EL ESPÍA DEL ALMA

EL ESPÍA DEL ALMA

Antonio Castro Leal

—No, SEÑOR Fiscal, yo no estoy loco, —me dijo con toda tranquilidad aquel hombre pequeño, cuyos ojos miraban despreocupadamente al mundo detrás de sus espejuelos frágiles de arillos de níquel.

En mi larga carrera de Agente del Ministerio Público no me había encontrado otro caso semejante. Ruperto Revueltas había asesinado a su mujer mientras ésta dormía; había confesado su crimen con gran serenidad; no manifestaba el menor temor al castigo que iba a imponerle la justicia, y ahora se resistía a que lo consideraran loco, a pesar de que ese cargo lo salvaría de la cárcel o de la muerte (porque el asesinato que cometió tenía todas las agravantes de la ley) y viviría tranquilamente en un manicomio con jardines, de donde saldría en unos dos o tres arios, cuando obtuviera un certificado médico de que ya había recobrado la razón.

—Señor Fiscal —continuó diciéndome—, considero una injusticia que me califiquen de loco.

—Mire —le dije tratando de convencerlo— ¿qué le importa a usted que lo declaren loco? Es una buena solución, porque el caso suyo es grave. Mató usted…

—… con premeditación, alevosía y ventaja —me interrumpió suavemente— y merezco la pena máxima que fija el Código Penal. Ya lo he oído muchas veces. Pero, señor Fiscal, esa solución no puedo aceptarla porque hiere, no sólo mi dignidad, sino la de mis consejeros ultraterrenos.

—Quiere decir —aclaré yo tratando de leer su pensamiento— que no se arrepiente, que considera haber hecho un acto de justicia que lo honra, que desea que todo el mundo sepa que ha sido usted la mano vengadora de los dioses. Pero si ya obtuvo su venganza ¿qué le importa lo que piense el público?

Ruperto Revueltas me miró con lástima. La misma mirada que, durante el proceso, había lanzado al juez, al secretario, a mí en mis funciones de fiscal y a su propio defensor. Esa mirada quería decir que yo había dicho una estupidez, una estupidez tan grande, que aquel hombrecillo cortés y suave no podía menos que reprobarla con los ojos.

—Si cree usted, señor Fiscal, que pretendo que la sociedad se dé cuenta de que yo castigué con la muerte la infidelidad de mi mujer y de que ambiciono que me celebren como un héroe que defiende la honra de su hogar, se equivoca usted completamente.

Quedó un momento callado y luego prosiguió.

—Como he dicho repetidas veces durante la investigación, no creo que mi mujer me haya sido infiel, no he dejado un momento de quererla ni de respetarla. Sí, señor, de respetarla. Y cuando hablo de consejeros ultraterrenos no quiero que se crea que tengo la insensata vanidad de representar en la tierra el espíritu de represalia que los griegos atribuían a los dioses.

Y decía esto no con la fatuidad de quien quiere asombrar con su cultura, sino como la cosa más natural del mundo.

—¿Debo de entender —pregunté yo tratando de ayudarle y midiendo cuidadosamente mis palabras— que se opone usted a que, por el momento, se le declare víctima de una pasajera perturbación mental?

—Me opongo terminantemente —contestó sin levantar la voz.

—¿A pesar de que con ello su situación en el juicio se empeora? —insistí.

—Es que no puedo, le ruego a usted que me crea, aceptar esa solución.

—¿Por su propia dignidad y el buen nombre de sus consejeros ultraterrenos?

Se volvió hacia mí y me miró con simpatía y agradecimiento.

—Exactamente, usted ha comprendido muy bien, señor Fiscal.

—Pero ¿qué he comprendido, hombre de Dios? —le pregunté con impaciencia.

—¿Quiere usted realmente saber todo lo que encierra mi caso? ¿Tiene usted un poco de tiempo que concederme?

