EL PERRO MUERTO

EL PERRO MUERTO

Rafafel F. Muñoz

EL GENERAL GÁLVEZ era el caudillo militar del norte.

El general Chávez iluminó el sur con su genio guerrero.

Separados uno de otro por la distancia enorme que el espejismo de los desiertos se complacía en agigantar, parecían tener, sin embargo, ideales semejantes, propósitos hermanos, anhelos comunes que los llevaron a las armas en una lucha luenga y cruel contra la tiranía. Ya en detalle, uno y otro eran enteramente distintos: desde su aspecto, imponente en el norteño gigantesco, de grandes bigotes rubios y mirada azul acero; un tanto ridículo en el suriano de blancos calzones ajustados a las piernas zambas, sus cuatro pelos erizados como cepillo sobre los boludos labios, y sus ojos, recelosos, nocturnos, de pájaro de sorpresa. Y en cuanto a ideales, anhelos, propósitos, ¡eran también tan distintos!

Coincidieron únicamente en rebelarse contra un mismo gobierno, uno por cierta causa, el otro por tal motivo. Nada más. Y al irse cerrando sus fuerzas en doble presión sobre el cuello del gobernante envejecido, y al ahogarlo, y al unirse la corriente de hombres de guerra que bajaba del norte con la trinchera de combatientes que avanzaban del sur, los dos hombres se estrecharon las diestras y entraron juntos a la ciudad vencida, entre las aclamaciones que el mismo pueblo tributó siempre a todos los vencedores.

En finos caballos (más grande el de Chávez, quien por esto aparecía aún más pequeño), recorrieron las anchas avenidas luminosas, atropellando la multitud de sus nuevos, espontáneos y desconocidos admiradores. Así, las fuerzas aliadas llegaron hasta el Palacio de Gobierno, bajo y largo, que a distancia parecía una tapia de corral pintada de rojo; ya frente a él, sus grandes proporciones sorprendían, los huecos enormes de las ventanas, por donde podía pasar una locomotora; las altísimas rejas de hierro y latón bruñido de los balcones; el astabandera atrevido y erecto como una torre … En el gran balcón central, los dos caudillos se mostraron ante la

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multitud entusiasta: Gálvez inclinado hacia delante, de codos sobre la balaustrada, pareciendo querer levantar con su diestra poderosa al pueblo que se movía abajo, como arenas revueltas por un remolino de viento; y Chávez, pequeño, bajo un sombrero de palma adornado con negras calaveras bordadas en el ala arriscada hacia arriba, asomaba apenas su cabeza de indígena sobre los latones relumbrantes y los hierros retorcidos. Un guasón de la multitud le gritó: “¿Por qué estás sentado, Chávez?”, pero no era que estuviese sentado, sino que así era él de pequeño.

Gálvez habló el primero. Antes de guerrero había sido comerciante, leyó novelas, hizo algún mal verso, y al convertirse en caudillo se dedicó decididamente a la oratoria. “Hénos aquí, a los luchadores del sur y del norte, en estrecho abrazo sobre el cadáver de la podrida dictadura; la sangre que unos y otros hemos derramado sobre cien campos de batalla, servirá para unir los témpanos de granito en que fincaremos la prosperidad de la patria; a partir de hoy, veréis volar sobre vuestras cabezas la paloma divina de la paz. Los hermanos estamos aquí, unidos para siempre . .”

La grande ovación hizo sentir una poca de envidia a Chávez. Aquel “grandote” sí sabía atraerse a la gente; no sería difícil que lo hiciera menos a él, en vez de darle, cuando menos, la mitad de la gloria y del provecho. Y desbordando los brazos sobre el balcón, echado hacia afuera como un muñeco que consistiera solamente en cabeza y manos, dijo también su discurso: “Justamente es lo que dice mi general Gálvez: aquí vamos a abrazarnos para hacer las paces; ya no habrá peleas, ya no habrá guerras; ahora los dos mandamos aquí por mitad. Eso que dijo de la paloma es muy cierto.”

Otra vez se elevó la tempestad de aplausos y vítores, Gálvez y Chávez se abrazaron en el balcón del Palacio y para que el pueblo viera mejor al guerrero del sur, el del norte lo cogió con su garra poderosa de donde hacen curva los pantalones, y lo sostuvo en vilo unos instantes, a su altura.

La ciudad fue vivac para los triunfadores: en los cuarteles, escasos y pequeños, se desbordaron a las plazoletas, a los grandes patios de los edificios públicos, orlados de redondas

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arcadas; a los palacetes abandonados por medrosos sostenedores del régimen caído, o simplemente a las calles, bajo la sombra de los árboles de ornato, en que recargaban sus armas, amarraban sus caballos y colgaban como de un perchero las prendas de uniforme que eran superfluas en aquella tarde de sol.

