EL HOMBRE MALO

EL HOMBRE MALO

Rafael F. Muñoz

Lo PUEDES creer, güero —repitió Toribio asentando ruidosamente sobre la mesa el vaso en que había tomado tres tragos de sotol. No hay en todita la bola otro hombre más malo que yo.

De codos sobre la mesa de pino toscamente desbastado, ante su joven subordinado que le escuchaba sin beber, sentía la cabeza oscilar como un péndulo. Intentaba mantenerla firme, erguida, consiguiéndolo por unos instantes, pero luego le tornaba a dar vueltas como un moscón en derredor de la llama de una vela. Sentía la lengua pesada, y para no tartamudear, hablaba lentamente. Había bebido más de una botella de ese licor campesino, destilación de lechuguilla, que en el norte llaman sotol, y sentía en el interior un fuego suave, tanto más amable cuanto que afuera seguía cayendo la nieve, pero que le causaba siempre el efecto de hacerlo hablar demasiado para fingirse sanguinario y cruel, matón y desalmado. Tenía en realidad el aspecto de hombre que no se tienta el corazón para matar; en mitad de su frente llena de protuberancias, una cicatriz de tres líneas en forma de zeta semejaba un rayo cayendo sobre el entrecejo, y la piel, restirada sobre el párpado, lo levantaba y hacía que la ojeada de su pupila derecha pareciera ir a cruzarse con la de la izquierda; miradas de hombre “atravesado” y violento, sobre una nariz de lobo, recta y larga, de sensuales aletas abiertas.

El bigote ralo, de dos docenas de pelos cerdosos que le caían a los lados de la boca delgada, sobre la piel brillante, color de tierra mojada, los pómulos duros y el maxilar cuadrado, demostraban su raza indígena pura. Hablaba siempre a gritos, como si estuviera furioso, y hacía girar sus brazos en todas direcciones, con ademanes de cólera. Frecuentemente cerraba los puños, y aun cuando sus palabras expresaran cosa distinta, parecía amenazar con ellos a algún invisible contradictor, que imaginaba en su borrachera.

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Sentado como estaba frente a la mesa, adivinábase por su ancha espalda encorvada y por la altura de sus rodillas que sobrepasaban el asiento, su elevada estatura. Las manos, huesudas y largas, como raíces, y la cara de piel tersa y líneas duras, eran de color olivo, ceniciento en el día, con fulgores de bronce esa noche en que, frente al “güero” Blas, bebía sotol al claro de una lámpara de petróleo sostenida en mitad de la pared, por una alcayata. Estaban en un cuartucho en que apenas cabían, entre la mesa de pino, dos sillas, las camas y una estufa de leña, encendida al rojo y resoplando por un tubo cubierto de hollín, que se escapaba hacia la noche entre dos vigas del techado descubierto.

Afuera, un temporal para osos. Por seis días parecía que hubieran estado cirniendo de las nubes una harina congelada, que había aprisionado el campo con su crujiente costra. blanca. Había nieve en los bosques de nogales, cedros y encinos, inmovilizando con fundas heladas las oscuras copas frondosas; nieve en las laderas del lomerío que circundaba la ciudad sitiada, que parecían dunas de blanquísima arena reverberando a la luz difusa de la luna; nieve en las llanuras, como un mar de espuma repentinamente inmovilizado; nieve pesando sobre los techos de las casas de adobe, aglomerándose en los quicios de las puertas, deshaciéndose en gotas lentas, al calor interior, en los cristales de las ventanas y deslizándose en grandes masas por la inclinada lámina de cinc de los cobertizos.

La tormenta había obligado a los rebeldes a suspender sus ataques sobre la ciudad fronteriza, situada a tiro de cañón al sur del río que marca la línea divisoria internacional. En ella, los restos de un ejército maltrecho, varias veces vencido en otros encuentros, y que había abandonado el resto del Estado a las fuerzas revolucionarias, hacían el último y desesperado esfuerzo para mantenerse en territorio nacional y no tener que pasar la frontera a confesar en extrañas tierras la derrota de sus armas y de su orgullo. Los atacantes, sorprendidos por la tempestad, no habían abierto, sin embargo, ninguna brecha en su círculo de sitio: en tiendas de campaña que filtraban el aguanieve, en las casas de adobe de varios míseros ranchos, en los galerones en que algunos hacendados de otros tiempos almacenaron sus granos, en los establos de techos de lámina y

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pisos cubiertos de tibio estiércol, y bajo lonas y sarapes tendidos entre las ramas de los árboles, una división de más de diez mil hombres esperaba el regreso del sol, viajero de una semana, y la desaparición de la corteza helada que pesaba sobre la tierra, para reanudar la lucha y apoderarse de la ciudad sitiada.

