GASTÓN GARCÍA CANTÚ

GASTÓN GARCÍA CANTÚ

(Puebla, Pue., 1917)

El nombre de Gastón García Cantú es conocido dentro del periodismo político y en la investigación histórica. Las Utopías mexicanas (1963), El pensamiento político de la reacción mexicana (historia documental, 1810-1962) (1965), las Obras de Lázaro Cárdenas (I 1972, II 1973, In 1973, IV 1974), y sus editoriales en diarios y revistas son muestras de su actividad en esos terrenos. También ha incursionado con buena fortuna en el cuento corto. Los falsos rumores (1955), tiene como telón de fondo el ambiente de la vida provinciana. El narrador desempolva sus recuerdos infantiles, en los que quedaron prendidos los sobresaltos de los tiempos de revuelta, los gritos descompuestos, el silbar de las balas y el paso interminable de los indios yaquis. Se alejaba la paz como los barquitos de papel sobre la rizada corriente del agua de lluvia. Más tarde es testigo de festividades cívicas, de ceremonias religiosas, de problemas domésticos, de celebraciones de industriales, de consejos universitarios, de política administrativa. En esos clanes cerrados el observador se topa con la intriga, la simulación y el servilismo, protegidos con palabras tan triviales y repetidas como para hacerse insospechables. Otra cosa sucede en la relación entre los hombres fuertes —los que detentan autoridad y poder—, y sus víctimas. Las palabras entonces se despojan de la formalidad ceremoniosa y estallan en injurias y en amenazas, que naturalmente se cumplen.

Los mejores cuentos de García Cantú son los que reproducen con intención satírica los rasgos de la simulación —enfermedad nacional— arraigada con caracteres peculiares en los hombres prósperos y entre los políticos.

En “Las horas moradas” se hace alusión al color de los paños que cubren las imágenes en las iglesias durante la 1 Semana Santa. En la visita ritual a los templos el Jueves Santo, el jefe de una familia venida a más se escapa con la imaginación a revisar su pasado para convencerse, una vez más, de las excelencias de su carácter, de sus éxitos, del favor que le hizo a su mujer al casarse con ella, del poco aprecio que le merecen sus hijos. Cada recuerdo, cada consideración, cada sombra pecaminosa, cada referencia que considera culta, van integrando la caricatura de don José Pons. Pero él, Narciso enfermo de soberbia, tiene como único foco de interés su propia importancia. Las reflexiones del personaje se intercalan con las oraciones frente a las imágenes del Via crucis y se desbordan con la naturalidad con que el subconsciente acarrea en desorden los sentimientos reales, vergonzosamente desnudos.

En “Las fuerzas vivas” García Cantú ha construido un escenario en el que gobierno, banqueros, industriales, comerciantes, extranjeros, intelectuales, participan en un acto político de primera importancia. No falta detalle: enramadas, flores, el retrato del mandatario, valla de honor, banda de música, maestro de ceremonias, comité de recepción, grupos de simpatizadores y, sobre todo, discursos. La zalamería de los saludos y de los agradecimientos, los campanudos comentarios, la rigidez de las presentaciones, la vacuidad de la oratoria y las alabanzas sin medida a la autoridad, representarían una regocijada farsa si no fueran tan reales.

La densidad de la atmósfera que ha creado Gastón García Cantú alrededor de sus cuentos, en los que la hipocresía, el engaño, la ofensa gratuita tienen su momento de triunfo, no es privativa desafortunadamente de las ciudades de provincia. Es más bien una muestra de un mal general que, con las proporciones debidas, tiene cabida en centros mayores y que un toque de ingenua cursilería, colocado artificialmente, ha hecho pensar a lectores tranquilos que esos hechos sólo se dan en lugares pequeños y lejanos. Es también la comprobación de un fenómeno común en sociedades como las nuestras, en las que el temor a perder los favores de los poderosos hace a los serviles exagerar su menosprecio por quienes consideran inferiores.

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