LA CUERDA DEL GENERAL

LA CUERDA DEL GENERAL

Rafael F. Muñoz

Poco ANTES de la medianoche, el comedor del Club estaba en plena animación; todos los presentes, cuarenta o cincuenta, habíamos terminado de cenar y saboreábamos licores y tabacos en animadas charlas, esperando las doce campanadas que anunciarían la apertura de los salones de juego. El rumor de las conversaciones había crecido a tal grado, que dominaba por completo cualquier otro ruido, y a veces era necesario hablar a gritos para hacerse oír por los compañeros de mesa; en la nuestra era el anfitrión un caballero de cerca de sesenta años, ganadero riquísimo del Norte, impecable en su aspecto y sus maneras, conversador delicioso, experto en vinos y seleccionador de manjares; nos había invitado a hacer los honores a varios platillos norteños preparados bajo su dirección en la admirable cocina del Club, y, en realidad, la cena había sido espléndida.

—Dentro de un cuarto de hora —nos dijo— se abre la sala de juego, y podremos tirar una banca . . .

—Por mi parte, renuncio —contestó a mi derecha el capitán Peralta.

—¿Cómo es eso? ¿Un militar, joven, bien parecido, con dinero, que no gusta del juego?

—Hace cinco años, mi querido señor, que no toco una baraja, ni una ficha, ni arrojo una moneda a un cajón de la mesa de baccarat o a una casilla de los tapetes de la ruleta.

El capitán Ricardo Peralta decía esto lentamente, sonriendo, sentado con displicencia, mientras su brazo derecho, apoyado en el respaldo del sillón, mantenía en alto el cigarro que despedía un leve humo gris. Era un oficial simpatiquísimo; no tendría arriba de veinticinco años, pero llevaba cuando menos ocho en el servicio militar y había participad() en un gran número de combates, demostrando un valor temerario; era alto y erguido, su perfil alargado y sus ojos vivos le daban aspecto de ave de rapiña. Sonreía siempre, y hablaba y accionaba con un aplomo perfecto.

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—Sí, señores, no volveré a jugar en lo que me falta de vida . .. —añadió—, y debo advertirles que hace algunos años tenía tan arraigado el vicio del juego, que me pasaba las noches en vela manoseando barajas y fichas, o pendiente de las vueltas de la ruleta; supersticioso en extremo, huía de los ópalos, de las amatistas, tocaba madera siempre que cruzaba miradas con un bizco, entraba a las salas de juego con el pie derecho, y traía en el bolsillo una colección de amuletos: jorobados y elefantes tallados en marfil y hueso, tréboles de cuatro hojas en verde esmalte, patas de conejo, dedos de muertos envueltos en pergamino humano, herraduritas de oro … Nunca ponía mi gorra militar sobre la cama, ni mis botas con las puntas en sentido opuesto. Cuando me encontraba una herradura, daba una vuelta al derredor de ella antes de tomarla, y la levantaba con las puntas para arriba, para que su fuerza magnética no se fuera a la tierra si la colocaba en sentido contrario .

—Habla usted como un libro de magia . . .

—Me los sabía de memoria . . . Cuando estaba perdiendo en el juego, sacaba un pañuelo del bolsillo y lo ponía en el asiento y daba una vuelta a la silla; si eso era insuficiente para cambiar la suerte, me quitaba los anillos, las mancuernas, los botoncillos, la hebilla del cinturón, y echaba de mis bolsillos todo lo que fuera de metal; lapiceros, plumas, navaja, dinero, porque el metal atrae la influencia maléfica .. .

—Entonces, ganaría usted siempre .. .

—Nunca, mi querido amigo, porque me faltaba lo que es realmente infalible; la soga de un ahorcado .. .

—Para usted, oficial en campaña, no sería muy difícil conseguirla .

—Ciertamente, pero a poco de haberla obtenido, me quité para siempre del juego.

