EL REPATRIADO

EL REPATRIADO

Rafael F. Muñoz

UN PUENTE, nada más. Un puente con piso de madera, del que sacaban astillas los cascos herrados de los caballos; largo y sucio, sobre unas aguas turbias, color sepia, que formaban remolinos como si quisieran regresarse cauce arriba.

A esto se había reducido la distancia de mil millas que Andrés Casavantes tenía que recorrer, desde el Estado de California hasta Ciudad Juárez: un puente de madera, nada más; y más allá, una población aplastada contra el suelo; era como si hubieran rebanado en lonjas un rascacielos, y las hubieran esparcido. Casas de un solo piso, nada más.

El muchacho se detuvo a la entrada del puente.’ Detrás había dejado las grandes ciudades de California, donde los edificios se alargaban hacia arriba y se apretaban unos contra otros, como espigas de trigo. Cinco años de caminar a la sombra de las enormes columnas perforadas por centenares de ventanas cuadradas, recorriendo calles llenas de ruidos en las que se apretuja la gente que marcha apresuradamente, como ganado acosado por los vaqueros.

La ilusión constante de volver, y repentinamente, una ciudad plana, sin torres, sin cúpulas, de anchas calles donde uno que otro coche tirado por los caballos rueda lentamente con una cauda de polvo.

El cambio era brusco: un muchacho de quince años que se va, uno de veinte que vuelve. Los recuerdos se han vuelto imprecisos, se han hermoseado, se han idealizado, creando el ansia del retorno. Mil millas de viaje, y la ciudad, plana y extendida como una moneda caída en el suelo.

Andrés no había reflexionado en que, mientras él marchaba hacia adelante, la guerra tiraba de la ciudad hacia atrás. Cuatro años de guerra, nada más.

Un torrente de pensamientos. Una sonrisa. Andrés levantó el sombrero, que le ajustaba la frente y las sienes palpitantes, echándolo hacia atrás; sujetó firmemente el asa de su maleta, y avanzó por el puente con decisión, con firmeza. Si sus pies

300

estuviesen herrados, como los cascos de los caballos, levantarían astillas del piso de madera.

A su lado, repiqueteando la campana, pasó un tranvía amarillo que iba de norte a sur vacío de pasaje. A la salida del puente, un guarda lo detuvo:

—¿Adónde va usted?

—A Chihuahua.

—¿Mexicano?

—¡Seguro que sí! ¿Tengo cara de otra cosa?

El guarda sonrió, dejándolo pasar. Tenía Andrés cara de mexicano que vuelve, ciertamente; bajo un sombrerillo de alas ridículamente cortas, asomaban los negros cabellos gruesos como cerda, cortados en “castaña”, como peluca; un cuello postizo, rígido por el almidón, era como base de alabastro para su cabeza de tinte moreno. Y el traje azul, amplio como funda de sillón, y los zapatos boludos de la punta, y la maleta enchila, encorsetada por dos anchas correas. El mexicano que ha trabajado en Estados Unidos, y que vuelve.

Andrés penetró a la ciudad. A veces, las casas le presentaban el enjarrado de sus fachadas, manchado con hoyos circulares que semejaban huellas de viruela en piel humana, siendo huellas de balas. En otras casas, los huecos de puertas y ventanas estaban vacíos, y el humo les había pintado en la pared, negros penachos. Incendios.

A distancia cruzó la calle una columna de soldados, inclinados hacia delante por el peso de las mochilas. Dos chiquillos que jugaban a la orilla de la banqueta, levantaron las cabezas para verlos cruzar.

—Ya se van —dijo uno.

—A Chihuahua —dijo el otro, y reanudaron su juego.

El repatriado apresuró su paso hacia la calle trasversal por donde había desaparecido la columna de soldados, y siguiéndola, llegó a la estación del ferrocarril. Compactos grupos de hombres en uniforme azul esperaban la orden de subir a los trenes, dos largos trenes colocados en vías paralelas. Con las trompas hacia el sur, las locomotoras inmóviles parecían dormir, roncando suavemente.