En los ranchos cercanos había numerosas vinatas, y de diario llegaban a los campamentos, dejando tras sí largos surcos paralelos abiertos en la nieve, carros con grandes barricas de sotol. Bebiendo y aglomerándose junto a las fogatas encendidas de día y de noche, los soldados se calentaban y echaban maldiciones. ¡Perro invierno!

En la casucha de adobes, inmediata al galerón donde acampaba una parte de sus tropas, Toribio repetía el tema inagotable.

—Ni José de la Luz, que siempre se las está echando de lado, ni Armendáriz, que trae cuatro pistolas en la cintura, ni Fierro, al que se le cansa el dedo de puro jalarle al gatillo, ni el mismo Pancho Pistolas, nuestro jefe, que en San Andrés, cuando derrotó a Félix Terrazas, mató con su propia carabina a todos los prisioneros poniéndolos en hilera para que una sola bala despachara dos o tres, ni el mismo diablo, son tan malos como yo, Blas . . . ¡Los prójimos que he mandado al otro barrio! Tú sabes la historia de aquellos dos individuos que maté por una caja de cerillos .

Blas Rodríguez conocía la historia (seguro de que era falsa), por habérsela oído contar a Toribio veinte veces, cuando éste se emborrachaba y quería dar la impresión de que era un desalmado.

—Naturalmente.., me la sé de memoria .

—Pues ya verás . . . en cuanto entremos a ese infeliz rancho donde los pelones se han metido, me voy a soltar colgando tanta gente que no va a quedar un poste libre, y vamos a necesitar seguir en la alameda de la orilla del río, para que desde el otro lado se miren los racimos … ¿Cuántos dicen que son los que están ahí en la ratonera? ¿Seis mil? pues ni uno va a salir con vida . . . ¡Por Dios que no!

Se llevó a la boca el pulgar y el índice formando cruz, y la besó. La cabeza le seguía dando vueltas, le pesaba, le dolía como si le hurgaran los sesos con una daga. La dejó caer entre

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sus enormes manos huesudas. Blas le miraba sonriendo, con los brazos cruzados, y quiso picarle:

—Lo dices por Dios, porque no crees en él ni en la cruz .. .

Toribio levantó la cara, y con un fulgor de cólera en su ojo bizco, alargó los labios y como lanzando un escupitajo, gritó:

—Claro que no creo . . . yo soy librepensador, soy ateo, pero para que me crean, beso la cruz . . . ¿Has visto? Y repitió el ademán, torpemente; luego, se sintió de nuevo atormentado por la neuralgia y se levantó tambaleando. Su cabeza casi tocaba las vigas de pino que sostenían el techo de la cabaña. Extendió los brazos, adelantando uno hacia el sotol. Blas, inmóvil en su asiento, le miró beber.

—¿Tú crees en Dios, Blas? Yo no, palabra de hombre…

—Pero cuando vino el obispo, tú fuiste a llevarle tus tres muchachos para que los bautizara .. .

—Claro que sí, como me llevaron a mí también cuando era muchacho. ¿Por qué crees que me llamo Toribio? .¿Porque me da la gana? A fuerzas ha de tener uno nombre de gente, tienen que bautizarlo, y no que ponérselo como a los caballos . . . ¿Voy que no conoces un individuo que se llame Cometa, como mi dosalbo? Y palabra que daba gusto ver al obispo, muy viejito, todo canoso, que a leguas se veía que era buen hombre. Por eso le llevé a los muchachos, para que no se vayan a morir como perros, sin bautizar. Pero eso no quiere decir nada: yo sigo siendo un hombre malo, y así se lo dije . . . me miró sonriendo y me echó la bendición. Al día siguiente, le mandé con los muchachos un queso así de grande.