Peralta echó la silla hacia atrás, se puso de codos sobre la mesa, apagó su cigarro en el cenicero y dijo:

—Yo no sé qué opiniones tendrán ustedes sobre el espiritismo, o, si, como sucede con la mayor parte de las gentes, no tienen ninguna; debo comenzar por decir que no creo que el alma, después de la muerte del cuerpo, pueda manifestarse a los vivos, ya sea en meras apariciones, o en lo que los espiritistas llaman “manifestaciones físicas”, que es cuando las al-

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mas que vienen del otro mundo pueden obrar sobre cuerpos pesados, compactos. Tertuliano habla en términos explícitos de las mesas giratorias y de las que, por medio de golpecitos, forman palabras para contestar preguntas y dar consejos. Se atribuyen al alma de Luis XII de Francia veinticinco respuestas a otras tantas preguntas, en las que sostiene que el espíritu, para obrar sobre la materia, necesita un intermediario, el “periespíritu”, dando con esto la clave de los fenómenos espiritas materiales.

“Antes de la muerte de Saavedra, yo hubiera contestado con una sonora carcajada a quien me hubiera hablado de la posibilidad de que el alma de un muerto volviera al mundo; me parecían ridículas todas las consejas sobre ánimas en pena que andaban, dizque, espantando a las gentes por la noche, en demanda de sufragios para salir del Purgatorio, y las historias de apariciones que señalan el sitio de tesoros escondidos para lavar culpas cometidas a su paso sobre la. tierra. No de otro modo puede pensar un militar, acostumbrado a dormir en los campos de batalla, todavía regados de cadáveres espantosos, sin sufrir un minuto de insomnio por causa de los hombres destrozados por la metralla. Se acostumbra uno de tal modo al espectáculo de la muerte, ha visto tantos cadáveres ser desnudados por la soldadesca, zarandeados, conducidos en carretas, quemados con petróleo, colgados de los árboles, comidos por las fieras, que se pierde la sensibilidad, la creencia en un “más allá”, y cree uno estar convencido de que una bala acaba con todo . . .”

—Bueno, bueno . . . Díganos, ¿qué pasó con la soga del ahorcado y con Saavedra?

—Es algo verdaderamente increíble, y todavía esta noche, cuando han pasado cinco o seis años de aquélla en que comprendí que Saavedra, a quien yo había ahorcado, había vuelto al mundo y de mi propia cintura se llevaba su cuerda, todavía aquí pienso si no habré soñado toda esta historia. Pero no fue sueño; todo el país sabe los principales detalles de este relato, y lo que voy a referirles no lo sabe todavía nadie, sino yo. ¡Mozo! Una copa de coñac, doble.

El comedor estaba ya casi vacío; la mayor parte de los socios del Club se habían pasado a los billares y la cantina, y sólo en dos o tres mesas se había prolongado la charla; los

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meseros, con sus trajes negros y su aspecto hierático, permanecían inmóviles en los marcos de las puertas. Peralta bebió su copa de un solo trago, encendió un cigarrillo y visiblemente nervioso, continuó:

—Yo he ahorcado a cuarenta hombres en una sola mañana. Seguramente más que el verdugo de Londres en todo un año, y voy a referirles mis experiencias, para que, si alguna vez se les presenta la oportunidad de ahorcar a un amigo, lo hagan con todo decoro. Ha de ser cosa muy desagradable ser ahorcado por quien no sabe improvisar en un árbol un cadalso cómodo, donde la muerte por suspensión se produzca rápidamente, sin grandes molestias para la víctima. Sin duda el mejor procedimiento es sujetarla por el cuello con una cuerda en tensión y repentinamente abrir una trampa sobre la que estaba de pie, o quitarle la silla; éste es un procedimiento lento, bueno para un suicidio o una ejecución preparada con tres meses de anticipación; pero cuando tiene uno que ahorcar “inmediatamente”, echa una cuerda a la rama de un árbol, mete el cuello de la víctima en la lazada, y a “jalar” hasta que el amigo saque la lengua. Naturalmente que tampoco hay tiempo de hacer un nudo de ahorcado, como se estila en la cárcel de Newgate, donde el verdugo tiene que entretener sus ratos de ocio en dar vuelta y vuelta a la cuerda hasta que el nudo salga perfecto; aquí ahorcamos con lazada común y corriente, que es incómoda porque despelleja el cuello y es unos cuantos segundos más lenta para matar. Pero, en fin, no hay otro remedio.

