LA TIGRESA

LA TIGRESA

B. RAVEN

En cierto lugar del exuberante estado de Michoacán, México, vivía una joven a quien la naturaleza, aquí especialmente buena y pródiga, le había ofrendado todos esos dones que pueden contribuir grandemente a la confianza en sí misma y felicidad de una mujer.

Y en verdad que era éste un ser afortunado, pues poseía además una cuantiosa herencia que sus progenitores, al morir uno casi seguido del otro, le habían dejado. Su padre había sido un hombre de gran capacidad y dedicación al trabajo, por lo que mucho antes de morir ya había logrado, a base de su esfuerzo personal, un próspero negocio de talabartería, así como tierras y propiedades que pasaron a manos de Luisa Bravo, su hija.

Existía también la probabilidad de ser aún más rica algún día al morir sus acaudalados parientes, su abuela y una tía, con quien Luisa vivía desde la muerte (le sus padres.

No era de sorprender, pues, que por su extraordinaria belleza y aún más por su considerable fortuna, fuera muy codiciada por los jóvenes de la localidad con aspiraciones matrimoniales.

Mientras tanto, Luisa disfrutaba de la vida como mejor le gustaba. Amaba los caballos y era una experta amazona siempre dispuesta a jugar carreras o a competir con cualquier persona que se atreviera a retarla. Raras veces perdía, pero cuando esto sucedía, el ganador que conociera bien su carácter y estimara en algo el bienestar propio, trataría de quitarse rápidamente de su alcance, pues aunado a las ventajas antedichas, iba una arbitraria e indómita naturaleza.

A pesar de su mal genio, los pretendientes revoloteaban a su alrededor como las abejas sobre un plato lleno de miel. Pero ninguno, no importa que tan necesitado se encontrara de dinero, o que tan ansioso estuviera de compartir su cama con ella, se arriesgaba a proponerle un compromiso formal antes de pensarlo detenidamente.

Sin embargo, donde hay tanto dinero a la par con tanta belleza, cualquiera está dispuesto a aceptar ciertos inconvenientes que toda ganga trae consigo.

Se daba el caso de que Luisa no sólo poseía todos los defectos inherentes a las mujeres, sino que acumulaba algunos más.

Como hija única, sus padres habían vivido en constante preocupación por ella y con un miedo aterrador a perderla, aunque la niña estaba tan sana y robusta como una princesa holandesa. Todo lo que hacía o decía armaba gran revuelo entre sus parientes y gente a su alrededor, y desde luego la complacían en todos sus deseos y caprichos.

El significado de la palabra “obediencia” no existía para ella. Nunca obedeció, pero también hay que aclarar que nunca alguien se preocupó o insistió en que lo hiciera.

Sus padres la enviaron a una escuela en la capital y después a un colegio en los Estados Unidos. En estos planteles la niña se esforzaba más o menos por obedecer, obligada por las circunstancias, pero en el fondo no cambiaba su carácter de libre albedrío. Mientras se encontraba en el colegio, su vanidad exagerada y ambición desmedida por superar a todas las compañeras y ganar siempre los primeros lugares en todo, la sometían a cierta disciplina. Pero cuando llegaba de vacaciones a su casa, se desquitaba dando rienda suelta a su verdadera naturaleza.

Para dar una idea más precisa de su carácter, habría que agregar la ligereza con que se enfurecía y hacía explosión por el motivo más insignificante y baladí. Las muchachas indígenas de la servidumbre y los jóvenes aprendices en la talabartería de su padre solían correr y esconderse por horas enteras cuando Lui3a tenía uno de sus ataques temperamentales. Hasta sus mismos padres se retiraban a sus habitaciones y aparecían cuando calculaban que ya se le había pasado el mal humor.

De no ser por el hecho de que sus padres pertenecían a una de las mejores y más influyentes familias de los contornos, la posibilidad de que fuera declarada mentalmente afectada y encerrada en un sanatorio no hubiera sido muy remota.

Sin embargo, estos arranques de furia sucedían generalmente dentro de la casa y no afectaban la seguridad pública. Cuando había realmente algún destrozo, personal o material, los padres siempre reparaban el daño con regalos y doble demostración de afecto y bondad hacia los perjudicados por su hija, en especial tratándose de la servidumbre.

Con todo, había en Luisa algunas cualidades que atenuaban un poco sus tremendas fallas. Entre otras, poseía la de ser generosa y liberal. Y una persona que no puede ver a un semejante morir de hambre y que está siempre dispuesta a regalar un peso o quizá un par de zapatos viejos o un vestido, que, aunque usado, todavía está presentable, o alguna ropa interior o hasta una caja de música cuya melodía ya ha fastidiado, para aliviar la urgente necesidad del prójimo o alegrarle en algo la existencia, siempre es perdonada.

Los estudios de bachillerato agregaron algo al carácter de Luisa, pero este añadido no fué precisamente para mejorarlo. Pasó todos los exámenes con honores. Esto, naturalmente, la hizo más suficiente e insoportable. Su orgullo y vanidad no cabían. Nadie podía decirle algo sobre un libro, una filosofía, o un sistema político, un punto de vista artístico o descubrimiento astronómico sin que ella manifestara saberlo todo antes y mejor.