Con los soldados se instalaron sus mujeres, compañeras más o menos fieles en la guerra y en la paz, sus hijos semidesnudos y curtidos en el acre ambiente de pólvora quemada, y sus animales de fidelidad garantizada o de utilidad a la hora del rancho: gallinas y pericos, perros y puercos.

En una callejuela de poco tránsito, empedrada y de rectitud dudosa, con una tapia de corral a un lado y una pared como de fábrica al otro, un escuadrón de jinetes de las fuerzas de Chávez se había instalado. Las mujeres hicieron fuegos, volaron las plumas de las gallinas, hirvió el agua en las redondas ollas de barro, y mientras estaba la cena, algunos soldados salieron a una taberna próxima a echar sus tragos. Allí había varios paisanos, entre ellos un inválido, viejo soldado en olvido por ebrio y por inservible; usaba una pata de palo, gruesa y reforzada con clavos cabezones y anchos cinchos de hierro, y para dar firmeza a su paso, se apoyaba en un bastón enorme, casi un cayado, en que su paciente navaja había dibujado su biografía. Ebrio, relataba las veces que había estado en campaña, matando a muchos de “estos perros bandidos”, cuando entraron dos soldados, seguidos por el perro de uno de ellos, can amarillo y desconfiado, aparentemente humilde, pero de ojos iracundos y largos colmillos agresivos. Debe haberle caído mal el inválido, porque le gruñó, y cuando la pata de palo dio un vuelo de péndulo hacia él, le tiró el mordisco y se le quedó prendido, hincando los colmillos en el viejo madero herrado.

Los apuros del inválido para desprenderse al can provocaron las risas unánimes, y éstas el enojo incontenible del patepalo, quien rápidamente, recargado en el mostrador de la cantina, golpeó con su bastón la cabeza amarilla y enjuta, hasta destrozarla a golpes sobre uno de los cinchos.

—¡Ora, viejo bruto! ¿No vé que el perrito está jugando? ¡No le pegue!

—Si ya lo mató . . .

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—¡Borracho jijo de la borrega! ¡Qué valiente es con los pobrecitos animales! Póngase con un hombre .

El soldado dueño del can echó mano al marrazo, largo como un brazo y fino como una aguja.

—Viejo barbas de chivo, aquí le llegó la hora …

Ni intentó defenderse el viejo. Fue tan rápido el movimiento del soldado, que aquél sólo sintió un piquete en el vientre y un dolor muy fuerte, más que cuando le cortaron la pierna en frío. Dejó caer el grueso bastón, y apoyada la espalda en el mostrador, se fue resbalando.

No fue posible contener los chillidos de los otros parroquianos, que antes que quienes los lanzaban salieron por sobre las puertecillas de la cantina hacia la calle. Por ella transitaba un teniente a caballo, seguido por un hombre de servicio también jinete.

—¡Señor oficial! ¡Señor oficial! Ahí dentro mataron a un pobre viejito .

—¿Qué pasó? ¿Quién fue?

—Un soldado… mire, ese soldado que viene saliendo … El teniente, oficial de las fuerzas de Gálvez, vio que se trataba de un soldado de las fuerzas de Chávez.

—¡Oye, tú! ¿Es cierto que mataste a uno?

—Pues la verdá es que sí. Me mató mi perro .

—¿No sabes la orden del día? Todo miembro de las tropas que cometa un acto de violencia será inmediatamente ejecutado por el superior que se encuentre más próximo. ¡Toma!

Le disparó de arriba abajo, a boca de jarro. Y el soldado cayó con los brazos abiertos en cruz, separando de un golpe las puertecillas de la cantina, que por sus resortes se volvieron a cerrar. Las piernas laxas quedaron fuera, y la cara en la penumbra del interior. El oficial y su asistente siguieron su camino, al trote de sus caballos, y se perdieron en la calle transversal.

Se aglomeró la gente en torno al cadáver: borrachines y soldados, mujeres del pueblo y chiquillos; de la callejuela donde el escuadrón de jinetes había acampado, salió en tangente centrífuga una vieja dando alaridos.

—¡Me mataron a mi Juan! ¡Me mataron a mi Juan! A codazos perforó el quíntuple círculo de curiosos, y ya en

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el centro sangriento, siguió gritando:

—¡Me mataron a mi Juan!

Se aproximó un automóvil en el que iba un mayor con cuatro oficiales y varios soldados. Se detuvo.

—¿Qué pasó aquí?

—Mataron a un soldado.

—A ver, ¿quién me informa?

La cabeza del que había acompañado al occiso a la cantina, se elevó sobre el grupo.

—Mi mayor, éste era uno de los nuestros.

—¿Quién lo mató?

