ENCUENTRO CON LOS GRANDES MAESTROS RUSOS

ENCUENTRO CON LOS GRANDES MAESTROS RUSOS

LENINGRADO

Germán List Arzubide

Tomado de : Arco Iris de Cuentos Mexicanos.

Universidad Obrera de México, 1991.

Los Grandes Maestros Rusos

Quien haya conocido el actual Leningrado, antigua San Petersburgo, en la época que coincide con el sol asomándose en la noche sobre del horizonte y dando lugar a las llamadas noches blancas, ha gozado de un espectáculo colindante con lo irreal,
La ciudad ¡y qué ciudad, señor mío!, una de las más bellas de la Europa del Norte, envuelve sus grandes plazas, sus largas y amplias avenidas en un manto de luz difusa, algodonosa, que desfumina y desmaterializa todo como si se fuera perdiendo en una misteriosa lejanía. La ciudad se torna bajo una luz dormida, en un conjunto enigmático propicio a un largo ensueño. Y los pasos, resonando en el gran silencio nocturno, nos devuelven un eco que se acompasa con un afán recóndito de penetrar en el misterio de una luz que no da sombra, haciéndonos pensar en arcanos secretos, en fabulosos mundos perdidos en el éter.

Vivir esas noches blancas es quedar prisionero de su encanto y añorar para siempre su extraña ternura. Una nostalgia infinita se apodera del ánimo y cada vez que el recuerdo nos regresa a aquellas horas de cuento en una ciudad de maravilla, nos asalta la pesadumbre de haber estado cerca de la belleza en su más honda fascinación con el deseo de volver eternamente a ella.

Aquella noche habíamos salido a gozar de la luz ultraterrena caminando a la deriva por la silenciosa y dormida ciudad, los tres amigos que nos habíamos entendido en el goce de descubrir la alegría del viaje. No hablábamos, sintiendo cada uno según su particular emoción el hechizo de aquel paseo. Había algo insólito en el ambiente ‘ en la hora. Ibamos silenciosos, ensimismados en el encanto de aquella luz que nos envolvía en su embrujo y marchábamos como embriagados del sortilegio de aquel fascinante crepúsculo.

Atravesamos el Neva, que fluía igual que un río de plata fundida. Cruzamos la gran plaza del Palacio de Invierno y nos dirigimos hacia la perspectiva Nevski, con ánimo de ver brillar a lo lejos la aguja del Almirantazgo. De pronto René dijo, como recordando un propósito:

—Nos dijeron que esta noche se reunían en el Palacio María que está en la Plaza donde se levanta la estatua ecuestre de Pedro el Grande, los escritores rusos.

—Es verdad —dijo Márquez— bien podríamos llegar hasta allá y saludarlos. Nos presentaremos como tres mexicanos que tienen deseos de conocerlos. Aprovecharemos esta noche para entrar en conocimiento de quienes nos han dado las mejores páginas de la literatura del siglo XIX.

Yo acepté la propuesta, deseoso de tratar a mis admirados y admirables autores y sin más, animados por el deseo de llegar cuanto antes al palacio de la reunión, emprendimos la marcha, rompiendo a conversar alegremente. Cruzamos el puente de los cuatro caballos encabritados a los que fuertes hombres sujetan y pasando al lado de la estatua de Catalina La Grande, bajamos hacia la Plaza donde se yergue majestuosa la cúpula de la catedral de San Isaac.

En pocos momentos estábamos frente al Palacio María, obsequio del zar Pedro a una de sus hijas. La mole cribada de ventanas aparecía enorme en la semioscuridad de aquel sitio. Todo estaba cerrado y apenas en dos de las ventanas brillaba una tenue luz que los cortinajes filtraban, alguno dijo:

—Allí deben estar reunidos los escritores, subamos por la escalera principal. La luz del corredor nos guiará.

