EL MLAGRO

EL MILAGRO

Alfredo Grandguillhome


- SEÑOR DIOSITO, envuelto en tus bonitas ropas de Niño Dios, que alegras con tu presencia este templo de nuestro pueblo. Ya debes estar cansado de tanto que todos te pidimos, pero no tenemos a naiden que nos haga caso, y a veces creyemos que ni tú puedes con la carga de nuestras quejumbres. De todos modos, te pido señor Diosito, que agregues a tu lista mi petición de que vuelva mi marido Nabor, que hace más de un año se largó a trabajar con los gringos y nada sé de él, ni siquiera si está vivo. Me salgo de mis rezos porque crio que tú y yo nos podemos entender con la palabra llana. Total, no soy de palo y ya me aburrí de esperarlo y ni siquiera manda dinero, y yo tengo que hacer la siembra y atender a los dos chamacos que me enjaretó. Si estás de buenas, te pido mi tranquilidá, sobre todo por las noches, Santo Niño, que es cuando me siento más sola y extraño su calor y otras cosas que me da vergüenza dicirte, pero que tú sabes bien, pues nos dice el padre Mateo que todo lo sabes.

La penumbra se acentuó en el templo a medida que avanzó la tarde, ensombreciendo los santos rústicos, adosados a sus nichos en las viejas paredes, y el eco de la plegaria de Cleta se diluyó como un murmullo más, de los muchos que a diario llenan las amplias bóvedas. Prendió una vela que puso junto a otras en homenaje al Santo Niño, patrón del lugar, y sintió como un modo de paz cuando descargó lo que traía dentro, aunque una especie de rubor le subió al rostro, sólo de pensar que alguien la hubiera escuchado.

Prendidas las luces del poblado, carrereó hacia su casa, y antes pasó por el tendejón donde se aprovisionó para la cena de ella y sus hijos.

El mundo de Cleta es el de muchas mujeres que truncaron su libertad, compraron a precio de sangre la esclavitud hogareña y agregaron a ésta el sacrificio de la sobrevivencia ante al abandono, cuando el hombre se le largó. Fue macha y no se arredró cuando llegó el momento de trazar los surcos en su parcela, con el arado de madera jalado por una yunta prestada. Los niños después la ayudaron a sembrar, y los compadres -de boda y después de bautizo de los bodoques- le fueron a echar una mano de vez en cuando. Pero Nabor se fue, ha pasado más de un año de su ausencia y por esos tiempos no han faltado acomedidos que se le acercan, dada su condición de sola y sin parientes:

- Buenos días Cletita, ¿qué pasa con Nabor?

- No sé de él, pero lo estoy esperando. . .

- Pero Cleta, ¿hasta cuándo?

- Semiace que usté es un poco metiche en las vidas ajenas. . .

- Pero usté no es una vida ajena Cletita, es mi comadre yeso de veda siempre solita. . .

- Pos digo lo mesmo, y no ande de compadecido que yo no me meto con naiden.

- Siquiera deme su permiso de visitarla una tardecita de éstas, quien quita y. .

- Oiga usté ¿qué le pasa? ¿no que se dice amigo de mi marido? Y además, está Clara su mujer que es mi comadre y debe tenerlo ocupado pa que no ande queriendo meterse en corrales ajenos. Váyase a su casa y no me moleste más, pues si vuelve a decirme lo mesmo, entre Clara y yo le daremos su merecido por viejo chirrisco y metiche.

La noche del rezo, después de dar la cena a sus muchachos y dejados en su cuarto bien dormidos, pasó al suyo; apagó la luz y se metió en la cama pensando en Nabor, sólo para que le llegaran vivas ganas de tenerlo allí, tapada apenas con una sábana por el calor, sin sentir molestia por el airecillo fresco de la noche, que entraba por la ventana. Todo sucedió en un momento, de pronto una figura masculina se recortó en la penumbra y se le hizo presente, llegó hasta ella y le dijo al oído:

- Soy Nabor. . .

Quiso oponer resistencia, pero sin “muchas ganas, y en un instante se vio prendida a la caricia, el papacho y el goce final para vaciarse de lo que por tanto tiempo había acumulado. Cuando eso terminó, quedó muda e inmóvil en la oscuridad, para no perderse del placer de su lasitud a pesar del engaño, porque sin duda -y ella lo sabía muy bien ese Nabor no era su Nabor, además de que desprendía un leve aroma que no era de ranchero y que trataba de recordar en quién lo había notado. El hombre calló también, adivinando posiblemente lo que ella pensaba, y en un momento determinado se levantó con sigilo creyéndola dormida, y ya vestido salió por donde entró usando la ventana, para perderse en las sombras de las callejuelas del pueblo.

*

Al día siguiente, en la iglesia fresca y olorosa a flores e incienso, flotó otra vez el rumor de la oración:

- Gracias Santo Niño que oíste mi plegaria, pero me mandaste a otro Nabor y no al mío. Si el mero mero a lo mejor ya me cambió por una gringa, ora te pido que al menos me mandes de vez en cuando a ese Nabor, pero así de noche, pues en este pueblo hay mucha gente chismosa. Pero no me vayas a mandar a otro distinto y mucho menos a uno de este pueblo. Gracias otra vez, Santo Niño.

La vela prendida, fue ahora por el milagro concedido.

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