EL NOTARIO LECHUGA

EL NOTARIO LECHUGA

CELESTINO HERRERA FRIMONT

Huapango en Revista de Revistas,
XXXVIII, Núm. 1911 (26 de enero de 1947), p. 41.

En la sórdida habitación los cuchicheos de Casilda y Casiano se confundían con los ecos de la calle, transitada por un grupo de cantadores que se dirigían a la fiesta del barrio, todo alumbrado por múltiples hogueras que levantaban sus inquietas llamas hasta las azoteas de las casas.
En el más apartado rincón del cuarto, al que no se podía llegar sin sufrir muchos tropiezos en los gastados y percudidos ladrillos, se encontraba una vieja cama, desvencijada, con los barrotes cacarizos por las desportilladuras del esmalte y con las perillas corroídas y abolladas. Recostando su bovino corpachón en tan incómodo lecho, agonizaba doña Vaqueta, la ricachona del pueblo.
Doña Vaqueta, gracias a una tenacidad digna de mejor empeño, amontonando peso sobre peso de los que pícaramente esquilmaba a sus parientes, y a las pingües ganancias que le produjo el traficar con la honra de sus hijas, había acumulado un capital que al decir de los murmuradores del pueblo montaba a varios millares de pesos secretamente guardados, amén de algunas fincas rústicas y urbanas que le redituaban lo suficiente, más que para la sobria pitanza, para acrecentar las alcancías cuya existencia daba lugar a que se desbordara la fantasía de todos aquellos que las codiciaban.
Poco a poco se fue quedando doña Vaqueta sin parientes y vio llegar los últimos años de su vida en la más completa soledad, hasta que Casilda y Casiano, husmeando las ventajas que podían obtener, se acomodaron a su lado. La vieja los aceptaba con gran desconfianza, pero la pareja de buitres sufría sus intemperancias y esperaba con calma.
Y con la grave enfermedad de doña Vaqueta, vieron llegada su oportunidad y prodigaron sus atenciones a la moribunda, sabedores de que no había posible alivio para ella
Quizá con un resto de piedad, Casilda propuso:
—Veremos al doctor Sangría, para que la atienda.
—Es más importante la parte legal —objetó Casiano—, veremos primero al señor notario Lechuga para que haga el testamento.
Y como si la más ligera tardanza los privara de la riqueza que ya sentían suya, mirándose con ojos de codicia y satisfacción, después de apagar sus voces en un cuchicheo impío convinieron en arrancar a doña Vaqueta el secreto, para conocer dónde guardaba el tesoro que la leyenda popular le atribuía.
— Quisiera confesarme con el Padre Sotana —suplicó con débil voz la enferma.
— Díganos dónde tiene su dinerito para llevarle una limosna al señor Cura, no sea que por andar tan ocupado en la fiesta de hoy no pueda venir —dijo con melosidad Casiano.
—Ya que Dios le dio, doña Vaqueta, déle usted también un poquito a Dios, una limosnita. Y sobre todo, no por no dar vaya a quedarse sin confesión. ¡Qué herejía! —agregó Casilda.
Y así, la pareja de buitres insistió hasta obligar a doña Vaqueta, por temor, a decir el lugar en donde escondía sus codiciadas monedas. Se incorporó con trabajo; los ojos desorbitados y los labios tremantes; al escupir el secreto se agitó inquietamente su buche de iguana y como si con él también se fuera su vida, el cuerpo laxo se azotó sobre el lecho.
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— Murió sin hacer testamento.
— No te apures, el notario Lechuga nos lo arreglará. Y el diálogo fue el responso a la difunta.
El notario Lechuga medía a pasos menudos la longitud de su despacho, en un interminable paseo. Tenía el rostro cubierto de rojizos parches impresos por la eccema; los bigotes, teñidos en su raíz de nicotina, daban trabajo a los dedos huesudos que los recorrían en larga caricia; el pelo grisáceo, estropajoso, sacudía su caspa sobre los hombros caídos y la espalda doblegada.
El traje escondía sus remiendos y su vejez, en la mugre de un continuado uso; los pantalones encogidos casi hasta los tobillos y el saco alargándose inverosímilmente; de una de sus bolsas intentaba fugarse el rojo paliacate.
Casiano tímidamente llegó hasta él y le tendió la mano. Lechuga con gran ceremonia fue a sentarse en un sillón medio escondido por la mesa llena de papeles y de códigos y escuchó con visible interés el relato, de su cliente.
—La pobre doña Vaqueta está tan delicada, que ya casi ni habla y sólo por señas la entendemos. Seguramente usted las entenderá también —dijo para terminar Casiano.
Brincando la vista sobre los arillos dorados de los anteojos observó cuidadosamente el notario a Casiano, y movió los labios como saboreándose, satisfecho.
— Bien, vamos a hacer el testamento.
Al llegar al cuartucho miserable, el notario Lechuga acomodó como mejor pudo el sombrero de arriscadas alas y el imprescindible paraguas, limpió sus anteojos y abriendo el protocolo donde había escondido tantas triquiñuelas y falseado tantas declaraciones, se dispuso a redactar el testamento de doña Vaqueta, de acuerdo con lo que anticipadamente le había indicado Casiano.
Entretanto éste y Casilda, compungidos, se habían acomodado en la cabecera de la cama y sostenían el frío cuerpo de la muerta en una actitud que querían hacer viviente. Las llamas de las hogueras que ardían en la calle, al colarse por la ventana, perfilaban siniestramente el cuadro.
Una vez que el notario dejó de rasguñar el papel, se limpió el pecho con arrogancia y pausadamente inició la lectura de la falsa disposición testamentaria. Al llegar a las cláusulas del otorgamiento, maliciosamente miró hacia el grupo y levantando más la voz interrogó:
—¿Es cierto que deja usted en propiedad absoluta el rancho de “Los Nopales” a don Casiano Casillas?
A un impulso que le imprimieron las manos de los impostores, la cabeza yerta de doña Vaqueta se abatió ligeramente en señal de asentimiento.
Lechuga en su peculiar gesto se saboreó para continuar.
— ¿Es cierto que a su muerte deja a doña Casilda Casillas los terrenos de “La Magueyera”?
Nuevamente la cabeza se inclinó en forzado ademán afirmativo y nuevamente el notario Lechuga saboreó sus labios.
—¿Es cierto que deja usted la casa grande de la calle de Tepetates, con cuanto de hecho y por derecho le corresponde, a don Apolinar Lechuga, letrado de este pueblo?
La cabeza de doña Vaqueta se movió desacompasadamente en ademán negativo, mientras Casilda y Casiano se miraban asombrados de la picardía de Lechuga, quien con parsimonia descansó sobre la mesa el librote del protocolo; quitándose los anteojos, acompañando a sus palabras con una sonrisilla maliciosa les ordenó:
—Ahora, mulas, jalen parejo, o no hay testamento.
Ante la actitud conminatoria, los buitres defraudados inclinaron por última vez la cabeza sin vida de doña Vaqueta. Para asegurar su atraco no vacilaron en satisfacer también la rapacidad del escribano, que falseaba la ley a su arbitrio y la simulaba a su antojo.
(De Huapango)

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