Penetramos resueltamente y con cierta seguridad marchamos por el segundo corredor y encontramos la sala. Con decidido ademán abrí la vidriera y los tres entramos haciendo sin querer bastante ruido. La sala era amplia y contrastaba la brillante luz de las lámparas con la tenue luz de la calle. Por un momento quedamos deslumbrados, mientras los hombres que estaban reunidos alrededor de la gran mesa que adornaba la estancia se volvían un tanto extrañados de nuestra irrupción. Me adelanté diciendo:

—Les ruego perdonar esta forma de penetrar aquí, pero nos ha movido el deseo de conocerlos a ustedes. Somos tres mexicanos y les rogamos disculpar nuestro atrevimiento.

La palabra mexicanos pareció obrar mágicamente, pues los cinco personajes que rodeaban la mesa se pusieron de pie para saludamos y nos invitaron a tomar asiento estrechando nuestras manos. Hubo un momento de embarazoso silencio que yo ocupé en ir mirando a cada uno de ellos para reconocerlos. Allí estaba con su grueso rostro rubicundo Nicolás Gogol, a su lado delgado y con sus anteojos de miope Antón Chejov, se alisaba la blanca barba León Tolstoy y nos miraba sonriente Leónidas Andreiev. Más lejos, ocultándose un poco en la sombra, Dostoyevsky y sobresaliendo por su altura y su aire de hombre del pueblo Máximo Gorki. El primero en romper el silencio fue el propio Gorki, quien con franca camaradería se dirigió a nosotros diciendo:

—Y bien, amigos mexicanos, ¿se puede saber qué hacen por estas tierras, en esta ciudad y a estas horas?

René le explicó dirigiéndose a todos, nuestro viaje por media Europa y finalmente nuestra llegada a la ciudad de Pedro el Grande y el deseo de conocer a escritores de los cuales sabíamos bastante por nuestras lecturas. Gogol con su cansada voz en que se sentía el tono de quien padece el dolor humano, interrumpió para preguntar :

—    ¿Se lee mucho en México a los escritores rusos?

Yo me atreví a informarle que todos conocíamos al creador del realismo con su extraordinario cuento El Capote y sus inolvidables novelas Taras Bulba y Las Almas Muertas a la vez que su comedia satírica El Inspector. Le hice cita de los admirables pasajes en que retrata el campo ukraniano, de las costumbres populares y las gestas heroicas que allí se encierran, Alguno de los tres ¿quién? aseguró que El Capote era sin duda la obra cumbre de la piedad humana y reflejaba el padecimiento de aquellos que sufren y mueren oscuramente en el seno de una sociedad que los destruye.

La conversación se animó. Tolstoy nos preguntó si los peones mexicanos no recordaban algo al mujik ruso con su miseria, su embrutecimiento religioso y su hundimiento en el vicio. Tuvimos que confesar que el desgraciado paria de nuestros campos era explotado por políticos, por burócratas, bajo la promesa de una tierra que nunca llega o llega con la complicidad de poderosos que lo esquilman y lo engañan, mientras a su lado crece otra vez el latifundio y regresa a ser nuevamente el pobre peón, cada día más hambriento y más olvidado.

Chejov, con su fino rostro de hombre de poca salud, pero ansioso de aprovechar las horas en presentar con terrible humorismo la situación de su tiempo, nos recordó los vicios de nuestra vida. Aquel oficinista que hace que no escucha la petición de quien solicita un informe hasta que éste pone a su alcance un billete de cien rublos. ¿No era esto la mordida, que en nuestro medio infama todo y pudre la raíz de nuestra existencia pública?

Yo deseaba cambiar algunas palabras con Leónidas Andreiev, el autor de Los siete ahorcados, Judas Iscariote, La risa roja y sobre todo su admirable Sachka Yegulev que fuera guía y animadora heroica de la juventud de mi tiempo. Lo miraba bajo su tranquila apariencia encarnar toda la angustia de su pueblo maltratado. Recordaba aquel momento en que Sachka se incorpora a la lucha y se siente alegre como nunca y Vasia le explica el por qué de su alegría: “Porque has encontrado tu base en el pueblo. Es muy difícil asegurarse una posición firme, pero una vez que has unido tu suerte a la del pueblo, él te levantará muy alto y te convertirá en un héroe . . .“ Como si adivinara mi pensamiento Andreiev me sonrió al través de la mesa.