“¡Mozo! Otro coñac . . . El Viernes de Dolores del año de mil novecientos . . . diez y siete, a las cinco de la mañana, con el sol ya muy alto sobre los picos de la serranía, los villistas, que venían a marchas forzadas desde la lejana frontera con Durango, iniciaron el asalto sobre la ciudad de Chihuahua. Iba a registrarse un nuevo episodio en aquel duelo que meses antes habían iniciado, por una parte, Francisco Villa, faccioso indomable, en la plenitud de su vida de guerrillero, y Francisco Murguía, general de división, el mejor “gallo” que pudo echarle el Gobierno. Yo pertenecía a las tropas del general Murguía, y participé en los combates de Estación Díaz y La Reforma, donde los villistas fueron vencidos, y en el de Rosario, donde el general Murguía tuvo que salir a matacaballo,

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dejando a varios oficiales de su estado mayor tendidos en el campo de batalla. Tuvimos que retirarnos hasta Chihuahua, y tras de nosotros, Villa tomaba Parral, Jiménez, Santa Rosalía . . .

“Los infantes, metidos en las loberas y con el mausser entre los muslos: los artilleros, asomando la cara hacia el desierto sobre las corazas grises de las piezas, no tuvieron mucho que esperar: los jinetes incansables del villismo estaban ansiosos de llegar a Chihuahua, y en tropel que levantaba una columna de polvo en el horizonte, avanzaban, avanzaban . . . Todo lo teníamos listo para la defensa; el cerro de Santa Rosa ceñía una corona, de la que los cañones de setenta y cinco eran doce picos grises; líneas de trincheras, espesos alambrados, nidos de ametralladoras, protegían la ciudad por el sur y el sureste, apoyándose en el cerro por un extremo y en el río por otro. Ahí estaba lo más fuerte de la guarnición, pues se esperaba que Villa insistiera en atacar por ese sector, donde meses antes había triunfado contra las tropas del general Treviño; pero por lo que pudiera suceder, unos cuantos cientos de infantes, con sus armas en larga línea de pabellones, pasaron la noche en la orilla norte del río, lamentándose de no poder participar en la próxima batalla.

“Las cinco de la mañana. Estos infantes apenas se desperezaban esperando el toque de diana, cuando de la Sierra Azul, situada al noroeste de la población, se desbordó rápida e incontenible la caballería villista . . . ¿Qué había sucedido? Durante la noche, mientras los faros de Santa Rosa no pestañeaban, buscando a los rebeldes hacia el sur, Villa había ordenado que todos sus hombres, en una máxima jornada, hicieran un semicírculo en redor de la ciudad, vadearan el río arriba de la presa de Chuvisear, para caer al alba sobre un sector que él creía desguarnecido. ¡Diez y seis leguas más de jornada por la sierra, para que los faros federales no se dieran cuenta del movimiento!

“¿Han visto ustedes una carga de caballería? Es algo imponente: las líneas de jinetes avanzan rápidamente por la llanura, sin disparar, mientras las ametralladoras y los fusiles de los defensores cantan su canción de muerte, sin cesar, sin cesar; las líneas obscuras registran grandes claros; caballos y jinetes se quedan en tierra, pero pronto se cubren los huecos,

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y la línea avanza, avanza; se necesita mucho valor para esperar una carga a pie firme. Nuestros infantes, sin trincheras, sin alambrados, retrocedieron por el centro de su línea, hasta apoyar en el río el vértice de un ángulo de fuego. Los villistas echaron pie a tierra, y quinientos de ellos avanzaron carabina en mano, en un supremo esfuerzo, terrible esfuerzo, para romper la línea y penetrar a la ciudad; los mandaba Saavedra, guerrillero temerario, villista de años atrás, que en el asalto de Zacatecas mereció un gran elogio de Felipe Ángeles. Villistas y soldados se mezclaron, combatieron a golpes de carabina y tiros de pistola, a gritos, a manazos e insultos. Los cañones de Santa Rosa, vueltos rápidamente hacia el norte, se quedaron con sus bocas abiertas hacia la llanura, en la imposibilidad de tirar contra la línea enemiga sin destrozar la propia. ¡Qué angustia! ¡Una segunda carga de caballería se precipitaban de la sierra, a galope . . .!

