobre la suya y a punto de montar en cólera se puso en pie exclamando:

—iYa me echaste del banquillo?… ¡ No me queda dónde sentarme?…

Era la ocasión que Tanislao esperaba. Matemáticamente ceñido a las estrictas cinco palabras que le autorizaron a emplear y apuntando con el índice al extremo desalojado del escabel, expuso en un tono de franca acritud:

—Así, meramente, hace la Ramona….

Y sus tres compañeros confirmaron con sendos movimientos afirmativos de cabeza aquella sentencia que de modo tan gráfico y contundente condensaba el objeto de su embajada, poniendo en evidencia la voracidad, todavía impune, de don Ramón de la Mora, el hacendado de El Huajote.

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