Los tres deseábamos escuchar a Dostoievsky, quien permanecía silencioso y abstraído, indiferente a nuestra llegada. Recordábamos que alguien había dicho que él había creado la religión del padecer sin fin. Recordábamos su primera novela Pobres gentes que le abrió el camino del triunfo y junto con esto, su prisión por tomar parte en un complot nihilista, su sentencia de muerte que es transferida a una larga prisión en Siberia, retratada en La Casa de los muertos, presentando un paisaje de atroces dolencias. Nos causaba inquietud verlo tan hundido en sus pensamientos que acaso fueran los pavorosos y dramáticos de algunos de sus personajes como el estudiante de Crimen y Castigo o Los Endemoniados y preferimos dejarlo en su obscura actitud atormentada.

Gorki vino en nuestro auxilio. Sano, fuerte, optimista, creyente en las fuerzas del pueblo, ascendiendo de su vida de vagabundo y de explotado en los más rudos oficios, hacia la gloria de sus obras llenas de amor por la humanidad. Su robusta voz se dirigió a nosotros preguntándonos por la vida de México. Estaba al tanto de muchas cosas y sucedidos de nuestra existencia política y le inquietaban nuestras luchas sociales.

—    ¿Pueden ustedes informarme sobre los acontecimientos estudiantiles de los últimos años? Aquí se tienen pocas noticias y se crean rumores que acaso fueran exagerados.

Cada uno de nosotros le fue relatando por partes los disturbios de 1968. Las pugnas estudiantiles de escuela a escuela que fueron violentamente atacadas por los gendarmes; las protestas populares; las manifestaciones en que tomó parte el pueblo al lado de los estudiantes; el miedo de las autoridades que las llevó a ataques cada vez más rudos; la petición de los grupos juveniles a establecer un diálogo con esas autoridades; la brutalidad de los gendarmes cada día mayor y finalmente la negra noche del 2 de octubre en que el ejército intervino para masacrar a la gente en forma tan despiadada, que sembró la muerte en hombres, mujeres y niños.

Gorki escuchaba con manifiesto asombroso. Por sus ojos pasaban relámpagos de ira al enterarse de lo acontecido aquella noche, Luego serenándose un poco nos dijo:

—Esto me recuerda aquella jornada de sangre que yo relaté en mi libro El domingo rojo y que me costó ir a dar a la prisión de Pedro y Pablo y estuve a punto de pagar con la vida. Seguramente ustedes han leído este relato monstruoso, de cuando la multitud, arrastrada por el cura Gapón, se presentó frente al Palacio de Invierno para pedir pan al zar y fue recibida con fuego de ametralladoras, muriendo varios centenares de infelices, como ustedes me cuentan que fue en Tlatelolco. Fui acusado entonces de que al hacer el relato de aquella jornada sangrienta, dije que obligado por órdenes terribles el ejército ruso enterró para siempre su honor cubriéndose con la sangre de sus hermanos.

Sonó en ese momento el reloj. Alguno de los tres dijo:

—Es tarde, marchémonos. Los señores desearán conversar entre ellos.

Nos pusimos de pie, ellos hicieron lo mismo y estrechándonos las manos nos dispusimos a partir. En ese momento, Dostoievsky, como si despertara de su sonambulismo, al tiempo que se despedía de nosotros repitió la palabra México, México y agrégó:

—Aún será necesario sufrir mucho . . .

Gorki, amable, nos acompañó hasta la puerta y salimos a la noche todavía iluminada tenuemente por la lejana luz del círculo polar. Íbanos otra vez abstraídos, pensando en el extraño grupo que nos había tocado en suerte conocer y aun tratar.

Alguno comento: -

—Parece como si despertáramos de un sueño.

Y era que en ese momento principiaba a brillar espléndidamente el sol sobre la ciudad de Lenin.

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