No podía dominar mi curiosidad. Aquel caso, que parecía tan sencillo, había acabado por desorientar a todos conforme se desarrolló la investigación. Un marido celoso que asesina a su mujer al descubrir que ésta lo ha venido engañando con casi todos sus amigos desde hacía tiempo, no tiene nada de extraordinario en las anales de los crímenes pasionales. Este hecho —las infidelidades de la mujer de Ruperto Revueltas— quedó plenamente probado por la declaración de los numerosos testigos que acumuló la defensa en su afán de disminuir la responsabilidad del acusado. Pero éste persistía en echar por tierra continuamente las afirmaciones de su defensor. Repetidas veces, con la más firme convicción aunque sin alardes categóricos, declaró que no creía en la infidelidad de su mujer, que el amor que tuvo por ella desde que se casaron había aumentado constantemente, que la respetaba, que creía intachable su conducta y, finalmente, que no había cometido un crimen “pasional”.

Esto último no era difícil creerlo porque su tranquilidad era verdaderamente asombrosa. Nada lo exaltaba, ni el recuerdo de su mujer, ni un impulso de venganza, ni siquiera el cuadro —un poco humillante, por cierto— que pintaba su defensor al ofrecerlo a la piedad del tribunal como un marido befado, despreciado, engañado.

De manera que me interesaba saber, como él decía, qué “encerraba” su caso, y me dispuse tranquilamente a oír su confesión.

—Le ruego un poco de paciencia, señor Fiscal, porque sin ciertos antecedentes no se puede entender la situación que me obligó a remover los obstáculos que impedían mi meditación, esto que en términos judiciales llaman el asesinato que cometí. ¿Ha oído usted decir —me preguntó— que España progresa mientras los españoles duermen?

Contesté afirmativamente.

—Pues de ahí viene todo, señor Fiscal. De ahí viene todo porque esa afirmación me llevó a la meditación. Quise estudiarla a fondo. Y he llegado a profundidades que nadie ha alcanzado en el campo de la psicología. Y —dijo acercándose y bajando la voz— en un país como los Estados Unidos, aunque sea triste el decirlo, en lugar de traerme ante los tribunales y encerrarme en la cárcel, hubieran puesto a mi disposición un gran laboratorio, facilitándome unas mil o dos mil personas para experimentar. Porque yo soy, aquí entre nosotros, confidencialmente, no sólo uno de los más grandes psicólogos modernos sino algo más : el único investigador del alma, un verdadero espía honoris causa del alma.

Que España progresa mientras los españoles duermen no es un ataque contra la pereza, falta de iniciativa y poca actividad de los españoles, sino una explicación sutil y científica de su carácter. ¿Qué ha dado gloria a España? Sus místicos y sus conquistadores. ¿De dónde sacan revelaciones y fuerzas unos y otros? Del sueño. Y no me refiero simplemente al descanso físico que trae el dormir y durante el cual las fuerzas se reparan y almacenan. Esta sería una concepción demasiado grosera y materialista. Lo importante es que, cuando dormimos, nos visitan los espíritus —afirmó pausadamente y se me quedó mirando como quien se aventura en un terreno vedado.

Yo lo miré con una gran simpatía y él, alentado, siguió con más confianza.

—Los espíritus andan cerca de nosotros pero los espanta nuestra trivialidad y barullo. Cuando el silencio reina a nuestro alrededor se puede oír a los mejores espíritus diciendo versos a los poetas y confiando ideas a los filósofos. Y hay lugares en que la tranquilidad del cielo, el silencio del ambiente y la calma del paisaje forman como un centro de recreo para los más nobles espíritus. Hay, en cambio, otros lugares, que fueron en otro tiempo escenarios de perversidad, que atraen a los espíritus inferiores, amantes del atropello y la violencia. Una tarde en la Torre de Londres sentí que respiraba con dificultad, como en una cueva de asesinos.

El reino gozoso de los espíritus es el sueño de los hombres. Cuando los hombres duermen los espíritus entran a reposar en sus cuerpos, a disfrutar de nuevo la posibilidad de expresión, de materialización. Y la humanidad progresa impulsada por los anhelos y las ideas que los grandes espíritus depositan en los cuerpos de los hombres dormidos.

