CONVERSANDO CON GEORGE SAND

CONVERSANDO CON GEORGE SAND

PARIS

CUENTOS DE VIAJE

Germán List Arzubide

Tomado de : Arco Iris de Cuentos Mexicanos.

Universidad Obrera de México, 1991.



En el ler. centenario de su muerte (8 de junio de 1876)
Lo dijo Hemingway y vale la pena recordarlo: París es siempre una fiesta” y me lo repetía aquella tarde de otoño en que principiaban a caer las hojas doradas que tapizan las orillas del Sena. Yo marchaba feliz sintiendo la ternura del tiempo y la caricia del paisaje que decora con su gracia medieval Nuestra Señora. ¡Qué tarde para soñar y adorar París!
De pronto mis ojos descubrieron su figura. A pesar de que ahora muchas mujeres llevan pantalones, sobresalía su porte, su gracia en el andar, el alto sombrero del que escapaban los bucles rubios y ese paso menudo y rítmico que se asentaba triunfador.
Yo la veía de espaldas y sin embargo me dije: “es ella, sin duda que es ella” y avivé la marcha hasta alcanzarla. Era ella. Emparejando mi paso al suyo, me incliné hacia su costado y obligándola a detenerse le dije ceremonioso y galante:
— Madame Aurora Dupin, baronesa Dudevant?
Por la mirada violenta que me lanzó, comprendí que había cometido una grave falta ¿pero cuál? Con un tono de voz silbante de furia me interrumpió:
Y es para injuriarme que me detiene usted en la calle, caballero…
— ¿Injuriarla, señora? Soy un caballero mexicano, admirador suyo que desea hacerle ‘presentes sus respetos.
Me interrumpió más violenta aún:
—Tenía que ser un mexicano, bien enterado estoy de cómo tratan ustedes a sus mujeres, de cómo el machismo, la hombría salvaje y bárbara, pesa sobre ellas.
Yo estaba extrañado de aquella furia, avergonzado de sus palabras y sin atreverme siquiera a defenderme. ¿Qué había pasado?

—Señora, me atreví a decirle, si hay algunos mexicanos como usted los describe, también hay otros honorables, decentes y rendidos adoradores de las mujeres, créame usted
Volvió a interrumpirme furiosa:
—Pues si ellos existen, no forma usted parte de ese grupo, ya que me alcanza usted únicamente para humillarme y zaherirme.
—Yo., señora, ¿humillarla? Perdóneme pero ¿no es usted la ilustre escritora Aurora Dupin, baronesa Dudevant?
—No señor —gritó furiosa— esa es la pobre esposa que tuvo que soportar a un marido estúpido, como todos los maridos, pero esa mujer, señor mexicano, sépalo desde ahora, ha desaparecido con sus miserias y esclavitudes de mujer; ahora soy la escritora o escritor, como algunos dicen, George Sand, ¿comprende usted?
Tarde, pero lo comprendía. Me vino a la memoria lo que de ella había dicho Honorato de Balzac: ¿Es realmente una mujer? ¡No!, es un hombre, porque quiere ser un hombre, dominante, arbitrario . . .“ Y ahí estaba el hombre en la actitud violenta y dominante, pero no podía menos de contemplar la belleza de aquel rostro y aún dentro de su furia, la gracia de los ademanes mientras agitaba el bastón casi amenazadoramente, luciendo unas manos preciosas.
—Perdone Madame. . señor —corregí asustado — señor.. señora . . . George Sand, perdone, no quise molestarle, soy su admirador, he leído sus libros y no quise dejar de hacerle presente mi tributo de respeto a su talento.
Advertí que se humanizaba. Hasta apareció una leve sonrisa en su rostro; así me pareció más hermosa. Me atreví a insinuar si podríamos tomar una taza de té en alguna de aquellas terrazas que miran al río. Pareció titubear un poco y finalmente aceptó. Al cruzar la calle, acostumbrado a tomar a las mujeres del brazo, intenté hacerlo con ella; se desprendió con violento ademán diciendo:
—Nada de atenciones por favor. Seamos compañeros. ¿Me entiende usted?
—Yo comenzaba a entenderla. Más bien a no entenderla. ¿Se trataba nada más de un capricho femenino? ¿Era francamente una rebelión contra los hombres? Allí estaba el misterio y me proponía descubrirlo. Nos sentamos plácidamente en la terraza.
Ella principió:
—Con que mexicano, ¿no? Dígame, honradamente, ¿cuántas veces ha golpeado usted a su mujer?
—Tiene usted la peor opinión de los mexicanos y sin embargo, las rubias hijas de Norteamérica, las que llamamos nuestras primitas, se mueren por los mexicanos, a los que encuentran muy románticos . . . latin lovers.
George Sand (comenzaba a acostumbrarse a llamarla de esta manera, mirándola como ella quería, como un compañero) lanzó una alegre carcajada.
—jLatin lovers! ¿Acaso mis paisanos los franceses no son latinos? Ellos también saben hacer esa comedia, aun cuando les falta lo que a los mexicanos les sobra: el fuego de la pasión.
—Pero si yo sé —le respondí— que a usted la han amado muchos y usted les ha correspondido. Me sé de memoria los nombres.
— ¿Puede usted dar la lista? Es bastante larga por cierto.
—Sí, es bastante larga. El primero el barón Casimir Dudevant.

