CASILDA

Artesanía Mexicana: tamaño real figura 7 cm. X 5 cm

CASILDA

Alfredo Granguillhome

No me pregunten por qué estaba yo allí. Sólo puedo decirles que de vez en cuando los señores de las fincas mandan a su gente a las rancherías y escojen muchachas pa que sirvan en la casa prencipal. La paga ni siquiera vale la pena, pues son unos cuantos pesos dados de mala gana, además que dan pa dormir un pedazo de suelo con petate en la cocina, y pa comer, lo que queda después de servir a los señores. Los primeros días si hace difícil porque ora te hablo en castilla, pero cuando nos sacan de nuestros pueblos no entendemos nadita, y doña Tula, que es la cocinera, a gritos y coscorrones nos mete las palabras en la lengua, y después al poco tiempo entendemos casi todo.

Un día de tantos nos bailan pa luego llevamos con uno de los señores y allí, ¡ay nanita! deja una de ser la que era para pasar a mujer. .. ¡Y vaya que duele muy aquí dentro al principio! Se acaban también las ilusiones, pues no habrá ya la vuelta al pueblo pa cumplirle al que se dejó apalabrado, ya que a una ya no la quieren cuando saben que estamos en la casa prencipal, como no sea pa llevar nos a la orilla del arroyo Y queremos hacer lo mesmo que nos hicieron los señores. De veras te digo que no hay modo de escapar.

Tomás iba a ser mi hombre. Ya le había llevado a mi tata dos costales de maíz y la fiesta se haría en unos meses más, pero antes llegó la camioneta del señor y nos subieron a mi prima Jova y a mí, sin que valieran los gritos de mi mamá ni el forcejeo de mis tíos y de mi papá, que allí mesmo quedó derrengado por el garrotazo que le dieron.

Yo te digo que esta no es vida. No hay modo de escapar. Al menos los hombres Y las viejas tienen la salida del trago, pero nosotros ni eso. Tomás iba a ser mi hombre, Tomás Pérez que ya había empezado a hacer nuestra casa de adobe en la orilla del pueblo. No supe qué fue de él cuando me sacaron de mi casa, ya que nunca me dejaron ir siquiera un día de visita con los míos. Los señores son malos, la señora nos cachetea por cualquier cosa Y nos dice que semos unas pendejas inútiles, Y el señor a veces nos agarra como si fuéramos su señora y hace lo que quiere con nosotras, pues nada podemos hacer porque es el señor.

Yo estoy un poquito débil porque me cayí con los trastes de la cena y doña Tula me dio una paliza y crioque me lastimó algo aquí dentro, porque tengo dificultá pa respirar y me sofoco a cada rato.

El señor anda retenojado porque la gente de los  pueblos quiere las tierras que él les robó, y como hay otros señores con sus ranchos en la mesma situación, se juntan diciendo que se van a defender y echan cada mentada que hasta la asustan a una. También el señor está enojado porque el otro día al abrir la puerta del cuarto de humo se encontró a su señora con mi primo Juan, pues allí duerme mi primo, que le estaba haciendo lo que el señor hace con nosotras. La sacó a cachetadas y mi primo empezó a correr y crioque en toavía no para.

Pero el motivo por el que estoy en este pueblo juntando lo del pasaje pa mi tierra a pura limosna, que pido a los que bajan de los camiones, es que el otro día el señor invitó a comer a los señores de los otros ranchos, y me tocó servir la mesa con Donaciana la de Santa Rita, y no deja una de oyir mientras se le escabulle a los tentones que creen que estamos pa sus caprichos. Pero ese día estaban muy molestos y uno de ellos, al que le decían don Efraín, era el que más hablaba y los demás llevaban sus pistolas pa ir a echarse a algunos de los que molestaban.

Paré la oreja cuando oyí que hablaban de Tomás Pérez, el que ya no fue mi marido, el mesmo que llevaba casi acabada la casa de adobes donde nos íbamos a vivir con la bendición de mis papases y del señor cura cuando alguna vez fuera al pueblo, y que era tan respetuoso que sólo me tomaba la mano, y nomás un día me dio un beso, pero se ponía todo nervioso y me pedía que nos fuéramos a nuestra casa aunque le faltara el techo. Y porque le faltó el techo llegó antes la gente del señor y me llevaron a servir a la casa prencipal. Bueno, te decía yo que en la plática los señores hablaban también de tres de mis primos y de otros hombres más, todos nosotros naturales de esta tierra sin hablar castilla, diciendo ellos que por alborotadores y pa que no trataran de coger otra vez sus tierras, les iban a meter de balazos.

Se me entró el miedo cuando oyí eso, pero en esa maldita casa prencipal no hay naide de con fianza, de modo que escondiéndome de los piones y de doña Tula empecé a caminar aprisa hacia mi pueblo. Quise correr pero ¡qué carambas! el dolor de costado no me dejaba, de modo que pedí a los de una camioneta que me llevaran por favor y se compadecieron llevándome. ¡Ay mamá, qué dolor! Me dejaron en la calle y corrí por el empedrado hasta la casa donde Tomás me había llevado un día, donde se juntan los señores pobres a contarse sus asuntos y a mentarles la madre a los señores de los ranchos por rateros. Llegué hasta la puerta y entré corriendo, pero también llegaron los señores que habían estado en la casa prencipal, Pancho Careta sacó su pistola y gritó desde afuera llamando a mi tío Primitivo García, luego bajaron los demás y empezaron a disparar contra los de mi gente y yo buscando a Tomás, pero apenas lo ví, pues furioso salió a pelear con ellos ¡con las manos vacías! ¡Ay Tomás! ¿Cómo fuiste tan. . . tan? Ni siquiera me vio y yo bajé tras él sólo pa encontrarlo tirado junto con los otros, llenos de balas y chuecos como títeres de feria.

“Señor, ¿me ayuda pa completar lo de mi pasaje?”

Ya no estoy en la casa prencipal porque me corrieron. Regresé a mi pueblo donde enterramos a nuestros muertos enrrollados en petates, y cuando mi gente va a la capital a ver si se hace justicia, los señores de la justicia siempre responden: “Estamos investigando”. Y hace años que están con la mesma cantaleta.

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