EL EXAMEN DE FÍSICA

EL EXAMEN DE FÍSICA

Antonio Castro Leal

A LAS 7.30 de la mañana ya estaba yo en el tercer piso de la Escuela Nacional Preparatoria, paseando por el corredor, frente a las puertas del laborato­rio. A las ocho principiaba la prueba escrita del examen de Física. Era un examen difícil. Una tra­dición positivista había permitido que el cuestiona­rio de esta asignatura tuviera el exorbitante núme­ro de 92 temas o “fichas”, como las llamábamos en la jerga estudiantil. Era un número para asustar a cualquiera. Está claro que, con suerte, todo podía salir bien. Ha habido alumno que, ignorante en absoluto de la materia, se presentó al examen y le preguntaron la única ficha que sabía.

Juan Potosí recordó, paseándose por el corredor, aquel primer examen de álgebra en el que fue re­chazado a pesar de haberse detenido a rezar en una iglesia que quedaba en el camino de la escuela. Otros hubieran desconfiado de Dios: él desconfió de su devoción. Pero esta mañana nada le preocupaba, nada le parecía grave, ni excesivo, ni difícil. El pensamiento de que lo pudieran rechazar en Física le hacía sentir la gloria de los mártires que van a morir en la hoguera. Era una arrogancia Y una blasfemia. Una blasfemia como aquella tan conocida de Calisto. Ahora comprendía mejor los primeros actos de la Tragicomedia de Calisto y Melibea, que fue la revelación de su clase de Literatura Española.

Poco a poco llegaron los examinandos. Unos alegres y otros tristes. En algunos había huellas de fatiga y agotamiento. Otros tenían todavía fuerzas para repasar, minutos antes del examen, algunas cuestiones difíciles. La mayor parte, renunciando ya valientemente a profundizar sus conocimientos, conversaban de la Revolución o de los toros.

El tema que tocó en suerte fue excepcionalmen­te sencillo, acaso el más sencillo de todo el cues­tionario. Juan Potosí, escogido para sacar la ficha que deberían de contestar los alumnos, hizo girar sobre su eje el ánfora metálica, tiró del cierre y cayó una bolita con un número negro. Silencio. El profesor, con la ficha en la mano, buscó el tema en las cinco hojas de que se componía el cuestio­nario. Dictó el enunciado -largo, explicativo- en voz alta. Regocijo general. Miradas de agradeci­miento a Juan Potosí, que baja del estrado arro­jando de su mente un fárrago de ecuaciones y fórmu­las complicadas que no volverá a necesitar más en su vida y que mantenía en la memoria por esa ma­gia mental que conocen todos los estudiantes que han preparado exámenes.

Cuando los alumnos acabaron de copiar los pun­tos del tema, los lápices corrieron alegremente so­bre el papel. Era una cuestión bien sencilla. Se trataba de la licuación del oxígeno, el ázoe y el hi­drógeno; el enfriamiento por presión, y substancias y mezclas frigorígcnas. Juan Potosí escribe un pá­rrafo y se detiene. Está envuelto en un perfume que va evocando los cuadros de la noche. La luciér­naga que ella y su compañera trajeron. El retozo. Los pies desnudos. Cómo habían tenido que acomo­darse los tres en la cama. Cómo, jugando con la luciérnaga, habían acabado por caer todos al suelo. Cómo habían descubierto que lo mejor era dormir sobre la alfombra. Rita, la amiga, sabía cuentos de espantos, historias de brujas que corrían como bolas de fuego. Y hablaba de los espectros que se pasean en los cementerios. A las cuatro de la ma­ñana Juan Potosí deshacía viejas supersticiones, que habían creado en esa noche feliz un ambiente de sabrosa intimidad y que le daban cierto dominio sobre aquellas dos mentes ingenuas. Y ellas, como tiernas colegialas, oían al estudiante que por primera vez dormía entre dos mujeres.