El hombre dormido es como una antena que capta la música de los espíritus disueltos en el aire. El espíritu vuelve a vivir, en aquel cuerpo inactivo, su vida, pues el hombre que duerme es,

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quilidad era verdaderamente asombrosa. Nada lo exaltaba, ni el recu.erdo de su mujer, ni un impulso de venganza, ni siquiera el cuadro —un poco humillante, por cierto— que pintaba su defensor al ofrecerlo a la piedad del tribunal como un marido befado, despreciado, engañado.

De manera que me interesaba saber, como él decía, qué “encerraba” su caso, y me dispuse tranquilamente a oír su confesión.

—Le ruego un poco de paciencia, señor Fiscal, porque sin ciertos antecedentes no se puede entender la situación que me obligó a remover los obstáculos que impedían mi meditación, esto que en términos judiciales llaman el asesinato que cometí. ¿Ha oído usted decir —me preguntó— que España progresa mientras los españoles duermen?

Constesté afirmativamente.

—Pues de ahí viene todo, señor Fiscal. De ahí viene todo porque esa afirmación me llevó a la meditación. Quise estudiarla a fondo. Y he llegado a profundidades que nadie ha alcanzado en el campo de la psicología. Y —dijo acercándose y bajando la voz— en un país como los Estados Unidos, aunque sea triste el decirlo, en lugar de traerme ante los tribunales y encerrarme en la cárcel, hubieran puesto a mi disposición un gran laboratorio, facilitándome unas mil o dos mil personas para experimentar. Porque yo soy, aquí entre nosotros, confidencialmente, no sólo uno de los más grandes psicólogos modernos sino algo más : el único investigador del alma, un verdadero espía honoris causa del alma.

Que España progresa mientras los españoles duermen no es un ataque contra la pereza, falta de iniciativa y poca actividad de los españoles, sino una explicación sutil y científica de su carácter. ¿Qué ha dado gloria a España? Sus místicos y sus conquistadores. ¿De dónde sacan revelaciones y fuerzas unos y otros? Del sueño. Y no me refiero simplemente al descanso físico que trae el dormir y durante el cual las fuerzas se reparan y almacenan. Esta sería una concepción demasiado grosera y materialista. Lo importante es que, cuando dormimos, nos visitan los espíritus —afirmó pausadamente y se me quedó mirando como quien se aventura en un terreno vedado.

Yo lo miré con una gran simpatía y él, alentado, siguió con más confianza.

—1-9,s espíritus andan cerca de nosotros pero los espanta nuestra trivialidad y barullo. Cuando el silencio reina a nuestro alrededor se puede oír a los mejores espíritus diciendo versos a los poetas y confiando ideas a los filósofos. Y hay lugares en que la tranquilidad del cielo, el silencio del ambiente y la calma del paisaje forman como un centro de recreo para los más nobles espíritus. Hay, en cambio, otros lugares, que fueron en otro tiempo escenarios de perversidad, que atraen a los espíritus inferiores, amantes del atropello y la violencia. Una tarde en la Torre de Londres sentí que respiraba con dificultad, como en una cueva de asesinos.

El reino gozoso de los espíritus es el sueño de los hombres. Cuando los hombres duermen los espíritus entran a reposar en sus cuerpos, a disfrutar de nuevo la posibilidad de expresión, de materialización. Y la humanidad progresa impulsada por los anhelos y las ideas que los grandes espíritus depositan en los cuerpos de los hombres dormidos.

El hombre dormido es como una antena que capta la música de los espíritus disueltos en el aire. El espíritu vuelve a vivir, en aquel cuerpo inactivo, su vida, pues el hombre que duerme es,para el espíritu que lo visita, como un prisma que descompone en todos sus colores a un rayo de luz. Llegué a este descubrimiento muy fácilmente y acabé definitivamente con la teoría de la reencarnación. Sustituí la reencarnación por la teoría de la visitación. Un espíritu no reencarna en otro cuerpo: lo visita simplemente. Y ¿cuándo lo visita? Durante el sueño. Esta concepción explica todos los hechos en que descansa la reencarnación, sin llegar a los excesos y aberraciones de esta teoría. ¿Le aburro a usted, señor Fiscal? —me preguntó cortésmente.

