EL IMPERIALISMO ANDALUZ

EL IMPERIALISMO ANDALUZ

De Antonio Castro Leal

(Conferencia de Miguel Potosí

en la Universidad de Jena)

Die Stadt Giittingen, berühmt durch ihre Würste und Universitát… Profaxen und anderen Faxen…

Heine, Die Harzreise

Ilustre claustro, compañeros :

En nuestra clase de Filosofía de los pueblos genético-cinemática relativa y absoluta me permití lanzar el otro día una idea que pareció atrevida a nuestro respetado maestro el doctor Schultzberger, quien, deseoso de afirmar entre nosotros el espíritu de responsabilidad, me ha obligado a exponer ante el claustro de esta benemérita Universidad y los alumnos de nuestro curso los fundamentos de dicha teoría, como la llamó con tanta benevolencia como enconada intención.

La idea que expresé en nuestra clase puede resumirse en unas cuantas palabras. Helas aquí : después del imperialismo sajón, que dominará el mundo hasta fines del presente siglo, sobrevendrá sin remedio el imperialismo andaluz. No quiero ocultar que esta profecía causó gran indignación al doctor Schultzberger. (El aludido mueve afirmativamente la cabeza.) Y que por ello, más que por cualquier otra razón, me ha sometido a la prueba de buscarle una base científica. Y vengo ahora ante vosotros por complacerlo y, sobre todo, para devolverle su confianza en las ideas generales, que —con las rentas de su cargo universitario— es lo único que lo sostiene en el mundo. (El Dr. Schultzberger sonríe plácidamente.)

Trataré de ser breve.

Consideremos, primero, el trabajo su naturaleza, su evolución y su porvenir.

En su origen el trabajo fue el contenido total de la vida. El Dios del Génesis puso el ejemplo al crear afanosamente el mundo en seis días. No concibo que pueda imaginarse un trabajo más arduo. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Reflexionad: a imagen y semejanza del Dios laborioso del Génesis. El hombre vivía entonces en el Edén; pero el incidente de la confusión de las frutas y la coquetería de la mujer con el árbol de la ciencia, hizo que lo arrojaran del paraíso. Se le castiga. ¿Cuál es su castigo? El trabajo. Se le condenó, como dice la Biblia (Génesis: III, 19 y 22) a comer el pan con el sudor de su frente y a labrar la tierra. El trabajo, pues, se concibe como un castigo. Y este mismo sentido tienen, por otra parte, ciertos mitos antiguos, como los de Sísifo y las Danaides.

La humanidad se encuentra entonces ante un dilema en apariencia insoluble. El hombre, a imagen y semejanza del Dios laborioso del Génesis, recibe como atributo divino el trabajo. Pero al ser arrojado del paraíso se le impone al hombre el trabajo como castigo. ¿Es el trabajo malo? Si es malo ¿por qué trabajó Dios sin descanso toda la semana bíblica? ¿Puede Dios ejecutar actos que no sean la perfección misma? Y si el trabajo es una muestra de la perfección divina ¿por qué se le impone al hombre como castigo?

Toda la historia religiosa y política de la humanidad se funda secretamente en este punto de exégesis. Jesucristo quiere redimir a los humildes, es decir, a los que trabajan, y es crucificado por los que creen que el trabajo es divino y que pretenden obligar a los demás a ganar el cielo con el sudor de su frente. La Iglesia de Roma se inclina hacia la interpretación del trabajo como castigo ; y en la época del Renacimiento los papas sacrifican su vida en aras de esta profunda doctrina. La Reforma, por su parte, defiende al Dios laborioso del Génesis y combate por la semana bíblica. No hay conciliación posible y la Iglesia se divide. Al mismo tiempo se ahondan las diferencias de raza. Los pueblos sajones, adictos a la Reforma, creen en la divinidad del trabajo ; los pueblos latinos sostienen la divinidad del ocio. Estas dos concepciones son el resorte oculto de la historia universal y mueven el pensamiento del mundo.