Juan Potosí sintió detrás de él los pasos del pre­fecto que vigilaba el examen. Un cuerpo alto y robusto se detuvo junto a él y dos ojos asombrados lo miraron: era el único que no escribía. i y sin embargo el tema era tan sencillo ! Juan Potosí es­cribió un segundo párrafo. A poco el sol que entra­ba por la ventana le trajo el recuerdo de los paseos por el campo, de los grandes árboles y de las flores.

Y de ella, que parecía una enorme flor abierta en la noche. Era una sensación física pero tan refinada y tan profunda que casi tenía una esencia espiritual. Un cambio en él mismo le parecía un cambio en el universo. Vivía la impresión agradable de que se encontraba en ese límite dichoso en que se tocan el cuerpo y el alma, nadaba en una inmensa beati­tud fruto de la satisfacción de un apetito. Esa sa­tisfacción limpia y pura, que lima las uñas del vicio y que desarma al horrible mastín de la lujuria, enemigo de la mente y la vida. ¿Y la moral? ¿ Tiene acaso que ver con todo esto la moral?

Sintió que se clavaban sobre él las miradas de algunos compañeros. Otros parecían preguntarle, con señas casi imperceptibles, por qué no escribía. Él sonrió. Volvió a las hojas de papel y dejó caer el lápiz lentamente. Terminó una página y comenzó la siguiente. Levantó la vista para buscar una expre­sión exacta, y algunos aparatos de vidrio le recorda­ron formas femeninas. y se dio a pensar en las buenas frases que escribe Dios en el cuerpo de la mujer y cómo sabe combinar, en el brazo y en la pierna, la utilidad y la belleza; con qué encantos plásticos oculta el músculo, con qué finas desvia­ciones corrige la monotonía. La línea melódica del cuerpo -tan atrevida y tan segura- le recordaba el Cuarteto de Debussy. Y empezó a comparar los tiem­pos del cuarteto con las secciones del cuerpo fe­menino. . .

-Compañerito -le dijo amablemente el pre­fecto- se nos va pasando el tiempo.

Se volvió. i Ah!, sí, el examen. Leyó el último párrafo de su composición. Meditó. Un compañe­ro de la banca vecina le ofreció un lápiz. Lo tomó sin saber lo que hacía. Lo vio: tenía a lo largo de sus caras, en diminutas tirillas de papel pegadas cuidadosamente, ecuaciones y diversas fórmulas de mezclas frigoríficas. Algunos alumnos habían ter­minado su prueba. Se levantaron y entregaron sus composiciones. Al salir se volvían con preocu­pación hacia Juan Potosí. Éste devolvió el lápiz.

Las fórmulas que quisieron comunicarle para facili­tar su examen, las sabía de memoria.

Cada vez los grupos que salían eran más nume­rosos. Los alumnos que ya estaban afuera se pre­guntaban por qué no acabaría Juan Potosí su com­posición. Les preocupaba saber qué suerte había corrido aquel que les había facilitado el examen a todos.

Juan Potosí siguió escribiendo. Los examinandos seguían abandonando la sala, satisfechos y alegres. En el gran salón de física por cuyos muros corrían unas altas vitrinas llenas de retortas y aparatos, ya sólo quedaba una media docena.

-Señores -dijo el prefecto- faltan nada más cinco minutos.

y un perfume evocador, que iba y venía como una bandera al viento, le robó uno o dos minutos.

Juan Potosí se concentró en el tema. Escribió rápidamente, evitando desarrollos. Citaba hechos, fórmulas, principios; decía lo sustancial en un estilo telegráfico. Sonó el reloj. Se levantó. Era el único que quedaba ya en la sala. Entregó su composición y salió.

A la puerta lo esperaban todos sus compañeros.

_¿ Qué tal te fue?

-Bien, bien. ¿A quién le podía ir mal con un tema tan fácil?

-Pero ¿por qué te tardaste tanto, hermano?

-Para hacer buena letra -contestó sonriendo.

Lo rodearon los compañeros hablando a coro.

Una voz interpretó el regocijo general.

-Muchachos: j muera la física y viva Juan Po­tosí !

_j Viva Juan Potosí!

Y él recibió esas aclamaciones como un inocente          homenaje de la vida.

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