EL ROBO DE LA MUJER DE RUBENS

EL ROBO DE LA MUJER DE RUBENS

MUNICH


Germán List Arzubide

Tomado de : Arco Iris de Cuentos Mexicanos.

Universidad Obrera de México, 1991.

Nada hay más agradable que pasarse una tarde de descanso en uno de los grandes museos de Europa. De preferencia en los museos de pintura, en las llamadas pinacotecas. Con el amor que el europeo, signo de verdadera civilización, tiene por la pintura, el domingo por la tarde se ve a las familias, vistiendo chicos y grandes sus trajes de fiesta, recorrer los salones escuchando las descripciones que hacen los guías y gozando fervorosamente de la contemplación ante algunas obras maestras.
Aquel domingo que hoy reconstruyo en mi recuerdo, visitaba el museo de Munich, Formamos un grupo y llevando de guía a una hermosa mujer que se sabía de memoria todos y cada uno de los cuadros en su valer y en el de los maestros que los pintaron, echamos a andar recorriendo las soberbias salas de altísimos techos en cuyos muros destacaban en sus marcos las telas de fama universal.
Yo soy un admirador de Rubens, de Juan Pablo Rubens, su pintura tiene una recia vitalidad que me deleita y roe exalta.
De pronto me encontré frente al cuadro llamado El rapto de las hijas de Leucipo. Quien lo haya visto alguna vez ya no podrá olvidarlo nunca. Muestra a dos recios guerreros que se llevan por la fuerza y están a punto de trepanas a sus caballos, a dos hermosas, hermosísimas mujeres de carnes opulentas, como son por lo general las mujeres de Rubens, que se debaten en los brazos de los que las aprisionan, aun cuando un lánguido desmayo parece más bien secundar la acción intempestiva que a los únicos que encabrita es a los soberbios bridones.
Yo miraba y remiraba el cuadro atraído a la par por las carnales figuras femeninas y por el equilibrio del conjunto en el que todo parece seguir un ritmo, una armonía, una colorida cadencia. Quedé en éxtasis sintiendo la magia del genio flotar mi rededor. Era como una música divina, una embriagadora atmósfera de goce estético.
Me hallaba perdido en tal arrobamiento, cuando alguien habló
a mi lado despertándome del embeleso. Me volví hacia mi interlocutor y me encontré con un extraño hombre que parecía arrancado de un cuadro del Greco. Alto, delgado, vestido de negro, con un rostro exangüe, en cuya palidez sobresalían sus ojos afiebrados. Señaló a la mujer que el soldado romano ha conseguido levantar en sus brazos y me dijo con una voz que parecía venir de muy lejos:

—Parece gustarle a usted mucho mi mujer.
— ¿Su mujer?
—Sí señor, mi mujer. ¿Va usted a creer que estoy loco? No señor, esa mujer es mía. Y no crea usted que tengo celos de que la contemple así, desnuda, luciendo su espléndida hermosura. Es mi orgullo y en cierta forma mi satisfacción. Todos la admiran, algunos la desean, solamente yo la gozo y no me importa que los demás se solacen con su rotunda desnudez.

No sabía qué decir frente a este señor que hablaba agitando unas manos que recordaban las manos de los nobles pintados por el Greco en el entierro del Conde de Orgaz, que acababa de ver en Toledo. El hombre sonrió complacido y me dijo:
—Contémplela, satisfaga su admiración y venga conmigo a tomar una taza de café al restaurante. Le contaré cómo me he robado a esa mujer, arrebatándosela a su raptor. Ella, como usted ve, no está muy satisfecha de que se la lleven a la fuerza, parece llamar a que se le ayude; yo lo advertí y vine a socorrerla. Pero venga, acompáñeme, tomará una taza de café y sabrá algo que seguramente habrá de interesarle. Acompáñeme.

Yo le seguí obedeciendo a no sé qué curiosidad extraña y morbosa. Penetramos al pequeño restaurante, que en esa hora estaba casi vacío y el hombre del Greco pidió café y dio principio a su relato.

—Insisto en que usted supone que estoy loco ¿no es verdad?

Yo le aseguré que estaba dispuesto a escuchar la historia de sus amores con aquella mujer del cuadro de Rubens y que de lo que me contara deduciría mi juicio.

—Pues bien, escuche usted. Soy un vecino de esta ciudad de tan alto abolengo. Como la mayoría de los ciudadanos herederos de aquel rey artista Luis 1, amo por encima de todo las artes y en particular la música y la pintura, aun cuando no soy indiferente a la poesía y a otras manifestaciones espirituales. Un día . . .

Echó hacia atrás su hermosa cabeza renacentista y pareció perderse en un ensueño. Sorbió su café y prosiguió.