Los pueblos siguen sus inclinaciones naturales, aunque a veces se desvían y traicionan su destino. Grecia defiende el ocio. En Platón, ya sabéis, el mundo ha sido creado sin esfuerzo, es un simple efluvio de la mente divina. Roma predica el trabajo, y su portentosa legislación logra ligarlo indisolublemente a las bases mismas de la sociedad. Pero dentro de una nación y dentro de una raza se ve que luchan tendencias contrarias. Alemania vivió en la ociosidad antes de Bismarck ; Francia gozó de un período de trabajo en los tiempos de Napoleón. Las razas van afiliándose lentamente a la doctrina que está más de acuerdo con sus inclinaciones naturales, aunque, a veces, las apariencias parezcan contradecir este movimiento. Aun el idealismo —filosofía de pueblos que, por su naturaleza, creen en la divinidad del ocio— se modifica sutilmente en una nación devota del trabajo como Alemania. Pero, si miramos bien, el idealismo alemán tiene sus raíces en el Dios laborioso del Génesis, porque, como éste, se toma el trabajo de ir creando el mundo todos los días de la semana.

Pero en el terreno social la verdad se va abriendo paso rápidamente. Cada vez se acentúan más las corrientes que tienden a la disminución del trabajo. La jornada de ocho horas es una conquista universal. En todas partes se considera peligroso el trabajo para las mujeres y los niños. La huelga se legaliza como un medio ingenioso para aumentar las vacaciones con sueldo íntegro. La medicina contribuye al movimiento descubriendo las enfermedades profesionales. Las leyes multiplican los subterfugios para decretar, en más amplia escala, la inhabilitación para el trabajo. La ciencia inventa máquinas para que el hombre trabaje menos. El ocio se propaga bajo apariencias culturales. En los ejércitos el ocio se militariza. En la burocracia el ocio prospera a la sombra del Estado. Los técnicos afirman que, cuando se organice racionalmente el mundo, bastará una jornada de dos horas diarias para mantener una producción suficiente para satisfacer las necesidades de todos los hombres. En la misma Inglaterra se entroniza el ocio, como lo ha demostrado Siegfried en su espléndido libro sobre la crisis británica en el siglo XIX.

Todo prueba que la tendencia está llamada a triunfar.

Ahora bien : los pueblos sajones son los defensores tradicionales del tan citado demiurgo laborioso del Génesis : creen en el trabajo por el trabajo mismo. Los pueblos latinos están en el otro campo. Cuando acabe por derrumbarse la teoría de la divinidad del trabajo, los pueblos sajones caerán en la decadencia, No sabrán qué hacer, porque es más difícil manejar el ocio que el trabajo. Sobre esto hay ejemplos sin cuento. Todos habéis visto cómo los sajones pasean corno sombras por Europa en sus semanas de asueto : no les contentan las ruinas de Roma ni los castillos del Rin, ni las iglesias de Francia ni las ciudades de España. Y un buen día, antes de que terminen sus vacaciones, regresan felices a Nueva York, Londres o Hamburgo a seguir encadenados a su mostrador o a su escritorio, ansiosos de volver a sus insulsas tareas de empaquetar, dictar cartas y revisar facturas. Toda su civilización descansa en la tosca invención de acumular y revolver la materia para no quedarse solos con el espíritu. Por eso no debe extrañarnos que hayan impuesto el trabajo aun en aquellos casos en que es innecesario.

Cuando se cierre el Ciclo’ que vivimos, el mundo sajón pasará a segundo plano. Los esclavos irredentos del trabajo son bien pobres cosas en los momentos de ocio obligado. En los trasatlánticos ¿quiénes son los dueños de la situación? ¿El comerciante que reparte por el mundo casimires de Inglaterra, el joyero rollizo que coloca en el mercado los diamantes de Holanda, el comisionista empeñoso que distribuye en universidades y hospitales los microscopios de Alemania, todos los que trafican, venden y especulan? No. Los dueños de la situación son los que han educado lo mejor de su alma en el ocio: el joven que canta en las noches de luna ; el que, al atardecer, hace llorar la guitarw.; el que enseña los últimos pasos de los bailes de moda; el que puede encontrar en la memoria los versos que resumen las ansias líricas del mar y de los pasajeros; el que sabe narrar, como si fueran reales, sus aventuras imaginarias.

