LA PARED DE ADOBES

LA PARED DE ADOBES

Germán List Arsubide


Cuando Isabel le dijo que sí, Juan María esperó al domingo y en vez de pasárselo envuelto en su sarape tocando el organillo, se fue al campo, buscó lugar y se puso a construir su jacal. Hizo adobes con la tierra negra y apretada y levantó la primera pared trabajando en silencio, oyendo ampliarse la mañana en el canto metálico de las chicharras.
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El capataz vomitaba injurias que hacían levantarse al caballo azotado por el retintín de las espuelas… ¿el jacal? ¿con permiso de quien?, ¿la tierra es tuya?… largo… y el chicote cayó como una lacerante injuria.
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La pared de adobe se quedó en la soledad del mediodía, destacando su obscura mancha bajo el encono del sol.
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… Dicen que Isabel se jué ayer pa la ciudá… como Juan María no pudo hacerle casa…
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El capataz llegaba. Desde la pared de adobes abandonada en el campo, el cañón de un fusil lo siguió… lo siguió… tronó… La tarde se desangraba en el cuerpo inmóvil del capataz.
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Aquí, dijo el oficial –Juan María se quitó el sarape y lo puso a sus pies, se recargó contra la pared de adobes, pensó en Isabel que estaba en la ciudad. Los cinco ojos de los fusiles lo miraban implacables. El oficial gritó ¡fuego! Y Juan María alcanzó a ver que la tierra se hacía negra con su sangre. Luego arreció la noche en el canto monótono del grillo.

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