—¿Van a Chihuahua? —preguntó Andrés a un oficial—Yo también quiero ir .. .

El oficial no le contestó, ni le miró siquiera, y el muchacho

301

echó a andar de nuevo, entre los grupos de soldados que se apretujaban en los andenes. Buscó a algún empleado de ferrocarril arriba de los carros, pero no vio sino soldados. Llegó hasta una locomotora y habló al maquinista que asomaba medio cuerpo por su ventanilla.

—¿Van a Chihuahua? Yo también voy.

—Dígale al general Castro, allá . . . —le señaló un grupo al extremo del tren.

Caminó con su maleta, que ya le pesaba, rozando los carros de los dos trenes paralelos. Y llegó hasta donde estaba el general Francisco Castro, pequeño, cetrino, de vientre abultado sobre el que daba la vuelta, en diagonal, la correa que sostenía el carcaj de la pistola. Rodeado de oficiales, daba órdenes para que los soldados subieran a los trenes.

—Si no caben en el interior, que suban a los techos, que avance primero el explorador: y nosotros iremos cinco minutos después. Dentro de un cuarto de hora daré la orden de marcha, y no quiero que alguien se quede en tierra.

—Mi general —informó un ayudante— uno de los fogoneros del explorador se ha marchado .. .

—Que lo busquen y lo traigan a culatazos. Si no aparece en un cuarto de hora, saldremos de todos modos como se pueda. ¡No puede uno fiarse de estos rieleros! Todos simpatizan con los rebeldes y nos molestan cuanto pueden.

Andrés le habló.

—Señor, yo quiero ir . . .

—Estos son trenes militares,’ joven. Espere usted. Dentro de dos o tres días podrán correr trenes de pasajeros. Voy a limpiar la vía de esa gente revolucionaria que la amaga. Espérese .. .

Un oficial le indicó que debía retirarse. Andrés cruzó la segunda vía; de un lado, la fila de carros, de otro, la pared que separaba la estación de los talleres. Algunos soldados habían bajado de los techos para vaciar la vejiga sobre las ruedas. La puerta corrediza de un carro estaba abierta: dentro, cajas apiladas, pacas de pastura, ningún soldado. Andrés arrojó su maleta al interior, subió y cerró la puerta. Dos largos silbidos, y cinco minutos después, otros dos; el vagón se estremeció, las golpearon sus eslabones, las ruedas chirriaron frotando sus ejes. ¡Adelante!

302

Cuando consideró que el tren estaba ya lejos de la estación, el muchacho abrió la puerta del carro y vio pasar el paisaje, que parecía girar como si fuera un disco que tuviera el eje en el más alto picacho. El llano chihuahuense es desolado y yermo, como la taiga siberiana, como la pampa; tiene una mancha de arena que el viento sabe rizar: Los Médanos. Y en ese mes de agosto, cuando el sol es más ardiente y el viento más veloz, la arena jugaba en cálidos remolinos, envolvía los vagones, los blanqueaba, y se iba como una neblina a dejarse caer sobre los montículos, que eran como el oleaje de un mar blanco, repentinamente inmovilizado.

Más al sur comenzaron a surgir las palmas silvestres y el chaparral, Andrés recibía la visión del llano como si de ella estuviera sediento. Sentía de nuevo la alegría infantil de salir al desierto y de sentirse único en él. Enormemente solo e infinitamente libre.

El tren se detuvo. Un garrotero bajó a tierra con su larga alcuza, a empapar de aceite las cajas de estopa de los ejes. Andrés no le sintió acercarse, porque su mente galopaba hacia las montañas remotas, y no se ocultó.

—Epa, amigo, ¿que’stá haciendo ahí? ¡Aquí hay un paisano! Todos los soldados que iban en el techo del carro bajaron apresuradamente y lo hicieron brincar a tierra. Lo rodearon.