“Pero en ese momento llegaron al frente de fuego refuerzos de otros sectores; el ángulo se cerró repentinamente por los extremos, como una enorme tenaza; cientos de villistas cayeron al fuego de las ametralladoras, y mientras cuarenta supervivientes eran desarmados, la segunda carga de caballería se detenía vacilante, volvía grupas y se retiraba al galope hacia la sierra. Entre los prisioneros estaba Saavedra.

“—Capitán Peralta —dijo el jefe del sector—, monte a caballo inmediatamente, corra al cuartel general y dígale a mi general Murguía que tenemos cuarenta prisioneros .. .

“A galope atravesé plazas y recorrí calles hasta el cuartel general. El general Murguía subía a un auto cuando yo llegué: apenas tuve tiempo de brincar del caballo y pararme frente al estribo, saludar militarmente e informar: ‘Mi general, el enemigo se retira dejando cuarenta prisioneros.’ El general tenía frondosos bigotes de largas guías, que usaba apuntando hacia los ojos, pero era fama que cuando una guía apuntaba hacia abajo, era porque el general estaba encolerizado; en ese momento, las dos colgaban . . . ‘Ahórquelos, ahórquelos usted mismo . . .’ Rugió el motor del auto, y el general Murguía fuese al cerro de Santa Rosa, a presenciar la retirada de los villistas.

“Monté a caballo y piqué espuelas. Debo confesar que sentía un júbilo extraordinario; a los movimientos acompasa-

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dos del trote, me hacían retintín en el bolsillo los jorobados, los tréboles y las herraduritas de oro; se alborotaban los huesos de muerto y la pata de conejo, presintiendo la llegada de un nuevo talismán. ¡La cuerda de un ahorcado! Me pareció lento el trote, y aflojé la rienda; me pareció lento el galope, y restallé mi fusta en el cuello del caballo, azuzándolo con gritos cariñosos: ¡Corre, corre, encanto: tú y yo vamos a ahorcar a cuarenta . .!”

Nos hemos quedado solos en el comedor; han apagado muchas luces, y sólo nuestro rincón está iluminado. Peralta se había puesto de pie y montando una pierna sobre el respaldo de la silla, hablaba en voz baja, sorda, inclinado hacia nosotros; sus manos accionaban ampliamente, haciendo ademanes de jinete nervioso . . . “¡Coñac! ¡Coñac!”

“Hay en Chihuahua una ancha calzada que va de la parte central de la ciudad hacia un barrio llamado del Santo Niño, situado en la otra margen del río; grandes álamos forman una larga valla, y sus ramas frondosas se entrelazan en la altura. Por ahí galopaba yo, rabiosamente alegre, cuando me encontré con el jefe del sector, que mandaba una corta columna de soldados; en medio de ella, los cuarenta rebeldes capturados, negros de pólvora, avanzaban arrastrando los pies desnudos o pobremente calzados con teguas. Al frente de todos ellos, Saavedra me hizo mucha impresión; venía cuidadosamente afeitado; sin duda había aseado su persona para dar la carga de caballería; no traía sombrero, vestía una guayabera de lino amarrada bajo la cintura, pantalón de montar fino, de gabardina, polainas amarillas, y teguas, o sea calzado campesino, sin tacón. Era un tipo alto, y su tez, quemada por el sol y los vientos del campo, tenía restos de blancura de hombre fino; cabellos castaños coronaban su frente amplia y bien dibujada. ¡Ahorcarle! ¿Se imaginan ustedes lo que significa la cuerda de un hombre así?

“Naturalmente que en cualquier otro caso me hubiera conformado con la soga que suspendiera el cuerpo del más insignificante de aquellos prisioneros, muchachos fuertes o viejos imponentes, todos serranos de aquella región. Cansados, pero altivos en su derrota, apretaban las quijadas y nos miraban con odio. Desmonté.

“—Mi general —dije al jefe del sector—, el general Murguía

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dispone que todos los prisioneros sean ahorcados . . . aquí mismo…

“—¡Ahorcar prisioneros! ¿Es posible?