—Un teniente de los de Gálvez. Ahí nomás debe ir a la vuelta de la esquina. Va en un caballo prieto, y trae un pañuelote colorado amarrado en el pescuezo . . .

—¡Vamos a alcanzarlo!

El motor del automóvil lanzó un relincho de cólera, y emprendió carrera; al dar la curva de la esquina, casi chocó contra un poste. Las miradas de los cinco círculos de curiosos volvieron a concentrase en el muerto, y la vieja reanudó sus gritos:

—¡Han matado a mi Juan!

A tres cuadras de distancia, el automóvil alcanzó a los jinetes.

—¡Oiga usted, tenientito de bazofia! ¿Quién es usted para andar matando a nuestros soldados?

—Lo he castigado en cumplimiento de una orden del cuartel general, que dispone que todo soldado que ejecute un acto de violencia sea pasado por las armas.

—¿Qué cuartel general dio esa orden?

—El único que vale, el nuestro, el de mi general Gálvez.

—A su general Gálvez y su cuartel general, nosotros nos los pasamos por los calzones . . . ¡Mire!

El mayor con su pistola y tres soldados con sus carabinas, hicieron fuego. En mitad de la calle quedaron el teniente, su hombre de servicio y los dos caballos. Rondando sobre los charcos de sangre pasó el automóvil, y como estaba muy cerca un cuartel de tropas amigas, el mayor se metió ahí, temiendo una represalia.

Una hora después, por las dos bocacalles a los lados del cuartel, aparecieron dos fuertes grupos de soldados; instalaron pequeños cañoncitos de montaña al filo de las esquinas, y

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a gritos, un oficial ordenó que toda la gente que estaba en la calle se movilizara inmediatamente a otro lugar. Pronto el tramo quedó desierto.

—¡Ésos del cuartel!

—¿Qué quieren?

—Ordena el coronel Gómez que le entreguen inmediatamente a un mayor que se metió ahí en un automóvil.

—No entregamos nada.

—Es un asesino.

—Es nuestro.

—¡Entréguenlo por la buena!

—¡Vaya al diablo!

Los cañoncitos comenzaron a disparar, destruyendo en un minuto los garitones. Los de dentro cerraron el portón, y desde la azotea encendieron una cenefa de estallidos contra los atacantes. Estos ocuparon algunas casas, llegaron a la azotea frente al cuartel, y estuvieron disparando un cuarto de hora. Los cañoncitos destrozaron el portón, y cuando las maderas cayeron al suelo, doscientos hombres realizaron un rápido avance desde las dos esquinas y protegidos por el fuego que sus compañeros hacían desde las casas de enfrente, entraron al cuartel. La calle quedó manchada con cuerpos contorsionados en veinte posturas, una ridículas, otras macabras.

El combate continuó todavía: en el patio, tras los pilares, en el interior de los cuartos, los sitiados hacían restallar sus armas. En el centro del patio estaba el automóvil en que había entrado, a refugiarse, el mayor; una bala le perforó el tanque del combustible, un cerillo encendido provocó una llamarada, y el carro entero ardió. En el oscurecer, aquel fuego untaba de reflejos los muros del cuartel.

—Aquí estoy, bandidos, yo soy el que mató a su teniente .. .

Tras un pilar se encontraba, efectivamente, un bulto impreciso: las luces del incendio del automóvil no le daban de frente, y sólo uno que otro reflejo lanzado por los muros o por las baldosas impregnadas de sangre lo desprendían de las sombras del rincón. Era un hombre que estaba herido, en el vientre quizá, porque sentado en el suelo, inclinaba el torso hacia adelante.

—¡Aquí está! ¡Aquí está!

A la luz de las llamaradas azulencas y rojizas de la gasolina,

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brincando ágilmente sobre grupos de cadáveres, entre unas cuantas balas errabundas que aún buscaban un cuerpo en que posarse, el coronel Gómez llegó hasta el rincón donde estaba el herido.

—¡Con que tú fuiste, no!

—Yo mero, y ni presumo.

—¡Quiébrenlo!

Varios disparos de fusil resonaron simultáneos, y el bulto pareció contraerse dentro de la sombra.

—¡Ora sí, muchachos, vámonos!

La columna, que esperaba frente al cuartel se organizó y emprendió la marcha. Ya era de noche, y el barrio de la ciudad en donde la lucha se había desarrollado, estaba en tinieblas; todas las casas conservaban las luces del interior, tras de sus puertas y ventanas, cerradas y hostiles; afuera, los disparos habían cortado los cables de corriente eléctrica, y los grandes faroles que pendían entre las casas estaban como en eclipse.

Arrastrando sus cañoncitos, la tropa victoriosa caminó algunas calles, enfundada en silencio. Los soldados, todos infantes, arrastraban a tiempos uniformes sus zapatones en el pavimento, produciendo un levísimo velo de ruidos, a ratos imperceptible.

