LA MARCHA NUPCIAL

LA MARCHA NUPCIAL

Rafael F. Muñoz

TRES JINETES se detuvieron frente a una casa pintada de azul, la de mejor aspecto en la calle despoblada de transeúntes. Uno desmontó, y mientras se quitaba las espuelas apoyándose con una mano en la cabeza de la silla, dio órdenes a los otros dos.

—Tú te buscas un cura y te lo traes aunque sea a cabeza de silla, ¿verdad? y Nicolás se queda aquí ajuera, cuidando los caballos . . .

Se adelantó a la puerta y golpeó con el puño. La llamada resonó en el zaguán con redoble de tambor, mas la puerta permaneció cerrada.

—Abran, mujeres . . . no tengan miedo.

De nuevo, los golpes hicieron vibrar las herradas maderas del portón, se abrió el postigo de una ventana, asomó una cara, y la mampara volvió a cerrarse. Se oyeron dentro voces precipitadas, pasos, carreras, los cerrojos que reforzaban la puerta, y giró una hoja, resbalando sobre el piso de cantera.

—Vengo a ver a los papás de la niña Roberta.

—Sea con Dios, señor.

El recién llegado soltó un gruñido y penetró a la casa, observando con sus ojos saltones e inquietos todos los rincones del zaguán, el corredor de arcos sostenidos por pilares de adobe, y el corral que había hacia el fondo, donde una vaca lechera rumiaba echada sobre la paja.

La que abrió era una señorita de medio siglo, con lacios cabellos color de plomo, recogidos en mitad de la cabeza con un molote vertical. Su piel blanca, muy arrugada, y sus manos finas, cruzadas sobre el pecho en actitud beatífica, la presentaban como una mujer de la clase media, completando su aspecto un vestido de seda, de falda que arrastraba barriendo el suelo, blusa de cuello alto y anticuadas mangas de globo.

—Por aquí, señor.

Indicó la puerta de una salita que estaba a oscuras, y se adelantó para abrir la ventana. Penetró un rayo macilento de

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sol poniente, iluminando el saloncillo pretensioso que olía a humedad: viejos muebles austriacos de curvas maderas color café y bejuco tejido, alfombra en que, por el uso, se había señalado la cuadrícula de los ladrillos, y en las paredes pintadas de cal y decoradas con una cenefa de papel representando racimos de uva, dos grandes amplificaciones de crayón. Una representaba a los dueños de la casa en la lejana fecha de su matrimonio: él, de largos bigotes negros y cabellos ensortijados, con la diestra posada en el hombro de ella, tocada con velo blanco ceñido con azahares. El otro retrato era de un militar de los tiempos de la Reforma, de bigote horizontal y perilla a la mosquetera, kepis aplastado y dormán de cuello de astracán, en que resplandecían dos medallas iluminadas a colores por el amplificador, y que fueron premio de la gran hazaña del coronel Orantes, padre de las damas de la casa, que consistió en haber acompañado al señor Juárez, desde Chihuahua hasta Paso del Norte.

En un rincón, en difícil equilibrio sobre una columna, un busto en yeso del general Díaz, con ambas orejas desportilladas, estaba cubierto con un velo pardo, quizá como señal de luto, o bien para cuidarlo del polvo. Y además, esquinado en un ángulo, el piano alemán que la señorita tocaba sólo los días de fiesta.

Entró un hombre ya grande, de cabellos y bigotes blancos, nariz larga y ojos vivos que le daban aspecto de coyote, siguiéndole una mujer alta y enjuta, también con los cabellos blanquecinos retorcidos en molote sobre la cabeza. Eran los del retrato, y todavía él acostumbraba descansar la mano, ya pesada y temblorosa, en el hombro de su compañera.

—Mi cuñado . . . mi hermana…

—Ya sabrán ustedes quién soy . . . Me denominan Francisco Villa .. .

—Sí, general, sabemos que ha entrado usted esta mañana.

Nadie le ofreció asiento, y el visitante, después de asomarse detrás del piano, se acomodó en una mecedora y comenzó a balancearse levantando las piernas a cada compás. Se había echado el sombrero texano hacia atrás, y se veía su cara redonda, coronada de rizos oscuros; la boca grande y de labios anchos, abierta, dejaba ver los dientes macizos, como de bestia de presa, y la mirada fija y recta como un clavo, parecía

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adivinar el recelo con que recibían aquellas gentes, su inesperada visita.

—Pues usted dirá .. .

—Vine a casarme con Roberta . Hace tres años que la vide, pero pasé muy de prisa porque me venían siguiendo, ¿verdad? Y desde entonces me hice el plan de ser su marido. Hora que tengo un respiro, pues aquí vengo a pedirla.

