EL GRILLO CREPUSCULAR

EL GRILLO CREPUSCULAR

Juan de la Cabada

I

DE CHOM —tronco— y Pom —copal—, Chom’ Pom es un selvático villaje maya. Todos aquí profesan gran veneración a don Perfecto Dzib, jefe de tribu. El villaje tiene ahora un maestro rural. Dentro de la escuela platican el maestro y un grupo de indios viejos, entre ellos el músico Lib Tash, el gigante Carnás Chim y el ciego don Teul. Afuera, contra el plomizo atardecer, azota el aguacero. La humedad de la selva se unta en la piel; cala los huesos. Don Perfecto no ha vuelto aún de la labor. Camino de la milpa, bajo el aguacero, andando viene al pueblo.

II

Decía don Lib Tash:

“Acerca del uso del arete que llevamos los mayas del Territorio de Quintana Roo, se cuenta que cierta noche nuestro jefe Prudencio May descubrió entre los bosques un cenote. Ardiendo cerca del cenote, había un cedro. A la mañana siguiente notó que aquel mismo cedro estaba verde; pero por la noche reparó en que éste ardía de nuevo. Y en lo sucesivo siguió ese árbol así: verde y lozano en las mañanas, y ardiendo por las noches. Una de tantas mañanas oyó que salían voces del tronco. Ordenó que una cuadrilla de sus hombres cortara el árbol e hiciese del corazón del palo cuatro cruces: la primera destinada al culto en Chun’ Pom; la segunda para el Chan Cah; la tercera para Santa Cruz, y la cuarta para Tulún. La cruz de Chom’Pom, por voz del secretario de Prudencio May, guiaba y aconsejaba a las tropas en sus campañas, y cuando los mayas tomaron Citilpech les reveló el mandato de que el sitio por su voluntad elegido para capital era Santa Cruz. De Citilpech salieron, pues, en número de trescientos, a comunicar el título y reconocer el honorífico vasallaje a esa ciudad. Pero la peregrinación fue víctima de ataque de una bestia monstruosa llamada pit, que devoró a muchos. Como quisieran matar a la fiera, la voz de la Cruz les indicó que a resultas de ese acto enviarían más monstruos en su contra, motivo por el cual continuaron la marcha sin defenderse. Cuando llegaron a Tulún, el pit les había devastado la mitad de la gente; pero desde aquel lugar cesó el sanguinario estrago de la fiera, y sin otro contratiempo la procesión dio pie con su destino. Para que los supervivientes, cuando a su vez les tocara morir, pudieran reconocerse en el Cielo, acordaron, ya en sosiego, que todos se horadasen las orejas y se pusiese cada uno en la izquierda un arete. De aquí la costumbre que hasta hoy ha subsistido.”

Agregó el gigante Camás Chim:

“Me ha dicho el Teniente Cab que los pies de la Xtabay son como las patas del pavo. Si alguno quiere desencantar o convertir a lo que ella es en realidad, cuando, para perderlo, se le aparezca en forma de mujer, le bastará cintarearla con el cordel de ocho hilos de una de sus alpargatas. Inmediatamente, a los primeros cintarazos, la Xtabay rueda por el suelo y huye trasformada en xyahican: culebra verde, chirrionera. Riendo se va, porque esa culebra verde, la xyahican, ríe a carcajadas de mujer. Y sucedió cierta mañana, según el mismo Teniente, que un sujeto fuera de caza por el bosque, ‘pensando que cobraría muchas piezas; pero de pronto le alarmó una grande jácara de risas. Curioso por saber de quiénes eran, cautelosamente se acercó al lugar de donde provenían. No obstante su certidumbre de hallarse en el centro de las risas, a nadie descubrió por más que mirase a uno y otro lado … Hasta que, trenzada una con otra, vio dos culebras verdes entre un claro de caobos. De las fauces abiertas de las serpientes manaba el raudal de carcajadas.”