Repentinamente, por la retaguardia les llegó un rumor como de granizo que cae sobre cristal: era un galope, eran herraduras de caballo batiendo la plancha de asfalto.

—Alto, media vuelta, líneas de tiradores, rodilla en tierra

La orden fue dada en voz baja y ejecutada sin ruido. El redoble de la caballería en el pétreo tambor de la calle, fue acercándose. En sombras todo, el ruido creciente fue el único indicio de proximidad.

—¡Quién vive!

—¡Chávez!

—¿Qué gente?

—¡El general Chávez en persona!

—¡Fuego!

A distancia de cincuenta metros se desarrolló el diálogo rapidísimo de los disparos.

Los fusiles que truenan,

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Los cuerpos que caen,

Los cristales que se estrellan,

Los heridos que se quejan,

Los ilesos que insultan,

Los jefes que gritan,

Los soldados que avanzan . . .

Eso es todo lo que se sabe de un combate en las sombras.

Los de la pequeña columna que se retiraba, la emprendieron a cañonazos contra la caballería; los perseguidores dieron varias cargas sobre los infantes formados en tiradores. Varios choques brutales hicieron retroceder a la pequeña columna, y los que la integraban se descompusieron por las calles transversales, abandonando los cañones volcados en las banquetas.

Y tras ello, los jinetes surianos se precipitaron en una avalancha de venganza: cuanto hombre encontraron, soldado o civil, enemigo o neutral, lo mataron.

La matanza empavoreció a la misma media noche, que tantas tragedias ha visto, y que bostezando, apareció en el escenario cuando ya sólo se oían disparos aislados. Se hizo lo más breve que pudo dentro de su capote negro, y se alejó murmurando:

“Que venga el amanecer a entenderse con esto.”

El amanecer llegó tarde: se había dormido al otro lado de la sierra, a donde no llegaron ruidos de combate que lo despertaran. Cuando se acercaba, indeciso todavía, el general norteño Gálvez se presentó con su famosa escolta de “colorados” (llamados así porque les gustaba untarse las manos de rojo con lo que primero encontraban) frente al palacete donde se había instalado desde su llegada el genio guerrero del sur. Centinelas somnolientos lo dejaron pasar, y oficiales dormidos en las antesalas despertaron al sentir casi sobre ellos la multitud de “colorados” que invadió la casa.

—¿Dónde está ese sietemesino?

Más por intuición que por conocimiento, Gálvez llegó hasta la alcoba en que Chávez descansaba la fatiga de la media noche, reclinado sobre una gran cama de dorada talla florentina y largos cortinajes de brocado lila. En torno al lujoso lecho, veinte soldados de la guardia personal del jefe, dormían sobre las alfombras persas y los tapetes de sedosas hebras largas.

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—¡ Oigame, generalito de estiércol! ¿Qué derecho tiene usted para andarse metiendo con mi gente? ¿Así entiende la concordia entre dos ejércitos hermanos? ¿Ésa es la unidad de ideales entre norte y sur? Me mató usted a Gómez, que era como mi hijo, y ahora va a ver quién es Gálvez . ..

Chávez se incorporó a medias entre almohadones de pluma, forrados en suave seda de lánguido azul; con los ojos aún legañosos y ronca la voz, contestó débilmente:

—Mire, compadre, no me vaya a salir otra vez con la paloma; mejor es que …

No terminó. Fue reclinándose en los cojines, con la cabeza echada hacia atrás y la boca muy abierta, por la que se le salía la sangre a golpes, como de hipo.

Había recibido una bala arriba del ombligo, ahí donde se tienta blandito entre las costillas que hacen ondas. Cuando entra ahí un disparo, sale mucha sangre por la boca, y el pobre de Chávez, no tuvo ni tiempo para apretarse el vientre, o para descolgar su pistolón, que pendía del ala de un grifo dorado que se elevaba en la cabecera del lecho.

También ahí murió Gálvez, y muchos de sus hombres, y muchos de los de Chávez. Los muertos quedaron en el lecho, junto al lecho y bajo el lecho. Porque el pleito comenzó en la alcoba.

Siguió en el vestíbulo,

Bajó las escaleras,

Salió al jardín,

Huyó a la calle,

Se difundió por todos los barrios de la ciudad,

Incendió cuarteles,

Derribó defensas,

Ensangrentó avenidas,

Atemorizó habitantes,

E hizo tantas y tan diversas barbaridades, que uno de los dos bandos tuvo que salirse. “No crean que tenemos miedo —dijeron los últimos al alejarse— nomás vamos por refuerzos.”

Efectivamente, fueron y volvieron. De esto hace tres meses y todavía se sigue combatiendo.

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