EL PUENTE

EL PUENTE

Rafael F. Muñoz

POR MÁS que vigiló el capitán Medina toda la noche, siguió diciendo el telegrafista, no pudo darse cuenta de ningún movimiento sospechoso; se pasó en claro la velada, recorrió el puente de lado a lado, y cuando el amanecer oyó el disparo, y vio caer al centinela, corrió al cauce del río pistola en mano, pero a nadie encontró . . .

—¿Y el centinela, muerto?

—Como todos los demás. Y con éste van catorce.

—Catorce —repitió el encargado del tanque de agua.

—Catorce —dijo la tía Lola, dueña de un cuartucho frente a la minúscula estación, donde iban a hacer sus comidas el telegrafista, el mecánico encargado de la bomba que subía el agua al tanque del ferrocarril, y el capitán Medina, jefe de una pequeña escolta destinada a cuidar el puente de doscientos metros de largo sobre el rápido río de aguas turbias. Sus comidas de huevos, elotes, pinole, cabrito al horno, tortillas de harina, y de cuando en cuando, asaderos que traían a vender de los ranchos cercanos, y queso de sabor amargo y corteza durísima.

Telegrafista y mecánico estaban almorzando aquella mañana, asombrados de que no hubiera podido ser descubierto el misterioso rebelde que noche tras noche, cuando el cielo comenzaba a colorearse de gris, disparaba desde el pedregal a la orilla del río, y con un solo tiro dejaba muerto al centinela apostado a la entrada del puente. Este puente era considerado por la jefatura de la Zona Militar como de gran importancia estratégica, y vigilado continuamente por un fuerte destacamento, para evitar que los rebeldes lo dinamitaran, con el fin de cortar de su base de operaciones a las columnas de soldados que estaban presentando resistencia, al norte, a la avalancha de la revuelta. A la orilla sur del puente estaba un tanque de agua para las locomotoras, una pequeña estación en la que no había más empleados que el telegrafista, la casu-

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cha de la tía Lola y diez o doce tiendas de campaña para la tropa. Los soldados hacían su propia comida, y el capitán, el telegrafista y el mecánico, iban tres veces al día a la casa de la tía Lola a comer.

Ella era una vieja, una viejecilla común y corriente, sin nada excepcional bajo su cabeza blanca y su pañuelo amarrado a la frente; tenía un muchacho recogido, Miguel Ángel, a quien decía Miguel Diablo por lo travieso que había sido siempre; un muchacho que tendría diez y siete años, pero un cuerpo de hombre de veinticinco; gran nadador que cruzaba el río de lado a lado en las crecientes, y se divertía en sacar de las aguas turbias los grandes troncos, empujándolos con la cabeza y nadando vigorosamente hacia la orilla pedregosa; además, montaba muy bien a caballo, y con la carabina era formidable tirador. En la casucha, mataba las gallinas, partía la leña, e iba al pueblo cercano todos los días por elotes.

—Catorce, que están alineados allí enfrente, a dos metros de la vía . . .

—Pero el de anoche será el último, dijo una voz fuerte a la puerta de la casucha; era el capitán Medina, soldadote de bigotes en alto y grueso capote gris, sobre el que colocaba sus fornituras y sus armas; la pistola reglamentaria, y el largo sable recto. Será el último, añadió, porque ya sé quién es el bandido .

—¿Qué quiere almorzar, capitán? —dijo la vieja.

—Todavía no. ¿Dónde está Miguel?

—En el corral, partiendo la leña.

En efecto, se oían los golpes acompasados del hacha sobre los maderos; el capitán, sin quitarse el casco de corcho, ni los guantes de piel de perro, y sin soltar su fusta, se encaminó al corral; en el centro estaba un muchacho enorme, desnudo de medio cuerpo arriba y mostrando un torso de luchador; con el pie acomodaba troncos sobre un madero hendido a la mitad, y levantaba el hacha suavemente, descargando golpe tras golpe, hasta que el tronco quedaba convertido en ocho o diez leños triangulares. A pesar de estar de espalda a la puerta del corral, Miguel se dio cuenta de la presencia de un extraño, y suspendió su trabajo, sin volver la cara. Frente a él, un montón de leña picada dejaba asomar la culata de una carabina que Miguel había tratado de esconder.

