DIALOGANDO CON FEDERICO CHOPIN

DIALOGANDO CON FEDERICO CHOPIN


VARSOVIA


CUENTOS DE VIAJE

Germán List Arzubide

Tomado de : Arco Iris de Cuentos Mexicanos.

Universidad Obrera de México, 1991.

Aquella mañana de domingo resolví ir al parque Lasienki, uno de los más bellos del mundo, a escuchar el habitual concierto que a un lado del monumento a Federico Chopin se lleva a cabo con la participación de los más eminentes pianistas de una ciudad de virtuosos dedicados a ejecutar las mejores obras del gran músico. El bello y arbolado lugar se adornaba de mujeres hermosas elegantemente vestidas. Aquella mañana de otoño, en aquel lugar, bajo la seducción de la música lánguida y apasionada del gran romántico, contemplando un paisaje de ensueño, en el centro el pequeño lago con la isleta donde se levanta el monumento al músico genial y sintiendo’ la caricia de los perfumes vegetales y el placer de admirar a aquellas mujeres, me alcanzó una verdadera felicidad.

Bajo la seducción de la música, la multitud manteníase en silencioso éxtasis y me fui alejando hacia las avenidas que engalanan majestuosos árboles, con ánimo de escuchar la interpretación de tales maestros, lo más lejos posible, para que me llegara como un murmullo al mismo tiempo musical y entreverado del rumor del follaje, en una soledad íntima y gratamente recóndita.

Aquella mañana estaba dedicada a la música que Chopin había ofrecido a María Wodzinska, su amor juvenil y su mayor dolor cuando el conde Wodniski le hace saber que no lo acepta como posible yerno, dada la diferencia de clase. Al fin de cuentas Federico será un notable pianista, pero no es más que un plebeyo.

La música traía el sufrimiento del desprecio. Y sonaba la dulce y dolorosa Balada en sol meno; considerada como un monumento de inextinguible pasión, al que se uniría el Vals del adiós con que él se despediría para siempre de un sueño que le arrebataba el destino. Vinieron después un Improntu y un Nocturno y finalizó el concierto con la brillante Polonesa, que es sin duda una página arrebatadora y al mismo tiempo solemne.

Vagaba olvidado de todo, sintiendo la caricia melodiosa y fui penetrando en el mundo mágico de acordes y armonías, cuando lo vi venir a mi encuentro. Un rostro pálido de blancura casi alabastrina, donde luce la frente del genio; la nariz delgada y aguileña; la boca de labios amplios y carnosos; los ojos en que brilla la fiebre de la obra en ansia de cristalizarse y también de la enfermedad que lo destruye día con día; larga la cabellera y el mentón voluntarioso.  Era él, no me cabía duda. Nos encontramos como si nos buscáramos y sin asombro me tendió la mano, suave mano en que sentí latir la sangre ansiosa de arrancar notas al piano. Lo miré de frente recordando los retratos en mármol y en pintura que le dedicó Eugenio Delacroix.

Era la viva imagen del hombre agitado por una ansia de vivir y de soñar, el romántico por excelencia. Me acerqué pronunciando mi nombre. No me dijo el suyo, pues bien sabía yo quién era el que estaba frente a mí. Sonrió inclinándose en un saludo cortés
y afectuoso.

—Lo conozco a usted —me dijo —.  ¿Acaso no fue usted compañero de Manuel Maples Arce, aquél que en su primer manifiesto estridentista escribió. Chopin a la silla eléctrica?

Se echó a reír alegremente, mientras yo sentí cómo me subía el color al rostro.

—Perdone usted —balbucié, un tanto confundido—.  Podría decirle que fueron arrestos y arrebatos juveniles.

—Bah —dijo con acento burlón y satisfecho— ¿cree usted que eso me ha molestado?  De ninguna manera. Valerosos arrestos que estoy seguro ahora se enorgullecen ustedes de haberlos emprendido.

Acepté con un gesto su alabanza, mientras él continuaba hablando con acento musical, como un trasunto de sus famosos valses.

—Sí —agregó—— lo comprendo, era el momento de romper con el romanticismo. Pero ¿lograron ustedes borrar ese fantasma nebuloso y extraño que no se ha podido definir sino como una enfermedad del sentimiento?

Yo intenté hablar, pero él siguió exponiendo su pensamiento con su bella y reposada voz.

—Los hombres de Polonia teníamos más razón que nadie para sentir el dolor que el romanticismo ha encerrado. Habíamos perdido la patria mancillada por el extranjero y no sabíamos hacer otra cosa que sufrir.

—Sí —le dije— ahora estoy pensando en Adam Mickiewicz, el poeta sufriente de Los Antepasados. Su lucha sin fin por la patria humillada.

—Usted lo ve, el mundo se llenó de polacos expatriados. Tal vez sin quererlo nosotros fuimos los creadores del romanticismo, el haber inventado la amargura y el morirse de pena, el haber creado ese heroísmo que busca su holocausto.