Para indicar el tamaño hizo un círculo con sus brazos de gorila. Sobre las paredes y el techo se recortó su silueta fantástica a la luz de la lámpara, y sus ademanes de ebrio, torpes y ridículos, trazaron extrañas proyecciones sobre la cal de los muros. Parecía un duende que quisiera aprisionar entre sus brazos informes el halo amarillento del mechero. Mareado por la bebida, se recostó en su catre plegadizo, cubriéndose los ojos con sus manos de reflejos de bronce.

—¿Te vas a dormir ya, Toribio?

—¿Qué horas serán?

—Creo que ha de ser como la media noche .. .

Quedaron en silencio. Comenzó a soplar el viento, ha-

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ciendo crujir las maderas de la puerta desvencijada, y a través de las rendijas penetró un húmedo polvo blanco, que se deshacía sobre las cosas. Blas se levantó, envolvióse en un grueso cobertor rojo, y se acercó al anafre para atizarlo, quedando unos instantes con las manos tendidas hacia el fuego.

Repentinamente, se oyeron voces al otro lado de la puerta y algunos golpes sobre las maderas.

—¿Quiubo?

—¿Aistá el general?

—¿Para qué lo quieren?

—Traimos unos prisioneros .. .

Blas abrió la puerta, y entre un torbellino de viento y copos de nieve se precipitaron dentro del cuartucho ocho o diez individuos, unos armados, otros no, y dos mujeres. Venían cubiertos de nieve, y sus pies y pantorrillas chorreando agua. Unos, descalzos, con las plantas llagadas, teñían de rojo el charco que prontamente se formó en el piso. Otros, calzados con burdas teguas sin tacón, se acercaron a la lumbre y levantaron los pies, para secar el cuello reblandecido que chorreaba como esponja. Al sentir la caricia tibia del fuego, descubrieron sus cabezas, sacudieron sus sarapes y se fueron acomodando en el estrecho local, repegándose a las paredes, rodeando la mesa, rozando la cama en que Toribio estaba recostado, y haciéndolo incorporarse a medias para preguntar, entre dormido y despierto, la causa de aquella incursión . . .

—¿Qué pasotes? no es hora de andar moliendo . . .

—Mi jefe —dijo uno de los hombres armados— agarramos estos prisioneros cuando salían de la ciudad rumbo al río .. .

—¿Para qué me los traen? ¿No encontraron árboles donde colgarlos? Ésa es la orden del jefe .

El grupo quedó silencioso unos instantes.

—Señor . . . —dijo un prisionero.

Toribio se sentó al borde de su cama, restregóse los párpados con el dorso de la mano, y miró uno por uno a los prisioneros. El que había hablado era un soldado envuelto en una cobija gris, bajo la que asomaban los pantalones militares con dos anchas franjas carmesí: era un tipo de indígena, de cabeza redonda, pelada al rape; huellas de viruelas trazaban en su cara negruzca rúbricas espantosas, y en sus ojos, la

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mirada expresaba un intenso cansancio. El segundo era un viejo, de poca estatura, con grandes bigotes que unos cuantos copos de nieve hacían aún más canos; llevaba un capote de soldado y un sombrero de casimir, que mantenía doblado bajo el brazo izquierdo. El tercero tenía aspecto de niño, delgaducho y macilento, encorvado; la piel de su cara estaba partida por el frío y escondía las manos finas en las mangas de un saco de civil que le quedaba enorme; no tenía aspecto de guerrero, sino de colegial que ha heredado la ropa de su hermano mayor. Dos mujeres, soldaderas, con los pies desnudos y las ropas hechas jirones, empapados los cabellos en desorden, se envolvían las dos en una misma cobija, apretujándose una contra otra, en un temblor de carnes que era frío y miedo.

—¿Dónde los agarraron?

—Nos habíamos desertado —dijo el primero— para pasarnos al lado americano. Allá adentro se está muy mal: no hay leña, ya quemamos todas las puertas y las ventanas; no hay comida, y nos hemos tragado hasta las mulas de las piezas. Y no hay esperanzas porque somos muy pocos, no estamos acostumbrados al frío y no queremos pelear .. .