—No, de ninguna manera —me apresuré a contestarle.

—Perdóneme usted, pero no menciono más que los antecedentes indispensables para que usted comprenda mi caso. Y . .. hay que proceder con método, como me decía Descartes la otra noche. Pues bien, el problema que se me planteaba después de mi descubrimiento era cómo proseguir en mi investigación. En primer lugar, es evidente que en esta materia el campo experimental tiene que estar dentro del propio sujeto que investiga. Pero ¿cómo investigar uno mismo su propio sueño mientras está dormido? Y a poco de reflexionar me di cuenta de que a esto se debía que el estudio del alma no hubiera avanzado. El espíritu en vigilia ahuyenta a los espíritus que se posesionan de él durante el sueño. Estudié con detenimiento el entresueño, ese momento de la madrugada en que no despertamos por completo y percibimos paralelamente los ruidos del mundo y las imágenes del sueño ; pero después de largas pruebas experimentales lo que pude recoger fue un substrátum puramente material. Mi conclusión fue categórica: “Los espíritus que nos visitan durante el sueño abandonan nuestro cuerpo el momento mismo en que el sujeto entra en el entresueño.

Se volvió a mí y me pidió de nuevo disculpas por el largo prólogo y, queriendo contentar mi grosera curiosidad de penalista, me dijo con una sonrisita amable :

—En un momento más llegamos al asesinato, señor Fiscal.

Se levantó de la humilde silla en que había estado sentado y dando unos pasos por la celda prosiguió.

—Tardé mucho tiempo en atraer a los espíritus. Hay que sorprenderlos y ver de inspirarles confianza. Me ejercité en despertar, en salir del sueño inesperada y repentinamente, al filo de las dos de la mañana. En un principio no logré nada porque me despertaba con tal sobresalto que los espíritus sorprendidos huían temerosos. Me sometí a duras prácticas durante meses y al fin pude despertar de un modo inesperado y repentino pero ya sin sobresalto. Cómo recuerdo esa época deliciosa! Fue como un amor que comienza. Durante muchas semanas los espíritus sorprendidos huían, pero ya no era la carrera despavorida. Después huían, como si dijéramos a pasos lentos, dándome a entender que ya no me tenían miedo. Una gran dicha me embargó cuando vi que, al ser sorprendidos,, los espíritus demoraban un instante su partida, como las personas que esperan que se les dirija una última palabra. Pero ¿cómo hablar con aquellas nobles y sabias sombras? Al primero que reconocí fue a Descartes. Pude reconocerlo porque algunos finales de frases me recordaron uno que otro pensamiento suyo. Una madrugada vi que se marchaban, después de un diálogo que siento haber perdido, Descartes y Pascal. Pero me satisfizo que el escenario de ese diálogo hubiera sido mi propio cuerpo. Llegó para mí un momento de felicidad infinita: los espíritus que me visitaban se quedaban conmigo cuando yo despertaba al amanecer. ¿Se da usted cuenta de ese triunfo?

Me miró esperando mi reacción. Sostuve su mirada mientras se endulzaban sus ojos e hice un movimiento de cabeza que al mismo tiempo significaba admiración y complicidad.

