FIN DE FIESTA

FIN DE FIESTA

Juan de la Cabada

ZORAIDA, de siete años, y Tufí, de cinco, cayeron sin saberse de qué parte a ese mundo: un mundo limitado —desde antes de que la conciencia pudiera definirles su niñez— a vagar, comer lo que se ofrecía y dormir por los muelles, la playa y sus inmediaciones. Eran hermanos, y salvo esta noción y la de su origen árabe por el automático uso entre ellos de un reducidísimo vocabulario en tal idioma, no poseían otros antecedentes de sí mismos. ¿Por qué andaban así, allí en ese puerto del Mar Caribe? ¿A qué debían sus nombres? “Nadie supo explicarnos” —me dijo Tufí alguna vez. Y si los árabes mercaderes de la localidad, viejos residentes, no pudieron explicarlo, con mayor razón el par de vagabundos, que al antojo se adjudicaron el apelido Sesma y, precisamente a causa de todas esas circunstancias, profesábanse un cariño que de fraternal amalgamaba un celo extraño.

Constituían su patria la plaza de armas, los baluartes, las rocas, las arenas, los vapores y sus tripulantes, los veleros de pesca con su contenido, y el mercado con sus piñas, mameyes, aguacates, guanábanas, mangos y caimitos. También los platanares, la visión lejana de los cocoteros, el rugir del océano, el viento en tiempo de ciclones, ese sol deslumbrante cuyo fuego producía el sudor hirviente de las horas del día casi todo el año, y el húmedo que iban secando las voluptuosas brisas de la noche bajo aquel cielo limpio con estrellas enormes que de tan cerca se antojaban al alcance de la mano.

Sus caracteres —determinantes de su conducta futura— los moldeó el ambiente semibárbaro, que los fundidos en la pareja no eran ningunos predestinados a torcer. ¿Pero dónde aprendió Zoraida a bailar y cantar con esas reminiscencias arábigas en sus movimientos armónicos al tono de la voz? Sus exhibiciones ante un público de marineros le facilitó el sustento en compañía de Tufí, para luego alquilar un aposento de madera en las azoteas del Universo, el más mísero de los hoteluchos próximos a los muelles. Tenían ya entonces Zoraida trece años y Tufí once cuando cierto capitán noruego de un barco panameño la conoce y casa con ella, cuya hermosura y esbeltez de cuerpo se personifican en los complementos de lo bruñido de la piel broncínea, en el resplandor y abundancia del cabello lacio, negrísimo, y unos ojos dorados.

Al día siguiente de la boda, el capitán dispuso establecer a la familia en otro puerto de la costa, puerto más al sur y de superior categoría.

Con piel tostada, y mirar fijo, pelo rizado que peinaba esmeradamente, y ojos de un verde muy frío, Tufí pasó de niño rechoncho a mozo nervudo, fortachón. Adherido a su hermana por hábito e inextinguible afecto siguió al matrimonio, disimulando impertérrito su profundo rencor hacia el capitán. Su temperamento, de por sí reservado, se hizo hermético. Aprovechó la situación para entrar a una escuela de paga, donde a duras penas aprendió a leer y escribir escasamente.

La serie de acontecimientos que siguen implicaría en otro tiempo varios tomos, pero en la actualidad, socorrido el ambiente por los medios más extensos del cine, radio y televisión, que reducen los tomos a capítulos, nuestra literatura se impone la tarea de compendiar éstos en interés de la holgura del autor y utilidad pública de presuntos lectores.

Lejos de alterar las normas inherentes a casi todo matrimonio, al año nace un niño. La profesión del capitán comprende largas ausencias del hogar, que favorecen el desafecto del hijo por el padre, y un apego cada vez mayor hacia la madre. El marido no es muy inteligente ni de gran imaginación. Zoraida tampoco. A causa del chico sobrevienen altercados. Quizás el hombre termine por aburrirse. Con seguridad tiene otra u otras mujeres. Los periodos de ausencia se prolongan. El capitán parece haber roto en definitiva con Zoraida. Dura él tres años fuera; pero ella recibe puntualmente de la casa consignataria la mensualidad.

Por fin, el noruego vuelve con ánimo de radicar en tierra y atraerse definitivamente al hijo. Prosiguen, sin embargo, las contrariedades. A los dos meses de permanencia, el día que cumple cuatro arios el niño, su padre le colma de regalos, y con vestido nuevo lo lleva a pasear al muelle. Suben a un barco, en los momentos en que un largo pitazo anuncia su inmediata salida entre bocanadas de humo negro.