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—¡Muchacho!

—Mande, mi capitán . . .

—Oyeme, tú sabes que cada noche un centinela del puente es asesinado . . .

—Sí, capitán.

Miguel volvió a partir leña con movimientos rítmicos y fuertes; los leños cortados iban amontonándose con precisión sobre la culata de la carabina que estaba al descubierto, y ya sólo quedaría visible la mitad, pero la contera brillante podía llamar la atención.

—¿Dónde estuviste tú anoche?

—Hubo baile en el pueblo . . .

—¿Y a qué hora volviste?

—Serían las siete, capitán, porque salí del pueblo cuando estaba clareando .. .

El muchacho seguía cortando leña, sin precipitarse, partiendo en cada golpe el tronco en dos partes exactamente iguales. Ya sólo la contera brillante asomaba bajo los maderos partidos.

—¿Dónde está tu carabina, Miguel?

—Ya le dije el otro día que la vendí en el pueblo, y le enseñé las platas . . .

Dos golpes más de hacha, cuatro leños al montón, y el arma quedó totalmente cubierta.

—¡Te estoy hablando, majadero! —dijo el militar violentamente— ¡deja de partir leña y mírame a la cara!

Y al mismo tiempo azotó con su fusta la espalda desnuda del muchacho, en la que quedó dibujada una cinta lívida primero, y después, poco a poco, roja. Miguel dejó de partir leña, y a pesar del latigazo, irguió el busto y sonrió triunfante:

—¡Búsquela si quiere, capitán! ya la tiene Francisco Baca desde hace una semana.

—Sí, perro desgraciado. Baca se fue con los rebeldes con el arma que tú le vendiste . . .

Y violentamente, Medina fustigó al muchacho en la cara y en los brazos desnudos.

—Capitán, capitán, gimió la vieja lanzándose a abrazar a Medina, yo respondo de Miguel, él no ha hecho nada, le juro que no ha hecho nada . . .

—Ya lo veremos; mañana llegan los trenes militares, y le

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formaremos consejo de guerra; esta noche lo tendremos encerrado en la estación, con un centinela de vista. A ver, Miguel, ponte tu blusa, estás arrestado.

El muchacho se dirigió lentamente hacia el cerco del corral, donde estaba colgada su blusa azul de mezclilla; la tomó y comenzó a colocársela, pero, repentinamente, de un ágil brinco traspasó la cerca, cayó en el pedregal, penetró en el río, y se fue nadando aguas abajo, a brazada larga. Inútilmente el capitán Medina descargó su pistola desde la cerca.. todos vieron cómo Miguel llegó a la orilla opuesta, un kilómetro más abajo del puente, se sacudió y echó a correr entre los mezquites.

Todo el día le estuvieron buscando los soldados, con órdenes de dispararle al verlo, pero todo fue inútil; la blanca llanura seguía silenciosa y desierta, bajo el cielo gris del invierno.

En la pequeña estación, el capitán Medina, de codos sobre la mesa del telegrafista, contemplaba a éste traduciendo el traqueteo de un aparato receptor; el empleado, con los audífonos sujetos a la cabeza por una cinta de resorte, trazaba en papel letra por letra, y se iban formando las palabras que el capitán Medina leía de revés.

—Trenes militares, capitán .. .

—Sígale, sígale.

—Aquí hay algo para usted: “Capitán Medina, jefe del destacamento en Puente: Avíseme si podemos pasar inmediatamente hacia el norte, porque los rebeldes están atacando la capital del Estado, y ésta no podrá sostenerse sino mañana. El jefe de la División, general Estrada.”