Los tres de la casa quedaron en silencio. De pie frente al hombre que tiene el más fatídico prestigio, llamado “El Azote del Norte”, se veían unos a otros. El viejo de la cara de coyote alargó la boca en un gesto de disgusto, y las guías de los bigotes blancos colgaron a los lados. La señorita que abrió la puerta acariciaba nerviosamente con sus manos blancas un medallón en que guardaba el retrato del pretendiente que treinta años antes la había dejado plantada, y la esposa retrocedió un paso, hacia la puerta abierta al corredor de grandes arcos, y la cerró.

—Mi hija no está en la ciudad, general .. . La hemos mandado a Chihuahua .. .

El cabecilla dio un salto de felino y se puso en pie. —No es cierto . .. No es cierto.

—Hace quince días la hemos mandado . . . Agregó dulcemente la señorita del vestido de seda.

—No mientan, viejos científicos . . . Yo sé que está aquí porque me lo dijeron los muchachos que tengo espiando.

Los ojos le brillaban con reflejos rojizos, y en las comisuras de su boca bestial apareció una leve espuma.

—Yo la he de encontrar .

Fuese hacia la puerta, en la que el padre y las dos mujeres se habían apretado, y de un violento tirón derribó a la señorita del medallón de oro hasta el rincón del piano.

—Ábranse, que voy a buscarla .. .

—No pasa usted .

—Me canso .

Forzudo como era, le fue fácil apartar a los dos esposos de frente a la puerta; de un empellón hizo saltar de las bisagras las hojas, y salió al corredor. Un muchachito de diez o doce años estaba ahí, temblando, con una vieja carabina en las manos; quiso ocultarse tras uno de los pilares de adobe, y levantaba el treinta-treinta para hacer fuego, cuando un cer-

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tero disparo de pistola le hizo caer en mitad del patio, con un hilo de sangre manando de la frente. Los labios infantiles se agitaron, y quedaron rígidos en una amarga sonrisa.

Con el arma en la mano, el hombre terrible penetró en todos los cuartos, movió las camas, abrió los armarios dispersando la ropa, tumbó a puntapiés los lavabos que se hicieron añicos en los pisos de ladrillo, disparó contra los espejos, destrozó los vidrios de las puertas golpeándolos con el cañón de la pistola.

—Señor . . . Señor . . .

Las mujeres le seguían, llorando, tomándole de los brazos, arrastrándose tras él, desgarrándose sus ropas. El padre se movió lentamente hacia el niño caído, e intentó levantar la carabina, pero fue derribado como una masa sobre el cadáver del hijo sin poder producir ni siquiera una queja, víctima de la “derechera” pistola.

El hombre siguió buscando; entró al comedor y volteó la mesa patas arriba con un empellón terrible; de los cristaleros arrojó la loza que estalló en lluvia de trozos de porcelana; buscó en la cocina, buscó en el baño. En el corral, donde la vaca lechera seguía rumiando, vio una escalera colocada junto a la pared.

—Baja, niña, que no te voy a hacer nada . . .

Como nadie contestara, subió lentamente los peldaños de la escalera, hasta asomar, un poco desconfiado, por sobre el pretil. En un rincón, con la cabeza oculta entre las manos, una mujercita vestida de amarillo se ocultaba, asustada por los gritos y los disparos.

—Ven acá, niña, que no te voy a hacer nada . . .

Los ojos del cabecilla volcaron llamaradas .de deseo, más horribles aún que las de odio. Su boca volvió a sonreír, y procuraba hacer amable la voz gruesa.

—Me voy a casar contigo . . . no tengas miedo.

Se puso en pie la mujercita. Era realmente linda; nariz pequeña y fina, entre dos grandes ojos oscuros de mirada curiosa, y sobre una boca chiquita, entreabierta. Grandes trenzas le caían a los lados del óvalo de su rostro, y de pie, tímida, se veía su silueta delgada, graciosa, inmóvil en el centro de la azotea. Estaba pálida y temblaba ligeramente.

—¿Qué me quere, señor?

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—Me voy a casar contigo . . .

Abajo, las dos mujeres, deshechos sus peinados de cabellos canosos, rotos los trajes de seda, los ojos enrojecidos y secos de tanto llorar, se prendieron de la escalera y comenzaron a zarandearla .. .

—¡Quítense . . .!

Como no se quitaban, y ya la escalera comenzaba a perder el equilibrio, el bandido hizo dos disparos, y las mujeres quedaron tumbadas en el suelo. La niña dio un grito de horror, pero avanzó cubriéndose la cara con las manos. Villa la tomó en peso, y apretándola contra su pecho para que no viera el espectáculo de sus familiares caídos, la fue llevando hasta la salita, único sitio de la casa que se había quedado en orden. Comenzó a acariciarla, limpiando sus lágrimas con el sucio pañuelo rojo que llevaba al cuello. La muchacha se fue calmando y preguntó.