Y dijo el ciego don Teul:

“He oído hablar de Uay-Cot, del Brujo Águila, quien si de día era visto en su gran tienda —la mayor de la comarca—, llevaba cada noche a sus esclavos para venderlos en países lejanos. Los llevaría volando, pues al amanecer ya estaba de vuelta en el pueblo para que nadie notase su ausencia. Una vez llevó así a uno que era más diestro que su señor. El esclavo era Hadz-Uhh y poseía una magia superior a la del Uay-Cot. Tranquilamente dejó, pues, que su amo lo llevase y lo vendiese. A la madrugada, cuando el comerciante volvió y entró a su tienda, se sorprendió de ver que hubiese regresado antes que él y allí estuviera ese hombre a quien la noche anterior había vendido. Tal fue el disgusto, el espanto, el estupor del amo, que en vez de abrir su establecimiento penetró a la obscura trastienda, echó una cuerda a través de la viga madre y se ahorcó, silencioso, en las tinieblas. Con el sol, vino el pueblo en pos de las autoridades a cerciorarse del suceso. Los extraños países ponían en ceba a los esclavos que compraban, no sin antes cortarles brazos y piernas para impedirles el menor intento de fuga o de defensa. Luego los amontonaban dentro de una siniestra bodega, donde les atiborraban de comida. De tiempo en tiempo se probaba si ya estaban a punto, bien cebados, metiéndoles una aguja arriera, al rojo vivo, en las nalgas … Si se movían era señal de que aún no estaban lo bastante gordos para ser absolutamente insensibles al dolor; si no, se les descuartizaba para fabricar manteca que a su vez servía en la industria del jabón cuya fama hizo célebres por aquellos lejanos siglos a esos países extranjeros. De todo esto fue testigo el esclavo, que era Hadz-Uhh, o conocedor de la más alta magia, y lo reveló ante el pueblo al romper los trasiegos diabólicos de su amo, quien llamábase don Juan y lucía largas barbas y tez blanca. Se comprobó que éste realmente volaba y se dedicaba a tan infernal comercio, pues en los casilleros de su tienda no había nada por las noches y al amanecer estaban repletos de frutas exóticas, como manzanas, uvas, peras …”

III

Hubo un silencio y apareció empapado por la lluvia torrencial el jefe de tribu don Perfecto Dzib. Después de incorporarse cada quien para saludarlo respetuosa y cordialmente, se le hizo lugar en el corro. Esparcía la interrumpida charla breves chispas de sátiras y humor, hasta que uno de los viejos preguntó, más en tono de plantear una adivinanza que en el de aprender, por qué tendría la figura del gato tanta participación en la existencia del hechizo y las prácticas de tráfico de los hechiceros.

Tocándole a don Perfecto, por su preponderancia jerárquica, la primacía en el uso de la palabra, dijo, como respuesta, que el espíritu del mis, del gato, es símbolo de nocturnidad, de silencio, de frialdad y senilidad calculadoras. Añadió que el ejercicio de la brujería, en consonancia con estos atributos, requiere un espíritu viejo, y que la mejor prueba de ello era que precisamente fuese la forma del gato la más favorecida para el empleo de las malas artes en lances de amor, pues aquí donde un objeto joven —fresco— de pasión, presenta resistencia o natural repudio, es donde ya el hermético despecho, ya las extraviadas vorágines de lujuria senil, recurren a los actos infernales, siempre hijos de la vejez, y ningunos dones eróticos ni carácter de mayor eficacia que los contenidos en la personificación del gato. El gato lame. Así, bajo esta figura o apariencia, va por las noches el espíritu sometido a los poderes del hechizo, cuyo sujeto es actor e instrumento al par que víctima de la naturaleza y del embrujo. Cualquier otro ser haría tal vez ruido. Mas el gato no. Necesita y gusta del calor hasta la fascinación, pero es frío. ¡ Frío sin frío!, dijéramos. Llega donde le llevan y mandan su deseo y las posesivas fuerzas, los misteriosos e irresistibles impulsos del encantamiento. Entra en las casas. Salta sobre los lechos de las mujeres, de las vírgenes; les sofalda las ropas, lame y empieza de tal suerte a satisfacer sus apetitos.

—Siempre la brujería —añadió don Perfecto—, el recurrir a ella o ejercerla, obedece a causas desgraciadas: la pobreza del hombre, su impotencia, su ineptitud para luchar con los otros de modo abierto, la repulsa del medio ambiente, su fealdad … Pero volviendo al asunto que motivó cuanto endenantes yo decía, es de mal agüero que cuando duerme alguien pase un gato debajo de su hamaca, porque puede contagiarle la frialdad, y siempre la frialdad seca, enferma a la persona.