Y el mundo del futuro, al reducir al mínimo las ocasionés de trabajo, será como un gran trasatlántico. Dominarán entonces los pueblos que hayan dedicado más tiempo a cultivar el ocio. Los pueblos espirituales, los pueblos idealistas, los pueblos latinos. Y dentro de éstos ¿quién tiene la primacía? No hay duda ninguna que el pueblo andaluz. Ha trabajado siempre, y seguirá trabajando, con una genial intuición de exactitud; pero nunca más del mínimo que exigen las circunstancias. Ha trabajado sin deformar las delicadas curvas del ocio. Jamás se ha hecho culpable de la nefasta política del trabajo por el trabajo mismo. Sus ideas han sido siempre muy claras a este respecto. Baste citar la frase de aquel profundo filósofo —un camarero de Sevilla— a quien se le instaba para que reflexionara sobre la nobleza del trabajo. A lo que contestó con esta fórmula inspirada:

—”¡Pero, Zeñorito, si el trabajo juera güeno ya lo hubieran acaparao lo rico!”

El problema fundamental del futuro será uno de los más graves que se haya planteado nunca la humanidad: el fomento y la inversión del ocio. Cómo no hacer nada. Y si de la antigüedad a los tiempos mOdernos han triunfado los pueblos que han consagrado su vida al trabajo, en lo futuro triunfarán los pueblos que puedan acomodar al ocio los propósitos más altos y nobles de la existencia. El ocio —doctor Schultzberger y estimados compañeros— es un arma terrible. En muchos hombres el trabajo no es más que la incapacidad fundamental de darle un destino superior al ocio. En la ociosidad mucha gente tendrá revelaciones de su propia estupidez y acabará por enloquecer y suicidarse. El trabajo ciega y aturde ; no deja ver la vida ni el alma, y da a los tontos una categoría social que no corresponde a ningún mérito espiritual. Y cuando puedan verse el alma todos aquellos que la tienen sombría y mal hecha empezarán a vivir una espantosa tragedia. Sobrevendrán epidemias mentales. Los pueblos sajones empezarán a despoblarse. Incapaces de mantener tan difícil equilibrio, huirán enloquecidos a las montañas, caerán en los peores vicios ; su moral perderá sentido porque dejará de tener finalidad práctica. Faltos de ocupación, vagarán como sombras, y la especie, en busca de nuevos tipos que sean capaces de realizar sus nuevos fines, los irá descartando, como a los diplodocos y los iguanodontes.

Ningún pueblo sabrá vivir tan adecuada, tan feliz, tan noblemente en la ociosidad como el andaluz. Su imperio será reconocido universalmente como una revelación. No necesitará de las armas porque convencerá con la fuerza y la fatalidad de un presentimiento. En el mundo del futuro —según decía Max Scheler— quedará libre una gran cantidad de energía espiritual. El andaluz será dueño de esa energía. Su presencia desarmará a los demás pueblos con su misterioso prestigio. Sentirán todos que corre en las venas andaluzas un fluido magnético que cautiva e impone. Y entonces vendrá el reinado de Andalucía en el mundo. El imperialismo andaluz será más fuerte que ningún otro de la historia porque estará fundado, no en la violencia, sino en la libre aceptación, en una convicción íntima de su superioridad que los demás pueblos no podrán sacudirse. Todo cambiará sobre la faz de la tierra. Lo que dominará en el comercio internacional será la exportación de cantares y melodías andaluzas, sin tarifas, sin cuotas, sin limitaciones. Y los hombres, en los fugaces momentos en que trabajen, trabajarán cantando para recibir como único salario el ocio iluminado por un verso de cristal o el silencio ennoblecido por una música que dé al alma razón de su destino. El centro del mundo será Andalucía, porque ninguna otra región de la tierra será capaz de crear en la ociosidad —etapa final de la historia de la humanidad— una suma mayor de bienes para el hombre. He dicho. (Aplausos de los estudiantes.)