—Conteste lo siguiente: “C. Jefe de la División: Hónrome en participar a usted que a pesar de los frecuentes ataques de los rebeldes, hemos podido sostenernos en el Puente, aunque con catorce bajas; los trenes militares podrán pasar inmediatamente. Atentamente. El jefe del destacamento, capitán Medina.”

—El jefe del destacamento, capitán Medina, repetía el telegrafista .

Y al poco rato, los aparatos dejaron de traquetear, el tele-

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grafista se quitó los audífonos y con el capitán Medina salió de la pequeña estación. El invierno se acentuaba, y en la tarde gris, el viento helado de las montañas bajaba silbando por el desierto.

—Ahora lo van a ver estos desgraciados, decía el capitán agitando en el aire su mano enguantada; diez mil hombres, y seguramente que viene El Niño, el cañón más grande del ejército. Verá usted cómo viene en las plataformas del primer tren . . . Y en diez días, la revolución estará terminada .. .

Los dos se acercaban al puente, caminando a pasos irregulares sobre los durmientes de madera. Los soldados, envueltos en sus amplios capotes, ocultaban la cara y la carabina al viento, y golpeaban los pies contra el suelo para que no se les entumecieran. Había un centinela a la entrada del puente, envuelto en el gris del abrigo militar, y asomando en los revuelos el largo cañón de su fusil.

Al otro lado del río, la landa interminable, cruzada por el triángulo larguísimo de los rieles que se desvanecían hacia las lejanas montañas, escondía bajo su calma aparente la febril actividad de los rebeldes, que en pequeñas partidas se acercaban con frecuencia a la vía tratando de cortar comunicaciones y dejar aislada a la capital del Estado y sin probabilidades de recibir refuerzos para su escasa guarnición. Pero nunca llegaban hasta el río; eran muy pequeñas guerrillas para atreverse con un destacamento de cincuenta hombres y sólo de cuando en cuando, en el horizonte una columna de polvo acusaba el galope de sus caballos; sonaba el ,clarín, los soldados cruzaban el puente a paso de avance, se metían en sus loberas, y esperaban, esperaban inútilmente, porque los alzados se comprendían muy débiles, a pesar de sus ganas de apoderarse del puente.

—Ahora lo lograrán menos que nunca, gritaba Medina, fanfarrón y afecto a alzar la voz: dentro de dos horas estará la columna aquí, y nos iremos a pegarles a estos harapientos hasta debajo de la lengua . . . Ya tengo ganas de matar unos cuantos jijos .. .

Una explosión tremenda le cortó la palabra y lo arrojó al suelo, lo mismo que al telegrafista y a los soldados de la guardia; en el centro del puente, donde estaba la gruesa pilastra en que descansaban dos de los más grandes arcos, se

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levantaba una columna negra que parecía una pluma vertical sobre el cielo gris; toda la tierra había temblado al vibrar de la dinamita, y por el aire volaban los trozos de cantera y hierros retorcidos, cayendo sobre las aguas rápidas del río como una granizada. Pasado el primer momento, Medina, el telegrafista y dos docenas de soldados corrieron por el puente, todavía vibrante y ruidoso; el humo, disipándose lentamente, dejaba ver la magnitud del desastre; los dos arcos centrales, faltos de apoyo, se habían recostado en el cauce del río, cortados como por dos hachazos, y dejado vacío un tramo de cuarenta a cincuenta metros; las aguas seguían corriendo precipitadamente, llevándose las maderas destrozadas de los durmientes

—¡Mire, capitán Medina, mire!

Los soldados apuntaban con sus carabinas río abajo, e hicieron unos cuantos disparos; inútilmente, porque en la curva del río a más de un kilómetro aguas abajo, salía del agua Miguel Ángel, se sacudía como un animal que hubiera recibido un duchazo, y desaparecía en las primeras sombras de la noche.