Con ligera disertación alusiva al suxin-mis (gato pardo, muy socorrido en la brujería maya), don Perfecto adujo que debla irse a mudar de ropas. Se puso en pie; le imitaron todos los demás, le dieron la mano y él dio a cada uno la suya entre las respectivas inclinaciones, las sendas genuflexiones por ceremonioso turno y las palabras de ritual:

—Quintactac Dios, In Yumen (Alabado sea Dios, mi Señor).

—Quintactac Dios, tatáa (Alabado sea, padrecito)

Luego de la mesurada pausa que la despedida ocasionase, la instancia de las actitudes expectantes en torno al maestro, le persuadieron a distraerles en algo que, sin salirse del tema, hubiera ocurrido en otros lugares.

Por lo general es de rigor acá, que un mismo tema abarque toda una conversación o serie de conversaciones de uno o de varios días. El maestro, pues, bajo el ánimo liviano, sociable, de divertir, comenzó su peroración de esta manera:

“A propósito de gatos, mi abuela tuvo, entre sus muchos hijos, un hijo que llamábase Jacinto. Solía contarnos ella que cuando en son de visitarla llegaba cierta amiga suya, muy vieja, fea y desdentada, cortejara ésta a mi tío Jacinto, entonces mozalbete, cual si le gastase bromas al reír y acariciarle las mejillas:

“—¡ Qué bonito es este Jacinto; me voy a casar con él! Es mi novio.

“A la sazón, en vez de dormir ese mi tío dentro de la casa propiamente dicha, dormía en un jacal del patio.

“De repente la familia empezó a notar que se desmejoraba el mozo; que se mostraba inapetente, alicaído, flaco, estropeado, y que su piel tomaba un color amarillusco. Discutieron acerca de las dolencias que podrían provocar tales quebrantos, y no acertando con ninguna reconocida enfermedad que los causara, llegaron a la certeza de que no era víctima de otra cosa que la del maleficio de algún embrujamiento. Ocultos pusiéronse a espiar, en acecho cuidadoso de cómo le trasmitirían el hechizo. Una de tantas vigilantes noches vieron que un gato penetró silenciosamente en el jacal del patio. Armados de sus garrotes, que en previsión llevaban, y sin cambiarse palabra, pues no había quien dentro de sí no estuviese convicto de que aquello era el ardid del hechicero, su forma, su espíritu o el hechicero mismo, se acercaron poco a poco a rodear el jacal. Sitiado éste despertaron a mi tío en medio de grandes voces, irrumpieron de golpe y entre todos persiguieron y apalearon al gato, que maullaba y saltaba despavorido, azotándose a bandazos contra uno y otro lado de los muros. De pronto, en un rincón, se atoró dentro del resquicio de los colotchés. (1) Allí, sin desaprovechar la ocasión, le asestaron tantos palos al gato, que cayó muerto. Pero de pronto, de un brinco fenomenal, logró ganar el patio y desaparecer, cosa que, al revés de asombrar a nadie, la juzgaron adecuada, lógica, y les arraigó más en la convicción de lo que se trataba, pues ya se sabe que los brujos nunca deben permitir que la luz del alba les sorprenda bajo su forma de encantamiento, así como que siempre —si fuesen muertos— han de llegar a morir en sus casas y no pueden jamás permanecer inanimes en el lugar en donde les maten.

“A la mañana siguiente se supo que la vieja, fea y desdentada amiga de mi abuela, estaba enferma. Días más tarde, toda maltrecha, renga, llena de moretones el rostro, vino a casa. En el transcurso de la conversación, discretamente le preguntaron:

“—¿Qué le pasó, chich? (2)

“—La otra tarde —farfulló la anciana—, oscureciendo, al volver de leñar, tropecé en el camino;caí de boca sobre las piedras, la leña me arañó el codo, me sangraron las rodillas, me espiné los brazos. ¡ Ay, Dios! Por fortuna, ya me alivio.

1 Nombre de los cercos de madera de los jacales.

(2 )Abuela

“Continuó sus explicaciones en trance tal, que a medida que las alargaba, los circunstantes se acogían más y más a interpretarlas un artificio de disimulo, de disfraz, de la verdad. Y terminó con el gracejo de siempre, aludiendo a mi tío Jacinto.

“—¡ Ay, si por lo menos este mi novio siquiera tuviese compasión y leñara por mí, me sacara agua del pozo … Nunca me sucedería esta desgracia!

