EL TRIUNFO DE PANCHO SERIO

EL TRIUNFO DE PANCHO SERIO

Ramón Rubín

-La intolerancia es el fracaso de la Civilización.

LLEGÓ al atardecer hasta el borde del barranco de Guayabas sentándose con alivio en el piso. Con las piernas encogidas y la mirada dispersa hacia las pers-pectivas de la hondura, permaneció un buen rato sabo¬reando en su imaginación las mieles de su triunfo. Corría esa hora saudosa en que el lento agonizar del día llena el cielo de suaves lampos opalinos y el ánimo de cierta amable melancolía… A su lado estaba una matita de sensitiva que recogía en el anverso de sus hojas las últimas caricias de Tayao, el Sol padre de los dioses, y plegándolas encerraba su tibieza para evitar que las deslavase Tatei Jautci Cupuri con el rocío de la madrugada.

Hacia su derecha remataba el pastizal de la meseta, asomándose al acantilado, un bosquecillo de amargosos y chaparros entre cuya fronda brincaba y trinaba un mirulín, deseándole las buenas noches a los ídolos de la sagrada cueva Hariguameca, distante en lo más áspero del flanco opuesto.

La pendiente ante Pancho Serio rodaba en peñascos cabalgantes, sin una mala terraza y con algún palobobo alpinista retorciéndose entre el roquerío. Por la lejana profundidad discurría silencioso el Chapalagana, casi

exhausto por la dura sequía de mayo. Tayao, el Sol, resplandeciente en su agradecimiento por la triunfal gestión de Pancho Serio y acicalado como para asistir a la ya cercana fiesta en su honor, se iba ocultando tras el farallón de enfrente y dejaba un manto fúnebre de sombras en torno al boquerón de la caverna sagrada, mientras acudía a darle su cotidiano abrazo a la fresca Kiamycame, la inmensa deidad oceánica que noche a noche apagaba el fuego que amenazaba consumirle.

El martoma Pancho Serio pudo despojarse del embor¬lado sombrero y rascar entre el espeso y apelmazad() greñerío los piojos que hervían sofocados por la hume¬dad del sudor de las caminatas. Luego escarbó con sus dedos renegridos y rugosos el fondo del rairi o cotalillo caprichosamente bordado que le colgaba en bandolera y extrajo de él un cachito negro y reseco de peyote, que se puso a masticar con displicencia.

La rosita fue iluminando poco a poco el mundo de su imaginación y afinancó la percepción de sus sentidos hasta volverlo clarividente. Le pareció divisar, crecien¬do ya en su coamil del otro lado de la barranca, el maicito tename y el frijol Metatetcibe que tenía resuelto sembrar no bien aflojara el terreno la primera lluvia, con su huicá.

Oyó; a pesar del imposible de la distancia, roncar sobre su lecho pedregoso a un Chapalagana ensober¬becido por las crecientes estivales. Y hasta pudo adivi¬nar un gran venado que pasaba al otro lado de los riscos fronteros y escuchar su triste gamiteo… Todo ello era parte de la extraordinaria facultad estimulante del her¬mano jículi.

Recordó después al cura Lucas Rodiles. Y todo su acumulado rencor contra él, que aún perduraba laten¬te, afloró arremansado apenas por el consuelo del triunfo y el enervamiento del peyote.

Este tata cura le había salido a los huicholes de Santa Catarina un teámuari dañino y obstinado. Hasta llegó a empeñarse en que ellos respetasen y tratasen como a hermano al tal Cleto Carabia, otro vecino seglar del rumbo de Nayarit que invadía tercamente con su vaca¬da los pastizales de los indios y aun había baleado a Blas Pérez porque trató de ahuyentarla de sus siembritas.

¿Por qué tenían ellos que soportar a un cura vecino que, además de ponerse del lado de sus seculares ene¬migos, los mestizos, los insultaba a ellos, a los huicholes, llamándoles estúpidos?… Para él todas las viejas deida¬des de su feligresía indígena eran abominables demo¬nios, y no desperdiciaba la ocasión de ofenderlas a ellas y a las venerables tradiciones de la raza con anatemas y epítetos que sonaban maldicientes. Había arrebatado y pateado algunos de sus ídolos y atropellaba y destruía las ofrendas que los virríaricas les colgaban a éstos de los caligités o templos para invocar su ayuda… ¿No era indigno que se portase así cuando estaba viendo que ellos habían aceptado con tan generosa condescen¬dencia a los dioses menos probados- que él traía y los veneraban también edificándoles sus templos y hacién¬doles sus fiestas?… Tata Abarroqui, el que está en la cruz de palo, tata Señor San José y tatana Gualupe tenían también sus buenos caligüés edificados por los indios de piedra volcánica y vigas de abeto; y si no los tenían Lucifer y Satanás, sus dos diablos, fue porque el mismo

cura Lucas se opuso colérico a que les rindiesen pleite¬sía y les llevaran ofrendas a fin de evitar que los perju¬dicaran, alegando que eran diablos que no tenían nin¬guna lucha.

