JUSTO SIERRA MENDEZ

JUSTO SIERRA MÉNDEZ

Justo Sierra Méndez (nacido en Campeche, Campeche, hoy San Francisco de Campeche, el 26 de enero de 1848; fallecido en Madrid, el 13 de septiembre de 1912) fue un escritor, historiador, periodista, poeta y político mexicano. Fue decidido promotor de la fundación de la Universidad Nacional de México, hoy Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Se le conoce también como “Maestro de América” por el título que le otorgaron varias universidades de América Latina.

Biografía

Fue hijo de Justo Sierra O’Reilly, eminente novelista e historiador, y de Doña Concepción Méndez Echazarreta, hija de Santiago Méndez Ibarra, quien jugó un papel importante en la política yucateca del siglo XIX. A la muerte de su padre (1861), siendo casi un niño, Justo Sierra Méndez se traslada a la ciudad de México donde, después de brillantes estudios, se relaciona con los mejores poetas y literatos de ese tiempo, entre otros con Ignacio Manuel Altamirano, Manuel Acuña, Guillermo Prieto, Luis G. Urbina, poetas de la Revista Azul y de la Revista Moderna.

Cuenta el propio Justo Sierra que Ignacio Manuel Altamirano, de quien era ya admirador, lo invitó a una reunión en la que estaban algunos de los más consagrados escritores de aquel tiempo. La velada tuvo lugar en casa de don Manuel Payno; estaban ahí, entre otros, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez y Vicente Riva Palacio. Dice don Agustín Yáñez: “desde aquella velada, Sierra ocupó un sitio de preferencia en los cenáculos, conmemoraciones y redacciones literarias; fue la sensación del momento en la tribuna en los días clásicos de la patria; en una juventud que se consagró a la literatura, Sierra incursionó en el relato, en el cuento, la novela y el teatro.”

Casa natal de Justo Sierra Méndez en San Francisco de Campeche.

Algunos de sus poemas de juventud se publicaron en el periódico El Globo, y se dio a conocer con su famosa “Playera”; a partir de 1868 publicó sus primeros ensayos literarios; en el Monitor Republicano inició sus “Conversaciones del Domingo”, artículos de actualidad y cuentos que después serían recogidos en el libro Cuentos románticos; publicó en la revista El Renacimiento su obra El ángel del porvenir, novela de folletín que no tuvo mayor impacto. Escribió también en “El Domingo”, en “El Siglo XIX”, “La Tribuna”, en “La Libertad”, de la que fue su director y en “El Federalista”. Asimismo, publicó en “El Mundo” su libro “En Tierra Yankee”. Abordó además el género dramático en su obra “Piedad”.

En 1871 se recibió de abogado. Varias veces diputado al Congreso de la Unión, lanzó un proyecto que sería aprobado en 1881 y que daba a la educación primaria el carácter de obligatoria. En ese mismo año fue aprobado el proyecto de Justo Sierra Méndez para fundar la Universidad Nacional de México. Tardaría sin embargo 30 años para verlo realidad. Desde 1892, expuso su teoría política sobre la “ dictadura ilustrada”, pugnando por un Estado que habría de progresar por medio de una sistematización científica de la administración pública en 1893 aquella célebre frase: “el pueblo mexicano tiene hambre y sed de justicia”. (“México es un pueblo con hambre y sed. El hambre y la sed que tiene, no es de pan; México tiene hambre y sed de justicia“). En 1901 se trasladó a Madrid con el objeto de participar en el Congreso Social y Económico Hispanoamericano; fue en esta ocasión que conoció a Rubén Darío en París. Presidió la Academia Mexicana,[1] correspondiente de la Española. Influyó también en los escritores Luis González Obregón y Jesús Urueta.

Obras y más cargos

Justo Sierra siendo Secretarío de Instrucción Pública y Bellas Artes

Fiestas del Centenario 1910.

Escribió también varios libros de historia para la educación primaria. Dirigió la publicación de “México, su Evolución Social”, (1900 -1902) y de la “Antología del Centenario”, (1910). En colaboración con Gutiérrez Nájera, Francisco Sosa y Jesús E. Valenzuela creo la “Revista Nacional de Letras y Ciencias” donde se publicó su libro “La Evolución Política del Pueblo Mexicano”. Otro de sus más importantes libros es “Juárez, su obra y su tiempo”.