“—Son las órdenes, mi general.

“—Está bien, se los entrego.

“Recibí los prisioneros, ordené que los soldados descansaran en sus puestos mientras me traían cuarenta sogas de una tienda cercana; entre los villistas corrió la voz de que iban a ser colgados en las ramas de los álamos .. .

—Más valía haber muerto peleando’, dijo un muchacho al que apenas le comenzaba a crecer la barba. ‘A mí, me da lo mesmo —agregó un hombre de pelo entrecano, cubierto de polvo, que traía un anillo de oro en la mano izquierda. Pa’ las veces que he visto la calaca de cerca.’ Uno de los prisioneros, muy obscuro de color, que traía puesto un ancho sombrero de la región lagunera, murmuró algo en voz baja. ‘Cállate, prieto —dijeron los otros inmediatamente—, aquí no se raja naiden

“Me trajeron las cuerdas, sogas corrientes, de lechuguilla, gruesas y rasposas, y dos o tres soldados comenzaron a hacer las lazadas; no se pueden hacer cuarenta nudos de ahorcar en un momento; y mientras estaban listas, se me acerca Saavedra y sonriendo me dice:

“—Capitán, ¿permite usted que escriba unas líneas a mi familia . . .? Vive aquí, en la ciudad.

“Le tendí mi cuaderno de apuntes y mi lapicero, y él comenzó a escribir lentamente con letra redonda, de maestro de escuela o de empleado de juzgado, una carta a su esposa.

“–¿Sabe usted? —me dijo el prisionero. Ella no quería que yo siguiera de villista, cuando pasamos por aquí hace dos años, derrotados en Celaya, y siempre me decía: ¡ Verás, Miguel, cómo han de matarte como a un perro . . .!’ y ahora, aquí tiene usted mi despedida, y le agradeceré se la lleve personalmente .. .

“Su cara no revelaba la menor alteración cuando me tendió mi cuaderno de apuntes, abierto en la página escrita. Leí: `¿Te acuerdas que me dijiste que habría de ser muerto como un perro? Hoy se cumplen tus deseos, pues me van a ahorcar. —Miguel Saavedra’, y una rúbrica larga, de fáciles curvas. ¡Listo!, dijo.

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`–Volví a colocarme sobre mi caballo, ensillado con montura militar; tomé una soga, busqué con la vista una rama que estuviera casi horizontal y tiré la punta de la cuerda por encima de ella. Aquí debo referirles otra de mis experiencias, para cuando se les ofrezca; busquen una horqueta, para que la segunda rama evite que la cuerda resbale por la rama, hacia el tronco, porque es muy difícil ahorcar a un hombre pegado al tronco de un árbol, ya que puede detenerse con las manos. Encontré una horqueta, y entre dos soldados condujeron a Saavedra debajo de la rama; uno le echó la lazada al cuello . . . `Me va a pelar el pescuezo’, dijo, y eso fue lo último; yo amarré la punta de la soga a la cabeza de la silla, piqué espuelas, el caballo dio un salto hacia adelante, y el hombre se elevó hasta quedar con los pies a metro y medio del suelo; tocaba con la cabeza la rama del árbol porque el ‘jalón’ había sido demasiado brusco . . . Efectos de la inexperiencia.

“La agonía de un ahorcado es realmente horrible; se le pone la cara morada, negra; los ojos le quedan abiertos, enormes, como dos huevos cocidos pegados a la cara, y la lengua como un pañuelo rojo, gorda; más bien, hecha una pelota negra y húmeda; el ahorcado sacude violentamente brazos y piernas, y en las manos, los dedos se le engarrotan . . . Al poco rato queda inmóvil, tieso, balanceándose lentamente.

“Los demás prisioneros habían callado; parecía que sobre la larga alameda había caído un espantoso silencio. Las caras de los villistas, algunas iluminadas por un rayo de sol que atravesaba el ramaje, se veían lívidas; el humo de la pólvora ya no les servía de máscara, pero no hablaron, no protestaron, no se movieron siquiera; unos, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y la cabeza inclinada hacia adelante; otros, con los brazos cruzados y la mirada altiva de águila prisionera; alguno, fumando cigarro de hoja . . .