¿Con qué derecho decía este Lucas que Tayao, el Sol, no era el padre de los dioses?… Pues, ¿qué no veía cómo mañana a mañana escalaba sin bordón lo más alto del firmamento para poner cuidado desde allí en que todo estuviera en orden, y con bien sus hijos, los huicholes, aun a trueque de desbarrancarse cada tarde al mar y tener que ponerse a salvo nadando peligrosamente para estar de nuevo presente en el cielo al otro medio¬día?… Si esto no era para él prueba suficiente, ¿qué clase de prueba requería?… Y ¿por qué hablaba irres¬petuosamente de Aramara, el mar, que permanecía siempre allí, asomado a la playa, roncando y azotando la arena con sus oleajes en espera de las ofrendas que le llevaban los virríaricas cuando bajaban a San Blas para confiarle el padrinazgo de sus hijos y ponerlos bajo su divina protección?… ¿No había estado allí desde siempre, vivo y respirando con su sístole y su diástole infinitas y sin fallarles nunca en su misión cardinal de enviarles las lluvias del verano a favorecer sus plan¬tíos?… Y la ancianita madre Nacahué, que bajo la tierra vive tan atenta a las necesidades perentorias de la tribu, ¿acaso no se ponía bien de manifiesto en ese eterno renacer o retoñar de las siembritas que les daban el sustento cada temporal de lluvias?…

¿Cómo, entonces, el cura Lucas lo negaba y preten¬día que ellos los ofendieran?… ¿Qué no tenía ojos para ver y una cabeza para pensar?…

Cuando la gente se cansó de sus insolencias y dia¬tribas, él, Pancho Serio, y Santiago Ruelas fueron co¬misionados por los mayores para bajar a la ciudad a quejarse con el tata obispo de ese cura insultativo e irreverente. Pero a todas sus quejas, en las que apenas puso atención, el alto dignatario eclesiástico les dijo que valía más que le hicieran caso al tal cura Lucas, pues él era hombre positivo y sabía lo que les aconsejaba y podía convenir… ¡Positivo!… ¡Positivo cuando preten¬día que todas sus creencias eran patrañas y sus deidades demonios!… Y hasta se atrevió a matar a taconazos en la cabeza a una sagrada víbora, poniéndoles en riesgo de que el río, que se miraba representado en ese ani¬mal, se ofendiese y no volviera a bajar más agüita, como pasó con el arroyo de La Calabacera, al que del mismo modo molestaron otros vecinos que bajaban madera de más arriba y que de un de repente se quedó seco y ni escarbando bien hondo en la arena se podía llenar de líquido un pocillito… iQué positivo iba a ser el tal Lucas, quien de esa manera atropellaba todo lo que la sabidu¬ría de los ancianos de la tribu dejó establecido por sagrado y bueno para la felicidad de la misma!

A raíz de ese fracaso de la primera comisión el dicho cura se sintió crecido y los obligó a derruir los caligüés que junto a los de las veneradas deidades de su fe religiosa e incluso al de tata Abarroqui, al de santo Señor San José y al de tatana Gualupe les habían levantado ellos a Lucifer y a Satanás para congraciarlos con ofrendas y que no viniesen a perjudicarlos… Y mientras lo ha¬cían, los ofendió a ellos con improperios llamándoles necios y estúpidos.

i Cura canijo! Si estas dos últimas deidades o demo¬nios los había traído él mismo y los huicholes estaban aceptándolos tan sólo por complacerle… Pero no; se puso a decirles que eran malignos; que no merecían templos, ni ofrendas ni veneración alguna; que con que adoraran a los otros tres, que eran muy bondadosos y les ayudarían, tenían bastante, y que sólo en cabeza de asno podía caber la estupidez de rendir culto a un demonio.

No fue posible hacerle entender la insensatez de sus razonamientos. Hasta la lógica más elemental decía que si las otras tres deidades eran de suyo bondadosas, lo importante era halagar a estas dos malas para que se mostraran más benignas con ellos. Sólo sabía contestar con gestos escandalizados y con insultos, incluyendo entre los afectados por éstos a sus venerables ancianos y sabios sacerdotes.

No les quedó otro remedio que hacer una nueva gestión en el Obispado. Y esta vez Pancho Serio y Santiago Ruelas bajaron asesorados por ocho viejos de los más entendidos, para que tratándose de una comi¬sión mayor y más elocuente los tomasen más en cuenta. Hasta se murió Meregildo de camino… Y todo para lo mismo; para que al pedirle que les quitara a aquel Lucas, el obispo les dijera que le hiciesen caso a él y no siguieran importunándole con ese género de estúpidas peticiones.

El tal Lucas se mostró todavía más engreído e inso¬lente con este segundo triunfo, y extremó su audacia hasta proponerse limpiar de ídolos y ofrendas los cali¬gi,iés grandes y chicos, obligando a los indios a esconder

los para que no los profanara, en las cuevas Te-Hacata y Hariguameca; donde no se animó a ir con su friega sin duda maliciando que de no desbarrancarse solo en el voladero puede que lo desbarrancaran los indigna¬dos indios.