George Sand hizo atrás su silla con un violento gesto de desagrado.
—Borrad a ese hombre de mi memoria, señor mexicano —gritó airada—. Aristocracia falsa, creada por un emperador aventurero. Bien sabéis que el tal título de barón se lo dio al ‘padre de Casimir, Napoleón Bonaparte. ¡Valiente nobleza! Yo’ proseguí impertérrito:
—Hagámoslo a un lado. El segundo, aquel Stephane de Grandsaigne.
—Entonces os diré que Stephane fue el primero. El me inició en el verdadero amor y todavía lo recuerdo.

Aquella mujer modulaba la palabra amor con una extraña voz acariciadora. Luego agregó con un susurro.
—Fue el padre de mi hija. Ni siquiera pienso que fui adúltera. Fue en verdad mi esposo por la afinidad de nuestros gustos
Y se quedó sumida en un éxtasis de ensueño. Yo la veía entre admirado y confundido. ¿No habían asegurado que era una mujer sin corazón?
¿Sabéis lo que ha sido mi vida? He buscado el amor que murió con Stephane. Nada más.

Estaba visiblemente conmovida. Le sonreía a un recuerdo que la había hecho feliz y también desgraciada, pues la dejó enferma de un sueño imposible: volver a encontrar el amor. Por esto endureció su alma pretendiendo arrancar le lo que creía que era debilidad femenina, transformándola en una alma de hombre. Balzac la pronosticó: “Su vida será una interminable serie de desencantos y desilusiones, porque tiene una alma de mujer y no de hombre como ella quiere hacerme creer.” Volvió en sí rápidamente.
—Continuaremos la cuenta, ¿el tercero?
Yo respondí de inmediato:
—Jules Sandeau. Aquella novela escrita entre los dos y firmada por primera vez George Sand. —Ella volvió a reír.
—Nada más que un niño. Impetuoso, ardiente, enamorado, pero un niño egoísta. Quiso firmar la novela, que en su mayor parte yo escribí, con su nombre, diciendo —y era cierto—: “si la firmas tú, una mujer, nadie aceptará editarla.” ¡Ay! Era verdad. Advertí que este mundo es un mundo de hombres y pensé que para dominarlo tendría que hacerme hombre.
— ¿Haceros hombre? —interrumpí extrañado.
—Sí, señor mexicano, hacerme hombre en la apariencia, en el nombre, en el traje, en la actitud, y, sin embargo, quería seguir siendo mujer.
—¿Y lo habéis conseguido?
—Decís que conocéis mi vida. Entonces bien sabéis que me hice hombre con todos los atributos, inclusive en el de ser yo quien hiciera la declaración de amor, que es lo que distingue al hombre, aun cuando —agregó picaresca— la declaración viene cuando la mujer hace sentir al hombre que lo espera.
— ¿Habéis sido entonces hombre y mujer al mismo tiempo?
—  Hombre y mujer he sido —agregó orgullosa—. Hombre en el trabajo, en la creación, en el esfuerzo que no se pueda creer que la mujer sea capaz de hacer. Y he sido mujer en mi entrega amorosa.
—Ah —dije— en eso más bien parecéis hombre, casi un don Juan. Pues habéis pasado de los brazos de un Próspero Merimee, a lo de Alfredo de Musset. Más tarde, un poco más tarde, abandonasteis a Musset en Venecia, por el doctor Pietro Pagello y un poco después principiabais a amar a Federico Chopin.
—No sigáis, os lo ruego —suplicó ella—. Aún hay otros en la lista, fui una mujer pero en todos buscaba desesperadamente el amor. En eso fui una mujer. Los hombres no saben amar, no tienen facultades para ello, son egoístas, se aman ellos mismos, nada más.
—Pero, señora —agregué— perdonad, señor Sand, si en lugar de nacer en Francia, hubieseis nacido en México, tal vez opinaríais de otra manera.
—Sí, sí, ya sé —dijo riendo—, Amor desesperado al principio y luego celos rabiosos, violencias y opresión. “Aquí no manda nadie más que yo…“ —Su voz tenía un acento burlón—: “Aquí, sólo mis pantalones se imponen…“  —Y reía alegremente— Vamos, señor mexicano, que estoy bien enterada.
—Entonces, sabréis que la mujer mexicana ha obtenido todos los derechos. Que son ciudadanas y que algunas han llegado a diputadas y hasta a senadoras.
—Bah —calificó desdeñosa—. Esas ciudadanas representan el cincuenta por ciento de los votos y apenas llegan dos o tres a esos puestos, y eso únicamente para que los que las hacen llegar — conozco la forma en que se desarrolla la política en su país— presuman de igualdad y democracia. Pero dígame señor mexicano, ¿esas ciudadanas ejercen los mismos derechos en el interior del hogar? ¿Ejercen verdaderamente su libertad? ¿Pueden, lo mismo que los hombres, tener su casa grande y su casa chica?
—Señora o señor, perdone usted pero por encima de todo el hombre tiene que cuidar de su honor.