Su voz apagada y dulcemente modulada, tenía sin embargo notas vibrantes que me recordaban los Preludios, en los que guardó como en un diario amargo todas sus emociones. Yo lo escuchaba entre asombrado y contrito al sentir cómo exponía su vieja aflicción. Continuó:

—Nuestra historia es la de un pueblo oprimido, con todos sus sufrimientos y al mismo tiempo sus ansias de libertad. En mis obras, como en los versos de Mickiewicz, se siente el hálito de quienes buscaban convertirse en infinitas ondas y alcanzar el cielo, el amor, la desesperación y la muerte.

Se detuvo y me miró a los ojos. Luego inclinó la hermosa cabeza y pareció hablar tan sólo para él mismo.

—    ¿Acaso yo mismo no fui más que los Nocturnos con su profundo sentimentalismo y su más honda amargura? Escuchando esa música que ahora os parece delincuente y crepuscular, los hombres sentían la gran queja de un pueblo. Usted mismo en esta mañana, ha escuchado caer en su alma el llanto de una época. Por ese dolor, los hombres han tomado las armas y han combatido.

—Es verdad —intervine— románticos han sido todos los rebeldes. Sus empeños han anunciado la emancipación de la inteligencia humana.

— ¿Ve usted? Estamos de acuerdo. Hay un romanticismo que se queja, pero a su lado hay otro que combate. Los dos son signos de rebeldía, de inconformidad, de protesta. Todo el siglo XIX es hijo de la Revolución Francesa. ¿Acaso los movimientos de emancipación de los países de ustedes no son su exaltación?

Chopin defendía ante mí su obra, que nosotros habíamos enviado a la silla eléctrica con tranquila decisión. Parecía ahora invitarme a opinar. Yo expuse:

—Sin duda que Bolívar fue un romántico. La hoguera del noventa y tres que él sintió iluminar su alma le hace desear la muerte heroicamente, siguiendo a Bonaparte, entonces general del Directorio.

—Usted lo sabe —interrumpió Chopin— las lecciones de su maestro Simón Rodríguez hablándole de Rousseau y de Montesquieu, se mezclaban a sus amores fracasados que tendría que ir a reconstruir a las tierras esclavas de América. El mundo actual es hijo del romanticismo. ¿Usted cree que Marx y Engels no son románticos porque hablan de materialismo? Ellos buscan un mundo mejor sobre la tierra. ¿Acaso Lenin no dijo alguna vez “es necesario soñar”?

Yo estaba asombrado. Chopin, aquél que hizo decir a Schumman a su muerte “el alma de la música ha pasado por el mundo”, hablando de materialismo y citando a los padres de las nuevas teorías económicas, era para mí algo inusitado. Pareció adivinar mi pensamiento, pues en seguida dijo:
— He reflexionado mucho sobre lo que fue mi época. Viví en la misma hora de Víctor Hugo, autor de Hernani, el manifiesto de los románticos franceses; de Baudelaire, el gran negador; de Puschkin, el insumiso, heredero de la rebeldía de los esclavos negros y de los mujiks oprimidos; de Shelley y de Byron, los ingleses violentos; de Espronceda y el duque de Rivas en España. He sentido la tragedia de Mariano José de Larra suicidándose por amor y de Bécquer muriendo de hambre por conservar sus sueños. Todo esto es romanticismo y creo que es lo mejor del hombre y del mundo.

—Es verdad —respondí —. En nuestro caso había que acabar con quienes habían pervertido la poesía y el arte ofreciendo lo que en otros días había sido la gloria y el honor en subasta pública.

—Lo sé, lo sé —dijo deteniéndose para argumentar mejor—.

Ustedes los estridentistas, con valor que nadie ha sabido seguir y ni siquiera imitar se lanzaron a defender la dignidad del arte. ¿Acaso ignoro lo que fue el Manifiesto Número Dos, de Puebla, escrito en esa ciudad deliciosa sobre una mesa de café popular a la luz de un farol?  ¿Y el manifiesto de Zacatecas de Salvador Gallardo, a caballo sobre el crestón de la Bufa? ¿Y el alegre y brioso manifiesto de Ciudad Victoria, de Miguel Aguillón, llamando a la juventud a la rebeldía? Ustedes han sido los caballeros del afán de dar libertad a las palabras, de abrir horizontes a las imágenes.

Me agrada escucharlo argumentando a nuestro favor, frente al coro de los que nos habían negado y pretendían ignorarnos para acomodarse mejor. Me era grato saber todo lo que significaba nuestra lucha.

* * *
A lo lejos, en algún lugar perdido, un piano fantasmal principió a tocar nuevamente la Polonesa Heroica, la música del combate y de la lucha sin fin, del impulso en la creación. Me volví a buscar a mi acompañante y no lo encontré. Seguramente se había perdido entre aquellos caminos que la noche comenzaba a borrar a mi paso.

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