—¿Qué hace allí? ¿Qué quiere?

Sin esperar respuesta lo llevaron a empellones hasta la cola del tren, y de ahí, el general lo envió a servir de fogonero en la locomotora del tren explorador.

—Si es un espía, debiera fusilarlo, pero antes, que sirva de algo. ¡A echar leña, amigo!

La caldera alimentaba su fuego con grandes trozos de madera. Resoplaron los émbolos y el tren reanudó su marcha. Andrés se puso a echar leña, vigilado por la mirada de un soldado, con el arma apuntándole:

—Si brinca, le tiro .. .

A orillas del camino apareció una vegetación diferente.. rieles retorcidos, troncos de durmientes convertidos en negros tizones. Al peso del tren, la vía suelta parecía querer escurrirse. La locomotora y los carros se bamboleaban. El explorador avanzó despacio, bufando como si fuera una res cansada.

303

A distancia de medio kilómetro, los rieles se duplicaban: era el desviador de la Estación de Ranchería.

Repentinamente la locomotora se inclinó hacia adelante, hundió en la arena el abanico de su defensa, y no avanzó más.

—¡Nos amolaron! —gritó el maquinista— ¡La vía está desclavada!

Quiso hacer retroceder el tren; un humo espeso salió a borbotones de la tronera; los émbolos golpearon furiosamente, las ruedas giraron con rapidez destrozando la madera de los durmientes y penetrando más profundamente en tierra.

—¡Más leña! . . . ¡Más leña!

La caldera quedó repleta de troncos; el silbato lanzó cinco largos, cinco profundos quejidos. Las ruedas batieron la arena con más velocidad todavía. Chorros de un vapor azul, saliendo de entre los ejes se mezclaron a la polvareda de la tierra revuelta.

—¡Fmn.i! ¡Fiiiiii!

La máquina lloraba con su silbato.

Entonces, de una larga colina coronada de riscos que era como un muro paralelo a la vía, se volcó el tiroteo. Una cornisa de carabinas revolucionarias vertía sobre el tren inmovilizado la lluvia de las balas. Y los soldados, precipitándose a tierra en largos brincos, fueron a protegerse tras de las ruedas de acero, a replicar.

Andrés se sumergió entre los troncos. Oyó el martilleo de los proyectiles sobre la lámina del ténder. Oyó el paso de otros, con rumor de abejas; y las ruedas seguían girando al batir incesante de los émbolos.

-    ¡Fiiiiii!

El otro silbato ofrecía apoyo. Toques lejanos de clarín ordenaron que continuara el fuego, y las detonaciones siguieron vibrando en el alma de los fusiles. Una hora, y otra más.

Andrés no veía sino troncos, sol y cielo. Y su espíritu se echó a vagar, remontándose, hasta que otras órdenes trasmitidas por el clarín que dominaba el ruido de la tormenta, rompieron la uniformidad del tiroteo, lo rasgaron, lo dividieron. Bajo el tren encallado, el tronar de los disparos se fue apagando, como una hoguera abandonada. Los soldados salieron de entre las ruedas, se alejaron de la colina, y dando un

304

largo rodeo para ponerse fuera del alcance de las carabinas, se unieron a los del otro tren. Todavía algunos disparos aislados epilogaron el combate, surgiendo uno de aquí y otro de allá como soldados retrasados que llegan al vivac. Silbidos cada vez más lejanos contestaban con un son de queja; el fuego de la caldera se había consumido, y las ruedas de la locomotora habían cesado de girar, hundidas hasta los ejes en la arena que las aprisionaba.

Andrés se incorporó, apareció como único ser vivo en el tren —cadáver de una serpiente de acero—, y miró hacia afuera. Colina abajo corrían a saltos hacia él, centenares de campesinos; algunos, al verle, dispararon todavía, y entonces el muchacho levantó los brazos, como lo había visto hacer en California, en señal de sumisión. Los primeros campesinos llegaron hasta el tren, le vieron en ropas civiles, y se echaron las carabinas a la espalda.