Pancho Serio era martoma de la Santita, una imagen de la que tenía la sospecha de que pertenecía más a la estirpe de las del cura Lucas que al olimpo de las suyas. Pero él era respetuoso. Y aceptaba ese cargo de cuida¬dor de la imagen que le había dado un cura anterior a pesar del rencor que traía desde chico contra los sacer¬dotes vecinos. Fue un rencor que tuvo su origen cuando ese otro cura, que oficiaba en Huaximic y con el que sus tatas lo llevaron a bautizar por consecuentar con un arbitrario capitán del gobierno mexicano, se negó a ponerle el nombre que ellos le habían escogido: Ciro. Era un nombre bonito, asonante, que su tata había aprendido en el tabacal de Zacualpan, donde solía trabajar por temporadas y que llevaba un mayordomo costeño de la plantación llamado Ciro Meléndez no obstante que era teámuari clavado y que iba a misa cada domingo. Pero a ese cura de Huaximic se le puso que Ciro no era nombre cristiano y contra el parecer de sus progenitores y de toda la comitiva huichola lo bautizó con el de Francisco. Cuando él creció y lo supo, sustitu¬yó el Francisco por Pancho, que era más fácil de pro¬nunciar y no tan feo, aunque nunca tan significante como pudo sonar para él ese cacofónico Ciro Serio, de cuya repetición fonética trascendía un énfasis más enérgico. Desde entonces les guardó sentimiento a todos los curas vecinos, y sin embargo aceptó ser martoma de la Santita, pues él sabía respetar a todos los santos vinieran de donde viniesen.

Pero este Lucas no lo entendía de tan gentil manera. Les prohibió hacer ituris y ojos-del-dios, flechas adornadas y otras ofrendas que consagraban a congraciar a sus deidades. Y cuando sorprendía a alguno o a alguna confeccionándolos se los arrebataba y los pateaba. ¡Genio de cura canijo!… Hasta que su obstinación volvió a llenarles la gorra, y todos los del pueblo decidieron hacer el viaje en montón a la ciudad para que el tata obispo viera que allí nadie quería al Lucas y lo quitara.

Él, Pancho Serio, opinó que por las buenas nada iban a conseguir; que lo mejor era que chingasen a ese cura. Pero los más prudentes ancianos se opusieron a la violencia, y no quedó otra que ir todos al Obispado.

Esta vez llevaban muy bien estudiados los argumentos que iban a exponer, y se pretendía que los explicasen los viejos más conspicuos y venerables de la tribu; los que eran más elocuentes en el castilla. Le dirían al tata obispo: “Tu Lucas patea nuestras imágenes; las que nos ayudan, y se lleva insultando a nuestra gente. Él no carga, pa ofrecérnoslas, más de tres que sirvan: tata Abarroqui, el señor San José y tatana Gualupe. Él no tiene un dios como nuestro Aramara que saque l’agua de la inmensidad del océano para mandárnosla en las lluvias; no tiene un Tayao que nos caliente cuando hela; ni una Metzere que nos aluce de nochi; ni una TateiJa Urima que nos ayude a pasar los arroyos cuando bajan crecidos; no una Nacahué que haga brotar nuestro maicito; ni tantas y tantas que nosotros tenemos y necesitamos. Pero hora está terco en quitarnos las nuestras que tanto nos ayudan… Venemos, tata obispo, a que nos quites a tu Lucas.”

Mas, asustado de ver tanta gente, el familiar joven que a las puertas del Obispado los recibió, se llevó las manos a la cabeza y les dijo con exasperación y grosería que el señor obispo estaba muy ocupado y no podía recibirlos; que ya más antes les había mandado decir que no quería oír más necedades…

Y entonces, Pancho Serio, que ya conocía el camino a la oficina del alto dignatario eclesiástico desde sus dos visitas anteriores, se abrió paso bruscamente haciendo a un lado a ese metiche y fue hasta el despacho de su Ilustrísima, empujó sin contemplaciones la puerta y penetró resuelto. ¡Mentira que el tata obispo se hallaba ocupado! Allí estaba sin quehacer, leyendo un devocionario. Se paró ante él y con sólo un gesto duro y unas pocas palabras dejó el asunto arreglado: “Quitas Lucas o chingamos Lucas”, dijo… Y ¿qué tal?; nomás unos instantes lo caviló el obispo. Dictó una carta, la firmó y le puso un sello entregándosela. En ella le ordenaba al cura Lucas que se concentrara con todo su ajuar en la ciudad a la mayor brevedad posible.

Por eso ahora Pancho Serio descansa al borde del barranco y se siente contento y orgulloso del éxito fulminante de su táctica. Sus deidades volverán a vivir en paz y sus caligüís se llenarán de nuevo de ofrendas. Tayao tendrá su buena fiesta el próximo 15 de junio. Y todo será feliz y ordenado como antes.

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