“La vieja, tal el cloqueo de una gallina, rió su broma, mientras los oyentes se cruzaban significativas miradas que decían: “Si, ella es la bruja; ahí tiene ya las señales de la garrotiza que le dimos”.

“Cuando se fue, comentaron:

“—¡Jeló, x-nuc quisín, yotel lé tachá jó, matan azut tu castén! (¡Ahora, vieja diabla, con la paliza que llevaste no volverás por otra!)

“Contaba mi abuela que en adelante recobró mi tío Jacinto la salud, los buenos colores, y el gato no reapareció jamás.

—¿Pero qué gato regresaría? —interrogó el maestro, logrando en la pregunta, con la destrucción de la conseja, exponer el objeto exclusivo de divertir que le animaba, procedimiento ponderado y bien generoso para expresar, sin saña, cualquiera incredulidad saludable y conveniente.

IV

Como de costumbre, por más sutil que fuese, no plugo a los ancianos esta final insinuación incrédula del maestro. Callaron, sin embargo, en espera de que los nuevos hilvanes de la plática habrían de ofrecerles presta ocasión de rebatirlo y proclamar su fe inmutable. Por ello, cuando contra el fondo gris de la hora y del mal tiempo surgió el trasunto de don Sil May, como un grillo, bajo un saco de pita en capucho la cabeza para resguardarse de la lluvia, las caras de los viejos, de suyo impávidas, hechas a sofrenar las impresiones, esbozaron tenuemente su grande alegría contenida.

—¡ Eh, don Sil! —gritó el maestro, quien, por su parte, con la excitación del trance en la irresuelta disputa sorda, rápido había dejado su asiento, y puesto al vano de la puerta de la escuela llamaba en actitud simbólica de que los viejos comprendieron que en vez de temer buscaba discutir con el recién aparecido, aunque no ignorase lo difícil y peligroso que siempre resultara el hacerlo con ese astuto sujeto, el más retrógrado, más fanático y hábil —casi un profesional— polemista de Chom’ Pom .

Llegó don Sil, y luego del cambio de ceremonias, reverencias, saludos rigurosos (“Quintactac Dios, tatáa Quintactac Dios, in Yumen”) y de haber manifestado —por mera fórmula habitual en las reglas de la indígena cortesía— que en ese momento acababa de regresar de un largo viaje a Santa Cruz, se dio al punto cuenta de la situación. Precisamente, ya en el camino traía el propósito de iniciar alguna disputa con el maestro. No era, pues, de desperdiciar la oportunidad. Parsimonioso revolvió en su morral o sabukán y extrajo un pequeño libro, objeto de sus anteriores cavilaciones para la controversia proyectada. Sonriendo tendió el libro hasta las manos del maestro, mientras le preguntaba con socarronería:

—¿Qué es esto, maestro?

El maestro leyó el título:

—Es un folleto editado por el Departamento de Salubridad Pública —respondió—. Se llama Guía de Salud y deben habértelo dado al pasar frente al Centro Médico de Higiene Rural, en Santa Cruz.

—Bien. Pero, ¿de qué me sirve? ¿Para qué? ¿Qué gano yo con el regalo, o con saber lo que allí dice?

—Ah, don Sil —repuso el maestro—, es un libro muy bueno. Enseña las causas de las enfermedades, cómo evitar su contagio y cómo podría vivir de manera higiénica el trabajador. Atesora, en fin, buen número de consejos útiles que sirven para preservar la salud y mejorar la vida de los habitantes de estas regiones.

Hizo mutis mientras hojeaba el libro y, al detenerse ante la ilustración de una página, añadió:

—Sirve también para combatir la ignorancia de la gente y desfanatizarla, pues de conocer el origen de las enfermedades no creerían ya más que las manda Dios o el Diablo ni que pueden adivinarlas nuestros H’menes o hechiceros por medio del sastún.( )Aquí se muestra un aparato científico que de modo real, verdadero, descubre los agentes de las enfermedades: los microbios. Aquí abajo, mirando a través de las lentes de este aparato, llamado microscopio, se ven los microbios que causan las enfermedades si ellos nacen y se reproducen en el organismo. Aquí se ven, y no a la gran distancia de las adivinaciones y el misterio de sus símbolos, sino cerca, muy cerca …

Don Sil adoptó, larga, reflexiva, inmolada seriedad, sin más mira que la treta de aturdir entre barruntos de befa al contrincante, pues detrás de la meditabunda pausa rió estentóreo:

—¡Ja, ja! ¡Eso sí que no lo creo! Las enfermedades vienen del Cielo, de lo alto, y no de abajo como en tu X’1á (4  )milcloscopo. Jamás podrán saber su origen tus doctores, que nunca, ni el más sabio de ellos, alcanzará la sabiduría del menor de nuestros H’menes.