Contradecía a todo el mundo, y por supuesto sólo ella podía tener la razón. Si alguien lograba demostrarle, sin lugar a duda, que estaba equivocada, inmediatamente tenía uno de esos ataques de furia.

Jugaba ajedrez con maestría, pero no admitía una derrota. Si algún contrincante la superaba, suspendía el partido aventándole a éste no sólo las piezas del juego, sino hasta el tablero.

Con todo y esto tenía días en que no sólo era soportable, sino hasta agradable de tal modo, que la gente olvidaba de buena gana sus groserías.

Explicados estos antecedentes, es fácil comprender por qué, tarde o temprano, los aspirantes a su mano se retiraban, o más bien eran retirados por Luisa con sus insolencias y a veces hasta con golpes.

Más de un joven valiente y soñador, entusiasmado por la belleza de Luisa y aún más por su dinero, creía poder llegar a ser, una vez casados, amo y señor de la joven esposa. Pero esta quimérica ilusión era acariciada sólo por aquellos que habían tratado a Luisa una o dos veces a lo sumo. Al visitar la casa por tercera vez, volvían a la realidad y perdían toda esperanza, pues se convencían entonces definitivamente de que la doma de esta tigresa llevaba el riesgo de muerte para el domador.

Ella, desde luego, no ponía nada de su parte porque, a decir verdad, el casarse o no, la tenía sin cuidado. Sabía, naturalmente, que, cuando menos por razones económicas, no necesitaba ningún hombre. En cuanto a otros motivos, bueno, ella no estaba realmente convencida de si una mujer puede pasársela o no sin la otra mitad de la especie humana. No en vano había estado en un colegio estadunidense, en donde, aparte de inglés, se aprenden muchas otras cosas prácticas y útiles.

Pero como cualquier otro mortal, Luisa también cumplía años. Tenía ya veinticuatro, una edad en la cual en México las mujeres ya no se sienten en condiciones de escoger, y generalmente toman lo que les llega sin esperar títulos, posición social, fortuna o al hombre guapo y viril de sus sueños.

Mas, Luisa era distinta. Ella no tenía ninguna prisa y no le importaba saber si todavía la contaban entre las elegibles o no. Tenía la convicción de que era mejor, después de todo, no casarse, pues de este modo no tenía que obedecer ni agradar a nadie. Se daba cuenta, observando a sus amigas casadas y antiguas compañeras de colegio, que, cuando menos para una mujer con (linero. la vida es más agradable y cómoda cuando no se ha perdido la libertad.

Sucedió que en ese mismo estado de Michoacán vivía un hombre que hacía honor a su bueno y honrado, aunque sencillo, nombre de Juvencio Cosío.

Juvencio tenía un buen rancho no muy lejos de la ciudad donde vivía Luisa. A caballo, estaba a una hora de distancia. El no era precisamente rico, pero sí bastante acomodado, pues sabía explotar provechosamente su rancho y sacarle pingües utilidades.

Tenía unos treinta y cinco años de edad, era de constitución fuerte. estatura normal, ni bien ni mal parecido… Bueno. uno de esos hombres que no sobresalen por algo especial y que aparentemente no han destacado rompiendo marcas mundiales en los deportes.

Permanecerá en el misterio el hecho de si él había oído hablar antes de Luisa o no. Cuando después frecuentemente se lo preguntaban sus amigos, él siempre contestaba:

—No.

Lo más probable es que nadie le previno acerca de ella.

Cierto día en que tuvo la necesidad de comprar una silla de montar, pues la suya estaba muy vieja y deteriorada, montó su caballo y fué al pueblo en busca de una. Así fué como llegó a la talabartería de Luisa, donde vió las sillas mejor hechas y más bonitas de la región.

Ella manejaba personalmente la talabartería que heredara, primero, porque habían sido los deseos de su padre el que el negocio continuara funcionando, y segundo, porque le gustaba mucho todo lo concerniente a los caballos. Dirigía la tienda con la ayuda de un antiguo encargado que había trabajado con su padre durante más de treinta años y de dos empleados casados que también llevaban ya muchos años en la casa. Como el negocio estaba encarrilado, era fácil manejarlo. Aparte, le agradaba llevar ella misma los libros, mientras su tía y su abuelita se ocupaban de la casa.

El negocio florecía, y como la experta mano de obra continuaba siendo la misma, la clientela aumentaba constantemente y los ingresos del negocio eran aún superiores a lo que habían sido en vida de su padre.

Luisa se encontraba en la tienda cuando Juvencio llegó y se detuvo a ver las sillas que estaban en exhibición a la entrada, en los aparadores y colgadas en las paredes por fuera de la casa.

Ella, desde la puerta, lo observó por un rato, mientras él, con aire de conocedor, cuidadosamente examinaba las sillas en cuanto a su valor, acabado y durabilidad. De improviso, desvió la vista y se encontró con la de Luisa. Ella le sonrió abiertamente, aunque después nunca pudo explicarse a sí misma el por qué de su actitud, pues no acostumbraba sonreír a desconocidos.

Juvencio, agradablemente sorprendido por la franca sonrisa de Luisa, se acercó, y un poco ruborizado, dijo:

—Buenos días, señorita. Deseo comprar una silla de montar.

—Todas las que usted guste, señor —contestó Luisa—. Pase usted y vea también las que tengo acá adentro. Quizá le guste más alguna de estas otras. En realidad, las mejores las tengo guardadas para librarlas de la intemperie.