Zoraida nunca más recibe noticias del hijo ni dinero del marido.

Tufí, por su parte, tiene ya dieciséis años. Ante el desastre de la hermana, torvo, hermético, va en busca de porvenir a otro puerto, uno de los más lejanos de la costa norte.

Zoraida necesita recursos, y clandestinamente se vende bien, sin vicio ni entusiasmo.

Tufí lo averigua o supone.

Mientras el chico crece al lado del padre, transcurren veinte años. Tufí, ambicioso; reservón, pertinaz, pasados los treinta —después de haber probado que las pocas palabras e incultura son dotes que amparan su medro—, es el propietario de La Palestina, un prostíbulo con disfraz de café cantante y posada. Trocó el Sesma de su apellido anterior por el de Estéfano. Aunque no ha llegado a reconocido traficante de drogas, de vez en cuando lucra con guardárselas a los introductores unos días. Cada llegada de barco le significa un extraordinario ingreso en el negocio de contrabando. Por eso tiene conseguida franquicia de subir a bordo. Invita siempre a los capitanes y segundos oficiales para venir a tierra y visitar La Palestina. En esas épocas del inicio de su bonanza, mandó por su hermana Zoraida, la madre casi enloquecida, y amorosamente la indujo a que le trabajara sirviendo mesas y divirtiendo con sus bailes y demás aptitudes a los marineros borrachos. Habían pactado que a una seña que hiciera él, otorgase Zoraida todo lo que alguno de los clientes favoritos le pidiesen.

¡ Así pasan doce años más!

Y aquel señalado día de septiembre fue de sorpresas. Por la mañana llegó un fraile misionero de gran barba pidiendo albergue. Se le asignó uno de los cuartos de arriba. Horas después atracó en el muelle mayor un trasatlántico carguero. Como siempre, Tufí se presentó a bordo.

—Encantado de conocerlo, capitán. ¡De veras! Le invito a que honre mi establecimiento ahora que baje usted a tierra. Y permítame que todo corra por mi cuenta. Venga y pasará una noche feliz, capitán. ¡ Palabra!

Era este capitán, cosa rara, muy joven. Al mando del buque hacía su segundo viaje. La francachela en La Palestina duró hasta muy avanzada la noche. Bailaron, cantaron e hizo Tufí a Zoraida la seña en relación con el capitán.

A puerta cerrada, despedida la servidumbre y retirados el capitán y Zoraida a la intimidad del cuarto que ocupaba ella, Tufí les sirvió la última tanda.

Brindemos! —alzó Tufí su vaso—. Servido como para un largo viaje, capitán. Bonito fin de fiesta, ¿eh?

El joven sonrió estúpida, desencajadamente. Se hallaba en camiseta, muy borracho  y sentado a la orilla de la cama, frente a una mesilla. Bebió y recargó la cabeza sobre los brazos mientras Zoraida se desvestía y su hermano se llevaba la bandeja con los vasos. Ya desnuda, se puso a contemplar al joven sin que pudiera rehuir el rencor que desde hacía tanto tiempo le inspiraba la gente de mar. De pronto sintió compasión y sacudió repetidas veces al joven. En auxilio acudió Tufí. Bajó el fraile misionero, que después de una breve plegaria, y echar la bendición al difunto, abandonó el cuarto.

—Ayúdame a tenderlo provisionalmente sobre la cama —ordenó Tufí.

Zoraida se dispuso a obedecer.

—¿Qué le habrá pasado? —interrogó.

—Yo lo maté … lo envenené.

Zoraida, dura como la travesía borrasca de la vida entera, dijo en forma de curiosidad, más que de reproche:

—¿Por qué?

—Porque quiero que sufra el padre lo que sufrió la madre.

Zoraida quedó suspensa por una ráfaga de segundo, presa de temblor extraño.

—¿Conoces al padre?

—Sí.

—¿Y la madre?

—Eres tú .. .

Zoraida volvió las espaldas. Lentamente traspuso el umbral de su cuarto y alejándose repiquetearon pausados por el pasillo los tacones, hasta que impetuosa echó a correr, y con celeridad increíble remontó las escaleras.

Tufil salió en pos de su hermana. No bien llegó a la azotea vislumbró, entre la bruma del amanecer, cómo Zoraida, las manos en el rostro y gritando “¡ Dios . . Dios . . . mío!” , se lanzaba desde lo alto del pretil al pavimento de la calle.

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