A lo lejos resonaron los largos silbidos de una locomotora .. .

Cuando frente a la pequeña estación se detuvo un largo tren militar con una plataforma y dos carros de caja por delante, la locomotora al centro y después unos carros extraños, cuadriculados de blanco y negro o pintados de colores y líneas fantásticas, en su pobre casucha, la vieja tía Lola estaba desmayada; su espalda cruzada a cintarazos por órdenes del capitán Medina, y su cabeza blanca ensangrentada a golpes de rifle.

Y a la mañana siguiente, frente a diez o doce mil hombres formados en batalla, el capitán Medina, jefe del destacamento en Puente, era fusilado por órdenes de un consejo de guerra que lo juzgó por negligencia frente al enemigo.

Ahora, en plena primavera, los trenes militares han pasado de

norte a sur, lentamente, sobre los huacales de durmientes con

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que se substituyó provisionalmente a los dos arcos de acero truncados por la dinamita. Las plataformas de la artillería ya no venían en el tren del jefe de la División, que había pasado el primero a toda máquina; los demás trenes traían más heridos que soldados útiles; las jaulas de la caballada se habían quedado abandonadas en el camino por innecesarias; de la brillante división de doce mil hombres, volverían de tres a cuatro mil, derrotados por la revolución y por el invierno, en sólo tres meses. Cuando la misma columna pudo pasar hacia el norte, tres semanas después de la volcadura, la nieve cubría la enorme sabana, y a lo lejos los rebeldes, que habían ocupado la capital del Estado, se fortificaban y se hacían de elementos de guerra, dinero, uniformes, armas, comían bien, dormían bajo techo . . . crecían en número diariamente.

—Somos millones, decían los de última hora.

Y así, la campaña estaba perdida para los soldados; ya no era tiempo de dominar una revolución creciente por segundos, arrolladora, y que había estallado en otras partes al saberse el primer gran triunfo del movimiento, que fue la captura de aquella capital.

Las tropas en derrota se perdieron en las curvas que hacía al sur la paralela interminable, y una noche, los primeros trenes de los revolucionarios pasaron sobre los huacales crepitantes.

La tía Lola había ido por agua al tanque, y se detenía en el andén de la estación cuando uno de esos trenes pasó frente a ella a vuelta de rueda; no eran carros de soldados, sino elegantes vagones de pasajeros, iluminados espléndidamente. La viejecilla vio pasar uno de esos carros, de amplias ventanas abiertas, y dentro largas mesas, a cuyo derredor hombres vestidos de amarillo, con cierta elegancia, tocados con amplios sombreros tejanos, bebían cerveza y vino, charlando alegremente entre la humareda de sus cigarros. En la cabecera de una de esas mesas, Miguel Ángel, de pie, gesticulaba; era el mismo muchachón pero con un soberbio vestido de gabardina cara, finísimo sombrero echado hacia atrás, y una mascada de seda roja amarrada al cuello; algo muy interesante debía estar contando, porque la atención de todos los del carro, estaba concentrada hacia él, y con frecuencia le interrumpían los “bravos” y los aplausos.

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La viejecilla permanecía atónita en el andén de la estación hasta que, bien cargado de agua el ténder de la locomotora, el tren reanudó su marcha iluminando la tierra silenciosa con grandes cuadros de luz, y perdiéndose pronto en la obscuridad.

La tía Lola se encaminó a su casucha con el balde de agua; el telegrafista y el mecánico del tanque estaban terminando su cena; chiles rellenos con queso amargo, borrego al horno, leche de cabra con pinole .. .

—Y a propósito, tía Lola, preguntó el telegrafista; ¿qué habrá pasado con Miguel Ángel?

—Sólo Dios sabe si se habrá muerto, contestó la viejecita recogiendo los trastos.

A lo lejos, el silbato de la locomotora que corría hacia el sur, lanzaba su despedida.

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