LA CAJA DE MÚSICA

LA CAJA DE MÚSICA

Ramón Rubín

-Si esa sensibilidad que hay en el indio se cultivase…

EL INDIO José Gaspar aplastó con un pesado metate la cabeza de dos hombres que dormían. No lo hizo porque le molestara tanto que el pequeño hato de chivos de José Luzardo y su hijo estropease unas matas de maíz de su coamil en un descuido de sus propietarios; sino porque, cuando fue a hacerles la reclamación lo trata­ron descortésmente, sin invitarlo a pasar a su casa y llamándolo “enredoso”. Era hombre de dignidad muy sensible y “se la guardó” por el desaire y la ofensa, cayéndoles de noche y dejando sus petates embarrados de una papilla de sangre y sesos.

Seguido por María Casilda, su mujer, huyó de la ranchería llevando la mano izquierda, que se luxase e hiriera en las violencias del estropicio, curada por la india con un emplasto de boñiga de vaca y envuelta en trapos.

A Ayotitlán se hacían unas ocho horas de camino. Y llevaban recorrida la mitad de esa distancia cuando empezó a preocuparle haber dejado olvidada en su jacal la cuchilla con que hubiera podido defenderse de algún “metiche” que se obstinara en detenerlo. Llegaron par­deando la tarde. Y como el pequeño Centro de Salud a punto de inaugurarse constituía por aquel lado del pueblo la avanzada del jacalerío, antes de penetrar en éste el indio resolvió encargar allí a su vieja mientras él retornaba a su choza para recoger la necesaria daga.

Petrita, la enfermera que las autoridades de Cuau­titlán habían enviado con el fin de que echase a andar el dispensario y adiestrara en la impartición de prime­ros auxilios a las dos jóvenes de la localidad que lo atenderían, se hallaba a las puertas del nuevo edificio. Viendo la mano vendada y algunas salpicaduras de sangre en la ropa de manta de José Gaspar creyó que acudían en busca de ayuda médica. Y los hizo pasar sin interrogarlos al salón donde estaban las camas y el botiquín para las curaciones. Pero cuando intentó des­prender los trapos con que María Casilda había envuel­to la mano lesionada del esposo, éste se negó a dejarla hacer. Y dijo señalando a su compañera: “Te la incar­go… en lo que regreso.”

Luego, sin esperar el asentimiento de la enfermera, se dirigió con dos palabras de su dialecto náhuatl a María Casilda, que se deslizó hasta quedar sentada en el suelo de un rincón.

De su ejecutoria en el centro de salud de la cabecera. municipal, Petrita entendía algunas palabras del idio­ma aborigen, pues frecuentemente llegaban a curarse indígenas de Cutzamala y algunas rancherías de la región que no hablaban o no querían hablar otra len­gua. Y le pareció entender que José Gaspar le recomen­daba a su mujer no moverse de allí en tanto que él retornaba. Viéndolo partir por la misma vereda por donde llegaron, quiso obtener de la india una expli­cación.

Pero María Casilda era sorda de remate o delibera­damente muda como una pared.

Ya que la enfermera dedujo que no le sacaría ni una maldita palabra, se dirigió a la parte posterior del edificio, donde el carpintero Diego componía un pri­mitivo receptor de radio. Él era su amante en Cuauti­tlán, y esa tarde había venido a visitarla y a pasar con ella unos días, pues el himeneo estaba apenas en sus comienzos y Diego muy encaprichado todavía cuando Petrita recibió instrucciones de trasladarse a Ayotitlán. Había traído ese ruinoso receptor al que, artesano ingenioso, reemplazase con una caja de madera de su confección el deteriorado gabinete original y que hacía funcionar en esos pueblos sin servicio eléctrico median­te una batería de coche que recargaba con un genera­dor de camión movido por una gran rueda de madera que acoplase al torno de su carpintería y a la que los muchachuelos de sus vecinos hacían girar por unos cuantos centavos.

Ya en Cuautitlán había causado sensación aquel aparato que realizaba el prodigio de traer cánticos y música de las estaciones transmisoras de Colima, Gua­dalajara y hasta de México, y sin duda en Ayotitlán la admiración sería más grande. Pero Diego no pretendía deslumbrar al vecindario, predominantemente indíge­na y en los últimos peldaños del aislamiento y el atraso, sino amenizar con música de fondo sus expansiones amorosas con Petrita.