“Cuando vi que Saavedra estaba muerto, di la cuerda a un soldado, que la amarró al tronco, y tomé otra. Repetí la operación, ahora cuidando de que el caballo no avanzara mucho en su brinco; nada más un tirón, que con eso basta; luego otra vez, y otra vez. A la novena, la rama del árbol comenzó a curvarse. Busqué otra.

“A las doce veces era yo un experto: ¡qué limpieza, qué

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rapidez! Los prisioneros iban voluntariamente a colocarse bajo su árbol, sin decir palabra, y algunos se ponían la cuerda en el pescuezo, cuidando de que no estorbara el cuello de la camisola; unos sonreían . . . ¿Inconsciencia . . .? ¿Nervios . . .? ¿Verdadero dominio de sí mismos? Otros miraban espantados. Todos estaban lívidos.

“No encontré otra rama en que cupieran nueve, y los fui formando en grupos de tres, de cuatro. `¡Qué feos nos vamos a ver!’, dijo uno de los últimos. ‘Palo que te importa; aquí ni quien te conozca.’ Sonó una carcajada nerviosa; y todo volvió a quedar en un silencio horrible, un imponente silencio. A veces, cuando estoy en el campo, o a la media noche, siento ese silencio pesado caer sobre mi corazón y el viento de la noche me parece que mueve cerca de mí a cuarenta ahorcados . . . Entonces, tomo coñac, coñac, coñac . . . ¿Saben ustedes? Yo creo que si no hubiera sucedido lo que sucedió después, no me acordaría de todo esto con la precisión con que ahora lo refiero. En ese momento, yo tenía la seguridad de que para aquellos seres todo terminaba ahí, en la alameda de la calzada del Santo Niño. Pero después . . . después .. . Aquello fue espantoso . . .

“Bueno; pasó media hora; realmente estaba yo cansado; las cuerdas de lechuguilla me habían pelado la mano. Yo estaba sudando, y el caballo, jadeante, temblaba sobre sus remos como si tuviera fiebre. Quedó un solo villista, hombre como de treinta años, de bigote negro, caído a los lados de una boca ancha y sensual; debía tener un temple de acero para estar sobre sus pies, después de ver morir, uno a uno, a treinta y nueve de sus compañeros. Estaba apoyado en un árbol, hasta entonces desocupado; lo escogió para él, diciendo que no necesitaba compañero de viaje. Arrojó el sombrero de palma a un lado, y mientras se colocaba la lazada al cuello, me dirigió una sonrisa burlona, que me pareció satánica, y dijo:

“—Lamento que le háyamos dado tanto trabajo . . .

“Clavé espuelas, el caballo dio un salto y se paró resoplando . . .

“Después, de la cuerda de Saavedra corté un pedazo de algo más de un metro y me fui a dormir . . .”

Las doce de la noche; se abrió el salón de juego inmediato al comedor, y frente a nosotros pasaron, animados, ansiosos,

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los aficionados al tapete verde; comenzó el ruido de las fichas, y las voces de los croupieres. A poco cerraron la puerta de comunicación al comedor, y todo quedó en silencio. Un último mesero, apoyado contra la pared, parecía dormido con la servilleta blanca en los brazos cruzados. Peralta se ahogaba; tenía la cara roja y la frente le sudaba copiosamente.

“Jugué desesperadamente, locamente; fui a Ciudad Juárez con licencia, y en los garitos del Tívoli, del Gato Negro, del Central Bar, gané dinero a manos llenas; monedas de oro americanas, de veinte dólares, billetes en mazos, cheques contra los bancos; ganaba en la ruleta, en los albures, y cuando arrojaba los dados en el juego de craps sumaban siete, infaliblemente. Fui la sensación de los tahures, de las vividoras americanas que abundan en los garitos, el terror de los monteros. ‘Debe tener algún amuleto maravilloso’, decían todos, pero a nadie descubrí el secreto: un metro de soga de Miguel Saavedra, amarrado a la cintura. Una noche hice saltar la banca del Tívoli apostando veinte veces seguidas al colorado. Me llamaron a Chihuahua. En el Casino jugábamos el póker todas las noches, y no perdí nunca, ni una sola vez. El juego me había arrebatado; era el primero en llegar al Casino y me quedaba al último frente a la mesa redonda. No me importaba precisamente el dinero; me daba lo mismo ganar una mano raquítica que una opulenta; el caso era ganar, ganar siempre .. .