—Un día, mejor aún una tarde, como ésta, de domingo, volví a visitar la antigua pinacoteca, con ánimo de recrearme en el cuadro de Rubens, mi favorito. Más que otras veces, dejé pasar el tiempo absorto en la contemplación y cuando las primeras sombras de la noche principiaban a obscurecer el gran salón, advertí que la mujer del cuadro me miraba ansiosamente pidiéndome que la auxiliara liberándola de aquel bárbaro que se empeñaba en llevársela.
Se interrumpió diciéndome:
—Sigue usted mi relato? ¿Lo encuentra verosímil?

Yo tuve que asegurarle que me interesaba todo lo que estaba contándome y que seguía con atención sus palabras. Entonces prosiguió.

—Vi claramente que demandaba mi auxilio y resuelto a todo, me acerqué al cuadro, miré al guerrero cara a cara y extendiendo los brazos le arrebaté a la mujer, que cayó en ellos. No hice más que quitarme la capa, envolverla y dejando al tosco raptor asombrado de mi audacia me dirigí a la puerta con mi preciosa carga y me marché con ella a mi casa. Y así fue cómo, por primera vez, esa mujer fue mía. Por eso le he dicho que era mi mujer. Corrijo, es mi mujer y cada domingo, como hoy, me espera para que la lleve a mi casa. Eso es todo. No lo cree usted, ¿no es verdad?

Yo sonreí incrédulo, pero haciéndole el juego le aseguré que me parecía verídico y que lo felicitaba por su buena suerte.
El extraño personaje agradeció mis palabras y hasta me invitó a acompañarlo a ver el rapto de ese domingo, asegurándome que me podría ayudar a llevarme la otra mujer, pues estaba seguro de que también aborrecía al asaltante.
Yo le agradecí su invitación y me disculpé de no poder acompañarlo en su aventura, pues viviendo en un hotel seguramente no me dejarían llegar con una mujer desnuda, así fuera a las altas horas de la noche.
Nos despedimos y el señor que tanto me recordaba una figura del Greco me alargó una de sus casi irreales manos y se marchó diciéndome:

—Hoy es domingo y están cayendo ya los velos de la noche.
Perdóneme que lo abandone, una mujer me espera…
No le dí mayor importancia a tal relato y volví al hotel con ánimo de cenar, dar un paseo por una de aquellas concurridas avenidas y regresar a descansar y así lo hice.
¿Ha sentido el lector ese extraña sensación de marchar entre una densa multitud de la cual uno es un completo desconocido? Esa inquietud de estar solo, absolutamente solo en medio de un vasto conglomerado que marcha riendo, entablando pláticas, mientras se va como perdido en un desierto densamente poblado sin que nadie sepa quién es uno. Así marchaba yo en aquella noche de inmensa soledad, cuando de pronto, al cruzar uno de los puentes que van sobre el Isar hacia el Rogenhausen, alcancé a ver a mi hombre del Greco. Era él, sí, imposible confundirlo por su facha un tanto lúgubre y su alta estatura y ¡oh, asombro!, mi corazón comenzó a latir violentamente. De su brazo marcha una mujer un tanto gruesa, alta como él, en la cual reconocí, ¡a la mujer de Rubens! ¡No me cabía duda, podía jurarlo si fuera necesario ¡Era ella, nadie más que ella! La había contemplado muchas veces y por volverla a ver había regresado a Munich en esta ocasión.
Mudo de asombro, ví acercarse a la pareja. El hombre del Greco me reconoció y al pasar por mi lado, inclinó levemente la cabeza en un saludo solapado y rápido, con ánimo visible de no permitirme dirigirle la palabra y pasó. Yo quedé petrificado, anhelante, envuelto en una atmósfera de irrealidad, dudando de mis propios ojos, sin saber si estaba viviendo un sueño.
Aquella noche la pasé en vela, ansioso de ver levantarse el día para correr al museo y ver de cerca el cuadro. Cuando al fin pude llegar, un letrero me avisó que por ser lunes estaba cerrado todo el día. No me quedaba otro quehacer que esperar veinticuatro horas más de fiebre y ansiedad, que ocupé en recorrer todos los barrios esperando hallar a mi hombre del Greco. Inútil búsqueda y otra noche de fiebre.
Por fin el martes corrí hacia la Galería. Entré con tal violencia, que el portero me miró asombrado y me siguió inquieto. Atravesé el primer salón y el segundo corriendo con el portero a mi espalda, y alcancé el salón de los Rubens. Casi me desmayé, el cuadro faltaba, en su lugar un letrero anunciaba que había sido prestado al Museo de Pintura de Venecia para una exposición internacional de Rubens -.
Caí en la banqueta frente a la pared vacía, oyendo la explicación que trataba de darme el portero por la falta del cuadro sin poder entenderla. Se habían llevado a ella, a ella. ¿Y qué sería del hombre del Greco? ¿Habría marchado a Venecia? ¿Se conformaría con esperar hasta la devolución del cuadro?
Lo que yo quería, y por eso mi ansiedad, era que me dijera el secreto para arrebatar a una mujer de una tela. Le dejaría disfrutar de la mujer de Rubens, yo soñaba ya con ir al Museo del Prado en Madrid y marcharme con la Maja Desnuda de Goya, mi eterna adoración.

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