—Tiene razón —dijo Juvencio siguiéndola al interior de la tienda.

Revisó todas las sillas detalladamente pero, cosa rara, parecía haber perdido la facultad de poder examinarlas cabalmente. Aunque dió golpecitos a los fustes, inspeccionó bien el cuero e hizo mucho ruido estirando las correas, sus pensamientos estaban muy lejos de lo que hacía.

Cuando repentinamente volteó otra vez a preguntar algo a Luisa, comprendió que ésta lo examinaba tan cuidadosamente como él lo hacía con las sillas. Sorprendida en esta actitud, ella trató de disimular. Ahora era su turno de sonrojarse. Sin embargo, se repuso al instante, sonrió y contestó con aplomo su pregunta sobre el precio de una silla que él había sacado de un escaparate.

Juvencio quiso saber el importe de varios otros objetos, pero ahora ella no sólo tenía la impresión, sino la certeza de que él hacía toda clase de preguntas nada más por tener algo que decir.

Inquirió de donde procedía la piel, que tal le iba en el negocio y otros detalles semejantes. Ella también le dió conversación, preguntando de donde era y qué hacía. El le dijo su nombre, le describió su rancho, le informó cuantas cabezas de ganado criaba. Hablaron de caballos, de cuanto maíz habían producido sus tierras el año anterior y qué cantidad de puercos había vendido al mercado. Comentaron precios y todas esas cosas conectadas con ranchos y haciendas.

Después de largo rato —ninguno de los dos tenía noción del tiempo transcurrido— y no encontrando un pretexto más para alargar su estancia, se vió obligado a tratar el asunto por el cual había venido. Haciendo un gran esfuerzo, dijo:

—Creo que me voy a llevar ésta —y apuntó a la más cara y bonita—. Sin embargo —titubeó—, debo pensarlo un poco más y echar un vistazo por las otras talabarterías. De todos modos, si me la aparta hasta mañana, yo regreso y le decidiré definitivamente. ¿Le parece? Bueno, hasta mañana, señorita.

—Hasta mañana, señor —contestó Luisa, mientras él salía pausadamente y se dirigía hacia la fonda frente a la cual había dejado su caballo amarrado a un poste.

El hecho de que no comprara la silla ese mismo día no sorprendió a Luisa. Por intuición femenina sabía que él tenía hecha su decisión con respecto a la compra, y que solamente había pospuesto el asunto para tener motivo de regresar al día siguiente.

Huelga explicar que no buscó ninguna silla en otros lugares, sino que se encaminó lentamente hacia su rancho. Mientras cabalgaba, Juvencio llevaba dibujada en su mente la encantadora sonrisa de Luisa, y cuando por fin llegó a su casa, se sintió irremediablemente enamorado.

Al dar las nueve del día siguiente, Juvencio ya estaba de regreso en la tienda.

Mas al entrar se sintió defraudado, pues en vez de Luisa, encontró a la tía atendiendo el negocio. Pero él también tenía sus recursos.

—Perdón, señora; ayer vi unas sillas, pero la señorita que estaba aquí prometió enseñarme hoy otras que tiene no sé dónde, en algún otro sitio.

—Ah, sí; con seguridad era Luisa, mi sobrina. Pero, ¿sabe usted?, no sé a cuales se refiere. Si se espera sólo diez minutos, ella vendrá.

Juvencio no tuvo que esperar ni siquiera los diez minutos. Luisa llegó antes.

Ambos se sonrieron como viejos amigos. Y cuando ella envió inmediatamente a su tía a hacer alguna diligencia fuera de la tienda, Juvencio comprendió que Luisa no estaba muy renuente a quedarse unos momentos a solas con él.

Otra vez empezaron por ver sillas y arreos, pero tal y como el día anterior, la conversación pronto se desvió y platicaron largamente sobre distintos temas hasta que él se dió cuenta con pena que las horas habían voládo y que no había más remedio que comprar la silla, despedirse e irse.

Cuando ella había recibido el dinero y, por lo tanto, el trato se consideraba completamente cerrado, Juvencio dijo:

—Señorita, hay algunas otras cosas que necesito, tales como mantas y guarniciones. Creo que tendré que regresar dentro de unos días a verla.

—Esta es su casa, caballero. No deje de venir cuando guste. Siempre será bienvenido.

—¿Lo dice de veras, o sólo como una frase comercial?

—No —rió Luisa—, lo digo de veras, y para demostrárselo lo invito a almorzar a mi casa.

Cuando los dos entraron al comedor, ya la abuela y la tía habían terminado, aparentemente cansadas de esperar y además acostumbradas a que Luisa llegaba a comer cuando le daba la gana.

Por cortesía permanecieron las dos damas a la mesa hasta que se sirvió la sopa. Después se excusaron amablemente, se levantaron y salieron de la pieza.

El almuerzo de Luisa y Juvencio duró hora y media más.

En la mañana del tercer día, Juvencio regresó. Esta vez a comprar unos cinchos. Y desde ese día se aparecía por la tienda casi cada tercer día a comprar o a cambiar algo, a ordenar alguna pieza especial o a la medida.

Y ya era regla establecida el que siempre se quedara después a almorzar en casa de Luisa.

Sucedía que a veces tenía algunos encargos que hacer por el pueblo que lo demoraban hasta ya entrada la noche, y entonces, naturalmente, le invitaban también a cenar.