En materia educativa propugnó por la autonomía de los Jardines de Niños, el progreso del magisterio y a nivel superior, la reorganización de las carreras de Medicina, Jurisprudencia, Ingeniería, Bellas artes y Música, así como la promoción de la Arqueología, de un sistema de universidades en provincia, de una universidad para maestros, el otorgamiento de desayunos escolares y un sistema de becas para los alumnos destacados. Se esforzo por que el método educativo a aplicar enseñara a pensar y no a memorizar. “Es la educación” decía “la que genera mejores condiciones de justicia, educar evita la necesidad de castigar”.

Fue también Ministro de la Suprema Corte de Justicia en 1894, de la que llegó a ser Presidente. Ocupó posteriormente importantes cargos en el gabinete porfirista como Subsecretario de Justicia e Instrucción Pública y Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, entre los años de 1901 y 1911. (A su iniciativa se creó en 1905 la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, siendo nombrado el primer titular de ella.) Contando con la cartera de este ministerio puso en práctica hacia 1905 su anhelado proyecto: dar a la educación primaria el carácter de nacional, integral, laica y gratuita. En lo político supo ser amigo de Porfirio Díaz sin ser su adulador y Díaz lo respetó siempre como a un hombre superior. En lo económico creía que la generación de la riqueza debía estar unida a una responsabilidad social. Las empresas, decía, “deberían ser las primeras en promover capacitación y educación y los grandes favorecidos de la fortuna, los primeros obligados a sostener centros de investigación, enseñanza, cultura y bellas artes”.

Poesías, cuentos, novela, narraciones, discursos, doctrinas políticas y educativas, viajes, ensayos críticos, artículos periodísticos, epístolas, libros históricos y biográficos, forman el valioso material de la obra de Justo Sierra Méndez. Su epistolario era para él lo más preciado.

Sus Obras completas, publicadas por la UNAM en 1948 y reeditadas en 1977, constan de quince tomos. (Dirigida por Agustín Yáñez, quién también preparó una excelente biografía en el 1er. Tomo. Introducción y notas de José Luis Martínez.)

Pequeños fragmentos

Entonces comenzó el sueño moral de la gran familia indígena. En donde estaba, al pie del altar, allí quedó, y en nuestros días yace todavía en grandes grupos en el mismo estado, con las mismas costumbres y las mismas supersticiones: tiene que silbar mucho tiempo la locomotora en sus oídos para arrancarla del sueño, tiene la escuela que soplar la verdad en sus almas por dos o tres generaciones todavía para hacerla andar.

Es cierto que la historia que, en nuestro tiempo, aspira a ser científica, debe vedarse la emoción y concentrarse en la fijación de los hechos, en su análisis y en la coordinación de sus caracteres dominantes, para verificar la síntesis; pero abundan los periodos de nuestra historia en que las repeticiones de los mismos errores, de las mismas culpas, con su lúgubre monotonía, comprimen el corazón de amargura y de pena. ¡Cuánta energía desperdiciada, cuánta fuerza derramada en la sangre de perennes contiendas, cuánto hogar pobre apagado, cuánta, cuán infinita cantidad de vejaciones individuales, preparando la definitiva humillación de la patria! [...] El periodo que de la guerra francesa viene a la guerra norteamericana es uno de los más espantables de nuestra trágica historia. Se reprodujo después, más una claridad apuntaba en el horizonte; pero antes, no: en la noche.

Monumento al Maestro de América en Campeche.

Era un hombre; no era una intelectualidad notable … Juárez tenía la gran calidad de la raza indígena a que pertenecía, sin una gota de mezcla: la perseverancia… Juárez creía también en él, pero secundariamente; de la que tenía plena conciencia era de la necesidad de cumplir con el deber, aun cuando vinieran el desastre y la muerte. A través de la Constitución y la Reforma veía la redención de la república indígena; ése era su verdadero ideal, a éste fue devoto siempre; emanciparla del clérigo, de la servidumbre rural, de la ignorancia, del retraimiento, del silencio, ése fue su recóndito y religioso anhelo; por eso fue liberal, por eso fue reformista, por eso fue grande; no es cierto que fuese un impasible, sufrió mucho y sintió mucho; no se removía su color, pero sí su corazón; moralmente es una entidad que forma vértice en la pirámide oscura de nuestras luchas civiles. En comparación suya parecen nada los talentos, las palabras, los actos de los próceres reactores: ellos eran lo que pasaba, lo que se iba; él era lo que quedaba, lo perdurable, la conciencia.