El trotecillo remoliente de la mula en que llegó ha­bía aflojado algunas conexiones y tornillos, y tuvo que repararlo a su arribo. La carga del acumulador venía  completa, y, aunque por la falta del generador y la rueda no podría reponerla, Diego calculaba que le duraría para hacerlo funcionar durante unas 15 horas.

Petrita le refirió la estólida actitud de María Casilda. No estaba muy sorprendida, pues les conocía a los indios muchas extravagancias como ésa. Y tampoco a Diego le extrañó el caso… Hasta que luego de una frugal merienda decidieron irse a acostar en una de las dos altas camas ortopédicas del vacío salón de enfer­mos. La presencia allí de María Casilda resultaba en­tonces indiscreta; y trataron de convencerla de que se saliese y refugiara en la cocina en tanto que regresaba su marido. Mas la india, a la que efectivamente éste había recomendado no moverse de aquel lugar, se negó a complacerlos, hermética y muda a cuantas razones argüían. Y cuando en el intento de obligarla a obedecer la jalaron por los brazos, mantuvo su tozuda rebeldía volviéndose pesada y aferrándose con manos, pies y boca a los salientes de la pared y a las patas de camas y mesas, pegada al suelo con una obstinación de lapa… Hasta que en el empeño de arrastrarla la lastimaron e inició un lloriqueo chillón que, por no provocar un escándalo, hizo que la enfermera y el carpintero mes­tizos titubearan. Convencidos de que sólo moliéndola a palos o en pedazos conseguirían arrancarla de allí, optaron por dejarla pese a todo lo enojosa que iba a resultarles su presencia.

Antes de meterse en el lecho, Diego encendió su aparato de radio captando en una de las lejanas estacio­nes cierta canción bravera. Esto sobresaltó a María Ca­silda, que no podía explicarse de dónde procedía aquella voz y aquella música; y estuvo a punto de resolver el asunto de su molesta presencia poniéndola en fuga. Pero su fidelidad a los deseos del marido era más fuerte y, ocultando la cabeza entre el enredo para protegerla de algún posible peligro, se hizo rosca donde estaba.

Petrita y Diego se acostaron a fin de dar rienda suelta a sus expansiones amorosas. Y sólo al cabo de más de una hora, cuando ya María Casilda empezaba a tomarle gusto a las canciones, el carpintero saltó de la cama para apagar el radiorreceptor y descansar durmiendo de los quebrantos del viaje.

Al amanecer se levantó Petrita para condimentar un parvo desayuno, mientras María Casilda continuaba en su rincón. Y Diego volvió a encender la radio, por más que le costó algún trabajo encontrar estación que se hallara transmitiendo, y tuvo que conformarse con sintonizar una de la ciudad de México engolfada en un programa calisténico, cuyas voces de tono castrense volvieron a sobresaltar a la india, pero no lograron que se moviera de su sitio.

Desayunaban cuando entró en la onda un programa musical. Y estaba éste en su apogeo con creciente complacencia de María Casilda, cuando apareció José Gaspar llevando su cuchilla fajada a la pretina y buscan­do receloso de dónde procedía aquella que le pareció deleitosa audición. Quedó atónito al descubrir que la música salía de una simple caja de madera. Y, pospo­niendo el propósito de llevarse a su mujer para seguir huyendo de las autoridades mestizas que no tardarían en venir en su busca, se sentó a escuchar fascinado el melodioso concierto.

Petrita sintió la necesidad de ofrecerles a él y a su mujer una taza de café caliente que entonara sus cuer­pos maltrechos por la desvelada y la caminata. Y José Gaspar, deleitosamente abstraído en la música, come­tió la en él inhabitual descortesía de no darle las gracias por la infusión. Mas, cuando un rato después Diego resolvió apagar el aparato para economizar batería, pidió que no lo callara en una súplica que contenía cierto tono de reproche.

Un poco desconcertado y comprendiendo que el indio no entendería la explicación técnica de sus bue­nos motivos, el carpintero optó por asegurarle, como más convincente, que el aparato sólo tocaba y cantaba un ratito cada mañana y otro por las tardes, de modo que nada podía hacer que lo obligara a funcionar fuera de esas horas.