El maestro cayó en la torpeza de exaltarse, aunque sólo fuese levemente:

 

( 3 )Piedra con propiedades mágicas de adivinación.

(4 )Partícula del femenino, que con el artículo castellano de igual género forma una despectiva expresión en el vocabulario de los mayas actuales.

—¡No, hombre, no: tus H’menes no saben nada! ¡El diablo no existe; los poderes de tus kates, aluxes, sastunes y demás divinidades, númenes y talismanes, tampoco!

—No, maestro, no: todo eso existe —replicó don Sil suave y sagaz, asido en su juego a los patrimonios raciales de mansedumbre, de humildad, de resignada calma.

—¡ Pues no —espetó, rotundo, el maestro—, porque yo lo he comprobado!

—¿Tú lo has comprobado? ¿Qué es lo que has comprobado, hombre de sin igual sapiencia, por cuanto se desprende lo que ahora me revelas?, preguntó don Sil, y sonrió irónico en aire de un triunfo que hubiese ya previsto.

—Es largo de contar —adujo el maestro, apaciguándose—. Desde niño yo sé que nada de eso existe. Trataré de referírtelo en pocas palabras, las menos que me sean necesarias. Verás. Mi abuelo era un indígena como cualquiera de ustedes, tan bueno como don Perfecto, con todas las virtudes propias de la raza maya y sus defectos. Era pobre, como todos los de nuestra raza, y no pudo ilustrarse. Pero era hombre cabal, justo, de muy buen criterio y mejor corazón. Como don Perfecto, cuando encontraba a su paso maíz regado lo recogía diciendo: “Es pecado. No es bueno desperdiciar así la Gracia en épocas de abundancia, porque Dios Nuestro Señor que da las buenas cosechas podría enojarse y mandarnos años de escasez como aquellos que recuerdo del tiempo de la Gran Hambre, tiempo en que comimos las suelas resecas de los zapatos que antes había tirado el amo a los traspatios: tiempo en el cual vi que si a tu paso topabas con un hombre mascando le dabas una alevosa trompada, y débil como él estaba caía y le metías los dedos en la boca para sacarle lo que mascara y llevártelo a la tuya”. Cuando íbamos mi abuelo y yo por los caminos me enseñaba a quitar de en medio las espinas, diciéndome: “Haz siempre esto, hijo, para que no vaya a espinarse quien venga detrás y tuya sea la culpa de su daño”. También quitaba las piedras grandes y los troncos salientes. “Quítalos siempre que los veas —me aconsejaba— para que por las noches no tropieces ni tropiece otra persona.” Así era mi abuelo y creía, como tú, don Sil, y como don Perfecto, en adivinos, hechiceros y demonios. Y como yo de niño, por ser tan amigo de saberlo todo, fuese curioso y muy preguntón, le preguntaba: “¿Qué cosa es el Diablo?” “¿Cómo es el brujo?” “¿Dónde están los U-Yumiles …?” Me decía que el uay mis —el gato brujo— era un hombre o una mujer que por las noches, con malas artes, se convertía en gato negro e iba a las casas de sus enemigos a meter la cola en las ollas para agriarles la comida. Si le preguntaba yo: “¿Y qué hace para convertirse en gato?”, respondía: “Dicen que son personas que rezan el Credo muchas veces al revés y a la última dan nueve volatines y al último volatín quedan ya tranformadas en gato …”

—Jajualé, maestro … (creo que es cierto, maestro) —musitaba en éxtasis don Sil.