En una de esas ocasiones en que se retrasó en el pueblo hasta ya tarde y en que llegó a cenar a casa de Luisa, empezó a llover fuerte y persistentemente. Tanto, que a la hora de querer salir para emprender el regreso a su rancho, aquello se había convertido en un diluvio. No se podía distinguir un objeto a un metro de distancia y no había probabilidades de que amainara la tormenta.

—Ni pensar en ir a un hotel —dijeron las señoras de la casa. Bien podía quedarse a dormir allí, pues tenían cuartos de sobra con mucho mejores camas que las que podía encontrar en cualquier albergue.

Juvencio aceptó su hospedaje, agradecido, olvidándose acto seguido del mal tiempo ante la perspectiva de prolongar la velada en compañía de Luisa.

Dos semanas después correspondió a la hospitalidad invitando a las tres damas a visitar un domingo su rancho.

Tras de esta visita, Juvencio se presentó una tarde muy formalmente a pedir la mano de Luisa.

Ninguna de las dos señoras mayores se opuso a lo solicitado, pues Juvencio era un caballero con todas las cualidades para ser un buen marido. De familia sencilla pero honorable, acomodado, trabajador, y sin vicios.

Naturalmente, Juvencio antes lo había consultado con Luisa, y como ésta tenía ya lista su respuesta desde hacía tiempo, contestó simplemente:

—Sí. ¿Por qué no?

Sin embargo, aquella noche la abuela dijo a la tía de Luisa:

—Para mí que esos dos están todavía muy lejos del matrimonio, y hasta que yo no los vea en la misma cama, no creeré que estén casados. Por lo pronto no prepares vestuario, ni nada, tampoco hay que contarlo a las amistades.

Estas advertencias salían sobrando, pues la tía se sentía tan escéptica como la abuela de que el matrimonio se llevara al cabo.

A la semana de estar comprometidos, Juvencio platicaba una mañana con Luisa en la tienda. La conversación giró sobre sillas de montar, y Juvencio dijo:

—Pues mira, Licha; a pesar de que tienes una talabartería, la verdad es que no sabes mucho de esto.

Esta declaración de Juvencio había sido provocada por Luisa ante su insistencia en que cierto cuero era mejor y de más valor. El no quería darle la razón, porque iba en contra de sus principios mentir nada .más por ceder. Como buen ranchero sabía por experiencia cual piel tenía más durabilidad, resistencia y calidad.

Luisa se puso furiosa y gritó:

—¡Desde que nací he vivido entre sillas, correas y guarniciones, y ahora me vienes a decir tú en mi cara que yo no conozco de pieles!

—Sí, eso dije, porque esa es mi opinión sincera —contestó Juvencio calmadamente.

—¡Mira! No te pienses ni por un segundo que me puedes ordenar, ni ahorita, ni cuando estemos casados, que pensándolo bien, no creo que lo estaremos. A mí nadie me va a mandar, y más vale que lo sepas de una vez, para que te largues de aquí y no te aparezcas más, si no quieres que te aviente con algo y te mande al hospital a recapacitar tus necedades.

—Está bien, está bien. Como tú quieras —dijo él. Al salir Juvencio, ella aventó violentamente la puerta tras él. Después corrió a su casa.

—Bueno, de ese salvaje ya me libré —dijo a su tía—. ¡Imagínate; pensaba que me podía hablar así como así, a mí! Al cabo yo no necesito de ningún hombre. De todos modos él sería el último con quien yo me casara.

Ni la abuela ni la tía comentaron más el asunto, pues no era novedad para ellas. Ni siquiera suspiraron. En realidad a ellas tampoco les importaba si Luisa se casaba o no. Sabían perfectamente que de todos modos haría lo que se le antojara.

Pero, por lo visto, Juvencio pensaba distinto.

No se retiró como habían hecho todos los anteriores pretendientes después de un encuentro de estos. No, a los cuatro días reapareció por la tienda, y Luisa se sorprendió al verlo cara a cara en el mostrador. Parecía haber olvidado que ella lo había corrido y que entraba a la tienda más bien como por costumbre.

Luisa no estuvo muy amigable. Pero también, como por costumbre, lo invitó a almorzar.

Por unos cuantos días, todo marchó bien.

Pero una tarde ella sostenía que una vaca puede dar leche antes de haber tenido becerro. Afirmaba haber aprendido esto en el colegio de los Estados Unidos. Por lo que él contestó:

—Escucha, Licha; si aprendiste eso en una escuela gringa, entonces los maestros de esa escuela no son más que unos asnos estúpidos, y si todo lo que aprendiste allá es por el estilo, entonces tu educación deja mucho que desear.

—¿Quieres decir que tú sabes más que esos profesores; tú, tú, campesino?

—A lo mejor —replicó él riendo—. Justamente porque soy un campesino, sé que una vaca, hasta no haber tenido crío no puede dar leche. —Después añadió burlonamente—: Aunque la ordeñes por detrás o por delante. De donde no hay leche, no puedes sacarla.

—¡Así que quieres decirme que yo soy una burra, una idiota, que jamás pasé un examen! Pues déjame decirte una cosa: las gallinas no necesitan de gallo para poner huevos.