—¿Vendrá un padre?

—Sí vendrá . . . ya no ha de tardar . . .

Comenzó a oscurecer. Desaparecieron los rayos de luz que entraban por la ventana, y la salita quedó en la penumbra. La niña estaba sentada en una mecedora, y el hombre, acurrucado a sus pies, recostaba la cabeza en su regazo, y se apretaba amorosamente en sus rodillas. Le hablaba en voz baja, pidiéndole perdón por haber sido tan malo.

—No tendrás ni de qué quejarte . . .

Parecía que la casa era única en mitad de un desierto, pues sólo silencio caía sobre la ciudad espantada con la presencia de los villistas. Por las calles, sucias y abandonadas, no pasaba nadie; todas las puertas, todas las ventanas, estaban cerradas, ahogando los pocos rumores que vibraban dentro. De cuando en cuando, el viento traía lejano temblor de risas y cantos obscenos, de los rebeldes entretenidos en orgías de ínfimo ambiente, y luego, la población volvía a quedar sin un solo ruido, como si estuviera bajo una lápida.

El hombre inclinó la cabeza, tocó el suelo, y pegando el oído, percibió lejano golpear de cascos sobre las piedras de la calle.

—Ai vienen . . .

En efecto, a poco llegó el jinete destacado en busca de un padre, llevándolo en ancas.

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—¡Ándele, señor! Bájese aprisa, que le han de’star esperando .. .

Avanzó el sacerdote por el zaguán abierto, y retrocedió un paso ante el espectáculo de los dos cadáveres tendidos en el patiecillo, y los muebles y trastos destrozados. Quiso volverse, pero el rebelde le dio un empellón.

—¿De qué se asusta? Ni que en su vida hubiera visto dijuntos.

En la sala, el jefe seguía sentado en la alfombra, inclinado sobre el regazo de su novia. Se puso en pie rápidamente, y quitándose el sombrero, se adelantó hacia el sacerdote en actitud humilde, y le besó la mano.

—Padrecito, no quiero llevarme esta niña sin su bendición . . .

—Buena falta que te hace, hijo mío.

—Sí, padrecito . . .

Y siempre en actitud de veneración y respeto, atrajo a la niña, se colocaron delante del religioso, y éste tomando su ritual, lo abrió en los exorcismos, pensando que más necesitaba el bandolero que le echaran los demonios del cuerpo, que el sacramento del matrimonio, que por otra parte, había recibido antes muchas veces con diferentes mujeres, todas vivas aún.

—Per signus Crucis, Libera nos, Deus noster…

Receloso, el cabecilla dirigió al oficiante una mirada de soslayo. Le pareció extraña la segunda frase, que no había escuchado en sus anteriores matrimonios, pero no levantó la cabeza, y siguió oyendo con desconfiada atención.

—Imnundíssimi spíritus .. .

El rebelde, como ranchero ladino que era, sospechó que aquello que le estaban diciendo en latín no era precisamente una bendición nupcial, y comenzó a agitarse, inquieto y molesto, pensando que el oficiante le hacía una jugada. Vacilaba en interrumpir la ceremonia, cuando comenzó a distancia una balacera rapidísima, y por el portón abierto penetró a caballo el rebelde que se había quedado fuera.

—¿General, general! Aistán los changos . . .

—¡Dése prisa, padrecito . . .!

Haciendo con su diestra la señal de la cruz, el cura terminó: —Dóminus noster Jesús Christus Fillius Dei . . .

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—Díles a los muchachos que corran la voz . . . Mañana nos juntamos en Villa López, río arriba, ¿verdad? Que se vayan en grupos chicos, para amanecer ahí . . . Si los siguen, que se dispersen, ya les dejaremos dicho a dónde nos vamos . . .

El jefe montó su caballo y con el brazo subió a la pequeña en ancas. Luego, los tres jinetes emprendieron el galope en distintas direcciones.

En la noche, en una ancha llanura iluminada por la luna hinchada, enferma, que parecía ir borracha rodando sobre las crestas de las montañas, y entre las infinitas olas de las plantas salvajes en las que se mezclaban unos tallos de maíz olvidados por los segadores, caminaba sin escolta el cabecilla con su presa.

La silueta de hombre y mujer sobre el caballo se recortaba en el disco lívido de la luna. Al paso de la cabalgadura despertaban las perdices, y se elevaban, naufragando en las ondas oscuras de la noche. Cada hierba silvestre exhalaba su perfume, y la llanura se llenó de aromas. Sólo se oía el andar del caballo, hiriendo la tierra con sus cascos herrados, rumor de hojas y canto de grillos.

La muchacha, colgada con ambos brazos del cuello de su raptor, le decía muy bajito, al oído:

—¡Eres lindo . . .!

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