—¡Qué bonito! ¡Pretenden salvarse cuando la ven perdida! Mientras podían, nos combatieron sin descanso, y a todos los revolucionarios que cayeron en sus manos los fusilaron. ¿Por qué no esperan la misma muerte que han dado a los nuestros? Los desertores son cobardes siempre .. .

—Si usted supiera lo que es el frío . . . —aventuró el muchacho.

—También nosotros lo estamos pasando —contestó Toribio bruscamente, sin ver a quien le hablaba. —Siempre es mejor morir peleando que venir a dar dado . . . Los vamos a colgar en los árboles que estén más cerca de la ciudad, para que desde lejos los vean mañana sus compañeros y les entre miedo. Yo no sé para qué diablos me los han traído aquí, cuando debían haberles dado su agua desde luego . . .

—Señor, creímos que no nos harían nada . . . como hoy es Nochebuena . . .

El jefe se puso en pie, agitando los brazos en un acceso de cólera.

—¿Y a mí que me importa que sea Nochebuena? ¿Acaso

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tengo yo algo que ver con esa gente que cree en el Niño Dios? Yo soy librepensador, y me limito a reconocer que Jesucristo se sacrificó por el mundo, para afirmar una doctrina que hizo y aún hace muchos servicios a la humanidad. Pero nada más; en lo personal no sigo su prédica. Hurto cuando tengo hambre y mato cuando se me sube la sangre a la cabeza. No perdono a los enemigos, ni doy de comer al hambriento, ni me importan todas esas doctrinas de amor entre los hombres. Si me hubieran agarrado a mí esta noche, ¿me dejarían de fusilar en honor de Jesucristo?

Con su garra poderosa, cogió del cuello al soldado de pantalón franjeado de carmesí.

—Tú eres artillero, ¿verdad? ¿Te acordaste de la Nochebuena, hace tres horas, cuando tu cañón mandó una granada que cayó en el establo donde están mis gentes, y mató a seis muchachos que dormían?

Lo zarandeó furiosamente, hablándole a gritos y rociando salivazos en la cara espantada del indígena.

—Yo no fui . . . yo no fui . . . Nos escapamos todos juntos al oscurecer.

—¡Fíjate lo que me hicieron una Nochebuena! —Toribio volvió la cara hacia la lámpara, y señaló con un dedo la espantosa cicatriz que le cruzaba la frente esquivando las protuberancias, y que era como un rayo esculpido en carne. Hace tres años que le caímos al destacamento que había en Bosque Bonito … La tropa estaba encerrada en el cuartel cuando nos presentamos de sorpresa, y el centinela se me vino encima a la bayoneta, sin acordarse de que era Nochebuena, y me tiró un golpe a la cabeza, pero resbaló en la nieve y no más me rayó el pellejo . . . Por nada y me deja tuerto .

Volvióse a los prisioneros, y los fue observando, uno por uno.

—Y tú mocoso, ¿no extrañas tu arbolito y tus juguetes esta noche? ¿Tu sable y tu tambor, para que juegues a los soldados? ¿Y crees que vas a hacernos guajes con ese vestido de paisano, para que no conozcamos que eres un oficialito de esos que mandan de México, con casco alemán y botas de charol? ¿Creen todos que por venir con dos viejos no les hemos de hacer nada? ¿A qué se atienen?

Esperó la respuesta, mirándoles fijamente.

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—Señor —dijo el viejo— yo tengo tres hijos …

Sin pensar, Toribio le preguntó:

—¿Tres hijos? ¿Están bautizados?

—Si señor . . .

—¿Y a mí que me importa?

Se volvió a tirar en su camastro, nuevamente molesto por el sotol que había bebido. Hubiera querido dormirse inmediatamente para que cesara aquel extraño dolor que sentía dentro del cráneo, como una barrena que le estuviera taladrando. ¿Qué le importaban a él aquellos cinco infelices, ateridos y hambrientos? Que se quedaran colgados en los árboles o se fueran a otra parte, a él le daba lo mismo. ¡Maldito sotol! Ya no volvería a tomar más de una botella. Le molestaba la luz, y las voces, y el olor a perro mojado que habían traído aquellos inoportunos. Estuvo largo rato sin hablar, hasta que uno de los hombres armados le preguntó:

—Qué hacemos con ellos?