—¡Correcto! —dijo Juvencio—. Absolutamente cierto. Y, ¿sabes?, hasta hay gallos que ponen ellos los huevos cuando las gallinas no tienen tiempo para hacerlo. Y hay mulas que pueden parir y también es cierto que hay muchos niños que nacen sin tener padre.

Luisa repuso:

—¡Conque gozas contradiciéndome! ¡ Después de todo, yo me educaba mientras tú alimentabas marranos!

—Si nosotros, y me refiero a todos los campesinos como yo, no alimentáramos puercos, todos tus sabihondos profesores se morirían de hambre.

En oyendo esto último, Luisa montó en cólera. Nunca pensó él que un ser humano podía encolerizarse tanto. Ella gritaba a todo pulmón:

—Admites, ¿sí o no, que yo tengo la razón?

—Tú tienes la razón. Pero una vaca que no ha tenido crío no tiene leche. Y si existe una vaca de esas que tú dices, es un milagro, y los milagros son la excepción. En agricultura no podemos depender ni de milagros ni de excepciones.

—¿Así es que te sigues burlando de mí, insultándome?

—No te estoy insultando, Licha; te estoy exponiendo hechos que por la práctica sé mejor que tú.

La calma con la que él había pronunciado estas palabras enfureció más a Luisa.

Se acercó a la mesa sobre la cual había un grueso jarrón de barro. Lo tomó en sus manos y lo lanzó a la cabeza de su antagonista.

La piel se le abrió y la sangre empezó a correr por la cara de Juvencio en gruesos hilos.

En las películas hollywoodenses, la joven heroína, preocupadísima y sinceramente arrepentida de su arrebato, lavaría la herida con un pañuelo de seda, al mismo tiempo que acariciaría la pobre y adolorida cabeza cubriéndola de besos, e inmediatamente después ambos marcharían al altar para vivir eternamente felices y contentos hasta que la muerte los separara.. .

Luisa se limitó a reír sarcásticamente, y viendo a su novio cubierto de sangre, gritó:

—Bueno, espero que esta vez sí quedes escarmentado. Y si aún quieres casarte conmigo, aprende de una vez por todas que yo siempre tengo la razón, parézcate o no.

El fué a ver al médico.

Cuando se vió por el pueblo a Juvencio con la cabeza vendada, todos adivinaron que él y Luisa habían estado muy cerca del matrimonio y que la herida que mostraba era el epílogo natural e inevitable en tratándose de Luisa.

Pero a pesar de todas las conjeturas y murmuraciones, dos meses después Luisa y Juvencio se casaban.

Las opiniones de los amigos a este respecto eran muy variadas. Unos decían que Juvencio era un hombre muy valiente al poner su cabeza en las garras de una tigresa. Otros aseguraban que el deseo carnal lo había cegado momentáneamente, pero que ya despertaría en poco tiempo. Otros comentaban que no, que todo era al contrario, que seguramente las cosas ya habían ido tan lejos que él se había visto obligado a casarse. Y aún otros sostenían que en el fondo de todo estaba la avaricia y el interés que le hacían aguantarse y olvidar todo lo demás, aunque, agregaban seguidamente, esto les sorprendía sobremanera, porque Juvencio no tenía necesidad de dinero. Hasta había quien aseveraba que Juvencio era un poco anormal y que, a pesar de su aspecto viril, gozaba estando bajo el yugo y dominio brutal de una mujer como Luisa. De todos modos ninguno lo envidiaba, ni siquiera aquellos que habían pretendido su fortuna. Todos afirmaban sentirse muy contentos de no estar en su lugar.

Durante los agasajos motivados por el casamiento, Juvencio puso una cara inescrutable. Mas cuando le preguntaban como iban a arreglar tal o cual asunto de la casa o de su vida futura, siempre contestaba que todo se haría según los deseos de Luisa. A veces, ya avanzada la noche, y con ella también las copas, muchos caballeros y hasta algunas damas bromeaban acerca de la novia decidida y autoritaria y del débil y complaciente marido.

Un grupo de señoras, ya entradas en años, opinaban que una nueva era se implantaba en México y que las mujeres por fin habían alcanzado sus justos y merecidos derechos.

Mas todas estas bromas tendientes a ridiculizarlo, dejaban a Juvencio tan indiferente como si estuviera en la luna.

En pleno banquete de bodas, uno de sus amigos, que había libado más de lo debido, se levantó gritando:

—Vencho, creo que te mandamos una ambulancia mañana temprano ¡para que recoja tus huesos!

Fuertes carcajadas se escucharon alrededor de la mesa.

Este era un chiste no sólo de muy mal gusto, sino en extremo peligroso. En México, bromas de esta índole, ya sea en velorios, bautizos o casamientos, seguido provocan que salgan a relucir las pistolas y hasta llega a haber balazos. Y esto sucede aún en las altas esferas sociales. Cientos de bodas han terminado con tres o cuatro muertos, incluyendo a veces al novio. Hasta se ha dado el caso de que un tiro extraviado alcance también a la novia.

Pero aquí todo terminó en paz.

La fiesta había sido en casa de la desposada y había durado hasta bien entrado el día siguiente. Cuando al fin se fueron los últimos invitados, con el estómago lleno y la cabeza aturdida por la bebida, ansiando llegar a descansar, la novia se retiró a su recámara, mientras que el novio fué al cuarto que ya ocupara antes de carsarse, cuando por algún motivo permaneciera en el pueblo. •

La verdad es que a estas alturas nadie hubiera reparado en lo que hacían los novios, si estaban juntos o en cuartos por separado, ni tenían el menor interés en saber dónde pasarían las siguientes horas.