—A partir de entonces pude experimentar, por primera vez en la historia, la forma en que los grandes espíritus alimentan a los hombres durante su sueño, es decir, pude llegar a la fuente misma de progreso de la humanidad, a la raíz del genio y de la voluntad que mueve a los hombres. Y en esta investigación tuve la más grata compañía que nadie ha tenido. Me dirá usted que ahí están los libros de los filósofos y los poetas y que en ellos podemos encontrar toda la doctrina, la armonía y el consejo que nos hacen falta. Pero, con todo respeto sea dicho, esos libros están anticuados. Son el pensamiento de los grandes espíritus aplicado a problemas que ya no nos interesan. ¿Dónde está lo que Platón dice sobre el existencialismo? De sus grandes obras pueden sacarse unas cuantas frases y unas cuantas ideas, pero yo, y esto nadie lo sabe —me dijo en voz baja, acercándose sigilosamente a mí— una madrugada gloriosa oí a Platón, en amena charla, como bajo los plátanos de la Academia,-comentar el existencialismo durante una hora. Conservo todas sus ideas y algún día escribiré sobre ellas. Y cuando tenga tranquilidad asombraré al mundo transcribiendo, no sé todavía en qué metro, la sublime imprecación que, una madrugada tormentosa, me recitó el gran poeta Milton sobre la bomba atómica. Usted comprende, señor Fiscal —recapituló Ruperto Revueltas—, que, aunque yo lo quisiera, no soy un hombre ordinario. Es cierto que no me hablan los dioses, pero no hay duda de que me hablan los genios.

Volvió a sentarse. Se quedó un momento pensativo como si hubiera olvidado el fin que perseguía. Volvió a mirarme y como quien regresa de un viaje imaginario me explicó.

—Perdóneme usted, señor Fiscal, una comunicación inesperada. Yo vivo, como usted puede imaginar, la mitad en este mundo y la otra mitad en el mundo de los más nobles espíritus y, naturalmente, esta mitad es más importante que la otra.

Y luego, sonriendo amable y maliciosamente, me dijo con un aire complaciente :

—Ya vamos llegando al crimen, señor Fiscal.

Volvió a dar unos pasos y prosiguió su relato.

—En ese mundo de los más nobles espíritus he vivido de las dos a las tres de la mañana durante el último año. Despertaba vertiginosamente en medio de un silencio perfecto y de una oscuridad completa. En este escenario me visitaban los espíritus amigos. No quiero nombrarlos a todos por no parecer vanidoso. Pero piense usted en cualquiera que, durante siglos, haya tenido un renombre universal y esté usted seguro de que hemos tenido uno o varios coloquios. A mi lado mi mujer dormía. Se movía a veces en la cama, pero sus movimientos no interrumpían mis conversaciones espirituales. Su respiración pausada no me inquietaba, se fundía con el silencio como el rumor del mar en la atmósfera tibia de los puertos. Mi felicidad era infinita. Aquella hora de la madrugada me permitía, al mismo tiempo que ilustrarme, experimentar sobre los más recónditos misterios del alma. Pero hay espíritus malos, espíritus vulgares a los que yo había desechado constantemente de mi compañía. Esos espíritus eran mis más terribles enemigos porque yo no los admitía en nuestros cónclaves. Y procuraron vengarse de mí. Se empeñaron en interrumpir mis coloquios con los espíritus superiores. Y verá usted la forma ingeniosa en que lo lograron. Verdaderamente ingeniosa, señor Fiscal.

Se volvió hacia mí corno pidiendo toda mi atención para el final de su historia.

—¿Qué cree usted que hicieron esos espíritus malignos y chocarreros? Pues, señor Fiscal, entraron, se instalaron en el cuerpo de mi mujer. En un principio no hicieron más que inspirarle desprecio por todas mis elucubraciones. Se reía de mis confidencias. “¿Con quién conversaste esta madrugada?” —me preguntaba a la hora del desayuno. “No me vayas a decir que con Napoleón.” “No tiene Napoleón nada interesante que decirme —le explicaba yo—. Esta madrugada hablé con Santo Tomás de Aquino.” Y ella, con infinita falta de respeto, soltaba una carcajada y me decía : “Oye Ruperto, no te me vayas a hacer más santurrón de lo que eres.” Todo esto lo podía perdonar porque mi mujer era un alma sencilla dominada por los espíritus chocarreros. Pero cuando la intervención de estos espíritus llegó a perturbar mis coloquios y meditaciones, entonces me preocupé hondamente. Los espíritus malignos empezaron a hablar por la boca de mi mujer dormida, y escogían exactamente ese momento precioso en que yo celebraba mis entrevistas con los espíritus superiores. En medio de la noche tranquila y de la oscuridad amable se oía repetidas veces :