—Vaya, vaya, ya apareció el mexicano en pleno. Yo escribí alguna vez, me parece que en Lelia o en Indiana, “Los hombres cometen el adulterio sin el menor riesgo, pero ¡cuán distinta es la suerte de la esposa que ha cometido el mismo pecado! El honor en el caso de la mujer significa la más ciega y abyecta obediencia. Si llega a ser infiel a su infiel marido, queda encasillada y castigada como la más baja de las mujeres…”
—¿Aprobáis entonces el adulterio? ¿Qué será de la familia?
—Sí, comprendo vuestro pensamiento. La familia para la esposa encerrada entre las cuatro paredes del hogar, para el hombre el ancho camino de la calle, la más completa libertad.
—Entonces, mi querido amigo o amiga, ¿qué le aconsejáis a las mujeres? Llevaré vuestro mensaje a México, os lo prometo.
—Nada tengo que aconsejarles, ellas han tomado ya su camino, el mejor por cierto. ¿Acaso no estoy enterada de que México es el país donde hay más autoviudas?
— ¿Pretendéis imponer la ley de la pistola? ¿Abogáis por el crimen?
—Señor mío, mi querido mexicano. Vuestro país es el país de la pistola. Es orgullo de vuestros paisanos portarla y saberla manejar. ¿Abogáis por la igualdad para la mujer? Dejadla que use también pistola y si es diputada o senadora con mucha mayor razón. ¡La pistola! ¡Qué magnífico regalo para las mujeres!
Su voz se había tornado altanera y su gesto era desafiador.
—Cómo no tuve una arma en la mano cuando Próspero Merimee, furioso por haber fracasado conmigo, me llamó ramera, me hubiera dado tanto gusto usar entonces la pistola.
—Hubiera usted tirado contra de él?
—Cuando al aparecer Lelia, aquel Capo de Feuillede la llamó una rematada indecencia, un tizón encendido que se había descolgado de los fuegos del infierno, que debía ser quemada antes de leerla y fue por eso desafiado por Gustavo Planché y se batieron, yo debía haber sido la desafiadora y la que le hubiera dado un tiro al insolente Feuillede.
— ¿Le hubiera gustado a usted entonces haber nacido en México?
—Ahora más que nunca, Con aquel odioso marido, aquel barón Dudevant, borracho y mujeriego, que despilfarró mi fortuna. . . Hubiera sido la primera autoviuda.
Hablaba con frenesí, casi furiosa y estaba verdaderamente bella, maravillosa, magnífica. Ella adivinó mi admiración, mi asombro ante su entusiasmo por las armas de fuego y volviéndose hacia mí me dijo mirándome a los ojos, casi con pasión:
—Estoy sin amante, sé que usted es viudo y por lo mismo libre. Cásese conmigo, lléveme a México y si me pega como buen mexicano, mejor todavía, pero dígame ¿usted usa pistola?
—Yo, señora doña George Sand, ni uso pistola ni pienso por ahora casarme y usted perdone que me retire, se ha levantado un aire frío y la humedad del Sena me puede ocasionar un resfriado. Espero volver a saludarla en otra ocasión, muy buenas tardes. Beso a usted la mano . . .
En verdad sentí que no era cosa de estar conversando en ese lugar que se había vuelto de pronto tan peligroso para mi salud.

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