Más tarde, cuando los recién casados desayunaban en compañía de su tía y su abuela, la conversación era lenta y desanimada. Las dos señoras tristeaban sentimentales, pues Luisa abandonaría en unos momentos más la casa definitivamente. El matrimonio sólo cambiaba una que otra frase indiferente acerca de la inmediata ida al rancho y lo más urgente por instalar en la nueva casa.

Con la ayuda de los sirvientes del rancho y de la vieja ama de llaves, Luisa procedió a arreglar sus habitaciones.

Llegada la noche, Luisa se acostó en la nueva, blanda y ancha cama matrimonial. Pero quien no vino a acostarse a su lado fué su recién adquirido esposo.

Nadie sabe lo que Luisa pensó esa noche. Pero es de suponerse que la consideró vacía e incompleta, pues después de todo era una hembra, ahora ya de veinticinco años, y el hecho de pasar esta noche como las anteriores en su casa no dejaba de confundirla e intrigarla. Sabía perfectamente que existe una diferencia entre estar y no estar casada.

Pero no tuvo oportunidad de investigar personalmente esta diferencia, porque también la siguiente noche permaneció sola.

Se alarmó seriamente.

“¡Dios mío! —exclamó mentalmente—. Santo Padre que estás en los cielos. ¿No será que está impedido? ¿O será tan inocente que no sabe qué hacer? ¡Imposible! En ese caso sería un fenómeno. El primero y único mexicano que no sabe que hacer en estos casos. No, eso queda descartado desde luego, especialmente en un ranchero como él, que a diario ve esas cosas en vacas y toros. En fin… ¡Virgen mía! ¿Qué tendré yo que insinuarle? ¡Demonios! Ni modo que mande por mi abuela para que le cuente como la abeja vuela de flor en flor y ejecuta el milagro. .. ¡Qué raro! ¿Tendrá algún plan premeditado?… ¡Si sólo se acercara por mi recámara! … Cuando pienso en lo apuesto que es, tan varonil y fuertote . .. Realmente el más hombre de toda la manada de imbéciles que conozco. No se me antoja ningún otro, lo quiero a él, tal y como es.”

Daba vueltas en la blanda cama matrimonial, tan suave y acogedora.

No podía conciliar el sueño.

Sucedió tres días después, por la tarde.

Juvencio, que desde muy temprano en la mañana acostumbraba salir a caballo a revisar las siembras, había regresado a almorzar. Una vez que hubo terminado, se sentó en una silla mecedora en el gran corredor de la parte posterior de la casa. A un lado, sobre una mesita, se encontraba el periódico que antes había estado leyendo con poco interés.

En el mismo corredor, a unos cuatro metros, Luisa hojeaba distraídamente una revista, arrellanada en una hamaca con un mullido cojín bajo su cabeza.

Desde que estaban en el rancho, casi no se dirigían la palabra. Parecía como si cada uno estuviera reconociendo el terreno para saber como guiar mejor la conversación a modo de evitar fricciones. Lo que es en esta casa de recién casados no se oían los empalagosos cuchicheos propios de casi todas las parejas durante su luna de miel.

¿Sería que Juvencio, para no provocar los arranques de furia de Luisa, prefería eludir toda conversación, cuando menos durante las primeras semanas? Mas con honda intuición femenina, ella presentía que algo extraño flotaba en el ambiente.

El hecho de que durante varias noches él la esquivara como si fuera solamente una huésped de paso, la tenía desconcertada. En su mente repasaba lo acontecido desde su llegada al rancho.

El día anterior, durante el desayuno, él había preguntado:

—¿Dónde está el café?

—Pídeselo a Anita, yo no soy la criada —había contestado Luisa secamente.

El se había levantado de la mesa y traído personalmente el café de la cocina. Terminado el desayuno ella había regañado fuertemente a Anita por no darle a tiempo el café al señor, pero ella se excusó explicando que estaba acostumbrada a servírselo después de que terminaba de comer los huevos, pues de otro modo se le enfriaba, y como le gustaba el café hirviendo. ..; que si de pronto el señor cambiaba de opinión, ella no podía adivinarlo.

—Está bien. Olvídate del asunto, Anita —había dicho Luisa, cerrando así el incidente.

La tarde era calurosa y húmeda. Aunque el corredor tenía un amplio techo salido que lo colocaba por todos lados bajo sombra, estaba saturado, como todo el ambiente, de un bochorno pesado y sofocante. En el inmenso patio no parecía moverse ni la más insignificante hierba. El calor era soportable sólo permaneciendo sentado y casi inmóvil o recostado meciéndose muy ligeramente en una hamaca. Y desde luego no haciendo más uso del cerebro que el mínimo para distinguirse de los animales.

Ni éstos se movían en el patio. Apenas si ahuyentaban somnolientamente las moscas, cuando las infames insistían en picarles sin piedad.

No muy lejos, en el mismo corredor, en un aro colgado de una de las vigas del techo, descansaba un loro perezoso. De vez en cuando soltaba alguna ininteligible palabra, tal vez soñando en voz alta.