El Dr. Schultzberger se levanta y va hacia la plataforma; se quita los anteojos y comienza a hablar con ese tono de suficiencia que es una de las prendas más valiosas de la cátedra alemana.

—No quiero negar que el cuadro trazado por vuestro compañero Miguel Potosí justifica en algunos puntos —sólo en algunos puntos— su atrevida tesis. (Murmullos entre los miembros del claustro universitario.) Lleva su mundo pintado en las paredes de su mente ; pero es un mundo caprichoso, desordenado, con algo de ese ambiente que tan bien sienta, por otra parte (sonríe maliciosamente), a un ciudadano del Continente que todavía está en el tercer día de la creación. Se me dirá que el idealismo alemán también crea su propio mundo, pero éste es perfecto, gira en perpetua actividad, derramando un orden feliz y sublime.

La realidad andaluza no puede existir sin que antes haya sido concebida por el idealismo alemán, pues todos sabéis que lo que éste concibe es como la partitura que cantan las voces obedientes del mundo objetivo. La experiencia ha demostrado desde hace varios siglos que el pensamiento alemán influye poderosa y decisivamente sobre la Idea, creadora invisible de todo lo visible. Esa majestuosa Idea, esa divina Idea —fuente donde bebe la sedienta realidad— está formada por las grandes y pequeñas corrientes ideológicas alemanas. No exageraríamos si dijéramos que el imperialismo andaluz, lo que vuestro compañero ha tenido la temeridad de llamar “el imperialismo andaluz”, sólo existirá en la realidad cuando una mente filosófica alemana lo haya pensado o, para decirlo con más propiedad, cuando el genio filosófico alemán se decida a poner ese pensamiento en la divina cabeza de la Idea Universal. Y ese pensamiento —ilustres colegas y jóvenes estudiantes— podéis estar seguros que nunca ocurrirá a una mente filosófica de la patria de Kant, Leibniz y Hegel.

Pero consideremos el problema desde otro punto de vista. Es evidente que el ocio no es más que una expresión negativa del trabajo ; es el no-hacer, una simple pausa en el ir haciendo. El ocio no tiene valor positivo, como no lo tiene la oscuridad, que es sólo una cualidad negativa de la luz. Es una negación de la sustancia. Ahora bien ; mientras más rica sea la sustancia, más rica será la negación ; mientras la música sea más inspirada, más inspirador será el silencio. Para que el ocio se realice, el trabajo debe de ser una condición existenciál necesaria; el no-hacer tiene que descansar lógicamente en la raíz de lo hacedero sistemático e inmanente. Porque ¿qué es el ocio cuando se le concibe como el no-hacer relativo de un no-haciendo absoluto? Nada. No existe. En lo no-hacedero por esencia no se puede dar la pausa de lo consustancial que-se-hace haciéndose, ni siquiera por accidente.

Los pueblos sajones son los únicos que trabajan, según lo demuestra elocuentemente la historia. El trabajo lleva en sí mismo el ocio como un desdoblamiento de su sustancia. Cuando el ocio rija los destinos del mundo, el dominio pertenecerá a los pueblos que han trabajado más, es decir, a los pueblos sajones. El ocio no es más que una hipóstasis del trabajo. Todo lo que sucederá es que, después de haber gobernado al mundo —digamos— con la mano derecha, lo seguiremos gobernando, cuando así lo quiera la historia, con la mano izquierda. Y dentro de los pueblos sajones no hay duda que el destino elegirá al gran pueblo alemán, porque, además de su fuerza y de la misión que la Divinidad le ha confiado, pone en el friso opulento de la raza sajona una nota de gracia y de espiritualidad (al decir esto dio unos saltitos de rinoceronte) exactamente como Andalucía entre los pueblos latinos.

Me permito creer que el ilustre claustro universitario estará de acuerdo con el criterio aquí sustentado por este humilde aunque digno profesor alemán.

El Dr. Schultzberger saluda y toma asiento. Grandes aplausos. El ilustre claustro universitario se pone de pie solemnemente y grita en coro con valiente entonación wagneriana: “¡Viva Alemania, la Andalucía del próximo imperialismo andaluz !”

Los comentarios están cerrados.