—¡Ora, amigo! ¡Echese un brinco p’abajo!

En la arena, frente a él, un soldado, probablemente el’ que lo vigilaba desde lo alto del montón de troncos, estaba de bruces, con los brazos en cruz y las piernas muy abiertas. El uniforme azul, limpísimo y las polainas negras, brillantes. Medio sumergido en la tierra, parecía haber sido, él mismo, un proyectil.

II

Lo había llevado ante el jefe, ante Él, ése a quien no es necesario llamar por su nombre.

—Tú no eres soldado. ¿A dónde ibas?

—Yo quería ir . . . a Chihuahua. Me descubrieron en un carro donde me había metido, y me pusieron a echarle leña a la máquina.

—¿A Chihuahua?

—Sí, señor.

El Jefe rió.

—También yo voy. ¡Sígueme!

Su voz era indeleble: lo que decía no se borraba jamás. Su ademán era como una brújula: señalaba una ruta, para siempre. Su mirada era como una montaña que cayera sobre la

305

voluntad, aplastándola. Todo Él era una orden: “Conmigo te vas, por mí te mueres.”

Desde ese momento, dos fuerzas dominaron el espíritu del muchacho que regresaba: una era el ansia del terruño, otra el magnetismo, la atracción, la dominación absoluta de Él. Por el momento, ambas parecían converger: de otro modo, quizá la primera se hubiera ahogado, sumergiéndose en el océano insondable de la voluntad todopoderosa.

Caballo, carabina, cartucheras que le bajaron de los hombros en diagonales cruzadas. Eso fue lo material, lo que recibió en un momento.

Después, los anhelos fueron infiltrándose en él poco a poco; durante las marchas de todo un día por los llanos en que el viento cabalgaba al compás de los hombres; en las noches de vivac, cuando las fogatas iluminaban los rostros y las palabras iluminaban los espíritus; en las escaramuzas, cuando al disparar, el golpe de la carabina endurece el hombro y forja el alma. Andrés, rudimentariamente, comprendió la Revolución, percibiéndola como una nebulosa, imprecisa pero deslumbrante. No podría definirla, no podría explicarla, como nadie se la había explicado a él completamente. Era como una troje en que hubieran sido recopiladas las semillas de todas las yerbas silvestres, de las que envenenan, de las que producen sangre, pero también de las que afirman la vida. Era un conjunto de ansias, un río de anhelos que va a fertilizar la tierra. Y en ella, en la Revolución, Andrés depositó su semilla, virtió su líquido caudal. La Revolución lo recibió y lo hizo suyo, completamente.

La marcha por los campos no era en línea recta, ni continua, ni uniforme. A veces era una carrera desenfrenada por una llanura plana, por la que la columna se precipitaba en desorden, en pequeños grupos que se separaban para reunirse después, al otro día, en alguna hacienda abandonada o en algún pueblo miserable de casas color de polvo. En otras ocasiones, los jinetes, uno tras otro, subían y bajaban por montañas en las que no había ni una sola vereda. Una vez que había montado a caballo cuando aún había estrellas, vieron salir el sol que avanzó hacia ellos, y otra vez fueron persiguiéndolo hasta que cayó al otro lado de la serrranía.

En las escaramuzas, cada vez más largas, muchos cayeron;

306

en los pueblos a que llegaban, cada vez más grandes, centenares de hombres se agregaron a la cauda creciente de aquel astro errante.

Hasta que una mañana, cuando el viento del norte los golpeaba en pecho y cara como si quisiera detenerlos, y al salir la columna de una garganta entre dos cerros que se abría al llano inundado por el chaparral, el muchacho vio cómo el Jefe extendía el brazo diestro en una horizontal que parecía querer alargarse hasta el perfil del mundo.

—Ahí es.