Sobre el peldaño más alto de la corta escalera del patio al corredor, un gato dormía profundamente. Bien alimentado, yacía sobre su espinazo con la cabeza colgando hacia el siguiente escalón. Allí estaba plácidamente tendido con esa indiferencia que poseen ciertos bichos que no tienen que preocuparse por la seguridad de sus vidas o por la regularidad de sus comidas.

Bajo la sombra de un frondoso árbol en el patio, podía verse amarrado a Prieto, el caballo favorito de Juvencio, y a unos cuantos pasos, sobre un banco viejo de madera, la silla de montar, pues Juvencio tenía la intención de ir por la tarde a dar una vuelta por el trapiche que tenía instalado en el mismo rancho.

El caballo también dormía. Obligado por el peso de la cabeza colgada, su cuello lentamente se estiraba y alargaba, centímetro por centímetro, hasta que la nariz del animal tocaba el suelo, donde aún le restaba algo de rastrojo por comer. Al contacto con éste se despertaba, se enderezaba y miraba a su alrededor, mas percatándose de que nada importante había ocurrido en el mundo mientras él dormía, volvía a cerrar los ojos y a colgar de nuevo la cabeza.

Juvencio, pensativo, pues hasta un mediano observador podía notar que un grave problema lo perturbaba, recorrió con la mirada el cuadro que aparecía ante sus ojos. Observó primero al loro, después al gato, y por último al caballo.

Esto trajo a su mente un cuento entre los muchos que su apreciadísimo y querido profesor de gramática avanzada, don Raimundo Sánchez, le había contado un día en clase, explicando el cambio que habían sufrido ciertos verbos con los siglos. El cuento había sido escrito en 1320 y tenía algo que ver con una mujer indomable que insistía siempre en mandar sólo ella.

“El cuento es mucho, muy antiguo —pensó Juvencio— pero puede dar resultado igual hoy que hace seiscientos años. ¿De qué sirve un buen ejemplo en un libro si no puede uno servirse de él para su propio bien?”

Cambió su silla mecedora de posición y la colocó de tal modo que podía dominar con la vista todo el patio. Levantó los brazos, se estiró ligeramente, bostezó y tomó el periódico de la mesa. Después lo volvió a dejar.

De pronto clava su vista en el perico, que amodorrado se mece en su columpio a sólo unos tres metros de distancia, y le grita con voz de mando:

— ¡ Oye, loro! ¡Ve a la cocina y tráeme un jarro de café! ¡ Tengo sed!

El loro, despertando al oír aquellas palabras, se rasca el pescuezo con su patita, camina de un lado a otro dentro de su aro y trata de reanudar su interrumpida siesta.

—¿Conque no me obedeces? ¡Pues ya verás!

Diciendo esto desenfundó su pistola que acostumbraba traer al cinturón. Apuntó al perico y disparó.

Se oyó un ligero aleteo, volaron algunas plumas y el animalito se tambaleó tratando todavía de asirse al aro, pero sus garras se abrieron y el pobre cayó sobre el piso con las alas extendidas.

Juvencio colocó la pistola sobre la mesa después de hacerla girar un rato en un dedo mientras reflexionaba. Acto seguido miró al gato, que estaba tan profundamente dormido que ni siquiera se le oía ronronear.

—¡ Gato! —gritó Juvencio—. ¡Corre a la cocina y tráeme café! ¡Muévete! Tengo sed.

Desde que su marido se había dirigido al perico pidiéndole café, Luisa había volteado a verlo, pero había interpretado la cosa como una broma y no había puesto mayor atención al asunto. Pero al oír el disparo, alarmada, se había dado media vuelta en la hamaca y levantado la cabeza. Después había visto caer al perico y se dió cuenta de que Juvencio lo había matado.

—¡Ay, no! —había murmurado en voz baja—. ¡Qué barbaridad!

Ahora que Juvencio llamaba al gato, Luisa dijo desde su hamaca:

—¿Por qué no llamas a Anita para que te traiga el café?

—Cuando yo quiera que Anita me traiga el café, yo llamo a Anita; pero cuando quiera que el gato me traiga el café, llamo al gato. ¡Ordeno lo que se me pegue la gana en esta casa!

—Está bien, haz lo que gustes.

Luisa, extrañada, se acomodó de nuevo en su hamaca.

—Oye, gato. ¿No has oído lo que te dije? —rugió Juvencio.

El animal continuó durmiendo con esa absoluta confianza que tienen los gatos que saben perfectamente que mientras haya seres humanos a su alrededor, ellos tendrán segura su comida sin preocuparse por buscarla —ni por granjeársela siquiera—, aunque algunas veces parezcan condescendientes persiguiendo algún ratón. Esto lo hacen, no por complacernos, sino única y exclusivamente porque hasta los gatos se fastidian de la diaria rutina y a veces sienten necesidad de divertirse corriendo tras un ratón, y así variar en algo la monotonía de su programa cotidiano.

Pero por lo visto Juvencio tenía otras ideas con respecto a las obligaciones de cualquier gato que viviera en su rancho. Cuando el animal ni siquiera se movió para obedecer su orden, cogió la pistola, apuntó y disparó.

El gato trató de brincar, pero, imposibilitado por el balazo, rodó una vuelta y quedó inmóvil.

—Belario —gritó Juvencio en seguida, hacia el patio.

