EL FANTASMA

EL FANTASMA

Alfredo Grandguillhome

ESTE PUEBLO pachorriento es mi desgracia, me aguanto pisando sus calles, no por estar sujeto a su influencia, sino en realidad debido a que soy decidioso. Dejo de un día para otro el propósito de abandonarlo, aunque no creo que esta dejadez, esta falta de voluntad me retengan aquí para siempre.

Don Canuto Sánchez -hay muchos don Canuto en toda la República- es el mandamás del lugar, que tiene también lo suyo. Cuenta con la identificación que define a los caciques, en primer lugar, no se sabe si lo apoya. el gobierno del centro o si él apoya al gobierno, arrisca su bigote, ladea el sombrero atejanado, trae siempre la pistola acompañando a sus fofas tripas y completan el cuadro los zapatos de una pieza que usa desde que abandonó los huaraches. Es taimado, hipócrita, convenenciero, desalmado, muy lenguarico, frío como las víboras -sin ánimo de ofender a los ofidios- además, obsequioso, lambiscón y humilde con los poderosos de la política, ante quienes inclina su blando y servil espinazo. Mantiene en tomo suyo a una corte de incondicionales, todos ellos gatilleros, que son los puntales de su poder, y así se las trae este señor para regir la vida pública y privada de nuestra pequeña comunidad.

Se me ha metido en la cabeza una idea, aunque nada tengo de valiente, pues poseo la agresividad de un ratón, el valor temerario de un conejo y la audacia e intrepidez de una paloma, además de un miedo cerval hacia todo lo que signifique peligro, y desde la placidez de la hamaca, en la modorra de las tardes calurosas, entablo mi pleito cotidiano con don Canuto, pero nadie lo sabe, porque no paro de imaginar lo que yo haría a ese inmundo cacique que tanto nos explota y empobrece, siquiera la mitad de lo que él ha hecho a otros.

Está comprobado que en muchos cuentos y no velas los malos son casi siempre castigados. Yo por mi cobardía, sigo pensando en acabar con el cacique, aunque a veces me viene la idea de que no tiene objeto destruirlo, si otros miles como él seguirán medrando alegremente. Este don Canuto es el mismo que en cada campaña política nos hace pagar el comelitón, poner adornos en las calles, y nos lleva en montón a que gritemos y lancemos vivas al candidato.

Una noche me resolví a actuar. Puse en marcha mi proyecto, cuidé todos los ángulos para evitar me perjuicios. Semanas me costó convencer al ratón, al conejo y a la paloma que llevo dentro, para decidirme a crear un personaje de ultratumba, un fantasma, supuesto ser incorpóreo, que al regresar don Canuto de la tienda de los tragos a su casa, se le atravesó untándole una mano fría y pegajosa en el rostro, que lo dejó mudo por la sorpresa y el terror, le hizo guardar cama y estrenar en su cara durante varios días la huella de su encuentro con la que creyó ánima del purgatorio.

El tal Canuto calló su aventura, en parte por creerla producida por los sotoles ingeridos, al comprobar que en realidad nada le sucedió, y también por no hacer el ridículo ante sus lambiscones.

Como en el primer intento me salió bien en este pueblo de crédulos y fanáticos, preparé días después el segundo, escogiendo la hora en que la cresta de la cercana montaña se corona con los resplandores de la luna. Previamente, en la capital del Estado había yo comprado una máscara de hule con la fisonomía de una especie de monstruo con un ojo reventado, faz sanguinolenta y vivos colores.

En esa noche de luna, apenas pringada de estrellas, me embocé con mi cobija negra, mi ancho sombrero de petate y una lamparita eléctrica en una mano. Convertido en sombra, me instalé en un zaguán de la calle por donde pasaría Canuto, como de costumbre, de la tienda de los tragos a su casa y esperé. Esta vez me le puse enfrente y encendí la lamparita, para que su luz alumbrara de abajo hacia arriba la máscara. Entonces don Canuto se fue, sí, seguro, dejó de respirar para siempre y cayó pesadamente al empedrado. Yo tomé rumbo a mi casa sin saber lo que le había ocurrido -que después me contaron- pues lo dejé allí suponiéndolo desmayado, pero al día siguiente hirvió el pueblo en conjeturas:

- Fue un infarto -dijo el boticario.

_ Un borrachazo -sentenció su mujer que de sobra lo conocía.

- ¡Qué bueno que se murió! -dijeron todos. Pasaron los días, usados por algunos hipócritas en gastar algo de moco y lágrimas por el difunto. Me quedó el regusto por seguir adelante como el fantasma oficial de este pueblo, y me hice famoso. Bueno, la gente tuvo miedo al correrse el rumor de la aparición periódica de un nahual o fantasma a los trasnochadores.

Una noche me .le atravesé a Jenaro Díaz, conocido por su afición un poco desbocada al trago, las hembras y la farra. El “truco de la lamparita lo llenó de terror, pero no corrió como yo esperaba, no se desmayó, se puso a temblar, cayó de rodillas, y rezó a gritos alborotando al vecindario. Yo apagué la lamparita y me fui de allí, pero llegué a mi casa con tres balas metidas en el cuerpo, dirigidas

y muy certeras, una al ratón, otra al conejo y la Última a la paloma.

Me quiero ir de este lugar, lo pienso todos los días y no encuentro el modo de hacerlo, pues ahora soy e1 fantasma oficial y auténtico de este pueblo. Pero ya no me divierto como antes, pues por más que me pongo a diario frente a los trasnochadores, estos siguen su camino y pasan tranquilos a través de mí, lo que me produce una gran frustración.

A veces oigo entre los vecinos, uno que otro comentario burlesco en relación a cierto tipo, haragán, cobarde y atenido, que fue encontrado sobre el camastro de su choza con tres balas metidas en su espalda y la cara cubierta con una ridícula máscara de hule, que si no asustó a los hombres de verdad, sí aterrorizó la conciencia de Canuto el cacique, convertido también en otro fantasmón, que ahora pretende hacerme la competencia.

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