Andrés vio únicamente cerros. Pero entre los cerros tres inconfundibles, aun cuando él jamás los hubiera acariciado con los ojos desde aquel sitio: uno, levantándose brusco como una erupción de rosas, aislado, solitario, sin un árbol, sin un mezquite, sin una brizna de yerba; otro, de largas pendientes, con dos jibas a los lados del crestón central, barnizado de un color verde casi gris por el chaparral que comienza a secarse. Y en medio de los dos, un cerro pequeño, un cono rodeado por un oleaje inclinado de dunas de tierra rojiza, como cobre bruñido.

Tras ellos debía estar la ciudad, tras ellos estaba la ciudad, suavemente inclinada hacia un río. Invisible por completo, parecía elevarse sobre ella un hálito de voces, de saludos, de movimiento, de temores. Quien no hubiera estado nunca en aquel llano, quien hubiera sido puesto repentinamente en él por una mano de misterio, hubiera comprendido lo que había detrás de aquellos tres cerros; hubiera percibido, flotando sobre la silueta de los riscos, lo que no es brillo, ni es color, ni es ruido, lo que no es palpitación ni es reflejo: hubiera sentido el alma de la ciudad.

Andrés comprendió que algo se había roto dentro de él: la mano del deseo que lo había impelido de California hacia el sur, dominó a la otra potencia, la estranguló y la echó fuera. En el alma del muchacho, el jefe todopoderoso había perdido la primera batalla, porque en cuanto dijera “atrás”, sería desobedecido.

Dijo “adelante” y la columna marchó al galope por el llano. Los jinetes empuñaron sus carabinas, alargaron las riendas, se ajustaron aún más al torso de sus caballos.

¡Oh!, la sed de una ciudad, para quien ha vivido meses en

307

el desierto: ¡La sed de esa ciudad, para quien ha vivido años en el destierro!

La caballería se desplegó en una línea que abrazó todo el llano. Los kilómetros desaparecieron bajo la cortina de polvo que se levantaba de los cascos de los caballos, un arcoiris de gritos de siete colores cubrió la planicie como un toldo resonante.

Súbitamente se desbordaron los oleajes del trueno, de un trueno que no baja de los cielos, impávidamente azules, sino que se arrastra ladera abajo del más pequeño de los tres cerros. Es el saludo del cañón, que Andrés oye por primera vez.

La caballería no se detiene, la caballería continúa el galope por el llano, y el vuelo de las granadas bate el aire; el chaparral se mancha con caballos y hombres que quedan en tierra, rojos e inmóviles. Tras una colina, casi duna, los hombres dejan sus caballos y echan pie a tierra. Frente a sí no ven a nadie, todavía. Avanzan diseminados, a cinco, a diez metros uno de otro, aparecen un momento en las crestas de otros montículos que cada vez más altos, se van sucediendo. Y cuando las ametralladoras invisibles tras las trincheras desenrollan sus cadenas de estallidos, ellos se tienden en tierra y hacen restallar también sus carabinas. Unos corren hacia delante, heroicamente ansiosos, otros van a rastras. Todos disparan, todos gritan.

Las ametralladoras son implacables e incansables. A ras de tierra todo lo dominan, todo lo subyugan. Hacia donde gritan, todos los cuerpos humanos obedecen y se inclinan.

La marea de campesinos se detiene. Después, retrocede. Después, desaparece.

Sólo Andrés, sin sombrero, sin carabina, avanza hacia el sitio en que los cerros se unen, hacia donde es más bajo el perfil de la tierra. Quiere ver siquiera una casa, siquiera una torre. Loco, inconsciente, brinca por los montículos, corre en los planos, pasa entre las perforaciones invisibles que hacen en el aire los proyectiles, levanta los brazos, como si quisiera atraer sobre sí la atención de la ciudad que no le ha visto.

