LA EQUIVOCACIÓN

LA EQUIVOCACIÓN

Eraclio Zepeda

HACE ALGUNOS Días NOS reuníamos en un baile, Fernando Cas-
tañón, Ernesto Gutiérrez, Fernando Solís y otros amigos
míos. Con todos ellos he cultivado íntima amistad desde la
infancia. Juntos hemos asistido a cuanto fandango de ma-
rimba ha habido en Tuxtla desde el año de 1886. Juntos tam-
bién, hemos tenido la fortuna de alternar con las bellas
damas de la sociedad tuxtleca, pertenecientes a muchas ge-
neraciones, y todavía continuamos siendo jóvenes casade-
ros. Pero, por razón de nuestros remotísimos nacimientos,
estamos ya bastante deteriorados y poco a poco vamos
cayendo en desuso, a la vez que una que otra cana inopor-
tuna se escapa a los brochazos de solución de nitrato de
plata. La vejez nos sale al encuentro a cada paso… Y el peli-
gro de una decrepitud muy próxima, se yergue amenazado-
ra en medio del sendero de nuestras vidas…
Nos reuníamos, digo, y comentábamos el hecho de que
cada fin de año una avalancha de jóvenes estudiantes, que
cursan sus estudios en las universidades de México, viene a
Tuxtla, y entonces nosotros, pobres viejos verdes, que usa-
mos todavía calzoncillos de jareta, hacemos el papel más
triste. ¡Ni una sola mirada nos dedican las mujeres jóvenes
y guapas! Pero, confirmando la teoría de Einstein, el sabio
alemán que nos prueba la ley de la relatividad, afortunada-
mente, apenas los estudiantes retornan a México, las mu-
chachas vuelven a sonreírnos, y otra vez gustosas compar-
ten con nosotros las delicias y los pisotones de una pieza de
baile…
Uno de mis amigos, no recuerdo quién, dijo:
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ron retornar a la ciudad aquella en que vivía don Hernán.
Apreciaba en alto grado aquel digno matrimonio y mis prime-
ros pasos por la gran ciudad se encaminaron a la casa de mis
viejos amigos…
La misma casa. Nada en ella había cambiado. El mismo
ajuar adornando la sala. El mismo canario gorjeando resig-
nado con la prisión de su jaula. Y el mismo perro danés,
perezoso y viejo, dormido sobre la alfombra gris. Sólo un
cambio había, pero inmenso: don Hernán y su señora, habí-
an recobrado la juventud. Había retrocedido su ancianidad
lo menos cincuenta años. Pero… ¡horror! El cuadro que con
ojos asombrados contemplé era tremendo. Mostraba la tra-
gedia de dos vidas. La señora de don Hernán alargaba su
cuerpo musculoso sobre una silla de extensión. Adornando
la rubicunda faz de la señora se retorcían dos enormes bigo-
tes colorados y, elegantemente, con toda naturalidad, fuma-
ba un puro. Don Hernán, a su vez, sentado en una silla, le
daba de mamar a un niño rubio, robusto y colorado. Me vio
don Hernán y pudoroso se subió el escote. Sobre un diván
abandonó al niño y corrió hacia mí.
—Pero don Hernán, dije. ¿Y ese niño?
—Ah, querido Grillo –contestó, –en la última Noche
Buena di a luz esa criatura con toda felicidad.
Yo estaba horrorizado. No podía articular palabra. Al fin
dije:
—Explíqueme, don Hernán, por favor.
—Algo muy sencillo –dijo don Hernán–, el médico equi-
vocó las glándulas. A mí me puso las de mona y a mi seño-
ra las de mono. ¡Pero soy tan feliz ahora que soy madre!.
Por Grillo
Renovación
, tomo I, núm.2, Tuxtla Gutiérrez, Chis. 21 de enero de 1933, p.2.
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—Si lográramos rejuvenecernos. ¡Ah!, ¡ojalá! Aquí los mé-
dicos injertan las glándulas de mono.
—¡Glándulas de mono! –grité asustado–. ¡Jamás! ¡Prime-
ro la muerte! Prefiero seguir arrastrando mi vejez con su
corte maldita de decrepitud y decadencia…
Mis amigos se alarmaron.
—¿Grillo, estás bolo? ¿Loco? ¿Qué te pasa? ¿Por qué esa
aversión al descubrimiento del sabio Voronoff? ¿No ves que
es nuestra salvación?
—Voronoff –contesté–, ¿ese asesino de indefensos chan-
gos que ha tenido la criminal ocurrencia de quitarles las
glándulas para ponérselas a los viejos chochos? Lo detesto.
—¿Pero por qué? Explica –dijo uno de los presentes.
—Voy a relatarles una horrible historia. Van a conocer la
más espeluznante tragedia que puedan imaginarse, motivada
por las glándulas de mono. Fue en una ciudad del extranjero
en donde trabé amistad con…
Pero no pude continuar, porque una cómplice de la dueña
de la fiesta se acercó presurosa.
—Señores –dijo–, vayan a bailar con las señoritas viejas
que están sentadas.
Obedecimos sumisos y resignados, y no narré la historia
a mis amigos porque un asunto urgente me obligó a aban-
donar el baile. Pero hoy me complazco en relatar la históri-
ca tragedia.
Radicaba yo en una capital del extranjero e hice amistad
con un matrimonio alemán. Él contaba 92 años, ella 88.
Un buen día, el señor, con toda reserva me dijo:
—Grillo, guárdeme el secreto. A mi mujer y a mí nos van
a injertar glándulas de mono.
—¿Glándulas de mono, a los dos? –pregunté.
—¡No, hombre! A mí de mono y a ella de mona.
—Los felicito, don Hernán –Contesté.
Transcurrió algún tiempo. Abandoné aquel país y fui a
radicar a otro. Años más tarde, circunstancias varias me hicie-

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