CUENTO de Gerardo Murillo

CUENTO

Gerardo Murillo el Dr. Atl

—¡ Usté kiombre ba a ser ! ¡ A ber, pégueme !
¡ A nosotras las mujeres de deberas naiden nos
lebanta la mano, i menos las mulas como usté !

El hombre a quien la mujer se dirigía—que
estaba ya excitado por el pulque que había
ingerido, y por las frases de la vieja—no esperó
más: levantó la mano y le lanzó una bofetada. La
mujer se escabulló con rapidez y el borracho cayó
de bruces.

—¡ Ai`stan los ombres d`iora ! lebántese desgrasiado,
yo soy la ke le boy a pegar—y sacó de entre la pretina
de la enagua un corto cuchillo, y esperó a que el caído
se Ievantara.

Pero el hombre se hacía pato. Comprendía que
la riña iba de veras. La hembra adquirió valor y le lanzó
una andanada de injurias que hicieron reír a los borrachos
que estaban en la puerta de la pulquería y a la gente que
se había detenido para presenciar el pleito callejero,

Callejero precisamente no—callejonero— porque se
verificaba en un angosto callejón del barrio de La Merced,
frente a la pulquería poéticamente titulada `Horas de
Consuelo y Olvido`.

Por fin el hombre se levantó esquivando con un manojo de
cuerdas—era un cargador de legumbres—los golpes que la
mujer le tiraba. Apenas contenía su indignación. Se fue
retirando poco a poco hasta entrar en la pulquería. La hembra
lo siguió, y como él iba hacia atrás y estaba bastante
borracho
tropezó y volvió a caerse. Pero esta vez se levantó
violentamente y furioso enarboló las cuerdas y azotó a la mujer.

Un joven intervino—otro cargador—se puso entre los dos
luchadores y le reclamó al que pegaba.

—Usté métase konmigo y no les pegue a las biejas !

—Usté me gusta pa`bieja, jijo de un tal.
Y arrojando a un lado las cuerdas sacó, a su vez un cuchillo,
y se echó encima del intruso. Pero Ios amigos intervinieron,
no tan pronto sin embargo como hubiese sido necesario para
que el gendarme no echase mano a los rijosos. Cargó con
ellos y con la vieja. La gente se quedó haciendo comentarios,

—Karay decía una mujer tapándose un poco la cara con el
rebozo—esta Juanita no tiene remedio: ¡ a kada rato los
ombres se pelean por eya, ni tan bonita ke juéra !
Tan kakarisa, i kon esa kortadota ke tiene en el osiko.

—¡No krea usté—decía otra mujer—ese pobre muchacho ke
le reclamó al borracho anda rete enamorado de doña Juanita,
ken sabe ké les da!

—¡ Ah ! dijo otra mujer—pos les a de dar de la yerba ke tiene
Doña Petra ai en el puesto de la eskina – ke diske es buena
pa`ke los ombres se enamoren di`uno.

—¡No me lo diga`sté! ¿En kuál puesto?

—¡Ande, ande, usté no la nesesita!

Y en tanto Juana había llegado a la comisaría.

Juana era realmente una extraña mujer, por lo feo de su
cara, lo andrajoso de su vestimenta y por el dominio que
ejercía sobre los hombres. Era bajita, delgada, ya de cierta
edad, tendría treinta años, picada de viruelas y con una
cortada en el hocico—como decía la mujer comentarista—
que le ponía un gesto agrio en la boca.

La riña había terminado con la intervención de la
policía, era una de tantas riñas que la singular atracción de aquella
borracha provocaba todos los días

Cuando Juana salió libre, después de varias semanas de
cárcel, se fue derecho a la pulquería vomitando injurias contra
los técnicos, contra el comisario y contra el gobierno, autor
de todas sus desgracias. Un grupo de mecapaleros
embrutecidos por el alcohol y cubiertos de mugre, le hicieron
coro:

—¿ké tal te jué, Juanita?

—¡ Pos kómo me abría de ir kon esos desgrasiados del
gobierno, me tenían encerrada en un calaboso oskuro i me
estaban matando de ambre! ¿i ustedes ké bien me jueron a
ber, berdá? Ustedes no son buenos ni pa cargar los bultos de
chile, menos pa okuparse de las siñoras komo yo, ke ónke me
esté mal el disirlo, sabemos representar lo que somos.

(La mujer decía estas palabras con voz de firme convicción).

Luego fue a sentarse en una banca, se quitó el rebozo, echó
la cabeza atrás y miró altaneramente desde el pulquero hasta
el último cliente.

Uno de éstos se acercó con mucha parsimonia a Juanita, y
le dijo:

—Míra, Juanita: ases mal en jusgarnos ansina, de malos
ombres. Yo, por mi parte, siempre te e tenido kondisión, i akí
estoi pa probártelo.

—Yo también dijo uno de los cargadores que escuchaban y
que llevaba enredado en el brazo una gran cantidad de
cuerdas—yo también le tengo lei, más ke esti otro.

—A ber—dijo la vieja—apruébenmelo; me kedo con el ke sea
más templado.

Juanita miró a los dos individuos con un mirar profundo y
maligno—sus ojos tenían un fulgor libidinoso. Al levantarse
para provocar a aquellos hombres, parecía una fiera en brama.

Si se keren matar—dijo el pulquero—mátense ayá`juera.
No me bayan a ensusiar el suelo con su kochina sangre—y
los empujó hacia el callejón.

Los dos tipos sacaron sendos cuchillos, se quitaron los
sombreros y empezaron a tirarse tajos con furia salvaje.

Pronto uno de ellos hirió al contrario, y éste se puso a la
defensiva; pero luego atacó con furia. Paralizó con un brusco
movimiento los brazos de su rival y llevando el cuchillo
hasta el vientre se lo metió arriba del miembro y le abrió el
abdomen hasta las costillas.

Los intestinos se salieron y el herido se tambaleó y cayó de
bruces sobre un montón de tripas.

Juanita soltó la risa y le dijo al matador:

—Así me gusta, ke no se tienten el corasón pa kumplir su
boluntá. Luego miró al caído. Hizo un gesto de desprecio
profundo, paseó su mirada de reina ofendida en tragedia de
teatro de barrio sobre todos los presentes y
dijo:
—¡Al ke no le pareska, ke me lo diga!
Esperó un momento. . . Todo el mundo callaba.
—Bueno, me boi con mi ombre.
Y se fue…

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