Al verle correr inerme, los soldados de las trincheras descansan, horizontales en tierra, sus carabinas. Y le dejan acercarse, y le dejan llegar. Sólo cuando él quiere ir más lejos,

308

cuando quiere trasponer la trinchera hacia la ciudad, le detienen

—¡Alto! ¡Ríndase! ¡Alto!

—¡Déjenme llegar! ¡Déjenme ver!

—¡Alto! ¡Alto!

—¡Quiero ver! ¡Quiero ver!

No le comprendieron. Le creyeron un hombre que se había vuelto loco por la furia del combate. Lo palparon y no tenía armas.

—¡Quiero ver!

Lo dejaron subir hasta una pequeña colina de cantiles verticales, de donde los constructores acostumbran extraer cantera. Lo dejaron subir hasta la cima, y le vieron quedar inmóvil, con los brazos en alto, como un jefe indio de épocas pretéritas que saludara la salida del sol.

No le comprendieron, creyeron que se había vuelto loco. Y luego, a la orden de un oficial que se acercó al grupo, sin bajarlo del crestón de cantera, de flanco, porque no fue posible obligarlo a que volteara, lo fusilaron.

III

Fue una tarde de noviembre del año trece. Cuando cesaron los roncos insultos de los cañones, y los restallidos de las ametralladoras, y hubo toques de diana que difundieron por la ciudad la noticia de que el primer ataque villista había sido rechazado, salimos los muchachos de nuestras casas, corriendo, ansiosos de llegar a la línea de fuego.

Unos tuvieron miedo conforme se aproximaban; a otros, patrullas de soldados les ordenaron retroceder. Sólo yo pude dejar atrás las últimas casas cuando ya no había luz de sol y se había desenvuelto sobre la tierra una espesa, una extensa, una angustiosa nube color ceniza. La inquietud de mi curiosidad me había dejado sordo a todo ruido, insensible a todo brillo de luz. Los soldados debieron haberse reconcentrado en sus trincheras, porque nadie me detuvo ni nadie me habló. No recuerdo una tarde más quieta, más solemne ni más profunda.

Frente a mí, ni una casa, ni un poste, ni una cerca. Sola-

309

mente un cerro donde había unas canteras explotadas por los contratistas de construcción.

He subido trabajosamente por los riscos casi verticales, y al llegar a la cima, cuando creí que de ahí dominaría con una sola mirada el extenso llano para mí tan familiar, donde se había desarrollado la batalla, toda mi atención la atrajo el cuerpo de un hombre, tendido en el suelo. Quieto en aquel sitio, como el tronco de un árbol muerto, he sentido llegar la noche. Mi vista no había podido desprenderse un momento de aquellos restos rígidos: los rotos zapatos cubiertos de polvo, el traje azulenco viejo y desgarrado; el cuello de la camisa, un cuello postizo que debe haber sido blanqueado por el almidón muchas semanas antes, y ahora veteado de polvo, sudor y sangre; las manos abiertas, sucias y lívidas; la cara enjuta y amarillenta. Todo daba la impresión de un hombre muerto: el color de las carnes, las arrugas de las ropas, el polvo mismo que cubría aquel cuerpo tendido de espaldas.

Únicamente había vida en sus ojos, dos abiertos, dos claros, dos luminosos ojos.

Y en su boca, amoratada y entreabierta.

Debió haber estado sonriendo cuando las balas le entraron por el costado y lo derribaron instantáneamente muerto. Sonriendo a causa de alguna visión para él maravillosa, que le penetraba a raudales por sus ojos frescos y purísimos.

Y yo, como el tronco de un árbol muerto, he permanecido mucho tiempo inmóvil, mirándole; la nube color de ceniza y la noche, nos había amortajado juntos, a él y a mí.

Sólo que yo sentía la enorme angustia del vacío y de la muerte, y él sonreía con su inmóvil boca amoratada.

Y era tan serena, tan quieta, tan limpia la mirada que dirigía hacia lo alto, que no me atreví a cerrarle los ojos.

310

Los comentarios están cerrados.