DENUNCIA

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Germán List Arsubide

Si para fundar mi denuncia, la policía requiere datos sobre la persona del señor Ministro, puedo proporcionárselos ampliamente. Puedo hacer una descripción completa de su persona, dando altura aproximada, color de los ojos, del pelo, de la piel del rostro, sus señas particulares y hasta algunos detalles que ocasionalmente obtuve entre mis frecuentes charlas con dicho señor, antes de que fuera designado ministro. Lo conocí mucho, lo traté íntimamente y tuve oportunidad, antes de que ocupara el alto puesto de ministro –perdón por esta insistencia, necesaria para el fin que me propongo – de saber que era –o es, ya no sé si existe – persona sin enemigos, que no frecuentaba cantinas, cabarets, ni casas innombrables, y donde es tan fácil ser herido a mansalva. Se trataba de un hombre sereno, correcto, fácil a la charla y que de pronto ha desaparecido para sus amigos y conocidos, coincidiendo esta desaparición con su nombramiento o exaltación, como dicen los diarios, al alto puesto de ministro. Pero, ¿Cómo ha sido todo esto?
La noticia de que mi amigo –entiéndase bien ¡mi amigo! porque yo no trato de sorprender a nadie haciéndome pasar como amigo de una persona porque ha sido designado ministro – ocuparía un lugar tan prominente, me llegó por el conducto obligado de los periódicos. Días antes había estado conversando con él y no sabía que fuera a ser llamado a un cargo de tanta confianza. Ese día acudí al Ministerio y me recibió rodeado de esos habituales de toda recepción, que saluda uno como personas conocidas, porque está seguro de haberlas encontrado ya en otras fiestas de recepción ministerial. Nos cambiamos las frases de rigor y nos despedimos seguros de volvernos a ver muy pronto. Y aquí da principio mi denuncia… Jamás he vuelto a ver al señor Ministro, mi antiguo y noble amigo.
A los diez días de su exaltación, me presenté con el fin de tratarle algún asunto. Un asunto sin importancia que era más bien un pretexto para conversar un rato con mi amigo. En la antesala, un mozo de rostro taciturno y frío continente me indicó:
–El señor Ministro no recibe hoy.
Me marché pensando que un ministro tiene siempre mil ocupaciones que atender y que algunas veces no puede, aun cuando lo desee, recibir ni siquiera a su amigos. Volví días después y el mismo mozo, con el mismo talante me informó:
–El señor Ministro no ha llegado.
Esperé por espacio de media hora, llenando con mi impaciencia el locutorio y haciendo la reflexión de que las horas que más envejecen a los hombres son las de las antesalas, porque son las horas más inútiles. Al fin, cuando comenzaron a desfilar los que esperaban, que habían llegado antes que yo y tenían horas de tal suerte, me marché un cuanto apenado. Regresé a los pocos días y el mozo con terca voz:
–El señor Ministro ha salido y no volverá.
Y entonces me propuse insistir en ver al Ministro y fui diez, quince veces, y el mozo, con voz de hielo, que no permitía interrogar más, me informaba:
–El señor Ministro está en acuerdo y no recibe.
–El señor Ministro ha salido a una recepción.
–El señor Ministro está enfermo.
–El señor Ministro está fuera de la ciudad.
–El señor Ministro está estudiando la ley número 5.
¿No era posible ver al señor Ministro? ¿A mi amigo, el señor Ministro?
No era posible. Pasaron tres meses y yo ignoraba que sucedía con mi amigo.
Al fin, cansado de tales respuestas, me decidí a dar un paso en firme y un día le grité al mozo:
–¿Pero no sabe usted quién soy yo?
El mozo no sabía quién era yo, pues me miró con sus fríos ojos de estatua y no se dignó a responderme.
–Soy un amigo del señor Ministro y necesito verlo.
El mozo se inclinó ceremonioso y me dijo:
–Si usted quiere que le informe el señor Ramos…
Acepté y el mozo me hizo pasar a una sala enorme, pero que se veía estrecha por la altura desmesurada del techo. Un hombre pequeño, sentado detrás de un escritorio muy grande se puso de pie al verme llegar.