—Sí, patrón; vuelo —vino la respuesta del mozo, desde uno de los rincones del patio—. Aquí estoy, a sus órdenes, patrón.

Cuando el muchacho se había acercado hasta el primer escalón, sombrero de paja en mano, Juvencio le ordenó:

—Desata al Prieto y tráelo aquí.

—¿Lo ensillo, patrón?

—No, Belario. Yo te diré cuando quiera que lo ensilles.

—Sí, patrón.

El mozo trajo el caballo y se retiró en seguida. La bestia permaneció quieta frente al corredor.

Juvencio observó al animal un buen rato, mirándolo como lo hace un hombre que tiene que depender de este noble compañero para su trabajo y diversión,  y a quien se siente tan ligado como a un íntimo y querido amigo.

El caballo talló el suelo con su pezuña varias veces, esperó un rato serenamente y percibiendo que sus servicios no eran solicitados en ese momento, intentó regresar en busca de sombra bajo el árbol acostumbrado.

Pero Juvencio lo llamó:

—Escucha, Prieto; corre a la cocina y tráeme un jarro de café.

Al oír su nombre, el animal se detuvo alerta frente a su amo, pues conocía bien su voz, pero como éste por segunda vez no hiciera el menor ademán de levantarse, comprendió que no lo llamaba para montarlo, ni para acariciarlo, como solía hacerlo a menudo. Sin embargo, se quedó allí sosegadamente.

—¿Qué te pasa? ¡Me parece que te has vuelto completamente loco! —dijo Luisa, abandonando la hamaca, sobresaltada. En su tono de voz notábase una mezcla de sorpresa y temor.

—¿Loco, yo? —contestó firmemente Juvencio—. ¿Por qué he de estarlo? Este es mi rancho y éste es mi caballo. Yo ordeno en mi rancho lo que se me antoje igual como tú lo haces con los criados.

Luego volvió a gritar furioso:

—¡Prieto! ¿Dónde está el café que te pedí?

Tomó nuevamente el arma en su mano, colocó el codo sobre la mesa y apuntó directamente a la cabeza del animal. En el preciso instante en que disparaba, un fuerte golpe sobre la misma mesa en que se apoyaba le hizo desviar su puntería. El tiro, extraviado, no tuvo ocasión de causar daño alguno.

—Aquí está el café —dijo Luisa, solícita y temblorosa—. ¿Te lo sirvo?

Juvencio, con un aire de satisfacción en su cara, guardó la pistola en su funda y comenzó a tomar su café.

Una vez que hubo terminado, colocó la taza sobre la bandeja, y, levantándose, gritó a Belario:

—¡Ensilla el caballo! Voy a darle una vuelta al trapiche, a ver cómo van allá los muchachos.

Al aparecer Belario a los pocos instantes, jalando el caballo ya ensillado, Juvencio, antes de montarlo, lo acarició afectuosamente, dándole unas palmaditas en el cuello.

Luisa no regresó a su hamaca. Clavada al piso, parecía haber olvidado para qué sirven las sillas, y permanecía espantada, con la vista fija en todos los movimientos de Juvencio, quien cabalgaba hacia el portón de salida.

De pronto éste rayó el caballo y, dirigiéndose a ella, le gritó autoritariamente:

—Regreso a las seis y media. ¡Ten la cena lista a las siete! ¡En punto! —Y repitiendo con voz estentórea, agregó—: ¡He dicho en punto!

Espoleó su caballo y salió a galope.

Luisa no tuvo tiempo de contestar. Apretó los labios y tras un rato, confusa, se sentó en la silla que había ocupado antes Juvencio. Allí se quedó largo tiempo dibujando con la punta de su zapato figuras imaginarias sobre el piso del corredor mientras por su mente desfilaban quién sabe cuántas reflexiones. De pronto, como volviendo en sí, iluminó su cara con una sonrisa y se levantó de su asiento.

Fué directamente hacia la cocina.

Durante la cena se cruzaron muy pocas palabras.

Cuando Juvencio hubo terminado su café y su ron, dobló la servilleta lenta y meticulosamente. Antes de abandonar el comedor dijo:

—Estuvo muy buena la cena. Gracias.

—Qué bueno que te agradó. —Con estas palabras, Luisa se levantó y se retiró a sus habitaciones.

Faltaban dos horas para la medianoche, cuando tocaron a la puerta de su recámara.

—¡Pasa! —balbuceó Luisa con expectación.

Juvencio entró. Se sentó a la orilla de la cama y, acariciándole la cabeza, dijo:

—Qué bonito cabello tienes.

—¿De veras?

—Sí, y tú lo sabes.

Pronunciadas estas palabras, cambió por completo su tono de voz.

—¡Licha! —dijo con voz severa—. ¿Quién da las órdenes en esta casa?

—Tú, Vencho. Tú, naturalmente —contestó Luisa, hundiéndose en los suaves almohadones.

—¿Queda perfectamente aclarado?

—Absolutamente.

—Lo digo mucho muy en serio. ¿Entiendes?

—Sí, lo comprendí esta tarde. Por eso te llevé el café. Sabía que después de matar al Prieto seguirías conmigo. ..

—Entonces que nunca se te olvide.

—Pierde cuidado. ¿Qué puede hacer una débil mujer como yo?

El la besó.

Ella lo abrazó, atrayéndolo cariñosamente a su lado

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