CRESENCIA

CRESENCIA

Alfredo Grandguillhome

LA TARDE DEL día en que Cresencia se fue, se hizo enorme el hueco de su ausencia en los encontrados sentimientos de Martín Morales. En vano fue que pidiera humildemente a la muchacha —una vez más— que siguiera calentando el hogar y dando vida a las cosas que tocaba.

Antes de irse sin volver el rostro, ella pasó su mano por la revuelta pelambre del campesino, quien sólo atinó a alzar su húmeda y perruna mi­rada a la búsqueda de una migaja de presencia, pero la mujer sonrió sin decir palabra, agotada la estéril discusión, convencida de que las rutas emo­cionales de ambos dejaban de fundirse en una, y en lo sucesivo había que trotar separados a la búsqueda de otros horizontes, sin sospechar que estos son en realidad una repetición monótona de los que se dejan atrás, al correr tras la ilusión de vellocinos que nunca son alcanzados.

A partir de entonces, Martín Morales, hundido en la confusión de su mente un tanto desequili­brada, retomó el camino muchas veces trillado de

sus ocupaciones, todavía con la ilusión de salir a flote ante el pánico de hundirse en el mar procelo­so de una soledad espesa y enervante. La tarde, la noche, el día soleado y la lluvia de la montaña, no implicaron cambios en su vida interior ni en sus hábitos, aunque al llegar las sombras del crepúscu­lo, se empapaba con más fuerza en el recuerdo de la ausente.

Varias veces marchó por el sendero que conduce al Balcón del Diablo, y en los bordes del filoso ris­co se echaba de bruces para dejarse envolver por la catarata de sombras que paulatinamente enturbia­ban el paisaje todavía bañado por el rojizo resplan­dor del ocaso, hasta que la obscuridad caía de pron­to, acompañada por un relente sabroso que confor­taba y sustituía al calor sofocante de la tarde. Entonces Martín Morales, en lugar de dar el salto que lo llevara al infinito, daba marcha atrás reco­giendo sus pisadas de la ida y entrando de nuevo al pueblo, sin razón afectiva para permanecer allí, a partir de que ella resolvió dejarlo.

Porque Cresencia ya lo había dicho en el pueblo: “Esa ya no era vida comadre, mezcla de hombre bueno si lo hay y de golpeador que perdía su con­trol con cualquier motivo. El o yo, y no hay donde escoger, porque seguía teniendo miedo de que mi amor se convirtiera en odio, y entonces comadre, hubiera agarrado su propio machete para partirle el alma, pero me habría sentido muy triste y muy sola al no tenerlo aunque de lejos, en este mundo”.

Cuando él incubó la enésima petición de perdón y la promesa de no agredirla, Cresencia se había ido del pueblo, no estuvo en casa de su madre y los que sabían de esas cosas negaron —aunque supieran— el rumbo que había tomado, porque esas promesas ya las había hecho antes, que siempre violaba con fruición demencial. Entonces sacó sus ahorros del colchón, cerró su casa, regaló las gallinas a sus vecinos y dejó encargado el caballo a su primo, para abordar el siguiente autobús hacia la capital de la República.

Cresencia retornó al pueblo cuando se enteró de su partida. No al hogar común de ellos, sino a la casa de su madre que la aceptó con su cariño manso, al saberla necesitada de afecto. Ya allí la rondaron los moscardones con propuestas de fugaces amasiatos que rechazó, comprobando la hipocresía taimada de quienes se decían amigos de su hombre, que al verla sola le ponían asedio perruno y vil.

— Si volviera Martín ¿te irías otra vez con él?

—   ¡Vaya si lo quiero, madre! Pero siempre quise también una vida tranquila y con él no es posible, porque algo anda mal en su cabeza. Ya te platiqué cuando de pronto se agarraba de cualquier cosa para coger un palo y pegarme como si se tratara de un animal, hasta dejarme desmayada y descalabra­da, y era el mismo que lloroso y arrepentido me recogía del suelo y curaba mis heridas con el cariño que se tiene a un ser desvalido. Eso se repetía —tú lo sabes bien— con demasiada frecuencia, y no quiero que vuelva a suceder. Si entra al pueblo por una calle, yo salgo por otra para no verlo. Por suer­te no tuvimos hijos, pues si así hubiera sido, aquí seguiríamos sufriendo a su lado.

— Pobrecita de mi hija.. .

— Pos sí mamá, pero mejor tenerlo lejos, ya se me pasará el chincual.

Un año duró la ausencia de Martín. A su retorno encontró las cosas como las había dejado, tal y como si el tiempo se hubiera detenido al instan­te en que se marchó. La gente también lo saludó como siempre sin mostrar extrañeza alguna, al fin que ese era su pueblo y lo sentían como uno de los suyos, y directamente marchó a la casa de la madre de Cresencia para ponerse frente a la que seguía sintiendo como su mujer, quien no pudo ocul­tar su emoción y lo estrechó con fuerza en sus bra­zos, para luego alzar el rostro y decirle con seriedad:

—   Martín, me da mucho gusto verte, pero no podemos vivir juntos y sabes muy bien por qué. Hoy mismo, si te quedas en el pueblo, me voy a otra parte porque así es mejor. No aguantaría que el hombre que yo quiero me vuelva a tratar como lo hiciste conmigo, no una sino muchas veces, por­que amo la vida y no quiero la desgracia voluntaria.

El hombre se desprendió del abrazo y marchó hacia la puerta:

— Sé bien lo que piensas Cresencia, y no olvido el mal trato que te dí, del que todo este tiempo me he arrepentido muchas veces. Esto no volverá a suceder, te pido que volvamos a hacer nuestras vidas como antes.. .

— ¿Cómo antes? Nunca, más vale dejar las cosas como están.

— Quiero decir que de ahora en adelante sólo te tocaré para acariciarte, pero si lo que digo no basta, todavía no se va el camión que me trajo, y enton­ces sí, nunca más volveré a mi pueblo.

Esa noche, la primera del retorno de martín Morales, transcurrió en buena parte disfrutada al dar los  dos rienda  suelta a los sentimientos e instintos contenidos tanto tiempo.

Después llegó la modorra y todo cayó en sopor hasta el nuevo día, cuando Cresencia tocó a la puerta de la casa de su madre con la ropa desgarrada y las huellas de otra bestial paliza. La muchacha tomó asiento mien­tras la vieja restañaba sus heridas, pero alguien tenía que hablar:

— No lo curaron mamá, se portó igual como antes, primero cariñoso y luego brutal y agresivo. Cuando me cogió por el pelo y me azotó contra la pared, supe que ese hombre rabiosamente loco, era también uno de esos malvados que no tienen curación.

— Dirás que es muy malvado.. .

—   Era mamá, ya no respira, porque en esta vez llegó a acabar conmigo, lo vi  en su mirada, era su vida o la mía.

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