–Quisiera saber con quién tengo el honor de hablar –dije cohibido por el silencio de muerte que reinaba en la sala. Me miró con unos ojos tan ausentes que me dio la impresión de que eran ojos de ciego.
–Yo soy el secretario, del Secretario, del secretario – me informó, subiendo en el tono de la voz a medida que designaba a las personas.
Me incliné confundido y por un momento no acerté a decir nada, envuelto en la red de título tan extraordinario. Al fin comprendí quién era y entonces modulé con voz temblorosa mi petición de ver al Ministro o al secretario, quien antes de que pudiera siquiera hablar me dijo:
–El señor Ministro o Secretario no recibe hoy.
Su voz era igual a la del mozo, y parecía ser el eco de otra voz que se iba repitiendo por los salones del Ministerio. Salí ahogándome de angustia. Tampoco allí encontraba la respuesta.
Volví como un autómata, como un poseso, como un demente que tiene una idea fija y la obedece muy a su pesar. El mozo se limitó a abrirme la puerta y hacerme pasar al salón del secretario del Secretario del secretario, quien antes de que pudiera siquiera hablar me dijo:
–El señor Ministro o Secretario ha salido.
Y esta escena se repitió tantas veces cuantas acudí al Ministerio, hasta que desesperado, violento, frenético, le grité un día al secretario del secretario:
–¿Pero es que no llegaré a ver nunca al señor Ministro o Secretario? Soy un amigo ¿Sabe usted? su amigo. Quiero verlo, saber cómo se encuentra, oír su voz, sentir su presencia.
El secretario, del Secretario, del secretario, se inclinó y me dijo:
–¿Si usted quiere que le informe el Secretario del secretario?
Yo acepté y el secretario, del Secretario, del secretario me hizo pasar a una sala más grande aún, más desierta, de paredes más altas y donde el silencio oprimía y pesaba. Detrás de un escritorio inmenso, un hombre más pequeño todavía, me miraba avanzar por la desolada alfombra. Me encaré con él sin preguntarle quién era, puesto que ya lo sabía le grité furioso:
–Quiero ver al Secretario o Ministro, a mi amigo, al hombre que ya no sé si existe o está muerto. Quiero verlo ahora mismo, ahora mismo. ¿Entiende usted?
Pero el Secretario del secretario no entendía, porque con una voz opaca, la voz que hacía eco en las otras salas y se estiraba hasta el corredor donde el mozo guardaba la entrada, me respondió:
–El señor Secretario o Ministro no recibe hoy, venga usted mañana.
–¡Mañana! – grité –. ¡Mañana! ¿Para que me diga usted que no ha llegado, que está enfermo, que ha salido, que está en acuerdo, que se halla estudiando, que está de viaje… Y tres meses después todavía no logre verlo? No señor, quiero verlo hoy mismo, hoy mismo, en este momento.
El Secretario del secretario, indiferente a mi furia, se limitó a repetir:
–El señor Secretario o Ministro no recibe hoy, venga usted mañana.
Entonces ya no pude más y le grité lo que era mi sospecha, lo que venía pensando hacía seis meses, desde los primeros días de tan extraña conducta del mozo, del secretario del Secretario del secretario y de él mismo.
–Ustedes lo han asesinado. Mi noble amigo, el hombre que nos recibía con su amable sonrisa y que gustaba de nuestra conversación, ya no existe. Entre usted y su secretario y el mozo, lo han asesinado, asesinado. Han cortado su cuerpo en pedazos y para seguir cobrando el sueldo, mienten diciendo que no puede recibir a los que venimos a buscarlo. Mi amigo ya no existe. Y ustedes son unos asesinos… ¡¡¡¡¡asesinos… asesinos!!!!! Mis gritos hacían pedazos el silencio rebotando contra las paredes. Subían hasta el techo altísimo y se dejaban caer sobre el hombre que iba empequeñeciendo azotado por ellos. No respondió nada. Se acercó al extremo de la mesa y oprimió un botón y su secretario y el mozo aparecieron. Me señaló con el dedo:
–Echadlo fuera, está loco.

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