—”¿Y el Diablo?” —le preguntaba, luego, a mi abuelo—. “¡ Ah! —respondía—. Es un Ser que dicen habita en los Conventos de las Hormigas Arrieras, y aquel que quiere perder su alma a cambio de riquezas se inclina sobre el agujero del Convento de las Hormigas. Ha de ir solo, al punto de las doce de la noche, y llamar en la boca del agujero nueve veces: “¡ Belcebú!, ¡Belcebú!, ¡ Belcebú! …” De repente se apodera de tu cuerpo y de cuanto te rodea, un tremendo temblor, semejante al que precede a la parálisis, y escapa del agujero una llama azulosa oliendo a azufre. Si el que invoca y tiene puesta la oreja en el agujero no se desmaya, oye a su alrededor rugidos de animales, truenos, lamentos quejumbrosos, zumbar de avispas y tábanos inmundos, aleteos de pájaros, silbidos de serpientes. Si todavía el valor no te abandona, al estrépito de un movimiento de tierra que se abre, saldrá entre una indescriptible carcajada un gigante de forma pavorosa, el cual, poco a poco, a medida que baja la carcajada, toma una estatura común y dice: “Hombre audaz que me has nombrado y esperado, ¿qué quieres de mí?” “Vengo a venderte mi alma. Quiero ser un ganadero, tener grandes tierras. Soy pobre, vivo desesperado y anhelo salir de esta mísera situación en que me encuentro”. A quien le vende su alma, el Diablo le da oro. “Nunca se te acabará —le dice—; tendrás esclavos, placeres. Pídeme lo que quieras, que a tu menor indicación estaré presto a servirte al pensamiento y nunca en este mundo dejarán de ser satisfechos tus deseos”.

Suspenso, a cada paso don Sil había venido repitiendo con suspiros y leves afirmaciones de cabeza:

—Ajá, ajá, jajualé …(Sí, sí, así es …)

—Todas estas cosas, don Sil —objetó el maestro, que saboreaba en invicto gesto el anticipo del remate feliz de su argumentación testimonial—, cuando crecí un poco más y aprendí a leer y compré mi catecismo, fui a probarlo. En su hora, y lugar recé varias noches nueve veces el Credo al revés e hice lo demás, tanto y cuanto mi abuelo me explicase, y nunca me convertí en gato ni se me apareció el Diablo. Por ello te aseguro que nada de ninguna de estas fábulas tiene el menor viso de realismo, de verdad.

—Alguna vez, ¡pobre de mí!, siquiera por mis años, me habría de tocar darte una sencilla leccioncita, maestro —opuso don Sil con lo mejor de su dicción, serenidad y modulaciones de su voz—. Es evidente que no nacerías acaso con vocación para brujo, ni para venderle tu alma al Diablo, ni para que se pierda o se confunda. ¡Quién sabe! De cuanto has dicho, no siendo un brujo mismo quien despertara en ti las tentaciones de realizar el experimento, mal podría, supongo, ilustrarte del proceso de su ejecución con el orden exacto, los más mínimos detalles, y menos comunicarte su fluido, sin el cual el efecto de todo intento es nulo, estéril, dentro de empresas de naturaleza semejante. Quizás ni tu carne ni tu sangre ni tu espíritu podrían atraer jamás a los espíritus que invocabas, y por eso no se cumplieron tus deseos. Pero antes de que tus propios resultados, fruto de tus posibles negativas condiciones, demuestren que no existen. Hay sobre la tierra, desde luego, predestinados seres con dotes de afición y facultades físicas para tales contactos y ejercicios; los conocemos por brujos y adivinos, y siempre han existido y existen para dar fe y testimonio vivos, innegables, de las leyes incomprensibles y los hechos misteriosos.

Mientras buscaba el maestro razones para rebatirlo, don Sil, bajo aviesa dispensa de las ceremonias de despedida con el fin de arrancar todo tiempo de recobro al adversario, tras de unas palmadas sarcásticas al hombro de éste se alzó de su asiento y en un santiamén cargó sus bártulos y se puso fuera de la escuela. Se echó el capucho de costal a la cabeza y quedó como un grillo expuesto a la llovizna postrimera dentro del botón crepuscular de la noche que se abría.

—¡Ja, ja, ja, maestro! —cantó a lo lejos, en eco de aguda risa, volando, y ya desvanecida su figura—. Te regalo el librito. ¡De nada me sirve, quédate con él!

Tras don Sil salieron el músico Lib Tash y el gigante Carnás Chim con el ciego don Teul, cuyo coro de risotadas fenecieron al punto bajo los relámpagos, el estrépito continuo de los rayos y un mayor azote del aguacero que arreciaba.

Los comentarios están cerrados.