—”Cornudo.., cornudo… cornudo …”

—Y después pronunciaba el nombre de alguno de mis amigos. En ocasiones hasta se oía el murmullo de un beso que no alcanza a darse. Esperé unas cuantas semanas a que ese juego desapareciera, pero en lugar de desaparecer se agravaba. En la sombra, a una hora determinada, justamente a tiempo para interrumpir mis coloquios, con una diabólica precisión cronométrica, la voz repetía lentamente, con manifiesto deseo de ofender :

—”Cornudo… cornudo,., cornudo …

—E1 cargo no me preocupaba, porque yo sabía que era falso. Los nombres de mis amigos que pronunciaba mi mujer no lograban inspirarme desconfianza en su amistad. Lo que me irritaba, sobre todas las cosas, era la interrupción de mis coloquios con los espíritus superiores. Eso sí no estaba dispuesto de ningún modo a tolerarlo.

Esta última frase la pronunció con una energía que no había mostrado durante el proceso y de la que yo no lo hubiera creído capaz.

—Usted comprende, señor Fiscal, el golpe que le dan a un hombre culto, de espíritu refinado si lo alejan de la compañía —de la compañía directa y personal— de Platón, Dante, Descartes, Pascal, Krishnamurti, Rabindranath Tagore y Ouspenski. ¿Qué puede hacer un hombre en tales circunstancias? El problema era grave porque aquellos espíritus malignos estaban atrincherados en el cuerpo de mi mujer. Peligraba, no sólo mi felicidad, sino mis estudios e investigaciones sobre el alma. ¿Cómo remover ese obstáculo? Consulté a los espíritus que podían tener interés en el problema. Benvenuto Cellini me contó algunas aventuras que no figuran en su biografía, y Tomás de Quincey, con una deferencia que le agradezco, me leyó unas páginas inéditas de su libro El asesinato considerado como una de las bellas artes. Y quedé convencido, señor Fiscal, de que a pesar de que el asesinato tenga perfiles estéticos, sólo hay que cometerlo por razones de extrema gravedad. Había que destruir la trinchera de los espíritus malignos para salvar mi felicidad, para salvar el porvenir de la ciencia del alma. Me compré en la tienda de un anticuario una daga italiana, un fino estilete. Y una madrugada, hace justamente quince días, me desperté dispuesto a todo. Inmediatamente oí la voz pausada, subrayando la palabra ofensiva :

—”Cornudo… cornudo … cornudo…”

—Me acerqué a mi mujer que dormía tranquilamente. Puse la oreja en su pecho para ver si podía localizar el lugar desde donde hablaba el espíritu maligno que había entrado en ella.

En ese momento se transfiguró Ruperto Revueltas. No estaba contando una historia sino representándola. Con gran cuidado hizo los movimientos que indicaban sus palabras. Hablaba casi en secreto, modulando su voz misteriosamente.

—Puse mi oído sobre su corazón. Se oía su palpitar acompasado, pero debajo de cada latido había un rumor casi imperceptible. Yo sabía que ese débil rumor era la risa del espíritu maligno. Los espíritus malignos ríen disfrazando su risa con las palpitaciones del corazón. Esperé a oír de nuevo la risita burlona y entonces lo atravesé con mi estilete. Se oyó el rugido del espíritu herido.

Descansó de su relato. Volvió a su serenidad acostumbrada y con voz tranquila argumentó:

—Y ahora que he removido el obstáculo de mis meditaciones ¿es justo que el Estado me persiga, que quiera degradarme a mí y ofender a mis consejeros ultraterrenos, y que, en lugar de un gran laboratorio y abundante material humano de experimentación, quiera darme una celda en un manicomio? ¿Es justo, señor Fiscal?

Moví la cabeza negativamente.

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