Cuando el indio consiguió descifrar la explicación, la aceptó desconsolado. Pero su ilusión por volverlo a oír era tal, que decidió quedarse un día en Ayotitlán desafiando los peligros que allí corría. De modo que ese atardecer ya estaba la pareja a las puertas del dispen­sario, ansiosa de escuchar los gorjeos de aquella mágica caja de música. Complaciente, Diego localizó una esta­ción en la banda. Y entre los ronquidos disonantes de la estática, los destemplados gritos de un cantante fan­farrón al que respaldaban los violines y guitarras de un mariachi, hicieron trepidar la atmósfera. Los indios se deslizaron hasta el piso, donde se abismaron escuchán­dolos con la misma absorta reverencia que observaban oyendo misa.

Durante las dos horas que el receptor estuvo funcionando ni el uno ni la otra alteraron su postura. Aspira­ban con deleite las armonías. Y cuando Diego volvió a apagarlo, tuvieron que confortarse del desencanto con unos tragos de mezcal. Envueltos en su cobija durmie­ron sobre la banqueta para no perderse la audición de la siguiente mañana…

Pero así que amaneciendo volvía la radio a bramar, se presentaron de improviso dos policías judiciales que venían a aprehender a José Gaspar. Viéndolo tan tran­quilo y enervado disfrutando de la música, hicieron confianza; y antes de desenfundar las pistolas le dijeron que iban a llevárselo detenido. ¡Ése fue su error! En el momento en que se acercaban para cachearle, José Gaspar saltó como un tigre sobre el primero de ellos y le clavó su cuchilla en las entrañas. El otro tuvo tiempo para reaccionar; pero en su premura por sacar el arma de fuego, ésta se le disparó malogrando el tiro. Lo cual iba a permitir que el indio lo agrediera también a cuchilladas haciéndole soltar la pistola y poniéndole en fuga.

José Gaspar quedó dueño del campo y de la situa­ción. Petrita y Diego, que habían presenciado atónitos su feroz hazaña, esperaban impacientes que el asesino y su mujer salieran huyendo para ayudar al judicial que se desangraba revolcándose en el suelo. El indio le advirtió a su vieja con un ademán apenas expresivo que se aprestara para partir. Mas, fascinado aún por la música del receptor, no parecía mostrar mucha urgen­cia en verse complacido.

—Pérate a que la canción termine —resolvió al cabo.
Y aguardaron sin pestañear hasta que el cantante le dio fin a la cantata con un doliente alarido. Entonces, José Gaspar se volvió hacia Diego y le propuso:

—Ponle precio a tu caja de música.

Y como el aludido se negara, extrajo de su cinturón de cuero de víbora dos viejas monedas de oro con las que había esperado costear los gastos de la huida.

—¿Tienes con esto? —le tentó mostrándoselas.

—No lo vale —reconoció sincero su interlocutor—…Pero no está en venta.

José Gaspar desdeñó esa renuencia con la decisión de quien considera que no puede dejar ir una oportu­nidad tan preciosa. Mostrando su decisión de forzar el trato por las buenas o por las malas, le arrojó las monedas y tomó la caja musical, que dejó de funcionar al interrumpirse su conexión con la batería. Miró en­tonces angustiado al carpintero, que se encogía de hombros dándole a entender que el concierto matinal había concluido. Y, aunque en cierta medida receloso, el indio se echó el aparato a cuestas y partió seguido por su mujer internándose en el monte.

Le detuvo horas después la Defensa Rural sin que, acaso por temor a que de una refriega saliese maltratado el radio, opusiera resistencia.

Cuando tres días más tarde volvió Diego a Cuauti­tlán le vinieron con el chisme de que en la cárcel de esa población el prisionero melómano se hallaba inconso­lable porque no conseguía hacer funcionar al receptor y, teniéndose por estafado, borboteaba amenazas en su contra. Temeroso de que al huir o cumplir su condena decidiera vengarse, fue a la cárcel para conectarle el  acumulador ya recargado… Y hasta que trasladaron al indio a la Penitenciaría de Guadalajara, contrajo volun­tariamente la obligación de reponerle la carga a la batería cada vez que se le agotaba por el uso.

Si bien en Cuautitlán, con su caja de música y su vieja al lado exterior de la reja de la puerta, José Gaspar fue por lo pacífico un preso modelo, no así una vez que se lo llevaron al penal de Escobedo, donde sin la una y sin la otra se volvió extremadamente irascible y rijoso. Hasta que un alcaide más comprensivo tuvo el acierto de proporcionarle un radiorreceptor que allí funciona­ba con electricidad y que volvió dulcemente melancó­licas las largas horas de su cautiverio.

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