El jefe rebelde abrió los ojos, y fue mirando detenidamente a cada uno de los prisioneros. Adivinó por la expresión de sus caras macilentas, largos sufrimientos, hambre y frío, cansancio y miedo. Le dio pena verlos. Habría preferido que al detenerlos, sus hombres los hubieran colgado sin avisarle. Se fijó que tiritaban y procuraban acercarse a la lumbre.

—Dénles un trago de sotol.

Todos bebieron ansiosamente aquella bebida que llevaba fuego al vientre.

—Gracias .

—¿Para dónde querían irse?

—Al otro lado.

—¿Cómo iban a pasar el río? El agua está helada, y el que se meta se queda tieso. Se hubieran ahogado al minuto de entrar .. .

—Queríamos hacer una balsa .

El rebelde soltó una risotada.

—Como si fuera tan sencillo . . . No tienen hachas, no tienen cuerdas . . . ¿Con qué iban a tirar árboles? ¿Con qué, amarrarlos? Y eso, suponiendo que ninguno de nuestros centinelas se diera cuenta .. .

Los prisioneros no contestaron.

—Oye, Macario —dijo entonces a uno de los armados— vete

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por el camino de rueda hasta el rancho del Almagre, y les dices ahí que digo yo que te presten la lancha. Caben muy bien una docena en ella. Y me pasan estos tipos para el otro lado. Ya me están estorbando aquí . . . tengo sueño . . . ¡Lárguense pronto!

Dio vuelta en su cama y quedó con la cara hacia la pared. No quería ver los rostros de aquellos infelices a quienes otorgaba la vida. Sorprendidos, rebeldes y prisioneros, quedaron inmóviles en su sitio, esperando aún cualquier otra palabra del jefe. A poco, en efecto, éste se volvió, púsose de pie, y comenzó a palparse el cuerpo.

—?Tienen dinero?

—Desde Chihuahua no nos pagan haberes . . .

—Espérenme tantito . . .

En los bolsillos del pantalón, una navaja de cachas de cuerno de venado, un paliacate rojo enorme, la cajetilla de cigarros de hoja, cerillos, unas llaves. En la cazadora de gabardina amarilla, papeles, la cartera de piel de becerro nonato, el reloj . . . Por fin, en una bolsa de la camisola, a la altura del corazón, palpó un disco duro y lo sacó. Era una moneda americana, de veinte dólares, que a la luz de la lámpara parecía una brasa.

—Tengan este ojo de buey, y se lo reparten en cuanto lleguen. Y ahora sí, váyanse de prisa, antes de que amanezca .. .

Sin atreverse a hablarle, los prisioneros fueron saliendo, mirándole con profundas miradas. Blas cerró la puerta.

Una levísima claridad gris pasaba por los cristales empañados de la ventana. Parecía que el día titubeaba en nacer. Se oyó canto de gallos y mugido de ganados lejanos. Crepitaba la leña en el cilindro de hierro, y el aire caliente silbaba al salir por la tronera.

—?Lo viste, Toribio? Primero cae un hablador que un cojo . . . Estabas presumiendo de que eras el más malo de la División, y no serviste ni para mandar colgar tres pelones y dos viejas . . .

Desde su cama, con la cara vuelta a la pared, el jefe rebelde contestó lentamente, tartamudeando por el sueño que poco a poco le dominaba. Su voz se fue apagando, como si se alejara. Largos bostezos interrumpían las frases, que salían rozando los labios casi cerrados. Las palabras parecían ascender por las

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paredes, y deshacerse en la penumbra que rodeaba al candil parpadeante.

—Esos pobres diablos … no peleaban … Y luego, dos mujeres . . . ¿Te fijaste en el muchacho? Pero ya verás cuando entremos a la ciudad … los voy a colgar a todos . . . No va a haber postes para tantos … Yo . . . una vez . . . por una . . . caja . .. de . . . ce . . .ri .. .

A poco rato, Blas le oyó roncar.

Apagó la luz de un soplo, y se acostó a dormir, envuelto en su frazada y en el alba.

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