Sepulcro de Justo Sierra Méndez en la Rotonda de las Personas Ilustres.

Existe, lo repetimos, una evolución social mexicana; nuestro progreso, compuesto de elementos exteriores, revela, al análisis, una reacción del elemento social sobre esos elementos para asimilárselos, para aprovecharlos en desenvolvimiento e intensidad de vida. Así nuestra personalidad nacional, al ponerse en relación directa con el mundo, se ha fortificado, ha crecido. Esa evolución es incipiente sin duda: en comparación de nuestro estado anterior al último tercio del pasado siglo, el camino recorrido es inmenso; y aun en comparación del camino recorrido en el mismo lapso por nuestros vecinos, y ése debe ser virilmente nuestro punto de mira y referencia perpetua, sin ilusiones, que serían mortales, pero sin desalientos, que serían cobardes, nuestro progreso ha dejado de ser insignificante.

Ocaso y muerte

Poco antes del triunfo de la Revolución renunció don Justo Sierra Méndez al ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, y fue sustituido por Jorge Vera Estañol; dos años después, don Francisco I. Madero lo nombró Ministro Plenipotenciario de México en España. Murió poco después en Madrid, el 13 de septiembre de 1912. Su cadáver fue traído a México en el trasatlántico España, habiendo sido homenajeado en todo el trayecto y sepultado finalmente con los más grandes honores públicos de su tiempo. En 1948, en el centenario de su nacimiento, a iniciativa de la Universidad de la Habana, la UNAM, junto con otras universidades del continente, lo declaró Maestro de las Américas, se editaron sus obras completas en 15 tomos y sus restos fueron trasladados del Panteón Francés a la hoy Rotonda de las Personas Ilustres. Fue precisamente a iniciativa de don Justo Sierra Méndez, que se creó en 1880, la Rotonda de los Hombres Ilustres. Por decreto presidencial, el 26 de mayo de 1999 su nombre se inscribió con letras de oro en el muro de honor del Palacio Legislativo de San Lázaro.[2]

Hoy parecen resonar aquellas lapidarias palabras: “Más allá de la ley, más allá del honor, más allá de la patria, está la verdad que debe prevalecer por encima de todo.”

Su familia

Santiago Sierra Méndez.

En Yucatán, a Justo Sierra Méndez se le considera dignamente y se le honra, igual que a su padre, como yucateco, toda vez que nacieron ambos cuando todavía Campeche formaba parte del Estado de Yucatán.

Los hermanos de don Justo fueron María Concepción, que nació en Mérida y María Jesús, Santiago y Manuel José, que nacieron en Campeche. Santiago fue también poeta y periodista.

En 1874 se casó don Justo con doña Luz Mayora y Carpio, con la que tuvo varios hijos. Luz, la mayor, María de Jesús, Manuel, Santiago y Gloria, la más pequeña, la consentida, que murió a corta edad. Su hijo Manuel fue diputado, diplomático y autor del libro Tratado de derecho internacional público. Santiago fue director de cine.

Entre sus descendientes han destacado el embajador Justo Sierra Casasús, el ingeniero Javier Barros Sierra, rector de la UNAM; la historiadora Catalina Sierra Casasús y el científico Manuel Peimbert Sierra. Se afirma que el matrimonio de don Justo y doña Luz (su “Güera”) fue bien avenido y feliz. El maestro escribió cuando la conoció: “Una de las perlas de nuestra sociedad, hermosa como el primer sueño de la juventud, de actitud modesta y de finas maneras.” Y al final, ya presintiendo la muerte: “Pídele a Dios que cuando yo sucumba nos conceda que baje tu alma buena a disipar la noche de mi tumba…”

En 1919 se le concedió a su viuda una pensión de 300 pesos mensuales “para honrar la memoria del insigne educador”.

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