“Un día, a un amigo mío de mucha confianza, regalé un trozo de la cuerda, como un decímetro de largo, que Martín mandó forrar de cuero, y quedó cosido por todos lados, duro y redondo como una salchicha. Por temor a perderlo si lo llevaba en la bolsa, dejaba el amuleto guardado en un cajón de su escritorio o de su ropero. ¡Qué sé yo dónde diablos lo guardaba!

“El caso es que una noche llegaba yo al Casino. La calle estaba desierta; ni una persona en tres o cuatro cuadras de cada lado; los socios teníamos llave de la puerta; abrí, el vestíbulo estaba también desierto; se oía ruido en los salones de boliche, pero no se veía a nadie; frente al vestíbulo la escalera de mármol.

“Entonces fue cuando sucedió lo inexplicable, lo espantoso: dicen que un tal Mr. Home, espiritista de fama, ha

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producido cien veces en sí mismo y en otras personas fenómenos de esa clase: espíritus que operan sobre cuerpos sólidos; a veces son manos que recorren las teclas de un piano y producen música; otras, las mismas manos, visibles, llaman a las puertas, encienden las luces. No lo creo, pero este caso es rigurosamente exacto: cerré la puerta, y en ese momento llamaron a ella, con golpes perfectamente claros, que me extrañaron porque al llegar no ví a nadie que viniera en dirección al Casino; abrí y no había ninguna persona en la calle desierta; instintivamente me llevé las manos a la cintura y me cercioré de que tenía bien atada la cuerda de Miguel Saavedra.

“Atravesé el vestíbulo, DONDE NO HABÍA NADIE, subí la escalera, SIN ENCONTRAR A NADIE, y al llegar al extremo de ella, en el piso superior, me llevé las manos a la cintura y ya no tenía la cuerda. Me quedé sorprendido . . . ¿Sería posible que se me hubiera caído sin sentirlo?

“Bajé revisando la escalera minuciosamente y no encontré nada; abrí la puerta; la calle seguía desierta; busqué en la banqueta, en mitad de la calle; volví al vestíbulo, a la escalera, por donde todavía NO PASABA NADIE. Un cuarto de hora de búsqueda desesperada dio el fatal resultado; la cuerda había desaparecido .. .

“Subí al cuarto de los teléfonos y pedí el número de la casa de mi amigo:

“—¿Vienes esta noche al Casino?

“—Sí . . .

“—Hazme un favor; préstame por esta noche el trozo de cuerda que te regalé.

“—Por allá te lo llevo .

“Estuve esperando por casi media hora con una inquietud horrible: llamé a los criados y nos pusimos a buscar la cuerda por toda la casa con los mismos resultados, y dábamos la décima vuelta por la escalera cuando llegó mi amigo, lívido, balbuceando unas palabras que no entendí, jadeante, sin sombrero…

“—Mira —dijo, y me tendió un pedazo de cuero, enrollado y cosido, que parecía una salchicha . . .

“Lo tomé, lo apreté contra mis manos, Y ESTABA VACÍO . . . cosido por todos lados, tal como lo habían hecho para forrar

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el decímetro de cuerda, sin señales de haber sido cortado o abierto en otra forma, pero vacío …

—Lo tenía guardado —pudo decir mi amigo—, pero ha desaparecido el pedazo de soga …”

Peralta no pudo continuar, se sentó rendido de fatiga y bebió un vaso de coñac.

Nosotros también habíamos quedado mudos y sólo al minuto pude preguntarle:

—¿Y desde entonces no juega usted?

—Aquí está la prueba …

Me tendió su mano izquierda y ví que tenía un anillo con una piedra bellísima, de color de rosa, transparente, con fulgores verdes y rojos, radiantes … Era el ópalo más hermoso que yo he visto en mi vida.

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