EL PÓRTICO DE DON BLAS

EL PÓRTICO DE DON BLAS

Juan de la Cabada

JOVEN culto, pero sin esperanza, y ya hecho a recoger cuanto tira por la calle la gente de mayor categoría, levantó del suelo una hoja de periódico. Al arrastre de sus pasos, dentro de unos increíbles zapatones destrozados, va leyendo. Repentinamente se devuelve y encamínase a la catedral.

Parece mentira! —piensa— ¿Es curiosidad enfermiza o qué, relacionar mi vida imbécil al brillo de un extinto millonario? Hasta quisiera saber de qué murió ¿Quién, quién me informará?

Eran las 8 y 35.

En el altar mayor, todo enlutado, el arzobispo y dos curas, los tres con casullas de duelo, cantaban. Imponente, respóndeles el coro. De rodillas, la cabeza baja y su vista recogida en su propia ruina, se dice para si el desarrapado:

—Si esto es para la salvación de su alma, yo doy de antemano la mía con tal de que la de él se condene. ¿Pero qué puedo hacer con el arzobispo, los padres y todas las buenas personas ricas que, según veo, se interesan tanto, en cambio, por el descanso eterno del finado …?

La iglesia estaba llena. El miserable alzó los párpados, desvió la mirada y la posó disimulado en un individuo, hipócritamente pesaroso, muy limpio y de inconfundible traza de sirviente:

—Este es el de la manguera —recordó.

Al instante, por su cabeza inclinada se asociaron las imágenes y se montaron gráficamente sobre el espacio escrito de la hoja de periódico, cuya lectura le llevó a la catedral. En primer término, su imagen —la imagen del desarrapado— se habla a sí misma: Soy un vago —empieza—. Joven, como me veo, soy, sin embargo, uno de tantos seres a quien sin más la gente llama rata. Muy cansado de caminar, y, lejos del centro de la ciudad, cierta noche de lluvia el aguacero me obligó a tomar refugio bajo el pórtico de un palacio. Me tumbé en el piso de mármoles del pórtico. Llegó un segundo vago y se tumbó también. ¿Serían las doce de la noche, la una, o las dos de la mañana? Poco después un frío susto me despertó y con indecible amargura, perseguido por los manguerazos de agua, corría hacia la acera opuesta del palacio. Desde el pórtico, un criado de uniforme, manguera al brazo, se reía. Así las cosas, descubrí por la acera en que me hallaba, un grupo de vagos como yo. Uno de éstos, ya viejo, que manteníase despierto, dijo:

—Se conoce que eres novato. Pero el otro sí se quedó …

— No se ha movido —contesté.

—Parece de piedra … —indicó un tercero.

— Acuéstense por ahí y no fastidien —aconsejó el viejo, y agregó: -Ya se despertará dentro de dos horas, cuando el gato vuelva a fregar con su manguera.

-¿Por qué?

-¿No sabes? El dueño del palacio es don Blas Plastira, millonario …, el más rico del país …

Torné a dormirme. Alto el sol, desperté con un nombre en la boca: “Blas Plastira”. Frente a mí, precisamente, el millonario aparecía en el pórtico. Dio dos saltitos, chilló, y en otros dos saltitos regresó al interior de su palacio.

Luego, salió, seguido por su criado de uniforme:

-¿Qué hace esto aquí? -preguntó don Blas al criado.

-Señor, yo eché agua cada dos horas, cada dos horas toda la noche, toda la noche hasta las seis de la mañana como usted me lo ha ordenado …

Y diciendo -puesto que traía consigo la manguera descargaba torrentes y torrentes contra el sujeto, tirado allí en el pórtico.

Mi compañero, el viejo vago, abrió los ojos:

- Es el de anoche, ¿verdad?, que seguramente se murió …

- Debe ser.

Pero ya el criado había soltado la manguera y arrodillado estaba junto al hombre que no se movía.

- Está muerto -adujo el criado, mirando a don Blas-. ¡ Con razón!

-¡ Qué razón, ni qué nada! -exclamó don Blas-. Claro, les echa usted el agua después de muertos, en vez de echársela antes. ¡ Gástase uno millones en construir una casa a su gusto, del más puro estilo europeo, para que se la conviertan en guarida de piojosos! ¡ Pues no, señor, el pórtico de mi casa no es asilo! ¡ Pronto! Llame usted a la Cruz Roja para que lo recojan en seguida. ¡Y tenga más cuidado! En lo sucesivo tendrá usted que regar el pórtico cada hora …

Forrado por su abrigo negro, don Blas se metió en su automóvil.

Sin duda vino aquí, a la catedral. Tenía fama indiscutible de ser el hombre mas piadoso de esta tierra. ¿Oyó misa y comulgó? ¡ Claro! Don Blas oía misa y comulgaba diariamente …

Aunque joven, como tiempo tiene de sobra, un vago es generalmente muy curioso. En consecuencia, el desarrapado, llegada la noche del día en que asistió a las honras fúnebres del millonario Blas Plastira, va y se acomoda en el mismo sitio de la acerca opuesta del palacio. Entonces comprendió al valor infalible y enorme de la herencia.

Al sonar las diez salió el criado con su manguera:

-¡ Don Blas con su familia, palacio y todo: hijo de puta! -masculla el miserable.

Pues como dispuso en vida el millonario, su criado riega el pórtico cada hora.

Los comentarios están cerrados.